Un Hombre Que Se Parecía A Orestes
- Автор: Cunqueiro Alvaro
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Un Hombre Que Se Parecía A Orestes». Краткое содержание книги:
DOÑA lNÉS. – ¡Brillaban como esmeraldas de Indias! ¡Nunca ojos tan bellos me miraron con tanto asombro!
EL REY (muy galante). – ¡ Alondra, te miraron por mí! Los que tenía puestos ahora eran mis ojos de otoño, pero los tengo también de verano y de primavera. ¡Un rey no es un pordiosero! Mañana, señora mía, te he de recitar una prosa en el jardín, con los ojos de verano puestos. Y tú tienes que responderme con otra. ¡Piensa que hace once años que quedé viudo, y que desde entonces los asuntos de gobierno no me permitieron acercarme a una mujer.
DOÑA INÉS (graciosamente burlando). – ¡Me gustan los príncipes castos y valerosos! Amo la tronada y el relámpago, estando sola en el campo. ¡Un hombre es un viento loco o no es nada! Tú, rey, serás una hermosa tempestad.
EL REY. – ¡Si pones esa voz, no dormiré! ¡Ay, qué paloma! ¡Cálzame los borceguíes, por favor!
DOÑA INÉS. – ¡Lo que me place! (Se arrodilla y lo calza.) ¡Tus pies parecen dos halcones gemelos!
EL REY. – ¡Ah, unos pies nobles, los pies de un rey militar! Me pusiste los borceguíes cambiados, el del pie derecho en el izquierdo y el del izquierdo en el derecho. ¡Deja, no los toques! ¡Tomo esto como una misteriosa señal galante!
Mientras DOÑA lNÉS calzaba al rey, entró el CAPITÁN, que se quedó en la puerta.
CAPITÁN. – ¡Misterioso amor, madeja nunca devanada!
EL REY. – Capitán, ¿por dónde anduviste? ¡Me iba a acostar sin ti!
DOÑA INÉS. – ¡Misteriosos encuentros en la noche, cuando va a ponerse la luna!
CAPITÁN. – ¡Encuentros de pájaros en las tinieblas!
EL REY. – ¡Ese saludo no me lo enseñaste!
CAPITÁN (sin hacer caso al REY, siempre dirigiéndose a DOÑA INÉS). – ¡Encuentros de picos de aves, que se cambian cintas con nombres escritos!
DOÑA INÉS. – ¡Timidez de las palabras!
CAPITÁN. – ¡Largo silencio que morirá en un beso!
EL REY. – ¡A la orden, capitán! ¡Mañana hay que enseñarme ese punto!
CAPITÁN. – ¡Alteza, mañana daremos dos lecciones!
EL REY. – ¡Los años pasan, capitán! ¡No quiero morirme sin saber lo que es amor!
DOÑA INÉS. – ¡Nadie debería morir sin saber lo que es amor, capitán!
EL REY. – Necesito descansar.
AMA MODESTA. – ¡Hay una cama hecha en el segundo! Ahora mismo llevo los dos canecos.
EL REY. – Hoy no los preciso. Que me abaniquen con plumas la nuca mientras subo las escaleras.
AMA MODESTA. – Hay un abanico napolitano.
EL REY. – ¿ Está permitido, capitán?
CAPITÁN. – ¡Sí, Alteza, que estamos en guerra!
EL REY. – Me olvidaba. ¡Demonio de guerra! Buenas noches, señora mía. ¿Cómo os llamáis?
DOÑA INÉS. – Doña Inés.
EL REY. – En confianza, yo me llamo Segismundo. ¡Adiós!
DOÑA INÉS. – ¡Adiós, señor rey!
El CORREO guía al REY por las escaleras, y detrás va AMA MODESTA abanicando la nuca real.
DONA lNÉS. – ¡Encuentros en la noche cerrada, cuando todas las aves del mundo y la luna nueva se fueron! Cualquier palabra entonces se llena de luz y sube hasta las estrellas. (El CAPITÁN se apoya en el respaldo del sillón que había ocupado el REY, y mientras habla, DOÑA INÉS se va acercando, se sienta y apoya una mejilla en el revés de una mano del CAPITÁN.)
