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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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¿Qué pasó?

Vianne, las brujas no se jubilan, habilidades como las nuestras piden a gritos que las utilicemos.

La observo mientras trabaja en la trastienda y prepara trufas y bombones de licor. Desde que nos conocimos sus colores se han intensificado y, como ahora sé dónde mirar, veo magia en todo lo que hace. No parece consciente de ello, como si pudiese cegarse mediante el simple expediente de no hacer caso de lo que sucede, de la misma manera que tampoco presta atención a los tótems de sus hijas. Vianne no es tonta…, así que, ¿por qué se comporta como tal? ¿Qué hace falta para que abra los ojos?

Pasó la mañana en la trastienda y el olor de lo que horneaba llegó al local, en el que hemos instalado una chocolatera. En menos de una semana, el local ha cambiado tanto que resulta casi irreconocible. Con las huellas de las manos de las niñas, la mesa y las sillas generan un ambiente festivo. Hay algo de patio de escuela en esos colores primarios y, por mucho que acomodemos los muebles, siempre existe una leve sensación de desorden. De las paredes cuelgan cuadros: cuadrados de saris en tonos rosa vivo y amarillo limón, bordados y enmarcados. Hay dos butacones viejos y rescatados de un contenedor, con los muelles vencidos y las patas torcidas. Los he arreglado con un par de metros de felpa fucsia con estampado de leopardo y un retal de tela dorada comprado en una tienda de beneficencia.

Annie está encantada y yo también. De no ser por el tamaño del local, podría parecer una pequeña cafetería de uno de los barrios más elegantes de París…; por si eso fuera poco, hemos escogido el mejor momento posible.

Tras una desafortunada intoxicación alimentaria (no totalmente inesperada) y la visita de un inspector de Sanidad, hace dos días han clausurado Le P'tit Pinson. Por lo que he oído, Laurent tendrá que dedicar como mínimo un mes a limpiar y restaurar la cafetería antes de que autoricen la reapertura, lo que significa que su clientela navideña se resentirá.

Después de todo, el pobre Laurent se comió los bombones. Huracán funciona por vías misteriosas. De la misma manera que los pararrayos atraen las descargas eléctricas, hay quienes se las apañan para sufrir esta clase de peripecias.

Como digo yo, más para nosotras. No estamos autorizadas a servir alcohol, sino chocolate caliente, pasteles, galletas, macarrones y, por añadidura, el canto de sirena de las trufas de chocolate amargo, los bombones de licor y moca, las fresas recubiertas de chocolate, los bocaditos de nuez, los de albaricoque y frutos secos…

Hasta ahora los tenderos de la plaza han mantenido las distancias porque muestran cierta desconfianza ante nuestros cambios. Están tan habituados a pensar que la chocolatería es una trampa para turistas, un local en el que los lugareños no tienen nada que hacer, que tendré que apelar a toda mi capacidad de persuasión para que se acerquen.

Ayuda que Laurent nos haya visitado; precisamente Laurent, que detesta hasta el más mínimo cambio y que vive en un París que es producto de su imaginación, ya que solo tienen entrada los parisinos autóctonos. Al igual que el resto de los alcohólicos, es goloso. Además, ¿adónde puede ir ahora que han clausurado la cafetería? ¿Dónde tendrá público al que enumerar su interminable catálogo de quejas?

Huraño y visiblemente curioso, se presentó ayer a la hora del almuerzo. Era la primera vez que venía desde que reformamos el local, y estudió las mejoras con expresión de contrariedad. Quiso la suerte que hubiera clientes: Richard y Mathurin, que pasaron de camino a su habitual partida de petanca en el parque. Al ver a Laurent se mostraron ligeramente incómodos, y ya les vale, pues son parroquianos de toda la vida de Le P'tit Pinson.

Laurent les dirigió una mirada desdeñosa y comentó:

– Por lo visto, a alguien le va bien. ¿Qué es esto…, una puñetera cafetería o algo parecido?

Sonreí.

– ¿Te gusta?

