Los secretos de Oxford
- Автор: Сейерс Дороти Ли
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
– Claro, claro. Era una broma. ¿Le gusta el trabajo?
– Está bien, pero algunas de esas señoras tan listas son un poco extrañas, ¿no le parece, señora? O sea, raras. No tienen corazón.
Harriet recordó que había habido ciertos malentendidos con la señorita Hillyard.
– No, no -repuso con vehemencia-. Naturalmente, son personas con muchas ocupaciones y no les queda tiempo para preocuparse por cosas del exterior, pero son todas buenas personas.
– Sí, señora, estoy segura de que esa intención tienen, pero es que siempre pienso en lo que dice la Biblia, que «tanto aprender te ha vuelto loco». Eso no está bien.
Harriet levantó la vista bruscamente y percibió una extraña mirada en los ojos de la criada.
– ¿A qué se refiere, Annie?
– No, nada, señora. Solo que a veces pasan cosas raras, pero claro, como usted está de visita, no se habrá enterado, y no soy quién para hablar de eso… porque hoy en día solo soy una criada.
– Desde luego, yo no mencionaría nada por el estilo a las personas de fuera ni a las visitas -dijo Harriet, intranquila-. Si tiene alguna queja, debería hablar con la administradora, o con la directora.
– No tengo ninguna queja, señora, pero a lo mejor ha oído hablar de las palabras groseras que han aparecido en las paredes y de lo que quemaron en el patio… Si hasta ha salido algo en los periódicos… Ya descubrirá que todo empezó cuando llegó cierta persona al college, señora.
– ¿Quién es esa persona? -preguntó Harriet con tono severo.
– Una de esas señoras tan sabias, señora. En fin, quizá sea mejor que no diga nada más sobre el asunto. Usted escribe libros de misterio, ¿no, señora? Pues si descubre algo en el pasado de esa señora, puede estar segura de que es verdad. Por lo menos eso es lo que dicen muchos. Y a nadie le gusta estar en el mismo sitio que una mujer así.
– Estoy segura de que se equivoca, Annie, y debería andarse con cuidado y no propagar ese rumor. Será mejor que vuelva inmediatamente al comedor. Supongo que hace usted falta allí.
De modo que eso era lo que comentaba la servidumbre. Claro la señorita De Vine; ella era la «señora sabia» cuya llegada había coincidido con el comienzo de los problemas… una coinciden más exacta de lo que Annie podía saber, a menos que también ella hubiera visto el dibujo en el patio la noche de la celebración. Una mujer curiosa, la señorita De Vine, y sin duda con muchas y variadas experiencias tras aquellos ojos desconcertantes; pero a Harriet le caía bien, y sin duda no parecía loca, o no con la locura de la autora de las cartas anónimas, si bien no la habría sorprendido enterarse de que tenía cierta vena de fanatismo. Y, a propósito, ¿qué había hecho la noche anterior? Su alojamiento estaba en el patio nuevo, y probablemente tenía pocas probabilidades de ofrecer una coartada. La señorita De Vine… ¡Pues sí! Habría que ponerla en la misma situación que a todo el mundo.
La inauguración de la biblioteca se llevó a cabo sin problemas. El rector abrió la puerta con la llave encobrada, sin saber que aquella misma llave la había abierto la noche anterior, en extrañas circunstancias. Harriet observó detenidamente las caras de las profesoras y las criadas allí presentes, y ninguna de ellas dio muestras de sorpresa, ira o decepción ante la biblioteca, que tenía un aspecto muy decente. Allí estaba la señorita Hudson, que parecía animada y despreocupada. También la señorita Cattermole. Daba la impresión de haber estado llorando, y Harriet observó que se quedaba a solas en un rincón sin hablar con nadie hasta que, al concluir la ceremonia, se le acercó una chica de piel oscura y gafas entre la multitud y se marcharon juntas.
Más tarde Harriet fue a ver a la rectora para presentarle el informe prometido. Destacó las dificultades de enfrentarse sola a un incidente como el de la noche anterior. Un grupo que hubiera patrullado por patios y pasillos probablemente habría capturado a la culpable, o al menos se habría podido controlar a las sospechosas desde el principio. Aconsejó que se contratase a varias mujeres de la agencia de la señorita Climpson, y a continuación explicó en qué consistía tal agencia.
