Asesinato en el campo de golf
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #2
- Год: 1923
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en el campo de golf». Краткое содержание книги:
—¿Y el motivo?
—Dinero, por supuesto. Recuerde que Jack Renauld pensaba que recibiría la mitad de la fortuna de su padre a la muerte de éste.
—Pero el vagabundo... ¿Qué venía a hacer aquí?
Poirot encogió los hombros.
—Giraud dirá que era un cómplice..., un apache que ayudó al joven Renauld a cometer el crimen, y que fue convenientemente quitado de en medio después.
—¿Y el cabello alrededor de la daga? ¿El cabello de mujer?
—¡Ah! —contestó Poirot con amplia sonrisa—. Ésa es la flor y nata de las bromitas de Giraud. Según él, no es de mujer. Recuerde que los jóvenes de nuestros días llevan el cabello hacia atrás desde la frente y alisado con pomadas. Por tanto, algunos de esos cabellos son de longitud considerable.
—¿Y usted también cree eso?
—No —dijo Poirot con curiosa sonrisa—; porque sé que es un cabello de mujer..., y sé más aún: ¡de qué mujer!
—Madame Daubreuil —anuncié yo con acento positivo.
—Quizá —dijo Poirot, mirándome con expresión burlona; pero no consentí en molestarme.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunté al entrar en el zaguán de la Villa Geneviéve.
—Deseo hacer un registro entre los enseres de Jack Renauld. Ésta es la razón de que le haya alejado de aquí por unas cuantas horas.
Limpia y metódicamente, Poirot abrió uno tras otro todos los cajones, examinó el contenido y lo volvió todo exactamente al sitio que ocupaba. Era una tarea singularmente pesada y aburrida. Poirot fue repasando cuellos, pijamas y calcetines. Un ronroneo que llegaba del exterior me arrastró a la ventana; instantáneamente, me sentí agitado.
—¡Poirot! —exclamé—. Acaba de llegar un coche; en él vienen Giraud, Jack Renauld y dos gendarmes.
—Sacre tonnerre! —gritó Poirot—. ¿No podía esperar ese animal de Giraud? No voy a poder dejarlo todo como estaba, en el último cajón, con el debido cuidado. Démonos prisa.
Sin ceremonia, echó al suelo todos los objetos, corbatas y pañuelos en su mayor parte. De pronto, con un grito de triunfo, Poirot se echó sobre un objeto, un pequeño cuadrito de cartón, evidentemente una fotografía. Metiéndosela en el bolsillo, volvió todo lo demás, revuelto, al cajón, y cogiéndome por el brazo, me llevó fuera de la habitación y escalera abajo. En el zaguán estaba Giraud contemplando a su prisionero.
—Buenas tardes, Giraud —saludó Poirot—; ¿qué tenemos aquí?
Giraud indicó a Jack con la cabeza.
—Estaba intentando escabullirse, pero yo he sido demasiado vivo para él. Está detenido como culpable del asesinato de su padre, Pablo Renauld.
Poirot giró sobre sí mismo para mirar al muchacho, que se apoyaba inerte contra la puerta, con el rostro color de ceniza.
—¿Y qué me dice usted de esto, joven? Jack Renauld le miró sin expresión.
—Nada —contestó.
Capítulo XIX
Hago uso de mis células grises
Me encontraba aturdido. Hasta el último momento no pude decidirme a creer que Jack Renauld pudiera ser culpable. Cuando Poirot le provocó, esperé una vibrante proclamación de inocencia. Pero ahora, observándole tal como estaba, apoyado contra la pared, blanco y decaído y oyendo de sus propios labios la condenadora admisión, no dudé más.
Pero Poirot se había vuelto hacia Giraud.
—¿En qué se funda usted para detenerle?
—¿Espera acaso que se lo diga?
—Por pura cortesía, sí.
Giraud le miró con expresión dudosa. Estaba atormentado entre el deseo de negarse en redondo y el placer de triunfar sobre su adversario.
—Supongo que se figura usted que me he equivocado —dijo desdeñosamente.
—No me sorprendería—contesto Poirot con ligera malicia.
El rostro de Giraud se puso más encendido.
—Pues bien: venga conmigo. Usted mismo juzgará.
