El Tercer Lado De Los Ojos
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:
– Hola, Chandelle. Disculpa si te molesto en tu casa. Pero verás, como te he dicho, solo tardaré un instante.
Con un perfecto sentido de la oportunidad, las nubes que habían vigilado Nueva York durante toda la tarde ofrecieron el temporal que habían prometido. Un relámpago, un trueno y luego el estrépito de la lluvia, tan fuerte que corría por las baldosas de la terraza hasta el borde inferior de las puertas correderas.
El hombre siguió avanzando hacia ella. Cuando la alcanzó, sacó de la chaqueta la mano derecha. Chandelle pensó que quería estrecharle la mano, pero vio con un escalofrío que llevaba una pistola.
Estaba tan concentrada mirando el agujero negro del cañón que no se dio cuenta de que la sonrisa había desaparecido del rostro del hombre, ni percibió el tono sarcástico de su comentario.
– Solo un instante, aunque tengo la impresión de que para ti será algo largo.
El hombre hizo una pausa. Su voz se volvió suave como el terciopelo.
– Mi dulce Lucy…
Chandelle Stuart alzó de golpe la cabeza. Jamás sabría que su mirada era como la que le había lanzado su padre en el lecho de muerte.
Se oyó otro trueno y pudo verse otro relámpago, que dibujó en la pared la sombra de una mujer inútil que estaba a punto de morir.
18
Fuera, en la oscuridad, llovía a cántaros.
De pie, junto a la ventana que daba a la calle Dieciséis, Jordan miraba las gotas que caían del cielo sobre aquella ciudad desde la que tan poco cielo se veía. Una lluvia que resbalaba sobre las luces y las maravillas de Nueva York sin lograr formar parte de ellas, y que acababa torpemente aprisionada en las alcantarillas como simple agua.
Una vez, vio una vieja película en la que actuaba Elliot Gould, titulada Camino recto. En los títulos de presentación, gracias a un truco cinematográfico, el protagonista andaba por una calle concurrida avanzando normalmente mientras los coches y la gente iban hacia atrás, como en una película proyectada al revés.
Así era como se sentía él en ese momento.
No sabía si su modo de andar era el adecuado, pero estaba seguro de que él y la gente que lo rodeaba no iban en la misma dirección. No podía evitar pensar en sí mismo como en un cuerpo extraño insertado a la fuerza en un lugar del que había formado parte y al que ya no pertenecía.
Cuál de los dos había rechazado al otro no tenía ninguna importancia en la dirección del viaje.
Se apartó de la ventana y se acercó a la mesita situada frente al sofá. Cogió el mando y encendió el televisor. La imagen llegó por el Eyewitness Channel, la emisora de televisión que transmitía noticias las veinticuatro horas del día. Pasaban una noticia grabada durante la tarde. En primer plano se veía a un reportero cuyo nombre no recordaba, con un micrófono en la mano. A sus espaldas, una enorme cristalera a través de la cual se entreveían aviones y un charco brillante de lluvia sobre la pista de un aeropuerto.
– Un gran número de personas ha venido al aeropuerto a recibir el féretro con el cadáver de Connor Slave, el cantante secuestrado en Roma y cruelmente asesinado hace una semana mientras se encontraba en compañía de su novia, Maureen Martini, comisario de la policía italiana. Se dispondrá una capilla ardiente para que sus admiradores, que ya sumaban centenares de miles en todo el país, puedan despedirse de él. Los funerales están previstos para…
Jordan bajó el volumen; dejó solo las imágenes y el sonido de la lluvia detrás de los cristales. Otro joven que no envejecería. Que sonreiría para siempre con un rostro sin arrugas desde una fotografía de porcelana colocada en una lápida.
… y líneas en la luna, que en la palma cada una es un lugar para olvidar…
La poesía de ese desafortunado artista reflejaba la amargura de Jordan. Con ese sexto sentido que da la lluvia cuando se prolonga desde hace horas, no le sorprendió que empezara a sonar el teléfono de su casa. Se quedó mirándolo, sin decidir si responder o no. Sus dudas las resolvió Lysa, que venía en bata por el pasillo y le tendía el inalámbrico.
