La Trama China
- Автор: See Lisa
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Trama China». Краткое содержание книги:
Hu-lan había pasado su adolescencia y parte de su juventud en Estados Unidos y al volver a China, ya adulta, se sorprendió de la capacidad de los campesinos de dormir en cualquier parte y en cualquier momento: en el mostrador de cosméticos de unos grandes almacenes, en un taburete en el mercado de hortalizas y hasta en el suelo de la oficina de correos. A los jefes con despacho privado, generalmente les proporcionaban un catre como bonificación extra. Incluso en el ministerio muchos compañeros de Hu-lan tenían catres en los despachos.
– Pero lo más importante -continuó la señora Leing- es que no se permite la entrada de hombres en el dormitorio… nunca. Lo que significa que nosotras nos ocupamos de todas las reparaciones y la limpieza. El Partido ha trabajado duro para conseguir que todas las mujeres que trabajen aquí estén a salvo no sólo de los extranjeros, sino también de nuestros compatriotas campesinos, los mismos que pondrían nuestra virtud en tela de juicio.
Hu-lan percibió el alivio que recorrió la habitación. ¿Cuántas mujeres habían huido de padres que abusaban de ellas y matrimonios indeseables? Y con la política de un solo hijo, que había dado como resultado millones de abortos, las mujeres, por primera vez en la historia, eran un bien preciado. Si lo que decía la secretaria del Partido era verdad, estas mujeres -algunas de ellas aún adolescentes- ya no estarían a merced de los bandidos y las bandas de delincuentes que asolaban aldeas remotas raptando mujeres para venderlas como novias en provincias lejanas.
– El castigo por las infracciones es automático y severo -continuó la señora Leing-. Por cada minuto perdido de toque de silencio, se añadirá una hora de trabajo al día siguiente. Esto significa que la que no esté en el dormitorio exactamente a las diez, al día siguiente trabajará hasta las ocho. O sea, se perderá la cena.
La señora Leung levantó una mano para silenciar los murmullos de queja.
– Así son las cosas en Estados Unidos, y así serán en vuestro nuevo hogar -dijo con firmeza. Apretó el atril con las manos mientras esperaba que el silencio fuera completo-. Dejadme continuar. Si faltáis un día al trabajo, se descontará tres yuanes del sueldo de doscientos. Si faltáis tres días seguidos, seréis despedidas.
Las mujeres volvieron a murmurar entre ellas.
– Yo pensaba que el sueldo era de quinientos yuanes por mes -dijo una.
La mirada de desaprobación de la señora Leung recorrió la sala.
– ¿Quién ha hecho esa pregunta? -al ver que nadie respondía, añadió-: algún día, cuando hayáis acabado la formación, seréis ascendidas, pero hasta entonces ganaréis doscientos yuanes por mes. -Miró la sala desafiando a las mujeres a que se quejaran. Ninguna lo hizo-. Dentro de un rato comenzará vuestra formación, pero antes de que os vayáis quiero recordaros que soy vuestro enlace gubernamental. Así que si tenéis algún problema venid a verme. Siempre encontraréis una interlocutora receptiva.
Al cabo de veinte minutos, pasaron a otra amplia nave con capacidad para cien personas sentadas a unas mesas largas. Pero como estaban a mediados de semana, explicó la instructora, en el curso de formación sólo estaría ese pequeño grupo. Durante el resto de la tarde Hu-lan pasó de un sitio de trabajo a otro, donde cronometraron su velocidad para coser a máquina, enganchar los botones de los ojos y poner grapas a las cajas de empaquetado. Pensaba que era bastante hábil para montar la caja que contenía el programa informático, hasta que vio que las otras de su grupo eran más rápidas. Mientras rellenaba el cuerpo con fibra de poliéster, no paró de estornudar, y por esa razón la supervisora puso una marca roja al lado de su nombre. La siguiente tarea consistía en pinchar la cabeza del muñeco para poner el pelo. Lo que significaba ensartar con una herramienta los mechones en unos diminutos agujeros ya marcados y después atarlos dentro del cráneo. Cada vez que paraba, la supervisora marcaba los progresos de Hu-lan en la tablilla.
Pasó a continuación a una máquina troqueladora. Hu-lan, poco acostumbrada al trabajo manual, iba despacio con una tarea que consistía en mover deprisa la cara de plástico del muñeco y colocarla en una posición determinada para que la máquina hiciera unos agujeros especiales.
