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La Trama China

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La trama china explora el fascinante y emocionante mundo de las regiones m?s remotas de China, donde la lealtad, la codicia y el amor se enfrentan con aterradoras consecuencias.
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– ¿Y no ha venido ninguna otra mujer contigo?

– Sí, hay muchas chicas de mi pueblo en los autobuses. ¿Has viajado alguna vez en autobús? -Como Hu-lan respondió que no, May-li explicó-: Todo el mundo lleva su comida. El primer día está bien, pero al segundo, con los olores y las curvas, muchas se marean. Yo me puse muy mala. Las otras chicas protestaron porque yo no paraba de vomitar. Al final, el conductor no aguantó más y me dejó en otro pueblo, donde estuve cinco días. ¿Te imaginas? Pero como había firmado el contrato, el autobús tuvo que volver a buscarme. Llegué anoche. -Señaló el pueblo-. Me buscaron un sitio para dormir. Dicen que casi siempre mandan a las chicas nuevas a la fábrica el domingo por la noche, así se puede procesar todo muy temprano por la mañana y trabajar la semana completa. Pero también tienen un autobús que pasa todas las mañanas por los pueblos vecinos para recoger a las rezagadas. -May-li miró a Hu-lan y Jin-gren-. ¿Qué quiere decir procesar? -preguntó.

Antes de que ninguna de las dos llegara a responder, el autobús apareció por la esquina. No era el autobús urbano ni el interurbano, y era más viejo que los que recorrían las carreteras rurales. El vehículo se detuvo y las puertas se abrieron con una especie de resuello. Las tres mujeres recogieron sus bolsas y subieron. Ya había unas doce mujeres en el autobús, y la mayoría había esparcido sus pertenencias para que ninguna se le sentara al lado. El conductor arrancó antes de que las tres nuevas se hubieran sentado. En ese momento, alguien sentado el afondo gritó:

– ¡Espere! ¡Viene alguien!

El conductor frenó, abrió las puertas y Tang Siang, con el pelo revuelto por el viento, subió los dos escalones.

– Yo no espero a nadie -le espetó el chofer-. La próxima vez no pienso parar.

– No volverá a pasar -le respondió Siang mientras avanzaba por el pasillo arrastrando su bolsa.

– Se dejó caer en un asiento delante de Hu-lan y se puso a arreglar sus bártulos.

Al cabo de un instante empezó a mirar a Hu-lan tratando de acordarse de ella.

– Te conozco.

– Soy la amiga de Ling Su-chee.

– Sí, me acuerdo, pero tienes otro aspecto.

Hu-lan no hizo caso del comentario y le presentó a May-li y Jin-gren.

– Me sorprende verte aquí.

Tang Siang se mesó el cabello.

– Le sorprenderá a todo el mundo, creo.

– ¿Te has escapado de casa? -preguntó May-li.

– Sí, más o menos. -Y, mirando las caras expectantes, añadió-: Mi padre es un hombre fuerte. Y hasta diría que es el rico del pueblo, pero está chapado a la antigua. Cree que puede decirme lo que debo hacer, pero yo no tengo por qué hacerlo.

– ¿Y qué pasa con Tsai Bing? -preguntó Hu-lan.

Como Siang no contestaba, May-li, con excitación infantil, le lanzó un montón de preguntas.

– ¿Tienes novio? ¿Estás prometida? ¿Es por amor o es arreglado?

Hu-lan, mientras escuchaba a las tres chicas, recordó su propia juventud: primero en la granja Tierra Roja y luego como estudiante extranjera en el internado de Connecticut. Recordó os ingenuos sueños sobre lo que sería su propia vida y se dio cuenta de que no eran muy diferentes en ninguno de los dos continentes y que no había cambiado mucho a través del tiempo y la cultura.

– NO estoy prometida -respondió Siang-. Al menos todavía no.

– Tu padre no lo aprueba -dijo May-li comprensiva.

– Los hombres quieren muchas cosas -comentó Siang tratando de parecer mundana-, pero eso no significa que yo tenga que dárselas.

Hu-lan se preguntó si Siang hablaba de su padre o de Tsai Bing.

– ¿Así que te escapaste? -repitió May-li.

Siang se echó el largo cabello negro sobre el hombro.

– Anoche fui al bar y dije que quería un trabajo. Pero esos hombres son unos cobardes, me dijeron que no podían contratarme. ¿Queréis saber qué les dije? -May-li y Jin-gren asintieron-. Les dije que si no me contrataban tendrían muchos más problemas. Entonces me dejaron firmar el papel. Esta mañana, cuando mi padre salió a dar una vuelta por sus tierras, preparé mi equipaje y vine corriendo.

– ¿Y tu padre no vendrá a buscarte? -preguntó May-li.

– Mi padre no se mete en los negocios de los extranjeros. Es una de las razones por las que sé que mi plan funcionará.

Siang se había dejado algunos detalles fundamentales, pero a las otras dos chicas no parecía importarles.

