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Tiempo muerto [Fade Away-es]

Электронная книга - «Tiempo muerto [Fade Away-es]». Краткое содержание книги:

Hubo un tiempo en el que el futuro de Myron Bolitar parecía predestinado a ser una gran estrella de la NBA. Una maldita lesión en la rodilla en el primer partido de la pretemporada le impidió llegar a jugar con los Boston Celtics y le obligó a abandonar el baloncesto profesional. “El hombre planea y Díos se ríe”, según Bolitar. Convertido, casi diez años después, en un temido agente deportivo e investigador privado volverá por fin a las canchas. Calvin Johnson, el nuevo general manager de los New Jersey Dragons lo contratará. No lo quiere para el equipo, sino para que busque a su gran estrella, Greg Downing, desaparecido misteriosamente, un jugador con el que Bolitar compitió sobre las canchas y por el amor de una mujer. Bolitar se verá no sólo ante un caso de muerte, chantaje y enemigos fuera de control, sino que se tendrá que enfrentar a un pasado que nunca creyó que volvería a revivir.
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– ¿Cómo se llama?

– Nunca me lo dijo. Los vi juntos una vez, en un restaurante llamado Saddle River Inn. A Greg no le hizo ninguna gracia encontrarme allí.

– ¿Qué aspecto tenía?

– Nada especial, por lo que recuerdo. Morenita. Estaba sentada, así que no pude apreciar la estatura o el peso.

– ¿Edad?

– No lo sé. Treintañera, supongo.

– ¿Por qué supones que vivían juntos?

Parecía una pregunta fácil, pero Audrey se demoró unos instantes en responder.

– A Leon se le escapó algo en una ocasión -contestó al fin.

– ¿Qué dijo?

– Ya no me acuerdo. Algo sobre la chica. Pero nunca ha vuelto a hablar del tema.

– ¿Cuánto hace de eso?

– Tres o cuatro meses. Tal vez más.

– Leon me dio a entender que Greg y él no eran tan amigos, que los medios de comunicación exageraban.

Audrey asintió.

– En estos momentos parece que existe cierta tensión, pero creo que sólo es temporal.

– ¿Cuál fue el motivo de esa tensión, como tú la llamas?

– No lo sé.

– ¿Desde cuándo existe?

– Desde hace poco. Dos semanas, quizá.

– ¿Ha ocurrido algo recientemente entre Leon y Greg?

– No. Son amigos desde hace mucho tiempo. Los amigos, a veces, tienen encontronazos. No me lo tomé muy en serio.

Myron dejó escapar un profundo suspiro. Estaba claro que los amigos podían tener encontronazos, pero la coincidencia en el tiempo no dejaba de sorprenderle.

– ¿Conoces a Maggie Mason?

– ¿La Sacudepolvos? Por supuesto.

– ¿Greg y ella eran íntimos?

– ¿Te refieres a si follaban?

– No, no me refería a eso.

– Bien, pues follaban. De eso sí estoy segura. Pese a lo que la Sacudepolvos va proclamando por ahí, no se ha tirado a todos los miembros del equipo. Algunos la han rechazado. No muchos, debo admitirlo, pero sí algunos. ¿Te lo ha propuesto ya?

– Hace unas horas.

– ¿Debo suponer que has engrosado las filas de los pocos, los orgullosos, los incólumes? -le dijo Audrey con una sonrisa.

– Supones bien, pero estábamos hablando de su relación con Greg. ¿Son íntimos?

– Muy íntimos, diría yo, pero la Sacudepolvos es más amiga aún de TC Son uña y carne. No es una relación puramente sexual. No me malinterpretes; estoy segura de que TC y Maggie se han acostado, y es probable que aún lo hagan en ocasiones, pero son como hermanos. Una cosa rara, la verdad.

– ¿Cómo se llevan Greg y TC?

– Bastante bien, para ser las superestrellas del equipo. Aunque tampoco es una maravilla.

– ¿Te importaría explicarte?

Audrey reflexionó por unos momentos y respondió:

– Desde hace cinco años, TC y Downing comparten el estrellato. Creo que existe un respeto mutuo en la pista, pero no hablan mucho de ello. No digo que se lleven mal, pero jugar al baloncesto es un trabajo como otro cualquiera. Puede ser que soportes trabajar con determinada persona pero seas incapaz de soportarla en la vida privada. -Audrey alzó la vista-. Coge la salida de la calle Setenta y nueve.

– ¿Aún vives en la Ochenta y uno?

– Sí.

Myron tomó la salida y se detuvo en un semáforo de Riverside Drive.

– Ahora me toca a mí, Myron -dijo Audrey-. ¿Por qué te contrataron?

– Ya te lo he dicho. Quieren que encuentre a Greg.