– Comprendo -replicó la rectora-, pero he comprobado que al menos dos miembros del claustro ponen fuertes objeciones a tomar semejantes medidas.
Lo sé -dijo Harriet-. La señorita Allison y la señorita Barton, pero ¿por qué?
Yo también creo -añadió la rectora, sin contestar la pregunta- que el asunto presenta ciertas dificultades. ¿Qué pensarían las alumnas de unas desconocidas rondando por el college de noche? Se preguntarían por qué no podemos asumir las tareas de vigilancia nosotras mismas, y difícilmente podríamos explicarles que precisamente nosotras somos las más sospechosas. Y para realizar como es debido las tareas que usted propone se necesitarían muchas personas, si es que queremos controlar todos los puntos estratégicos. Y como esas personas ignorarían las condiciones de la vida del college, fácilmente cometerían errores nefastos y seguirían e interrogarían a las personas que no debieran. No creo que pudiéramos evitar un escándalo muy desagradable y más de una queja.
– Lo comprendo, rectora, pero a pesar de todo, es la solución más rápida.
La rectora inclinó la cabeza sobre un bonito bordado en cañamazo en el que estaba trabajando.
– No me parece recomendable. Ya sé que usted dirá que la situación en sí misma no es recomendable, y estoy de acuerdo. -Levantó la mirada-. No dispondrá de tiempo para prestarnos auxilio, ¿verdad, señorita Vane?
– Sí dispongo de tiempo -contestó Harriet lentamente-, pero sin ayuda va a resultar muy difícil. Todo sería mucho más fácil si se pudiera exonerar de toda sombra de sospecha a un par de personas.
– La señorita Barton la ayudó anoche con mucha habilidad.
– Sí, pero… ¿cómo podría decirlo? Si yo estuviera escribiendo un relato sobre esto, la primera persona a la que se encontrara en el lugar de los hechos sería la primera de la que habría que sospechar.
– ¿Podría explicarlo, por favor?
Harriet lo explicó minuciosamente.
– Lo ha expresado con suma claridad -dijo la doctora Baring-. Y lo he entendido perfectamente. Pues bien; esa alumna, la señorita Hudson. Su explicación no es muy convincente. No podía esperar sacar comida de la despensa a esa hora, y no la sacó.
– No -dijo Harriet-. Pero sé muy bien que en mi época no costaba demasiado que la jefa de criadas dejara el pasaplatos abierto toda la noche si la pillabas de buenas. Así, si tenías que terminar un trabajo o algo y te entraba hambre, bajabas y cogías lo que querías.
– Dios santo -dijo la rectora.
– Éramos muy honradas y lo apuntábamos todo en la pizarra para que figurase en nuestra factura de gastos al final del bimestre. Sin embargo -añadió Harriet pensativa-, seguramente se pasaban de contrabando algunos embutidos y grasa de carne para untar. De todos modos, pienso que la explicación de la señorita Hudson resulta aceptable.
– Pero lo cierto es que el pasaplatos estaba cerrado.
– Cierto. Estaba cerrado. Es más, he visto a Carrie, y asegura que anoche estaba cerrado a las diez y media, como de costumbre Reconoce que la señorita Hudson le pidió que lo dejara abierto, pero que no lo hizo, porque justo anoche la administradora había dado órdenes especiales para que se cerrasen el pasaplatos y la despensa. Sin duda debió de ser después de la reunión. También dice que este curso se ha puesto más exigente, porque el anterior hubo pequeños problemas por lo mismo.
Ya… Es decir, no existen pruebas en contra de la señorita Hudson. Sin embargo, según tengo entendido, es una joven muy inquieta, y convendría vigilarla. Es muy competente, pero sus circunstancias anteriores no son especialmente refinadas, y no me sorprendería que considerase una broma las desagradables expresiones halladas en esas… eh… comunicaciones. No se lo digo para fomentar prejuicios contra esa muchacha, sino simplemente por el posible valor testimonial que pueda poseer.