Y entramos en el salón, cuya puerta acababa de abrir, dejando a Jack Renauld al cuidado de los otros dos hombres.
—Ahora, Poirot —dijo Giraud con marcado acento de ironía, dejando el sombrero sobre la mesa—, voy a darle una pequeña conferencia sobre el trabajo del detective. Voy a mostrarle cómo trabajamos los modernos.
—¡Bien! —replicó Poirot, poniéndose en la actitud del que se prepara a escuchar—; y yo voy a mostrarle cuan admirablemente sabemos escuchar los de la vieja guardia —y, echándose hacia atrás, cerró los ojos, que volvió a abrir por un momento para observar—: No tema que me quede dormido. Escucharé con la mayor atención.
—Naturalmente —empezó a decir Giraud—, yo vi muy pronto que esa historia de los chilenos era una invención. Había en el caso dos hombres..., pero ¡no eran misteriosos extranjeros! Todo esto era una pantalla.
—Muy hábil hasta aquí, mi querido Giraud —murmuró Poirot—, especialmente después de esa picara jugarreta de la cerilla y la punta del cigarrillo.
Giraud le dirigió una mirada feroz, pero continuó:
—Tenía que haber un hombre relacionado con el caso para cavar la sepultura. A ningún hombre le aprovecha, verdaderamente, el crimen, pero había uno que creía que le aprovecharía. Me enteré de la disputa de Jack Renauld con su padre y de las amenazas que, indirectamente, había hecho. El motivo quedaba establecido. Vamos ahora a los medios. Jack Renauld estuvo aquella noche en Merlinville. Ocultó esta circunstancia..., y esto convertía la sospecha en certidumbre. Encontramos luego una segunda víctima, apuñalada con la misma daga. Sabemos cuándo ésta fue robada. El capitán Hastings, aquí presente, puede fijar la hora. Jack Renauld, llegado de Cherburgo, era la única persona que podía haberla cogido. He hecho las comprobaciones necesarias respecto a todas las otras personas de la casa.
Poirot le interrumpió:
—Se equivoca usted. Hay otra persona que pudo haber cogido la daga.
—¿Se refiere a Stonor? Llegó a la puerta delantera en un automóvil que le había traído directamente de Calais. ¡Ah, créame, lo he examinado todo! Jack Renauld llegó en tren. Entre su llegada y el momento en que se presentó en la casa transcurrió una hora. Vio, sin duda, al capitán Hastings y a su compañera cuando salían del cobertizo; entró él, tomó la daga y fue a clavársela a su cómplice...
—¡Que estaba ya muerto! Giraud encogió los hombros.
—Es posible que no se diese cuenta de esto. Pudo haber creído que dormía. Sin duda estaban citados. De todos modos, sabía que este aparente segundo asesinato complicaría mucho el caso. Y así fue.
—Pero esto no podía engañar a Giraud —murmuró Poirot.
—¡Está usted mofándose de mí! Pero le daré una prueba última e irrefutable. La historia de madame Renauld era falsa..., inventada del principio al fin. Creemos que había amado a su marido..., y, sin embargo, mintió para proteger al asesino. ¿Por quién mentiría una mujer? A veces, por sí misma; muy a menudo, por el hombre a quien ama; siempre, por sus hijos. Esta es la última, la irrefutable prueba. No hay manera de esquivarla.
Giraud se detuvo encendido y triunfante. Poirot le miró con firmeza.
—Tal es mi caso —siguió aquél—. ¿Qué tiene usted que contestar?
—Sólo que hay una cosa que ha dejado usted de tener en cuenta.
—¿Qué cosa?
—Es de presumir que Jack Renauld supiera que estaba construyéndose un campo de golf. Tenía que suponer que el cadáver sería descubierto casi inmediatamente, en cuanto empezasen a cavar el bunkair.
Giraud soltó la carcajada.
—Pero ¡esto es una idiotez! ¡Él quería que fuese descubierto el cadáver! Hasta que esto sucediera, sólo podía haber presunción de la muerte de su padre y había de serle imposible entrar en posesión de la herencia.
Mientras Poirot se ponía en pie vi asomar el vivo destello verde a sus ojos.