– Es para ti.
Jordan se acercó y apoyó la oreja en el aparato todavía tibio por el contacto con la piel de Lysa.
– Jordan, habla Burroni. Tengo malas noticias.
– ¿Qué ha ocurrido?
– Temo que ya tenemos a Lucy.
– ¡Santo cielo! ¿Quién es?
– Agárrate fuerte. Chandelle Stuart. La han encontrado en su casa esta mañana.
– ¿Dónde?
– En el Stuart Building, en Central Park West.
Jordan sintió las manos sudadas, como si la humedad de la lluvia que caía sobre los cristales hubiera logrado entrar en la habitación.
– Mierda. Esperaba que ese cabrón nos dejara un poco más de tiempo.
– Yo ya salgo para allá. ¿Quieres que pase a recogerte?
– Será mejor. Con esta lluvia no me parece conveniente usar la moto.
– De acuerdo. Ya salgo. En cinco minutos estaré ahí.
– Me visto y bajo.
De pie en medio de la habitación, Lysa lo miraba mientras se ponía la chaqueta de piel.
– Lamento que te hayan despertado, Lysa. No entiendo por qué no me han llamado al móvil.
– No te preocupes, no estaba durmiendo. ¿Problemas?
– Sí, han matado a otra persona, y todo hace pensar que este crimen tiene relación con el asesinato de mi sobrino.
– Lo lamento.
– También yo. Solo ruego que esta vez podamos encontrar algo que nos ayude a detener a ese loco.
Estaban el uno frente al otro en una casa que no pertenecía a ninguno de los dos, y Lysa tenía los ojos brillantes.
– Jordan, no sé qué se dice en estos casos.
– Me lo has dicho hace un momento. No es necesario decir nada más. Cualquier cosa que se diga ya se ha dicho centenares de veces.
Salió y cerró con delicadeza la puerta, como si el ruido de la hoja pudiera hacer pedazos el sentido de aquellas palabras. El ascensor no estaba en la planta del apartamento, así que decidió bajar por la escalera. Del piso de abajo no salía música. Pasó por delante de la puerta con un pensamiento piadoso hacia Connor Slave, que de ahora en adelante cantaría solo cuando alguien pulsara el botón play en un equipo de música.
Llegó a la salida justo cuando el Ford de la policía, con Burroni al volante, se detenía al otro lado de la calle. Mientras cruzaba la calle corriendo, vio que se inclinaba para abrir la puerta de su lado. Subió al coche, que olía a moqueta húmeda y escay, y cerró la portezuela.
A través del limpiaparabrisas vio el recuadro luminoso al otro lado del cual se alzaba, inmóvil y a contraluz, la figura de Lysa. Una presencia y una ausencia al mismo tiempo. Burroni, que había seguido su mirada, vio la ventana iluminada.
– ¿Esa es tu casa?
– Sí.
Burroni no preguntó, y él no quería hablar. Mientras el coche se separaba de la acera y de la mirada de Lysa, Jordan pensó en el momento en que se despertó a la mañana siguiente de conocerla.
Abrió los ojos y olió algo a lo que no estaba acostumbrado, al menos en su casa: el aroma de un café que no se había hecho solo. Se levantó y se puso los vaqueros y una camiseta. Antes de salir miró su aspecto en el espejo del cuarto de baño y vio todo lo que esperaba encontrar. La cara de un hombre que la noche anterior había recibido un respetable número de puñetazos.
Se lavó la cara, salió de la habitación y se reunió con Lysa Guerrero en la sala de estar. De nuevo experimentó esa sensación extraña al entrar en una habitación donde se hallaba…
«¿Ella o él?»
Recordaba ahora este pensamiento con la misma incomodidad que había sentido en aquel momento. Sin embargo, en la cara de Lysa y en su voz no había rastro de su conversación de la noche anterior.
Solo una sonrisa.
– Buenos días, Jordan. Yo solo puedo ver cómo están su ojo y su nariz. Pero, ¿cómo los siente usted?