El Tercer Lado De Los Ojos
- Автор: Фалетти Джорджо
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:
– ¿Cómo se atreve a hablar de arte? ¿Qué entiende usted de eso?
– Muy poco, lo admito. Pero las cifras son mi oficio, y de eso sí que entiendo.
Cogió de la mesa la carpeta, la apoyó sobre las rodillas y comenzó a hojearla. Cuando encontró la página que buscaba sacó del bolsillo de la chaqueta unas gafas con montura de oro y se las colocó sobre la nariz.
Era el resumen de cuentas.
– Aquí está. Por ejemplo, ibis redibis, cojamos la novela de ese tal Levine. Usted pagó cuatro millones de dólares solo para arrebatarle los derechos a la Universal, que por otra parte ni siquiera estaba muy interesada en adquirirlos. Una maniobra del agente del autor, que hizo que pagara una fortuna por algo que habría podido conseguir por doscientos mil dólares. Si recuerda bien, nosotros le aconsejamos sentarse y esperar. En cambio, si me permite, usted se lanzó a por ello sin pensarlo dos veces.
– Era una novela fantástica. No podía dejarla escapar.
– Y no se le escapó. Solo que con esa cifra podría haber comprado la producción entera de Scott Levine. Y después está la película que hizo. ¿Quiere que hablemos de ella?
– Era muy buena. El estreno en Los Ángeles fue glorioso.
– Pero la taquilla fue un desastre. Perdió ciento cincuenta millones de dólares para rodar un filme que dio apenas dieciocho, si no me equivoco. ¿Quiere que también hablemos de Clowns, el musical que iba a ser el nuevo Cats? Una producción de decenas de millones que nunca llegó a representarse. Escrito y dirigido por usted, con música de un pianista de club nocturno al que conoció en un crucero.
– ¡Ese hombre era un genio!
El abogado hizo un gesto que excluía a su cliente del mundo de la realidad.
– Si eso es cierto, solo usted lo ha comprendido. El resto del mundo se obstina en hacerle tocar en un barco.
Orlik cerró la carpeta y volvió a dejarla sobre la mesa.
– Creo que es inútil continuar. Hay más casos como estos. Demasiados, y demasiado determinantes. Está todo aquí, documentado, en negro sobre blanco, a disposición de cualquier otro experto legal que usted desee consultar.
Chandelle tuvo un momento de vacilación, un instante en que casi se asemejó a un ser humano. Dejó caer los hombros y pareció derrotada, humillada, sobre todo consciente de las consecuencias de su elección.
– ¿Cuánto me queda?
McIvory volvió a coger las riendas de la conversación.
– Debemos pagar los impuestos atrasados y saldar las últimas deudas con los bancos. Si se venden todas las obras de arte que hay aquí dentro, creo que quizá pueda quedarle este piso y… digamos… doscientos mil dólares. Sin embargo, creo también poder afirmar que ya no puede usted permitirse vivir en esta casa.
Los nervios de Chandelle Stuart saltaron definitivamente. Su voz salió estrangulada y tenía la cara morada de intentar gritar lo más fuerte posible.
– Esta es mi casa. Este es el Stuart Building, el edificio de mi familia. No puedo irme de aquí. No me iré nunca, ¿entiende? ¡Nunca!
Por un instante, McIvory temió que se le rompieran las cuerdas vocales. Su grito histérico era tan agudo que casi llegaba al ultrasonido. El abogado levantó un brazo y consultó la hora en su elegante Rolex Stelline, para no tener que ver la mirada de esos ojos inyectados en sangre.
– Pero nosotros sí. Debemos marcharnos. Creo que le conviene quedarse un rato a solas para reflexionar sobre lo que le hemos dicho. Buenas noches, señorita Stuart.
Los dos abogados se pusieron de pie. Ahora que por fin se había cumplido el deseo de ambos profesionales, alimentado durante años, de propinar un par de buenos bofetones morales a esa mujer presumida y altanera, tenía un sabor amargo. No se sentían responsables del desastre financiero de su cliente, que a pesar de sus consejos había sido un ejemplo de obstinada autodestrucción. Estaban desconcertados por el absoluto vacío con el que se habían encontrado por enésima vez, incluso ahora que le habían arrojado a la cara que su vida, tal como la había vivido, había terminado para siempre.
