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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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En primer lugar, está eso de la actitud que mencionó Zozie. Me comprometí a intentarlo y lo probé; esta mañana me sentí un pelín cohibida, con el pelo recién lavado y unas gotas de colonia de rosas de Zozie, mientras me miraba en el espejo del baño y practicaba la sonrisa demoledora.

Debo reconocer que tan mal no estaba. No fue perfecto, pero la diferencia es enorme si te pones derecha y pronuncias las palabras, aunque solo sea mentalmente.

Además, también estaba distinta; me parecía más a Zozie, a la clase de persona capaz de soltar tacos en un salón de té sin que le importe lo más mínimo.

No es magia, me dije con mi voz espectral. Con el rabillo del ojo avisté a Pantoufle, con expresión ligeramente desaprobadora, mientras subía y bajaba la nariz.

– Pantoufle, no te preocupes -musité-. No se trata de magia. Está permitido.

Después aparecieron Suze y el pañuelo. Me he enterado de que tendrá que llevarlo hasta que le crezca el pelo y lo cierto es que está horrible. Parece un bolo cabreado. Además, la gente dice «Allahu akbar» cada vez que se cruza con ella; Chantal se rió, Suze se enfadó y han reñido de verdad.

Chantal pasó toda la hora de la comida con otras amigas y Suze vino a quejarse y a llorar en mi hombro, pero supongo que en ese momento no me sentía demasiado comprensiva y, además, estaba acompañada.

Todo lo cual me conduce a la tercera cuestión.

Sucedió esta mañana, durante el recreo. Con excepción de Jean-Loup Rimbault, que leía como siempre, y de unas pocas solitarias, en su mayor parte musulmanas que casi nunca participan en nada, el resto de la clase jugaba con una pelota de tenis.

Chantal lanzó la pelota a Lucie y cuando entré gritó: «¡Annie es un bicho raro!». Después todos rieron, se lanzaron la pelota por el aula y gritaron: «¡Salta! ¡Salta!».

Otro día habría participado. Al fin y al cabo, se trata de un juego y es mejor ser bicho raro que quedar excluida, pero hoy había puesto en práctica la dichosa actitud de Zozie.

Me pregunté cómo habría reaccionado y en el acto supe que Zozie preferiría morir antes que ser bicho raro.

Chantal seguía gritando que saltase, como si fuera un perro, y durante unos segundos me limité a mirarla como si hasta entonces jamás la hubiese visto de verdad.

Antes pensaba que era bonita. Debería serlo, ya que dedica mucho tiempo a su aspecto. Hoy también vi sus colores y los de Suzanne; había pasado tanto tiempo desde que los miré por última vez que me resultó imposible dejar de contemplar lo horribles, lo realmente feas que son mis compañeras.

Los demás también debieron de reparar en algo porque Suze soltó la pelota y nadie la recogió. Percibí que formaban un círculo, como si estuviera a punto de estallar una pelea o algo superespecial.

A Chantal no le gustó que la mirase fijamente y espetó:

– ¿Qué diablos te pasa? ¿Ya no recuerdas que mirar así es de mala educación?

Me limité a sonreír y seguí mirándola.

Tras ella detecté que Jean-Loup Rimbault apartaba la vista del libro. Mathilde también miraba, con la boca ligeramente entreabierta; Faridah y Sabine dejaron de hablar en un rincón y Claude esbozó una sonrisa como la que adoptas cuando llueve e inesperadamente el sol asoma durante unos segundos.

Chantal me dirigió una de sus miradas socarronas.

– Algunos podemos darnos el lujo de tener una vida. Supongo que tendrás que buscarte otra diversión.

Bueno, sabía qué habría respondido Zozie, pero yo no soy Zozie, detesto las escenas y una parte de mi persona solo aspiraba a sentarse en el pupitre y perderse entre las páginas de un libro. Por otro lado, me había comprometido a intentarlo, por lo que cuadré los hombros, miré a Chantal a los ojos y dirigí a todos mi sonrisa demoledora.

