Desaparecida [Long Lost-es]
- Автор: Кобен Харлан
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Desaparecida [Long Lost-es]». Краткое содержание книги:
Rick, el ex marido de Collins y periodista estrella de la CNN, ha aparecido asesinado en París. Ella es la única sospechosa. La prueba preliminar de ADN, sin embargo, señala a otra: su hija. ¿Pero no murió hace más de diez años? Bolitar nunca habría imaginado todo lo que ocultaba Terese Collins: un íntimo secreto que sólo devastará a los dos, sino que podría cambiar el mundo. Un secreto en el que se cruza el periodismo y la Interpol, incluso el Mossad.
– Ay.
Se inclinó y me besó suavemente en los labios.
– Gracias.
Estaba a punto de soltar una respuesta burlona -algo así como «díselo a todas tus amigas u otra dienta satisfecha»-, pero algo en su tono me contuvo. Algo en su tono me abrumó y me hizo sufrir. Le apreté la mano y permanecí en silencio, y luego la miré mientras se alejaba.
21
Win me echó una mirada y dijo:
– Por fin has mojado.
Iba a discutir, pero, ¿qué sentido tenía?
– Sí.
– Detalles, por favor.
– Un caballero no besa y luego lo cuenta.
Me miró desconsolado.
– Tú sabes que me encantan los detalles.
– Y tú sabes que nunca te los cuento.
– Solías dejarme mirar. Cuando salíamos con Emily en la facultad, tú solías dejarme mirar por la ventana.
– No te dejaba. Tú lo hacías. Cuando arreglaba aquella persiana, tú por lo general la volvías a romper. Eres un cerdo, ¿lo sabías?
– Algunos me llamarían un amigo interesado.
– Pero la mayoría te llamaría un cerdo.
Win se encogió de hombros.
– Quiéreme con todos mis defectos.
– ¿Dónde estamos? -pregunté.
– Ambos estábamos mojando.
– Aparte de eso.
– Se me acaba de ocurrir algo -dijo Win.
– Te escucho.
– Quizás haya una explicación más simple sobre cómo llegó lasangre de la muchacha muerta a la escena del crimen. Aquella organización benéfica Salvar a los Ángeles. Una de las cosas que hacen es la investigación con células madre, ¿no?
– Supongo que de alguna manera. Creo que están en contra.
– Sabemos que Rick Collins quizás descubrió que tenía la enfermedad de Huntington. Su padre desde luego la tenía.
– Te sigo.
– La gente en la actualidad guarda la sangre de los cordones umbilicales de sus hijos; la congelan o hacen algo así para un uso futuro. Está repleta de células madre y la idea es que en algún lugar o en algún momento esas células madre pueden salvar la vida de tu hijo, incluso la tuya. Quizás Rick Collins guardó la de su hija. Cuando descubrió que tenía la enfermedad de Huntington, decidió que podía utilizarla.
– Las células madre no curan el mal de Huntington.
– No, todavía no.
– O sea que tú crees que tenía la sangre del cordón umbilical congelada cuando lo asesinaron y entonces, qué, ¿se derritió?
Win se encogió de hombros.
– Esa hipótesis tiene menos sentido que la de que Miriam Collins haya estado viva todo este tiempo.
– ¿Qué pasa con el pelo rubio?
– Hay muchas rubias en este mundo. La mujer que tú viste bien podía ser otra.
Pensé.
– Así y todo sigue sin decirnos quién mató a Rick Collins.
– Es verdad.
– Todavía creo que, sea lo que sea, esto comenzó con el accidente de coche de hace diez años. Sabemos que Nigel Manderson mintió.
– Así es -admitió Win.
– Karen Tower está ocultando algo.
– ¿Qué pasa con ese tipo, Mario?
– ¿Qué pasa con él?
– ¿Está ocultando algo?
Pensé sobre ello.
– Puede ser. Lo veré esta mañana para buscar entre los archivos de trabajo de Rick. Entonces haré otro intento con él.
– Después también tenemos a los israelíes, quizás el Mossad, que te siguen. Llamé a Zorra. Ella hablará con sus fuentes.
– Bien.
– Por último, tu enfrentamiento parisino y aquella foto que levantó la alarma en la jerarquía de la Interpol.
– ¿Tu entrevista con la Interpol fue bien?
– Formularon preguntas; yo les relaté mi historia.
