El puente [The Bridge - es]
- Автор: Бэнкс Иэн М.
- Год: 2007
- Язык: испанский
- Переводчик: Paula Gamissans Serna
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El puente [The Bridge - es]». Краткое содержание книги:
Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición.
Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista.?Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás.
Cierro la puerta y me dirijo a la consulta del doctor Joyce como un autómata: ciego, sordo y sin cerebro. Cuando llego, es demasiado tarde. Está cerrada. El doctor y el recepcionista se han marchado a casa. Un guarda jurado me mira con recelo y me sugiere que regrese al nivel al que pertenezco.
Me siento en mi cama diminuta, con el estómago revuelto. Apoyo la cabeza en las manos y miro al suelo; oigo los chirridos del metal que están cortando en el taller del piso inferior. Me duele el pecho.
Llaman a la puerta.
– Adelante.
Entra un hombre bajito y mugriento con un abrigo largo de color azul oscuro, arrastrando los pies de lado. Parpadea repetidas veces, mirando por toda la habitación, y su mirada se detiene brevemente en el cuadro enrollado que está encima de la cómoda. Por fin me mira, aunque sus ojos no se cruzan con los míos.
– ¿Qué hay? Eres nuevo por aquí, ¿verdad? -Se queda de pie en el umbral de la puerta, como si estuviera preparado para salir corriendo en cualquier momento. Mete las manos en los bolsillos de su abrigo.
– Sí, lo soy -contesto, poniéndome en pie-. Mi nombre es John Orr. -Le tiendo la mano, que me estrecha durante un segundo, para volver a su posición anterior-. ¿Qué tal está? – digo a toda prisa.
– Me llamo Lynch -dice, sin mirarme a los ojos-. Pero puedes llamarme Lynchy.
– ¿Qué puedo hacer por usted, Lynchy?
– Nada. -Se encoge de hombros-. Soy tu vecino y venía a ver si querías algo.
– Es usted muy amable. De hecho, me gustaría saber qué debo hacer para obtener mi nueva subvención.
Por fin, el señor Lynch me mira a los ojos. Parece que un resplandor emana de su cara, no precisamente recién lavada, aunque su expresión denota cierto aburrimiento.
– Ah, sí. Puedo ayudarte con eso, no hay problema.
Sonrío. En todo el tiempo que pasé en los niveles más elevados y refinados del puente, ni uno solo de mis vecinos me dio los buenos días y mucho menos me ofreció ayuda de ninguna clase.
El señor Lynch me acompaña a una cantina y me invita a una salchicha de sucedáneo de pescado y a un plato de puré de algas. Ambos son horribles, pero tengo hambre. Bebemos té en jarras. Me cuenta que es barrendero de vagones y que ocupa la habitación 308. Parece bastante impresionado cuando le muestro mi brazalete de plástico y le cuento que soy un paciente psiquiátrico. Me explica los pasos que debo seguir para solicitar mi subvención a la mañana siguiente. Se lo agradezco. Incluso me ofrece un pequeño préstamo hasta entonces, pero ya me siento muy en deuda con él y lo rechazo, no sin antes darle las gracias.
El ambiente de la cantina es ruidoso, cargado, saturado y cerrado. Los olores no favorecen en nada mi proceso digestivo.
– ¿Así que te han dado puerta y eso?
– Sí. Mi médico lo autorizó. Rechacé someterme al tratamiento que tenía programado para mí, y supongo que esa es la razón de mi traslado. Aunque tal vez no sea así; no sé.
– Menudo cabrón, ¿eh? -El señor Lynch niega con la cabeza, con aire enfurecido-. Putos médicos…
– Parece un acto mezquino y vengativo, pero imagino que yo soy el único culpable.
– Son unos cabrones todos -mantiene el señor Lynch mientras bebe de su jarra. Sorbe el té ruidosamente, lo que para mí tiene el mismo efecto que oír rascar una pizarra con las uñas: me produce dentera. Miro el reloj que hay encima del mostrador de servicio. Intentaré contactar con Brooke; seguramente llegará pronto al Dissy Pitton's.
El señor Lynch saca papel y tabaco y se lía un cigarrillo. Respira con fuerza y de su garganta se desprenden sonidos catarrales, gruñidos y resoplidos. Un acceso de tos seca, como un gran saco de piedras agitado vigorosamente en algún lugar del interior del señor Lynch, completa su preparación precigarrillo.
