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Fuera de un evidente destino

Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:

Cuando el mestizo Jim Mackenzie regresa a su pueblo natal, en Arizona, para asistir al funeral de su abuelo, jefe de los indios Navajos, todos sus recuerdos de infancia se ven sacudidos por una escalofriante realidad: una oleada de atroces asesinatos rituales asola la comunidad. Su llegada parece haber despertado misterios hasta el momento ocultos en la sombra; misterios relacionados con la tierra, las raíces y la tradición chamánica que Mackencie tiene que desvelar si quiere poner fin a la mortífera cadena.
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– No te gusta, ¿verdad?

– En la lengua navajo el término «nocivo» no se usa casi nunca. En general solemos reemplazarlo con la definición «no me cae bien».

– No es mala persona. Lo que ocurre es que vive en un mundo difícil y ha tenido que aprender a adaptarse. Ya sabes que hay juegos en los que hay que volverse duro.

– ¿Y tú? ¿Cuánto te has endurecido para poder jugar?

Jim la interrumpió para provocarla. No le gustaba ese hombre, y menos aún que ella se lo presentara bajo una luz favorable.

Swan sonrió de nuevo. Jim entendió que la sonrisa era para él, pero que la melancolía que contenía la reservaba para sí misma.

– Tal vez demasiado y tal vez no lo suficiente.

Después cambió de tema y de tono. Huyó del mundo de lo que es y se permitió una visita al mundo de lo posible. Quizá solo para ver si de vez en cuando ambas cosas podían coincidir.

– Andaba caminando por el Ranch y te he visto salir de la Club House. Te he seguido. Quería hablar contigo, a solas.

Por su parte, Jim no tenía el menor deseo de hacerlo. Encontrarse con ella y con Alan en el mismo día era algo que probablemente superaba sus fuerzas. Juntos representaban el cien por cien de su sensación de culpa. No disminuiría en nada ni aunque la compartiera con ella.

Por instinto, para salir del apuro, le hizo la misma pregunta que una tarde de muchos años atrás.

– ¿Cómo está tu madre?

– Ah, ella está bien. Todavía tiene la lavandería. He tratado de convencerla para que venga a vivir conmigo. He tratado de convencerla de que deje de trabajar. Pero no hay forma…

Sin darse cuenta, había respondido casi con las mismas palabras.

– Conozco esa clase de gente. Mi abuelo pertenecía a la misma categoría.

– Charlie me lo ha contado. Lo lamento mucho.

Jim sintió que dentro de sí algo se convertía en piedra.

– Así es la vida. Siempre termina del mismo modo, incluso para los nativos.

«La única certeza es un gran pájaro blanco. Pero Richard Tenachee tenía dos certezas. La muerte y la ausencia de su nieto.»

Swan comprendió, por el silencio de Jim, que estaba viendo fantasmas. Aprovechó para hablarle de los suyos.

– Me he enterado de que Alan ha vuelto a casa.

Jim se limitó a hacer un breve movimiento afirmativo con la cabeza. Ahora todo su cuerpo le parecía de piedra.

– ¿Cómo está?

Swan lo miró un segundo a los ojos. Luego, una vez más, Jim vio a otra persona que volvía la cabeza hacia otro lado.

Y se preguntó por qué los dos no hicieron lo mismo tantos años atrás.

No había mucho tráfico aquel día. Era una tarde de verano y el calor mantenía a la gente lejos de los coches y de la calle, confinada a la sombra de las pérgolas y al fresco de los bares, Jim se hallaba completamente solo en Kingman Street, una pequeña calle bajo el Lowell Observatory. Estaba apoyado en el muro color arena de una construcción baja. Se había colocado bajo el cono de sombra de un alero, oculto a la vista por una furgoneta roja. Mientras esperaba allí, pensaba en lo que acababa de ocurrir. Hasta hacía media hora se encontraba todavía en el despacho de Cohen Wells, y las palabras de ese hombre aún zumbaban en sus oídos, junto con las ideas confusas que rebotaban en su cabeza.

Después, Swan salió de la lavandería de su madre. Iba con la cabeza gacha, pensativa. Giró de golpe. Jim notó un ligero velo de sudor en su cara y percibió el vago olor a detergente del lavado en seco que desprendía su ropa.

Luego su sonrisa, capaz de hacer olvidar cualquier sudor y el olor de cualquier detergente.

– Santo cielo, Jim. ¿Quieres que me dé un infarto?

– Discúlpame.

– A veces olvidas qué silenciosos sabéis ser los indígenas.

Jim, incómodo, no supo responder a la broma. No sabía qué decir, así que soltó lo primero que acudió a su mente.

– ¿Cómo está tu madre?

Por la expresión de ella, comprendió que había tocado un tema delicado. La cara de Swan se endureció y una pequeña llama rebelde se encendió en sus ojos.

– Ah, ella está bien. Tiene la lavandería. Su mundo empieza ahí y no va más allá de la punta de una plancha. He tratado de hacerle comprender que para mí es distinto. Pero no hay forma…

Jim entendió que había sido una conversación mucho más ardiente que aquella tarde de verano. La enésima, hasta donde él sabía.

– ¿Quieres hablar?

Se detuvo de pronto frente a él. Hablaba con él como si todavía estuviera discutiendo con la madre.

– ¿Y qué puedo decir que no le haya dicho ya miles de veces?

Dio media vuelta y continuó caminando.

– Hace meses que intento convencerla de que para mi vida deseo algo distinto. Que no puedo soportar la idea de vivir siempre aquí. Un marido, hijos, una piscina de plástico en el patio de atrás y barbacoa los domingos. Y llegar a los cuarenta años con la sensación de estar muerta desde por lo menos diez.

– Si te casas con Alan no tendrás esos problemas.

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