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El puente [The Bridge - es]

Электронная книга - «El puente [The Bridge - es]». Краткое содержание книги:

El hombre que se despierta en el mundo extraordinario del puente sufre amnesia, y su médico parece no querer curarlo. Pero?eso importa?
Explorar el puente ocupa la mayor parte de sus días. Pero por la noche están sus sueños. Sueños en los que los hombres desesperados conducen carruajes sellados a través de montañas yermas rumbo a un extraño encuentro; un bárbaro analfabeto asalta una torre encantada mediante una tormenta verbal; y hombres destrozados caminan eternamente sobre puentes sin fin, atormentados por visiones de una sexualidad que los lleva a la perdición.
Yacer en cama inconsciente después de sufrir un accidente no parece muy divertido a simple vista.?Y si lo es? Depende de quién seas y de lo que hayas dejado atrás.
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Descuelga el cuadro del caballete y lo enrolla.

– Tiene mi permiso para hacer lo que le venga en gana con él – me dice con cierta ironía-. Un avión de papel, si quiere.

– Puede estar segura de que no lo haré -prometo mientras me lo alarga. Me siento como si acabasen de entregarme un diploma-. Lo enmarcaré y lo colgaré en mi apartamento. Ahora que sé que era para mí, me gusta mucho más.

Los mutis de Abberlaine Arrol son de lo más divertido. En esta ocasión, la recoge una dresina de ingenieros, un pintoresco vagón con paneles y cristales repleto de instrumentos complicados aunque arcaicos, como unas balanzas de latón brillante. El vehículo chirría y traquetea hasta detenerse por completo, una puerta acordeón se abre y un joven guarda saluda a la señorita Arrol, que se dispone a tomar el vehículo para ir a comer con su padre. Me quedo con el caballete para volver a guardarlo en el pequeño cobertizo. De su cartera sobresalen varias láminas enrolladas, los dibujos que le habían encargado y que la habían mantenido ocupada (mientras hablaba conmigo) desde que terminó mi cuadro. Pone un pie sobre la plataforma de entrada a la dresina y me extiende la mano.

– Gracias por su ayuda, señor Orr.

– Gracias por su cuadro -respondo mientras le doy la mano. Entre el final de las botas y el dobladillo de la falda, puedo ver por primera vez sus piernas, envueltas en unas medias negras de rejilla fina. Me concentro en sus ojos. Su mirada parece alegre-. Espero volver a verla -le digo mientras miro las diminutas y preciosas arrugas que tiene bajo sus ojos verdes. Me temo que he caído en sus redes. Estrecha mi mano y siento una absurda euforia.

– De acuerdo, señor Orr, si me armo de valor, podría dejar que me invite a cenar.

– Sería… un placer. Espero que haga acopio de inagotables reservas de coraje en un futuro próximo. -Me inclino ligeramente y me deleito con una sutil panorámica de una de sus adorables piernas.

– Adiós, entonces -se despide-, seguimos en contacto.

– Hasta pronto.

La puerta se cierra y la dresina empieza a alejarse entre silbidos y sonidos metálicos. El vapor que emana me envuelve como la niebla y me nubla la vista. Saco mi pañuelo del bolsillo.

La señorita Arrol ha bordado una letra «O», de color azul cielo, en una de sus esquinas.

Me ha cautivado. Y esos centímetros de deliciosas piernas envueltas en negro…

Brooke y yo vamos a tomar un vino especiado en el salón con vistas al mar del Dissy Pitton's. Nos sentamos en sendas butacas colgantes y observamos una reducida flota pesquera que se dispone a salir al mar. Los barcos hacen sonar sus sirenas al pasar junto a sus semejantes, fondeados a modo de anclaje para los dirigibles.

– No te culpo -dice Brooke con voz áspera-. Siempre pensé que no te serviría de gran cosa. -Le he contado mi decisión de no someterme a hipnosis con el doctor Joyce. Los dos estamos sentados mirando hacia el mar-. Malditos globos…

Mi amigo estudia los ofensivos dirigibles. Brillan como la plata bajo los rayos del sol, y sus sombras motean las azules aguas del estuario, formando otra especie de patrón.

– Pensaba que aprobarías… -empiezo, pero me detengo, frunzo el ceño y escucho con atención.

– ¿Que aprobaría el qué? ¿Orr…?

– Shhh -susurro. Presto atención al lejano sonido y abro una de las ventanas del salón. Brooke se pone en pie de golpe. El zumbido de las aeronaves que se acercan suena distinto ahora.