– Hay una cosa que no entiendo -dije-. ¿Cómo es que todavía no me han pillado a mí?
Win sonrió.
– Ya sabes por qué.
– Me siguen.
– Respuesta correcta.
– ¿Los has visto?
– Un coche negro en la esquina, a la derecha.
– Es probable que el Mossad también me esté siguiendo.
– Eres un hombre muy popular.
– Es porque sé escuchar a la gente. A la gente le gusta un buen oyente.
– Desde luego.
– También soy muy divertido en las fiestas.
– Y un bailarín muy elegante. ¿Qué quieres hacer con los que te espían?
– Me gustaría perderlos de vista.
– Ningún problema.
Perder a tu sombra es bastante fácil. En este caso, Win nos metió en un coche con los cristales tintados. Fuimos a un aparcamiento subterráneo con varias salidas. El coche se marchó. Aparecieron otros dos. Entré en uno, Win en el otro.
Terese estaba ahora con Karen. Yo iba de camino para ver a Mario Contuzzi.
Veinte minutos más tarde, toqué el timbre del apartamento de Contuzzi. Ninguna respuesta. Consulté mi reloj. Había llegado unos cinco minutos antes. Pensé en el caso, en cómo la Interpol se había puesto como loca por aquella foto.
¿Quién era el tipo que me apuntó con un arma en París?
Había intentado todos los caminos para dar con la identidad del hombre. Quizás, si tenía un minuto libre, debería intentar la ruta más directa.
Llamé al teléfono privado de Berleand.
Dos timbrazos después, respondió una voz y dijo algo en francés.
– Por favor, querría hablar con el capitán Berleand.
– Está de vacaciones. ¿En qué puedo ayudarle?
¿Vacaciones? Intenté imaginarme a Berleand disfrutando de un tiempo de ocio en la playa de Cannes, pero la figura no encajaba.
– De verdad, necesito ponerme en contacto con él.
– ¿Puedo preguntar quién lo llama?
No tenía ningún sentido no decirlo.
– Myron Bolitar.
– Lo siento. Está de vacaciones.
– Por favor, ¿podría ponerse en contacto con él y pedirle que llame a Myron Bolitar? Es urgente.
– Espere un momento.
Esperé.
Un minuto más tarde, otra voz -ésta áspera y con un acento norteamericano perfecto- apareció en el teléfono.
– ¿Puedo ayudarlo?
– No lo creo. Quiero hablar con el capitán Berleand.
– Puede hablar conmigo, señor Bolitar.
– Pero es que usted no suena como un hombre muy agradable -señalé.
– No lo soy. Ha sido divertido cómo se escapó de nuestra vigilancia, pero esto no es gracioso.
– ¿Quién es usted?
– Puede llamarme agente especial Jones.
– ¿Puedo llamarlo superagente especial Jones? ¿Dónde está el capitán Berleand?
– El capitán Berleand está de vacaciones.
– ¿Desde cuándo?
– Desde que le envió a usted aquella foto violando el protocolo. Él fue el que le envió aquella foto, ¿no?
Titubeé. Entonces dije:
– No.
– Seguro. ¿Dónde está usted, Bolitar?
En el interior del apartamento de Contuzzi sonaba el teléfono. Una, dos, tres veces.
– ¿Bolitar?
Se detuvo al sexto timbrazo.
– Sabemos que todavía está en Londres. ¿Dónde está?
Colgué y miré hacia la puerta de Mario. El teléfono que llamaba -sonaba como debía sonar un teléfono, no como el tono de un móvil- había sonado como el de una línea terrestre. Vaya. Apoyé la mano en la puerta. Era gruesa y resistente. Apoyé la oreja en la fría superficie, marqué el número de Mario y vi como aparecía el número en la pantalla de mi móvil. La conexión tardó un par de segundos.
Cuando escuché el débil sonar del móvil de Mario a través de la puerta -el teléfono fijo había sido fuerte; éste no- el miedo inundó mi pecho. Bien podía no tener importancia, pero en la actualidad la mayoría de las personas no recorren ni la más mínima distancia, incluido las visitas al baño, sin el móvil enganchado o encima. Se puede lamentar este hecho, pero las posibilidades de que un tipo quetrabaja en las noticias de la tele deje el móvil detrás mientras se va al despacho parecían remotas.