– ¿Qué has averiguado hasta el momento?

– Poca cosa.

– Entonces ¿por qué te preocupaba tanto que me fuera de la lengua y revelara la historia antes de tiempo?

Myron vaciló.

– He prometido no decir nada -le recordó ella-. Tienes mi palabra.

Era justo. Le habló de la sangre que habían descubierto el sótano de la casa de Greg. Audrey abrió los ojos como platos. Cuando le habló de que había encontrado el cuerpo de Sally/Carla, temió que la periodista sufriera un infarto.

– Dios mío -exclamó Audrey cuando él hubo terminado-. ¿Crees que Downing la mató?

– Yo no he dicho eso.

Audrey se reclinó en el asiento. Apoyó la cabeza contra el respaldo, como si su cuello ya no pudiera sostenerla.

– Joder, qué historia -musitó.

– Pero no la puedes contar.

– No me lo recuerdes. -Audrey se incorporó de nuevo-. ¿Te parece que tardará mucho en filtrarse?

– Tal vez.

– ¿Y por qué no me das la oportunidad de ser la primera en recibir la filtración?

Myron sacudió la cabeza.

– Todavía no. Hemos conseguido mantenerlo en secreto. No vas a ser tú quien se encargue de sacarlo a la luz.

Audrey asintió de mala gana.

– ¿Crees que Downing la mató y huyó?

– No existen pruebas que lo confirmen. -Myron frenó ante el edificio de la periodista-. Una última pregunta -añadió-. ¿Greg estaba metido en asuntos sucios?

– ¿Como qué?

– ¿Qué motivos pueden tener unos matones para buscarlo?

La excitación de Audrey crecía por momentos.

– ¿A qué te refieres? ¿De qué matones me estás hablando?

– De un par de matones que estaban vigilando la casa de Greg.

– ¿Matones? ¿Te refieres a gángsteres profesionales?

– Es probable. Todavía no lo sé con certeza. ¿Se te ocurre algo que relacione a Greg con matones o, ya puestos, con el asesinato de esa mujer? ¿Drogas, tal vez?

Audrey negó con la cabeza de inmediato.

– No pueden ser drogas.

– ¿Por qué estás tan segura?

– Downing es un defensor a ultranza de la vida sana. Un naturista.

– También lo era River Phoenix.

Ella negó nuevamente con la cabeza.

– Nada de drogas. Estoy segura.

– Investígalo. A ver si encuentras algo.

– Claro. Investigaré sobre todo lo que hemos hablado.

– Intenta ser discreta.

– No te preocupes. -Audrey bajó del coche-. Buenas noches, Myron. Gracias por tu confianza.

– No me has dejado otra alternativa.

Audrey sonrió y cerró la puerta del coche. Myron la vio entrar en el edificio. Volvió hacia la calle Setenta y nueve. Entró de nuevo en Henry Hudson y continuó hacia el sur, en dirección a la casa de Jessica. Estaba a punto de coger el móvil para llamarla, cuando el teléfono sonó. El reloj del tablero de instrumentos indicaba las doce y siete minutos de la noche. Sólo podía ser Jessica.

– ¿Hola?

No era Jessica.

– Carril derecho, tres coches detrás de ti. Te están siguiendo.

Era Win.

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– ¿Cuándo has vuelto? -preguntó Myron.

Win hizo caso omiso de la pregunta.

– El automóvil que te está siguiendo es el mismo que vimos en casa de Greg. Propiedad de una empresa de almacenaje de Atlantic City. No se le conocen relaciones con la mafia, pero no me extrañaría nada que las tuviesen.

– ¿Desde cuándo me sigues?

Una vez más, Win no le hizo caso.

– ¿Qué aspecto tenían los dos matones que te atacaron la otra noche?

– Muy grandes -respondió Myron-. Uno era enorme.

– ¿Rapado al cero?

– Sí.

– Está en el coche que te sigue. Asiento del acompañante.

Myron no se molestó en preguntarle a Win cómo había averiguado que aquellos gorilas lo habían atacado. Se lo imaginaba.

– No paran de comunicarse por teléfono -continuó Win-. Creo que están coordinados con otra persona. Las llamadas se incrementaron después de que te detuvieras en la calle Ochenta y uno. Espera un momento. Te llamo enseguida. -Le colgó.

Myron miró por el retrovisor. El coche seguía allí, justo donde Win había dicho. Un minuto después el teléfono volvió a sonar.

– ¿Qué? -dijo Myron.

– He vuelto a hablar con Jessica.

– ¿Que has vuelto a hablar? ¿Qué quieres decir con eso?

Win dejó escapar un suspiro de impaciencia. Detestaba tener que dar explicaciones.

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