CAPITÁN. – Las estrellas siempre están a la escucha de las palabras de los amantes. ¿Qué es hablar un corazón? En los ríos hay piedras que cantan al pasar el agua. En los ríos hay peces de plata que van y vienen, callados peregrinos. ¿Quién habla, quién canta? ¿Cantan, acaso, las mariposas que vienen en la noche a la luz de la casa? ¿Dónde he cogido estas palabras que voy vertiendo con mi boca, chispas, sabrosura somnífera, plumón de alondra, pétalos de rosa que se desprenden por saber de dónde viene el viento?
DOÑA INÉS. – ¡Mi corazón es un vaso que derrama!
CAPITÁN. – ¡Esa es otra lección! Los corazones son vasos llenos de caliente jengibre. ¿Quién osará añadir la gota que los hará verter? ¿O no la hay? Mejor sería llenarlos con nuestros sueños, y beber un poco yo de lo tuyo y tú de lo mío. ¡Démonos los secretos pensamientos! ¿Puedo ver si en el agua de tu vaso navega un clavel? ¡ Miraré con mis labios calientes!
DOÑA INÉS. – ¡Labios finos, quizá crueles! Los adiviné en la copa en que has bebido. ¡Mira si te esperaba! ¿ Se conocerán en los míos?
CAPITÁN (incorporándose y apartándose). – Si mezclas las lecciones, no te puedo seguir. Estábamos en el párrafo segundo de la comparación de los corazones con vasos de finísimo cristal.
DOÑA INÉS (levantándose). – ¿ Mezclar lecciones? ¿ Párrafo segundo? ¿Qué dices?
CAPITÁN. – ¡Las lecciones del libro! Con esto de la guerra casi se me olvidó la mitad. No puedo decirlo salteado.
DOÑA INÉS. – ¿Qué libro?
CAPITÁN. – «El Conversador Feliz de Amor». Ya me dijo mi mujer que no me fuese sin el libro, que podría quizá ganar algún dinero escribiendo alguna carta de ausente. Pero, en tiempo de guerra, ¡quién pensaba! ¡Y me sale cada asunto!
DOÑA INÉS. – ¿Por el libro? ¿Cabe amor en las letras de un libro? ¡Vete! ¡Mentira todo! ¡Palabras escritas! ¡Por el libro, Dios! (Huye escaleras arriba, llorando.)
CAPITÁN. – ¿Y qué tiene de malo por el libro? ¡Se para donde uno quiere!
Telón
Este rey Segismundo fue uno de los reyes antiguos de los Ducados, y se daba de primo con Egisto, según anotaciones de Filón. Segismundo se perdió en la tempestad que sorprendió a un grupo de fugitivos bajando hacia el mar, por la sierra, y eso que lo llevaban en el medio, porque decía que estando ungido preservaba del rayo. Pasados años apareció un ciego en Micenas, tocando un triángulo de plata, que tenía tres voces, según grosor de lado, y cantaba acompañándose con él canciones pícaras. Pasaba hambre, y a todos preguntaba de qué lado caía su país, pero no se acordaba del nombre de éste. Y Filón, por hacerle honor al muerto mísero en exilio, no lo quiso poner en sus apuntes, y hace que los dos soldados que anuncian que llega a la torre no sepan decir si es su rey o no. Escrúpulos morales que no son frecuentes en autores de comedias.
III
En la misma Venta del Mantineo estaba de moza de tabla y aguamaniles una llamada Liria, y sabiendo el huésped que Eumón curioseaba en las historias de doña Inés, se la llevó al tracio, ofreciéndole que por el regalo de una falda bajera, la muchacha le contaría lo que pasó yendo ella acompañando el cadáver de un sastre dicho Rodolfito, que lo llevaban a enterrar a la aldea de su viuda, que tenía un nicho al lado de una ermita en la que se veneraba a san Procopio, patrón de los gallos tartamudos, y en el camino pidieron permiso a doña Inés para posar el ataúd en el jardín de la torre, mientras los llevadores almorzaban en una taberna. Eumón aceptó la propuesta del Mantineo, y la moza, que era bonita y aparentaba muy limpia, el pelo recogido y las orejas pequeñas, y ladeaba un poco los ojos, lo que le hacía mucha gracia, contó que salió doña Inés a la puerta, y al pedido de la viuda contestó que podían posar, y lo hicieron en un banco de piedra. La viuda, como las buenas formas lo piden, comenzó a hacer el llanto del difunto. Era una mujer pequeña y delgada, pero con un hermoso pelo, que lo derramaba por la espalda, por debajo del pañuelo de seda negro.