– Que te zurzan, soy fabulosa. -Cogí la pelota de tenis, que se había detenido entre mis pies, y la lancé a la cabeza de Chantal-. Ahora tú eres el bicho raro.

Me dirigí hacia el fondo del aula y me detuve frente al pupitre de Jean-Loup, que ya ni siquiera simulaba reír, sino que me observaba con la boca entreabierta por la sorpresa.

– ¿Quieres jugar? -pregunté.

Tomé la delantera.

Hablamos mucho rato. Resulta que nos gustan las mismas cosas: las viejas películas en blanco y negro, la fotografía, Julio Verne, Chagall, Jeanne Moreau, el cementerio…

Siempre lo había considerado engreído; nunca juega con los demás, tal vez porque es un año mayor, y constantemente toma fotos raras con su pequeña cámara. Solo le había hablado una ve/ porque sabía que así fastidiaría a Chantal y a Suze.

En realidad, no está mal; se rió con mi historia de Suze y la lista y, cuando le conté dónde vivía, preguntó:

– ¿Has dicho que vives en una chocolatería? ¿No es fantástico?

Me encogí de hombros.

– Supongo que sí.

– Puedes comer bombones.

– Siempre que quiero.

Puso los ojos en blanco, lo que me llevó a soltar una carcajada. A continuación…

– Espera un momento -pidió, cogió su cámara plateada apenas más grande que una caja de cerillas, me apuntó y declaró-:Te he pillado.

– ¡Eh, para! -exclamé y me puse de espaldas.

No me gusta que me hagan fotos. Jean-Loup contemplaba la diminuta pantalla de la cámara y sonreía.

– Mira -propuso y me mostró la foto.

No suelo ver fotos mías. Las pocas que tengo son formales, para el pasaporte, con fondo blanco y sin sonreír. En esta me reía y Jean-Loup había hecho la foto en un ángulo disparatado, conmigo girada hacia la cámara, con el pelo alborotado y el rostro encendido…

Jean-Loup sonrió de oreja a oreja.

– Vamos, reconócelo, no está tan mal.

Volví a encogerme de hombros.

– He quedado bien. ¿Hace mucho que te dedicas a la fotografía?

– Desde la primera vez que rae ingresaron en el hospital. Tengo tres cámaras. Mi preferida es una vieja Yashica manual que utilizo únicamente para blanco y negro. La digital es buena y puedo llevarla a todas partes.

– ¿Por qué estuviste en el hospital?

– Tengo un problema cardíaco -respondió-. Por eso perdí un curso. Tuvieron que someterme a dos operaciones y falté cuatro meses a la escuela. Fue totalmente imperfecto.

No hace falta que diga que «imperfecto» es la palabra preferida de Jean-Loup.

– ¿Es grave? -quise saber.

Jean-Loup le restó importancia con un encogimiento de hombros.

– En realidad, morí en la mesa de operaciones. Me declararon oficialmente muerto durante cincuenta y nueve segundos.

– ¡Caramba! -exclamé-. ¿Te han quedado cicatrices?

– A montones -replicó Jean-Loup-. Si te descuidas soy un monstruo.

Sin que me diera cuenta nos contamos nuestras vidas. Le hablé de mamá y Thierry y Jean-Loup me contó que sus padres se habían divorciado cuando tenía nueve años, que el año anterior su padre había vuelto a casarse y que daba igual lo agradable que ella fuese porque…

– Porque, cuanto más agradables, más los odias -concluí sonriente.

Jean-Loup rió y así, de pronto, nos hicimos amigos. Lo hicimos tranquilamente, sin montar un escándalo; de repente ya no tuvo importancia que Suze prefiriese a Chantal o que siempre me tocara hacer de bicho raro cuando jugábamos con la pelota de tenis.

Mientras esperábamos el autobús escolar, permanecí con Jean-Loup al principio de la cola y Chantal y Suze me miraron contrariadas desde su lugar en el medio, pero no dijeron ni pío.

6

Lunes, 19 de noviembre

Anouk regresó de la escuela con paso inesperadamente animado. Se cambió de ropa, por primera vez en semanas me cubrió de besos y anunció que salía un rato con alguien del liceo.

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