La hora de las sombras
- Автор: Теорин Юхан
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La hora de las sombras». Краткое содержание книги:
Veinte años más tarde, el abuelo de Jens, Gerlof Davidsson, viejo marinero jubilado en Öland, recibe un paquete que contiene una pista del niño. El abuelo llama a su hija y madre del pequeño, Julia, que vive sumida en el dolor desde la pérdida de Jens. Julia regresa a la isla dispuesta a averiguar qué pasó con su hijo. Durante la investigación, oye hablar de Nils Kant, un siniestro y temido delincuente de Öland que supuestamente murió pero que algunos juran haber visto en el alvar al caer la noche. Poco a poco, lo que parece una idílica isla comienza a revelarse como un lugar misterioso y desapacible… y Julia se encuentra sumergida en una desaparición sin resolver que despertará los fantasmas del pasado e incomodará a muchos.
La hora de las sombras nos transporta a un lugar remoto poblado de leyendas y mitos suecos, un inquietante paraíso veraniego al que lectores de todo el mundo ya han viajado a través de estas páginas.
Primera novela publicada de Johan Theorin. Forma parte de la serie El cuarteto de Öland, compuesta por cuatro títulos ambientados en esta isla en las cuatro estaciones del año.
La calle enfilaba hacia el interior y subía por una ladera; el viento le daba en la espalda. En la cima había una arboleda y tras ella un muro bordeaba el jardín de una casa encalada y un gallinero de piedra con un corral vallado.
No se veía gallina alguna, pero un cartel de madera junto a la verja anunciaba: «SE VENDEN HUEVOS».
Julia se adentró por un camino de desiguales baldosas de piedra caliza. Pasó junto a una bomba de agua pintada de verde y recordó las palabras de Gunnar Ljunger sobre la red de agua municipal.
La puerta de la casa estaba cerrada, pero había un timbre. Tras pulsarlo, no ocurrió nada; pasado un rato se oyó un ruido sordo y a continuación se abrió la puerta. Apareció un anciano, delgado y lleno de arrugas, con un ralo cabello plateado pegado al cráneo.
– Hola -saludó.
– Hola -respondió Julia.
– ¿Vienes por huevos?
El anciano debía de haber interrumpido su almuerzo, pues aún masticaba.
Julia asintió. Buena idea, podía comprar huevos.
– ¿Es usted Sven-Olof? -dijo ella, sin sentir el malestar que experimentaba cada vez que hablaba con una persona nueva.
Quizás había empezado a acostumbrarse a tratar a desconocidos en Öland.
– Sí, sí -confirmó el hombre, y se calzó un par de grandes botas negras de goma que estaban al otro lado de la puerta-. ¿Cuántos quiere?
– Bueno… Media docena será suficiente.
Sven-Olof Nilsson salió de la casa y justo antes de que cerrase la puerta un silencioso gato salió a hurtadillas como una sombra negra detrás de él. No le dedicó a Julia ni una mirada.
– Voy a buscarlos -dijo el hombre.
– Vale -repuso Julia, pero cuando Sven-Olof se encaminó hacia el gallinero ella lo siguió.
Él abrió la puerta verde y entró en el suelo de tierra, y Julia se detuvo en el umbral; allí no había gallina alguna, sólo bandejas con huevos blancos sobre una mesita.
– Voy a coger unos recién puestos -anunció Sven-Olof; abrió una puerta desvencijada y entró en el cuarto de las gallinas.
Julia sintió el olor de las aves y vislumbró estanterías de madera en las paredes, pero apenas había luz, pues las bombillas estaban apagadas. El aire estaba cargado y polvoriento.
– ¿Cuántas gallinas tiene? -preguntó.
– Ahora ya no muchas -respondió Sven-Olof-. Unas cincuenta…, ya veremos durante cuánto tiempo podré conservarlas.
Se oyó un ligero cloqueo en el interior de la habitación.
– Me han dicho que Lambert murió.
– ¿Qué… Lambert? Sí, murió en el ochenta y siete -declaró Sven-Olof desde la oscuridad.
Julia no entendía por qué el hombre no encendía la luz, pero quizá tuviera las bombillas fundidas.
– Conocí a Lambert -explicó Julia-, hace muchos años.
– Vaya -replicó Sven-Olof-. Hay que ver.
No parecía especialmente interesado en escuchar ninguna historia sobre su hermano muerto, pero Julia no tenía más remedio que continuar:
– Fue en Stenvik, donde vivo.
– Vaya -repitió Sven-Olof.
Julia dio un paso hacia él atravesando el umbral en la oscuridad. El aire estaba lleno de polvo y olía a cerrado. Oía cómo las gallinas se agitaban nerviosas cerca de la pared, pero no podía ver si estaban libres o enjauladas.
– Mi madre, Ella, llamó a Lambert -prosiguió-, necesitábamos… Necesitábamos ayuda para encontrar a una persona. Llevaba desaparecida tres días, no había rastro de él por ninguna parte. Entonces Ella empezó a hablar de Lambert. Dijo que él podía encontrar cosas. Dijo que todo el mundo lo conocía por ese don.