– ¿Tienes que ir a algún lado, tío? -me pregunta el señor Lynch al verme consultar el reloj. Enciende el pitillo, emitiendo una nube de humo acre.
– Sí, de hecho, debería marcharme. Voy a ver a un viejo amigo. -Me levanto-. Muchas gracias, señor Lynch, siento irme de forma tan precipitada. Espero que me permita devolverle su generosidad cuando vuelva a tener fondos.
– Vale, tío. Si quieres ir a algún lado mañana dame un toque. No tengo que ir a trabajar.
– Gracias, señor Lynch. Es usted muy amable. Hasta pronto.
– Venga. Nos vemos.
Consigo llegar al Dissy Pitton's más tarde de lo que tenía previsto, y con los pies tremendamente doloridos. Tendría que haber aceptado la oferta del señor Lynch de prestarme algo de dinero para el tren. Es increíble el encanto que pierde caminar cuando se hace por necesidad y no por gusto. También me preocupa que me vean con el uniforme que llevo ahora; mi rostro parece invisible a efectos prácticos. No obstante, camino con aplomo, con la cabeza alta y los hombros hacia atrás, como si todavía luciese mi mejor traje y mi mejor abrigo, y balanceando el bastón, que aún destaca más en ausencia de estos.
El guardia de seguridad no parece impresionado de verme de esta guisa.
– ¿No me reconoce? He venido muchas noches. Soy el señor Orr; mire. -Le muestro el brazalete identificador. Lo ignora; parece algo avergonzado de tener que hablar conmigo, se inclina la gorra y sigue abriendo la puerta a los otros clientes.
– Oiga, será mejor que se marche, ¿de acuerdo? -me dice.
– ¿En serio no me reconoce? Mire mi cara y no mi ropa. O, por lo menos, dé un mensaje al señor Brooke de mi parte… ¿aún está por aquí? Brooke, el ingeniero, un tipo bajito, ligeramente jorobado… -Si el guardia de seguridad no fuera más alto y más pesado que yo, intentaría pasar por la fuerza.
– Si no se marcha, se meterá en un lío -me advierte el gorila, mirando hacia otro lado, como buscando a alguien.
– Estuve aquí la otra noche. Soy el hombre que le devolvió el sombrero al tal Bouch, tiene que recordarlo. Usted sostuvo el sombrero ante él, y él vomitó dentro.
El hombre sonríe, se toca la gorra, deja entrar a una pareja que no reconozco.
– Mire, amigo -me dice-, he estado fuera estas dos últimas semanas. Así que haga el favor de largarse o lo sentirá.
– Bien… de acuerdo. Lo siento. Pero, por favor, si escribo una nota, ¿le importaría…?
No puedo continuar. El hombre echa otro vistazo, descubre que no hay moros en la costa y me propina un fuerte puñetazo en el estómago. Mientras me agacho por culpa del dolor, el gorila aprovecha para golpearme en la barbilla, y después en el ojo cuando intento incorporarme de nuevo.
Caigo al suelo, totalmente aturdido. Alguien me levanta por el cuello del uniforme y me arrastra sin contemplaciones por la plataforma, lanzándome al exterior a través de una puerta. Dos golpes más me alcanzan en el costado; patadas, creo.
Se oye un portazo. El viento sopla fuerte.
Permanezco tumbado durante un rato, en la misma posición en la que me han dejado, incapaz de moverme. Un fuerte dolor latente y repetitivo va creciendo en mi vientre. Sin poder ver dónde estoy (creo que tengo sangre en los ojos), vomito la salchicha de sucedáneo de pescado y el puré de algas.
Me tumbo en mi cama minúscula. El hombre y la mujer de la habitación de arriba están discutiendo. El dolor me agobia; siento náuseas y hambre al mismo tiempo. La cabeza, los dientes, la mandíbula, el ojo y la sien derechos, el estómago, la tripa y el costado me pulverizan entero, en una sinfonía de dolor que invade todo mi cuerpo. El persistente susurro del eco de mi antigua lesión, la profunda molestia circular a la que estoy tan acostumbrado, parece ahogarse entre todo lo demás.
Ya estoy limpio. Me he lavado la boca lo mejor que he podido y me he colocado el pañuelo sobre el corte en la ceja. No estoy seguro de cómo he llegado hasta aquí, pero lo he hecho, aturdido por el dolor, como si fuera un triste borracho.