– ¡No me digas que esos aviones piensan volver! -grita Brooke detrás de mí.

– Parece ser que así es.

Los aviones ya se vislumbran a lo lejos. En esta ocasión vuelan más bajo, el del centro está prácticamente al mismo nivel que el Dissy Pitton's. Viajan en dirección al Reino, en la misma formación vertical de la otra vez. De nuevo, cada uno de ellos emite ráfagas desiguales de humo y deja tras de sí una banda gigante de manchas oscuras suspendidas en el cielo. Los fuselajes no tienen ninguna inscripción o marca y los cristales de las cabinas reflejan la luz del sol. Los cables de los dirigibles suponen el más rudimentario de los obstáculos para el avance de los aviones, que vuelan a unos cuatrocientos metros del puente. A esa distancia, los cables son más gruesos, pero los monoplanos solo deben efectuar un leve giro para esquivarlos. Al final, los aviones prosiguen la marcha y desaparecen dejando sus estelas irregulares de humo.

– ¡Malditos trastos! -grita Brooke, golpeándose la palma de la mano con el puño.

Las líneas de manchas de humo se acercan lentamente al puente, ayudadas por la brisa.

Tras un par de vigorizantes partidos en el club de frontón, llamo a la tienda de marcos. El cuadro de la señorita Arrol ya está listo, con un marco de madera y un cristal mate antirreflectante.

Lo cuelgo en un lugar donde capte la luz de la mañana, encima de una estantería que hay a uno de los lados de la puerta recién reparada. El televisor se enciende mientras intento enderezar el cuadro en la pared.

El hombre sigue allí tumbado, rodeado de sus máquinas. Su rostro es completamente inexpresivo. La luz ha cambiado algo; la habitación parece más oscura. Pronto tendrán que cambiarle el gotero. Observo su semblante débil y pálido, y me entran ganas de golpear el cristal de la pantalla para despertarlo… En lugar de eso, apago el televisor. ¿Tiene algún sentido comprobar si funciona el teléfono? Lo descuelgo y oigo los mismos tonos de antes.

Iré a cenar al club de frontón.

Según afirma la televisión del restaurante del club, todo apunta a que la presencia de los aviones es una travesura excéntrica y cata cometida por alguien de otra zona del puente. En vista de los hechos indignantes de esta mañana, será necesario reforzar las «defensas» formadas por los dirigibles (y nadie dice nada sobre por qué solo hay globos a un lado del puente). Sobre los responsables de estas maniobras aéreas no autorizadas pesa una orden de búsqueda. La Administración nos pide a todos nuestra colaboración. Busco al periodista con quien hablé la otra vez.

– Me temo que no puedo añadir nada a lo que ya se ha dicho- admite.

– ¿Y qué pasa con la Biblioteca de la Tercera Ciudad?

– No encontré nada en los archivos. Aunque sí he visto algo sobre una especie de explosión o de incendio por estos niveles, pero de hace algún tiempo. ¿Está seguro de que solo fue hace dos días?

– Completamente.

– Bueno, tal vez estén intentando mantener la situación bajo control. -De pronto, chasquea los dedos-. Ah, sí, hay algo que no han mencionado en la televisión.

– ¿El qué?

– Han descubierto en qué lenguaje escriben los aviones.

– ¿Sí?

– Braille.

– ¿Cómo?

– Braille. La escritura de los invidentes. Sigue sin tener ningún sentido incluso cuando se descifra, pero está claro que es braille.

Me vuelvo a sentar, completamente atónito por segunda vez en el día de hoy.

Dos

Me encuentro en un páramo, una llanura escarpada bajo un cielo gris y monótono. Es un lugar frío y las ráfagas de viento tiran con fuerza de mis escasas ropas y allanan las hierbas y los brezos marchitos de los tiempos cálidos.

El páramo desciende, perdiéndose de vista en la distancia gris a medida que aumenta la inclinación de la pendiente. Lo único que rompe la regularidad aburrida de esta tierra perdida es una delgada corriente de agua, como un canal, con la superficie picada por culpa del viento gélido y fuerte.

Un leve sonido de sirena viene de la cima.

Una humareda gris, astillada por el viento, viaja por la línea del horizonte. Se vislumbra un tren en la lejana cumbre. A medida que va acercándose, la sirena aúlla de nuevo con un ruido áspero y furioso. La locomotora oscura y los escasos vagones, también oscuros, forman una línea recta que apunta directamente hacia mí.

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