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Asesinato en el campo de golf

Электронная книга - «Asesinato en el campo de golf». Краткое содержание книги:

Una soleada mañana Hercules Poirot se encuentra desayunando con su gran amigo el Capitan Hasting. La conversacion entre los dos amigos pronto es reemplazada por las quejas del detective belga que se encuentra aburrido por la falta de casos que sean un verdadero reto para su brillante cerebro...repentinamente el detective recibe una carta que despierta su interes. La carta es enviada por Pablo Renauld que le ruega que acuda en su ayuda inmediatamente ya que teme por su vida y no quiere recurrir a la policia Poirot de inmediato se dirige a la casa de Renauld pero se encuentra con una terrible noticia Pablo Renauld ha sido asesinado con una daga en un campo de Golf cercano
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—Continúe...

—Y entonces —siguió Poirot gravemente— le alcanza la justicia que había eludido por tanto tiempo. Una mano desconocida le apuñala por la espalda... Ahora, Hastings, comprende usted lo que quiero decir al hablar de dos crímenes. El primer crimen que Renauld, en su arrogancia, nos pidió que investigásemos, está resuelto. Pero, tras él, hay un enigma más profundo. Y hallar la solución sería difícil..., puesto que el criminal, con buen juicio, se ha contentado con aprovecharse de la trama preparada por Renauld. Ha sido un misterio particularmente escurridizo y desconcertante.

—Es usted maravilloso, Poirot —dije, admirado—. Absolutamente maravilloso. ¡Nadie más hubiera podido hacer esto!

Creo que mi elogio le complació. Por única vez en su vida pareció hallarse algo turbado.

—Este pobre Giraud —dijo, procurando, sin lograrlo, parecer modesto—, sin duda, no es todo estupidez. Ha estado de mala suerte algunas veces. Ese cabello oscuro arrollado a la daga, por ejemplo. Lo menos que puede decirse es que era para despistar a un hombre.

—Hablando con franqueza, Poirot —dije lentamente—, aun ahora no sospecho... de quién era.

—De madame Renauld, por supuesto. Ahí es donde la cogió la mala suerte. El cabello de esta dama, originalmente negro, está ahora completamente plateado. Igual podía haber sido un cabello blanco..., y, entonces, ¡jamás hubiera podido Giraud persuadirse de que venía de la cabeza de Jack Renauld! Pero una cosa va con la otra. ¡Siempre ha de retorcer los hechos para que encajen en una hipótesis! Sin duda, cuando se restablezca, madame Renauld hablará. Nunca se le ocurrió la posibilidad de que su hijo fuese acusado del asesinato. ¿Cómo podía ocurrírsele cuando le creía en seguridad, navegando a bordo del Anzora? ¡Ah, eso es una mujer, Hastings! ¡Qué fuerza, qué dominio de sí misma! Sólo tuvo un desliz: su inesperada respuesta: «Esto no tiene importancia..., ahora.» Y nadie advirtió, nadie se dio cuenta del significado de estas palabras. ¡Qué terrible papel ha tenido que desempeñar la pobre mujer! Imagine su impresión cuando, al ir a identificar el cadáver, en lugar de lo que esperaba ver, descubre la forma inerte de su marido, al que, para entonces, creía ya a muchos kilómetros de distancia... ¡No fue milagro que se desmayase! Pero, desde entonces, a pesar de su dolor y de su desesperación, ¡qué resueltamente ha desempeñado este papel, y qué horrible angustia debe de estar atormentándola! No puede decir una palabra para ponernos en la pista de los verdaderos asesinos. Por el bienestar de su hijo, nadie debe saber que Pablo Renauld era el criminal George Conneau. Y, como golpe final y más amargo, ha admitido públicamente que madame Daubreuil era la amiga de su marido..., ya que la menor insinuación de chantaje podía ser fatal para su secreto. ¡Con qué habilidad contestó al juez de instrucción cuando éste le preguntó si había algún misterio en la vida pasada de su esposo: «¡Nada que fuese tan romántico, señor juez!» Su tono indulgente, su ligero matiz de triste burla, fueron perfectos. Y Hautet se sintió colocado en una posición necia y melodramática. ¡Sí, es una gran mujer! Si ha amado a un criminal, le ha amado ¡como una reina!

Poirot se había quedado perdido en sus pensamientos.

—Otra cosa, Poirot: ¿qué me dice del trozo de tubería de plomo?

—¿No lo ve? Era para desfigurar a la víctima de suerte que no pudiera ser reconocida. Esto fue lo primero que me puso sobre la pista verdadera. ¡Y ese imbécil de Giraud dando vueltas por allí en busca de cerillas quemadas! ¿No le dije a usted que un indicio de treinta centímetros de longitud era tan bueno como uno de dos? Ya lo ve, Hastings, tenemos que volver a empezar. ¿Quién mató a Renauld? Alguien que estaba cerca de la villa poco antes de las doce de aquella noche, alguien que sale beneficiado con su muerte..., y estos detalles corresponden perfectamente con las circunstancias de Jack Renauld. No era preciso tener el crimen premeditado. Y, por otra parte, ¡la llaga!

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