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Los secretos de Oxford

Электронная книга - «Los secretos de Oxford». Краткое содержание книги:

Cuando Harriet Vane regresa a la Universidad de Oxford, encuentra a los profesores y alumnos de su college nerviosos por los extraños mensajes de un lunático. Con la ayuda de lord Peter Wimsey, Harriet empieza una investigación para desenmascarar al autor de las amenazas.
Una novela de misterio, e incluso de terror, Los secretos de Oxford es también una obra sobre el papel de las mujeres en la sociedad contemporánea, una reflexión sobre la educación y una historia de amor entre dos mentes privilegiadas.
Una de las mejores novelas de misterio del siglo XX y la obra maestra de Sayers, precursora de Patricia Highsmith, Iris Murdoch o A.S. Byatt.
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– A las doce. Recepción en la sala de profesoras y enseñarle el college. Después almuerzo en el comedor, y espero que le guste. Ceremonia a las dos y media. Y luego echarlo para que llegue al tren de las cuatro menos cuarto. Es un hombre encantador, pero empiezo a hartarme de tanta inauguración. Hemos inaugurado el patio nuevo, la capilla (con coro), el comedor de profesoras (con almuerzo para antiguas tutoras e investigadoras), el anexo Tudor (con té para antiguas alumnas), el ala de las cocinas y la servidumbre (con miembros de la familia real), el sanatorio (con discurso del catedrático de medicina), la cámara del consejo y la residencia de la rectora, y hemos descubierto el retrato de la difunta rectora, el reloj de sol conmemorativo de Willett y el nuevo reloj. Y ahora la biblioteca. Padgett me dijo el último curso, cuando estábamos haciendo las reformas del Queen Elizabeth: «Perdone, señora decana, señorita, pero ¿podría decirme la fecha de la inauguración, señorita?». «¿Qué inauguración, Padgett?», le dije. «No vamos a inaugurar nada este curso. ¿Qué queda por inaugurar?» «Bueno, señorita, yo es que estaba pensando en aquí los nuevos servicios, con perdón, señora decana, señorita», me dice. «Es que ya hemos inaugurado todo lo que se puede inaugurar, señorita, y si va a haber una ceremonia, señorita, debería yo saberlo a tiempo, para solucionar lo de los taxis y lo del estacionamiento.»

– ¡Pobre Padgett! -exclamó la señorita Burrows-. Es lo más inteligente que tenemos aquí. -Volvió a bostezar-. Estoy muerta de cansancio.

– Llévela a la cama, señorita Vane -dijo la decana-. Ya está bien por hoy.

Capítulo 6

A menudo cuando se habían acostado, se abrían las puertas de dentro de par en par, así como las puertas de un armario que en la sala había, y todo ello con alboroto y ruido grandes. Y una noche las sillas, que cuando iban a acostarse se quedaban en el rincón de la chimenea, cambiaron de sitio y aparecieron en mitad de la habitación, muy bien ordenadas, y un cedazo colgando sobre una pieza de tela llena de agujeros, y la llave de una puerta sobre otra. Y por el día, mientras hilaban en la casa, muchas veces veían abrirse las puertas del establo de par en par, pero no quién las abría. En una ocasión, estando Alice hilando, la roca o rueca se desprendió varias veces y llegó al centro de la habitación… y muchas más cosas, tan ridículas que resultaría tedioso referirlas.

WILLIAM TURNER

– Peter -dijo Harriet, y con el sonido de su propia voz salió adormilada y flotando del fuerte cerco de los brazos de él por un triar verde de hojas de haya moteadas por el sol y se internó en la oscuridad-. Maldita sea -añadió para sus adentros-. Maldita sea. Y no quería despertarme.

El reloj del patio nuevo dio las tres melodiosamente.

– Esto no puede ser -dijo-. Esto no puede ser. Mi subconsciente tiene una imaginación de lo más traicionera. -Tanteó hasta encontrar el interruptor de la lámpara de la mesilla-. Qué inquietante pensar que los sueños jamás simbolizan los deseos reales, sino algo mucho peor. -Encendió la luz y se incorporó-. Si de verdad quisiera que Peter me abrazara apasionadamente, soñaría con dentistas o con la jardinería. Me pregunto qué inconcebible atrocidad puede ser únicamente expresada con el cortés símbolo de los abrazos de Peter. ¡Caray con Peter! ¿Qué haría con un caso como este?

Aquel pensamiento la devolvió a la noche en el Egotists Club y la carta anónima, y de ahí pasó a la absurda furia que sentía Peter por el esparadrapo.