– ¿Ella Davidsson? -preguntó Sven-Olof.
– Sí. Llamó y al día siguiente él llegó en una vieja motocicleta de carga.
– Sí, le gustaba ayudar -asintió Sven-Olof, que ahora sólo era una sombra en la habitación. Su voz baja apenas se oía entre el sordo cloqueo de las gallinas-: Lambert encontraba cosas. Soñaba con ellas y luego las encontraba. Cuando la gente se lo pedía también buscaba agua con una varita de zahorí de madera de avellano. Eso era muy apreciado.
Julia asintió con la cabeza.
– Cuando vino a nuestra casa se trajo su propia almohada. Quería dormir en el cuarto de Jens, rodeado de las cosas del niño. Y se lo permitimos.
– Sí, siempre lo hacía así -confirmó Sven-Olof-. Veía cosas en sueños. Gente que se había ahogado y cosas que habían desaparecido. Y acontecimientos futuros, cosas que ocurrirían. Soñó durante varias semanas con el día de su propia muerte. Dijo que le llegaría pronto en la cama de su habitación, a las dos y media de la madrugada, y que el corazón se le pararía y la ambulancia no llegaría a tiempo. Y eso fue lo que pasó, justo el día que él había predicho. Y la ambulancia no llegó a tiempo.
– Pero ¿aquello funcionaba siempre? -preguntó Julia-. ¿Todo coincidía?
– No siempre -dijo Sven-Olof-. A veces no soñaba nada. O no recordaba el sueño; eso pasaba a veces. Y nunca aparecían los nombres; en sus sueños nadie tenía nombre.
– Pero cuando decía algo -insistió Julia-, ¿acertaba siempre?
– Casi siempre. La gente confiaba en él.
Julia dio un par de pasos adelante. Tenía que contárselo.
– Yo llevaba tres noches sin dormir cuando su hermano llegó en su motocicleta -musitó-. Pero esa noche tampoco logré dormir. Permanecí tumbada despierta y lo oí acostarse en la cama de la habitación de Jens. Los muelles crujían cuando se movía. Después se hizo el silencio, pero fui incapaz de conciliar el sueño. Cuando se despertó a las siete de la mañana yo estaba sentada en la cocina, esperándolo.
Las gallinas cloqueaban nerviosas a su alrededor, pero Sven-Olof no hizo ningún comentario.
– Lambert había soñado con mi hijo -prosiguió ella-. Lo vi en su mirada cuando entró en la cocina con su almohada bajo el brazo. Me miró, y cuando le pregunté dijo que había soñado con Jens. Parecía triste; estoy segura de que pensaba contar más cosas, pero yo no tuve fuerzas para escucharlo. Le di una bofetada y le grité que se marchara. Mi padre, Gerlof, lo acompañó hasta la motocicleta junto a la verja, y yo me quedé en la cocina llorando y oí cómo se alejaba. -Hizo una pausa y suspiró-. Fue la única vez que vi a Lambert. Lo siento.
El gallinero se sumió en el silencio. Hasta las gallinas se habían calmado.
– Ese niño… -empezó Sven-Olof en la oscuridad-. ¿Se refiere a ese horrible caso que ocurrió? ¿El pequeño que desapareció en Stenvik?
– Era mi hijo, Jens -dijo Julia, que ahora hubiera dado lo que fuese por una copa de vino-. Sigue desaparecido.
Sven-Olof no dijo nada.
– Me gustaría saber… ¿Nunca comentó Lambert nada sobre lo que soñó aquella noche?
– Aquí hay cinco huevos -dijo una voz desde la oscuridad-. No encuentro más.
Julia comprendió que no pensaba responder a más preguntas.
Exhaló un pesado y profundo suspiro.
– No tengo nada -se dijo a sí misma-. No tengo nada.
La vista se le había empezado a acostumbrar poco a poco a la oscuridad, y pudo ver a Sven-Olof inmóvil en medio del gallinero, mirándola, con cinco huevos apretados contra el pecho.
– Lambert tuvo que haber dicho algo, Sven-Olof -insistió ella-. Alguna vez tuvo que decirle algo sobre lo que soñó aquella noche. ¿Qué dijo?
Sven-Olof tosió.
– Sólo habló del niño en una ocasión. -Julia guardó silencio. Contuvo la respiración-. Había leído un artículo en el Ölands-Posten -prosiguió Sven-Olof-. Fue unos cinco años después de lo ocurrido. Lo leímos durante el desayuno. Pero el periódico no contaba nada nuevo.
– Para variar -dijo Julia, cansada-. Nunca había nada nuevo que contar, y sin embargo, han seguido escribiendo sobre el caso.
– Estábamos sentados a la mesa de la cocina y yo había leído el periódico primero -explicó Sven-Olof-. Luego lo cogió Lambert. Y cuando vi que leía el artículo sobre el niño le pregunté qué pensaba. Lambert bajó el periódico y dijo que el niño estaba muerto.