Hu-lan, que había escuchado en silencio la plática tratando de separar la realidad de la ficción, volvió a la conversación que había comenzado en esa calle polvorienta de las afueras del pueblo.

– May-li, cuando los hombres que fueron a buscar trabajadoras dijeron que podías ir a Guangdong o venir aquí, ¿no os explicaron la diferencia entre el trabajo de un sitio y el otro?

May-li frunció el ceño.

– Trabajo es trabajo. ¿Qué importa?

Las otras chicas coincidieron.

– Por lo menos no es en el campo -comentó Jin-gren-. He visto morir a mi padre y a mi madre en esos campos. Ahora estoy sola. A lo mejor puedo ganar suficiente dinero para volver a mi pueblo y montar un negocio.

– Mi sueño es abrir una pequeña tienda, de ropa quizá -sonrió May-li.

– Yo pensaba en una peluquería -dijo Jin-gren-. ¿Y tú, Siang?

.Mi futuro es hermoso, de eso estoy segura.

El autobús se detuvo ante las grandes puertas del complejo Knight. El chofer le tendió al guardia una tablilla con papeles, que este último comprobó antes de entrar otra vez en la garita. La puerta se abrió y el autobús entró. Todas las mujeres se quedaron en silencio mientras contemplaban el nuevo paisaje. Para Hu-lan sin embargo, todo estaba igual que en su última visita.

En cuanto se detuvo el autobús, todas se pusieron de pie y empezaron a recoger sus pertenencias hasta que el chofer gritó:

– Quedaos sentadas.

Bajó del vehículo y desapareció en un edificio con el letrero de PROCESAMIENTO, y volvió al cabo de cinco minutos con una mujer vestida con un traje azul, blusa blanca y zapatillas negras. Llevaba una melena corta que le daba aire de tía de la familia.

Subió al autobús y dijo:

– Bienvenidas a vuestro nuevo hogar. Me llamo Leung y soy la secretaria del Partido. Estoy aquí para atender las necesidades de las trabajadoras. Si tenéis algún problema, venid a verme. -Se dirigió a la derecha-. Vuestra primera parada de hoy es el Centro de Procesamiento. Poneos de pie y seguidme. No hace falta que habléis.

Las mujeres obedecieron. Al entrar, otras mujeres de uniforme pusieron a las recién llegadas en dos filas. Hu-lan y sus compañeras pasaron por una vertiginosa ronda de papeleo. Después las reunieron en otra sala grande y les pidieron que se quedaran en ropa interior. Una enfermera efectuó una revisión superficial de todas las mujeres, que consistía en mirarles los ojos y la garganta y hacer preguntas sobre operaciones y enfermedades infecciosas. Pero todo de manera mecánica e impersonal. Hu-lan no dijo nada de su embarazo; desnuda, estaca casi tan delgada como las otras.

Después las arrearon hasta una especie de auditorio -una nave grande donde la temperatura superaba lo cuarenta grados-. Había asientos para unas mil personas, pero para el grupo de recién llegadas de ese día sobraban las dos primeras filas. En cuanto se sentó la última mujer, se atenuaron las luces y empezaron a pasar un vídeo sobre las instalaciones. Narrado por la secretaria del Partido, Leung, el vídeo era mucho más completo que lo que Sandy Newheart le había mostrado a Hu-lan en su anterior visita. Los dormitorios parecían limpios, aunque modestos. Luego había imágenes de la enfermería (mientras la voz explicaba que la política de un solo hijo se seguía a rajatabla), la cafetería (donde mujeres sonrientes hacían cola para recibir bandejas de comida humeante), el economato (donde las trabajadoras podían comprar golosinas, productos de higiene femenina, muñecos de Sam y sus amigos para familiares y conocidos con mucho descuento) y la sala de montaje (no muy distinta de lo que Hu-lan había visto en su recorrido)

Luego la señora Leung subió al podio y muy deprisa describió la rutina: se encendían las luces a las seis, desayuno a las seis y media, había que estar en el puesto de trabajo no más tarde de las siete, una pausa de diez minutos a las diez, media hora para almorzar a la una. A las siete las trabajadoras dejaban su puesto de trabajo. A las siete y media se servía la cena y las luces se apagaban a las diez.

– Si todas las trabajadoras cumplen los planes de productividad -dijo la secretaria-, se les recompensará con un xiun xi ocasional.

Hu-lan miró alrededor y vio el asombro de las mujeres. El xiun xi, la siesta, era costumbre en el campo.

– Sí, sé que parece duro -reconoció la señora Leung-, pero ésta es una empresa americana. Los extranjeros tienen una idea diferente sobre los días de trabajo y los derechos de los trabajadores. Quieren que la gente sea puntual y que no coma, no escupa ni duerma en el sitio de trabajo. Debo insistir en que no se puede dormir en el suelo de la fábrica, ni en los bancos de la cafetería ni en los jardines.

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