«… pero como en aquel momento tenía la cabeza en mi trabajo…»

A veces cualquiera diría que es un cabeza de chorlito, pensó pero cuando trabaja se concentra. Sí, centrarse en el trabajo. ¿Qué hago yo, dejando que se me vaya la cabeza de un lado a otro? ¿Esto es un trabajo o no?… Supongamos que la autora de los anónimos anda ahora mismo por aquí, dejando cartas por debajo de las puertas… Pero ¿qué puertas? No se pueden vigilar todas… Debería apostarme en la ventana, ojo avizor, por si aparece alguien deslizándose sigilosamente por el patio… Alguien tendría que hacerlo pero ¿en quién confiar? Además, las profesoras tienen su trabajo; no pueden pasarse la noche en vela y trabajar todo el día… El trabajo… centrarse en el trabajo…

Ya había saltado de la cama y estaba descorriendo las cortinas. No había luna, y no se veía nada en absoluto. Tampoco parecía que nadie se estuviera quemando las pestañas redactando un trabajo a última hora.

Cualquiera podía ir a cualquier parte en una noche tan oscura, se dijo Harriet. Apenas se distinguían los contornos de los tejados del Tudor a la derecha, ni la oscura mole de la nueva biblioteca que sobresalía detrás del anexo a la izquierda.

La biblioteca: ni un alma allí dentro.

Se puso la bata y abrió la puerta con cautela. Hacía un frío terrible. Buscó el interruptor de la pared y bajó por el pasillo central del anexo, entre una hilera de puertas tras las cuales dormían las alumnas, soñando Dios sabe con qué… exámenes, deportes, muchachos, fiestas, la extraña mezcolanza que se resume en la palabra «actividades». Junto a las puertas había montoncitos de platos sucios para que las criadas los recogieran y los fregaran. Y zapatos. En las puertas había tarjetas con su nombres: señorita H. Brown, señorita Jones, señorita Colburn, señorita Szleposky, señorita Isaacson… Tantas incógnitas, tantas futuras esposas y madres de la raza, o bien tantas potenciales historiadoras, científicas, maestras, médicas, abogadas… según qué se considerase más importante, una cosa u otra. Al final del pasillo había una ventana grande, higiénicamente abierta por arriba y por abajo. Harriet levantó con suavidad la parte de abajo y se asomó, tiritando.

Y de repente comprendió que en la razón o la intuición que la había llevado a mirar en la biblioteca se había calibrado muy bien la situación. La nueva biblioteca debería haber estado a oscuras; no era así. Una de las alargadas ventanas estaba dividida de arriba abajo por una estrecha franja de luz.

Harriet se puso a pensar rápidamente. Si era la señorita Burrows, que continuaba con sus preparativos, legítima y abnegadamente, si bien a una hora intempestiva, ¿por qué se había molestado en correr las cortinas? Habían colgado cortinas en las ventanas, porque al estar orientada hacia el sur, la biblioteca necesitaba protección de la fuerte luz del sol, pero sería absurdo que la bibliotecaria se protegiese a sí misma y sus funciones de una posible observación en medio de una oscura noche de marzo. La dirección del centro no era tan hermética. Algo pasaba. ¿Qué hacer? ¿Ir allí a investigar sola o avisar a alguien?

Algo estaba muy claro: si quien acechaba tras aquellas cortinas era alguien del claustro, no sería diplomático que una alumna presenciara el descubrimiento. ¿Qué profesoras dormían en el Tudor? Sin consultar la lista, Harriet recordó que la señorita Barton y la señorita Chilperic tenían allí su alojamiento, pero en el otro extremo del edificio. Al menos, se le presentaba una buena ocasión de controlarlas. Tras echar un último vistazo a la ventana de la biblioteca, Harriet pasó rápidamente junto a su habitación, en el puente, y entró en el edificio principal. Se maldijo por no haber cogido una linterna y tuvo que entretenerse buscando los interruptores de la luz. Siguió por el pasillo, pasó de largo la escalera y torció a la izquierda. Ninguna profesora en aquel piso; debía de ser en el de abajo. Volvió, bajó las escaleras, y torció otra vez a la izquierda. Fue dejando todas las luces del pasillo encendidas, y pensó si llamarían la atención en otros edificios. Por fin, una puerta a la izquierda con un rótulo, «Señorita Barton». Y estaba abierta.

Llamó con firmeza y entró. El salón estaba vacío. Detrás, la puerta del dormitorio también estaba abierta.

– ¡Válgame Dios! -exclamó. ¡Señorita Barton!

No hubo respuesta, y al mirar en el dormitorio, vio que estaba tan vacío como el salón. La ropa de cama estaba retirada y alguien había dormido allí, pero quienquiera que fuese se había levantado y se había marchado.

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