Jason McIvory y Robert Orlik dieron media vuelta y se dirigieron hacia el ascensor, que llegaba directamente a la sala. Al ver que se marchaban, Chandelle se sintió perdida. La ira se convirtió en miedo, en una sensación viscosa y helada en el estómago. Por primera vez en su vida sintió que ya no dominaba el mundo, sino que esa sombra oscura que notaba encima y por dentro era la del mundo que se cernía sobre ella.
Dio unos pasos frenéticos y se interpuso entre los dos abogados y el ascensor. Aferró a Orlik por un brazo. Jamás habrían imaginado que oirían una voz implorante salir de la boca de aquella mujer.
– Esperen. Quizá podamos hablar. Mañana iré a su despacho y conseguiremos ponerlo todo en orden. Si vendemos la casa de Aspen y tal vez el rancho y todos los terrenos…
Pese a la habitual indiferencia producto de años de profesión, Robert Orlik tuvo por un segundo la tentación de mostrar algo de compasión por aquella niña rica y mimada, que se había encontrado al nacer en el paraíso terrenal y por estupidez lo había destruido con sus propias manos.
– Señorita, usted ya no tiene una casa en Aspen ni mucho menos un rancho y terrenos. Se vendieron, por orden suya, para financiar alguna película o cualquier otra empresa irrealizable. No sé cómo decírselo, Chandelle, pero usted ya no tiene nada.
Volvió la furia; fue otra tempestad tras un breve instante de calma.
– Es todo culpa de ustedes, malditos ladrones hijoputas. Me las pagarán, mamones de mierda. Ustedes y su bufete de maricones inútiles. ¿Han entendido lo que acabo de decirles? Haré que los expulsen del Colegio de Abogados. Haré que acaben en la cárcel.
La nueva explosión de ira hizo que se derrumbara la frágil pared de compasión de los dos abogados. Cualquier sentimiento que Chandelle Stuart pudiera despertar fue abatido por el feroz soplido del lobo.
La puerta del ascensor se abrió al fin ante ellos. Mientras Orlik entraba, McIvory se detuvo un instante en el umbral y se volvió hacia la mujer que lo miraba con la cara desfigurada por la ira y la impotencia.
– Hay algo que deseo decirle desde hace años. Usted ya no es una jovencita, así que permítame que me exprese por un momento en su lenguaje habitual.
Su sonrisa era cortés y profesional. El tono de voz, casi inaudible, como corresponde a una cautelosa, gratificante y anhelada venganza.
– Váyase a tomar por culo, señorita Stuart. Y para serle sincero, ni siquiera es un buen culo.
Chandelle Stuart se quedó por un instante sin aliento. Su boca dibujó una O perfecta en el estupor de su rostro. Sus ojos parecían salirse de las órbitas mientras buscaba las palabras que no lograba encontrar.
Desde el ascensor, lo último que vieron Jason McIvory y Robert Orlik, antes de que se cerrara la puerta, fue la figura de una mujer parecida a una arpía que se precipitaba hacia el gran piano de cola que había a sus espaldas, buscando desesperadamente algo que arrojarles.
Cuando se puso en marcha, guardaron silencio pero ambos se preguntaban cuánto debía de valer el jarrón chino que Chandelle Stuart sostenía en la mano y que acababan de oír cómo se estrellaba contra las puertas del ascensor.
16
Tras su arrebato de cólera, Chandelle Stuart quedó a solas con la nada.
Sus zapatos de Prada parecían los más indicados para emprenderla a patadas con los pedazos de un jarrón chino cuyo valor ignoraba por completo, como había ignorado el valor de la vida que sistemáticamente había arrojado por la borda. Pero en ese momento, la ironía necesaria para apreciar el sentido de ese gesto estaba muy lejos de su estado de ánimo.
Parecía que la ira hubiera multiplicado sus fuerzas. Cegada por la furia, se arrancó el vestido ligero que llevaba, y arrojó los jirones con violencia contra las paredes.