– ¡Miu! -Laurent emitió su ruido preferido-. Cualquiera cree que puede montar una maldita cafetería. Todo el mundo se considera capaz de hacerlo.

– Jamás se me ocurriría -aseguré-. En nuestros días es difícil crear una atmósfera auténtica.

Laurent dejó escapar un bufido.

– No me vengas con esas. Calle abajo está el Café des Artistes y el encargado, te lo creas o no, es turco; para no hablar de la cafetería italiana que hay al lado, del salón de té y de los diversos Costa y Starbuck… Los jodidos yanquis creen que han inventado el café. -Me miró furibundo, como si yo tuviese antepasados en el Nuevo Mundo-. ¿Qué se ha hecho de la lealtad? -protestó-. ¿Qué ha pasado con el patriotismo francés de toda la vida?

Mathurin está bastante sordo y es posible que no lo oyese, pero estoy convencida de que Richard se hizo el tonto.

– Yanne, has sido muy amable. Será mejor que nos vayamos.

Dejaron el dinero sobre la mesa y huyeron sin volver la vista atrás, mientras Laurent se ruborizaba y abría desmesuradamente los ojos.

– Ese par de maricas viejos… -despotricó-. La cantidad de veces que entraron en mi cafetería a tomar una cerveza y a jugar a las cartas… y ahora, en cuanto las cosas se tuercen…

Le dediqué mi sonrisa más solidaria.

– Lo sé, Laurent, pero debes tener en cuenta que las chocolaterías son locales tradicionales. De hecho, me parece que históricamente preceden a las cafeterías, lo que las vuelve muy auténticas y parisinas… -Pese a que siguió farfullando, lo conduje hasta la mesa que sus parroquianos acababan de desocupar-. ¿Por qué no te sientas y bebes una taza de chocolate? Laurent, invita la casa, por descontado.

Aquello solo fue el comienzo. Laurent Pinson está de nuestra parte a cambio de una taza de chocolate y un bombón de praliné. Obviamente, no se trata de que lo necesitemos como cliente, ya que es un parásito que se llena los bolsillos con azucarillos y se queda horas con una taza de café, sino de que es el eslabón débil de nuestra reducida comunidad y, donde va Laurent, van los demás.

Esta mañana se presentó madame Pinot. En realidad, no compró nada, pero echó un buen vistazo al local y se marchó tras saborear un bombón invitación de la casa. Jean-Louis y Paupaul hicieron lo mismo; por casualidad sé que la chica que esta mañana compró trufas trabaja en la panadería de la rue des Trois Frères y hablará de la chocolatería a sus clientes.

Intentará explicar que no solo tiene que ver con el gusto: la sabrosa trufa de chocolate negro, emborrachada con ron; el lejano sabor de la guindilla, la generosa suavidad del centro del bombón y el amargor del acabado con cacao en polvo… Esas características no bastan para entender el extraño atractivo de las trufas de chocolate de Yanne Charbonneau.

Tal vez se vincula con que te hacen sentir más fuerte, tal vez más poderoso, más atento a los sabores y a los sonidos del mundo, más consciente de los colores y las texturas, más volcado en ti mismo, en lo que hay bajo la piel, en la boca, en el cuello, en la lengua sensible.

Solo uno, suelo decir.

Prueban y compran.

Compran tantos que Vianne estuvo ocupada todo el día, por lo que me tocó regentar el local y servir chocolate caliente a los que entran. Con un mínimo de buena voluntad, hay asientos para seis y es un lugar peculiarmente atractivo, tranquilo, reparador y animado a la vez, donde la gente acude a olvidar sus problemas, se sienta a beber chocolate y charla.

¿Charla? ¡Vaya si hablan! Vianne es la excepción que confirma la regla. De todas maneras, tiempo al tiempo. Digo que hay que empezar con modestia… o a lo grande, al menos en el caso de Nico el Gordo.

– ¡Hola, dama de los zapatos! ¿Qué hay para comer?

– ¿Qué prefieres? -pregunté-. Hay eremitas de rosa, cuadrados picantes, macarrones de cocoooooooooo… -alargué provocativamente la última palabra porque conozco su debilidad por el coco.

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