Al cabo de un minuto, la cuchilla bajó y le hizo un tajo en la mano izquierda, entre el pulgar y el índice. La señora Leung paró la máquina y llevó a Hu-lan a la enfermería. La enfermera cogió una aguja y ahí mismo, sin anestesia ni desinfectante, cosió la herida. Se la cubrió con gasa y esparadrapo y le dijo que era una herida leve.
– Puedes volver al trabajo -añadió.
La señora Leung asintió y acompañó a Hu-lan otra vez a la sala de formación. El vendaje y el dolor agudizaban la torpeza de Hu-lan, pero aunque no era tan rápida como las demás, vio que a pesar de todo podía seguir. Sin embargo, al lado de su nombre pusieron otras marcas rojas.
A las seis y media las llevaron a una cafetería y les dieron un bol de arroz con verduras fritas. A las siete oyeron una sirena. Reapareció la señora Leung, las llevó a una sala contigua y les dijo que podían descansar quince minutos. En el momento en que la cafetería se llenaba de trabajadoras, regresó la señora Leung, abrió la puerta exterior y las llevó bajo el sol de última hora de la tarde al edificio de montaje. Jimmy, el australiano, no estaba en su puesto, por lo que la señora Leung palpó debajo del escritorio y apretó el botón que abría la puerta.
Al otro lado estaba el pequeño vestíbulo que Hu-lan ya conocía. La señora Leung abrió una de as puertas y las mujeres la siguieron por un pasillo que giraba a la derecha, a la izquierda, otra vez a la derecha y luego dos veces a la izquierda. En cada pasillo pasaban delante de puertas cerradas. Hu-lan no tenía ni idea de dónde estaba en relación con la sala de montaje final que había visto en la visita anterior, por no mencionar el patio principal por el que habían entrado. Llegaron a una nave enorme que, por lógica, debía estar al otro lado de la pared de la sala de montaje final.
La nave estaba dividida en dos espacios abiertos. En el primero, y más grande, estaban las mesas para cortar y las máquinas de coser. En el segundo había unas máquinas gigantescas, algunas de dos metros y medio de altura y seis metros de largo. La señora Leung explicó qué eran. Unas máquinas hacían los moldes para las distintas partes del cuerpo; otras, el pelo; y por último una que tenía pinzas afiladas y cogía bloques compactos de fibra de poliéster, los dejaba sobre una cinta transportadora y los cortaba hasta convertirlos en un relleno esponjoso, que salí por el otro extremo de la máquina, donde las trabajadoras lo metían en sacos de arpillera.
Hu-lan, mientras caminaba detrás de la secretaria, sentía las oleadas de calor que salían de las máquinas. La temperatura, incluso a esa hora de la tarde era espantosa. De la frente de May-li caían finas gotas de sudor.
– Esto es un horno -murmuró Siang-. Dentro de una hora estaremos cocidas como un botijo.
– Aquí trabajaréis mañana -anunció la señora Leung-. Se os asignará un puesto de trabajo y una guía. Ella os enseñará a cada una a trabajar en su máquina. Una vez hayáis aprendido el trabajo en esta nave, os promoverán a otras tareas. Algunas hasta podréis llegar al sitio que los extranjeros llaman el alma. Es un lugar con aire acondicionado, o sea, un invento especial americano que hace que el aire esté fresco como el hielo aunque estemos en el mes más caluroso del año. Muchas de vosotras habéis llegado aquí con grandes sueños. Yo estoy aquí para deciros que pueden hacerse realidad. Y puedo hacer esta promesa porque un día yo también estuve donde estáis vosotras ahora. Soy de un pueblo muy lejano y empecé en esta sala. Ganaba doscientos yuanes, pero seguí trabajando porque tenía sueños. -La señora Leung miró a las recién llegadas y sonrió. Todo el mundo vio, por el bonito traje que llevaba, el corte de pelo y su figura, ni muy delgada ni muy gorda, que los sueños de la secretaria del Partido se habían hecho realidad.
“Dentro de un rato os iréis al dormitorio. Si creéis que aquí no seréis felices, éste es el momento de decirlo. Todas habéis firmado un contrato por tres años. Esta noche, y sólo ésta estamos dispuestos a dejar que renunciéis a vuestra obligación. Mañana ya estaréis completamente comprometidas, y no habrá llantos o cambios de ideas que valgan ni explicaciones de que no era esto lo que habíais soñado.