Amor traicionado
- Автор: Stevens Lynsey
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Amor traicionado». Краткое содержание книги:
Para contener el dolor, trató de convencerse de que se alegraba de que Jarrod hubiera decidido marcharse a otro país.
Cuando Jarrod volvió, cuatro años más tarde, Georgia no había conseguido perdonarlo. A pesar de que lo veía más enamorado de ella que nunca, él insistía que una relación sentimental entre ellos era imposible… ¿Ocultaba algo? ¿Qué había pasado de verdad cuatro años atrás? Toda la familia parecía saberlo… excepto ella.
La mujer madura había perdido al hombre que amaba hacía casi treinta años y eso la traumatizó de tal manera que había decidido destrozar las vidas de dos personas que no tenían ninguna responsabilidad en su desgracia.
– ¿Te sirvió de algo vengarte? -preguntó Georgia, con frialdad.
– No -dijo Isabel, con ojos brillantes de rabia-. Jarrod era el hijo que yo nunca había tenido. Y tú eres la viva imagen de tu madre. Jenny fue siempre la guapa, la preferida de todos. Peter quería casarse con ella -siguió, como ausente-. Pero ella tenía que elegir a Geoff.
– Tía Isabel… -Georgia sacudió la cabeza. ¿Tenía sentido recriminarla? De pronto se daba cuenta de que su tía vivía un vacío emocional en el que no dejaba entrar a nadie. Ni siquiera a su marido.
Tragó saliva. ¿Se habría convertido ella en una nueva Isabel, fría, distante, vengativa? Georgia se estremeció.
– Quiero ver a Jarrod -dijo, calmada-. ¿Dónde está?
– Se ha marchado. Llegas demasiado tarde.
Georgia miró la hora.
– Su avión no sale hasta dentro de tres horas.
– Decidió irse antes.
– No te creo -Georgia pasó de largo y llamó a Jarrod en alto, hasta llegar a su dormitorio.
– No entres, Georgia. ¿Cómo te atreves a irrumpir así en mi casa? -le llegó la voz de Isabel a su espalda-. Te he dicho que ha ido al aeropuerto.
Georgia abrió la puerta y contuvo la respiración al ver el equipaje de Jarrod preparado al pie de la cama.
– ¿Dónde está, tía Isabel?
– No tengo ni idea -Isabel se dio media vuelta y se alejó por el corredor.
Georgia se quedó de pie, apoyada en el umbral de la puerta. ¿Dónde estaría Jarrod? Si estuviera en el jardín la habría oído llamar. ¿Habría ido a la oficina?
De pronto tuvo una idea y salió corriendo a través de los matorrales hacia el riachuelo.
Pero no lo encontró en el puente y por un instante, Georgia pensó que se había equivocado. Iba ya a volverse cuando oyó la voz de Jarrod llamándola.
Bajó la mirada y lo vio al fondo, bajo el árbol que solía servirles de refugio. Georgia bajó a su encuentro.
– Pensaba… -comenzó a decir-. Tenía que verte -dijo, sin aliento-. Quiero que sepas…
Georgia estalló en llanto y le contó toda la historia, incluida la conversación con Isabel.
– Así que no es verdad, Jarrod -concluyó.
Él parecía aturdido. Luego, le hizo algunas preguntas.
– Isabel ha admitido que mintió, Jarrod. Y papá dice que puedes hacer las averiguaciones que quieras con el médico -Georgia observó las confusión de sentimientos que asaltaban a Jarrod.
– Cuando Isabel… -dijo él, sacudiendo la cabeza-. Lo que me contó parecía tan posible y explicaba tan bien algunas cosas, como la frialdad de la relación entre ella y Peter, la tensa calma que se percibía cuando tus padres estaban de visita… No dudé que fuera verdad -Jarrod apretó la mandíbula-. ¿Cómo nos ha podido hacer esto? ¿Por qué? -exclamó, con amargura-. Estos años perdidos, el bebé. Dios mío, podría…
– Debemos compadecerla, Jarrod -lo atajó Georgia-. Su vida está vacía. Está estancada en el pasado.
Jarrod puso sus manos sobre los hombros de Georgia.
– ¿Cómo puedes defenderla después de lo que ha hecho?
– ¿Me amas, Jarrod? -preguntó Georgia, estremeciéndose.
– Desesperadamente -dijo él, vehementemente-. Nunca he dejado de amarte.
– Entonces puedo permitirme ser generosa con la tía Isabel.
– Yo no, mi amor. Pienso hablar con ella -Jarrod atrajo a Georgia hacia sí con dulzura y la besó delicadamente-. Georgia, mi querida Georgia. Cuánto he deseado hacer esto.
Y se fundieron en un abrazo prolongado, acariciándose, besándose, susurrándose palabras de amor. Hasta que se separaron respirando entrecortadamente.
– Estas semanas han sido una pesadilla -dijo él, con voz ronca-. Creía que me iba a volver loco -tomando a Georgia de la mano, la hizo sentar-. Cuatro años, Georgia. Cuatro años creyendo que amaba a mi hermana.
– Calla, Jarrod -Georgia cerró los ojos y dos lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
– Sé que te hice daño, mi amor, pero la noticia de Isabel me había dejado horrorizado. Se añadía a la constante presión a la que me sometía cada vez que estábamos solos, y no pude soportarlo.
– Cuando te vi besándola creí que estaba soñando.
Jarrod hizo una mueca de dolor.
– Tengo que reconocer que no me siento orgulloso de mi comportamiento -sacudió la cabeza-. Todo comenzó cuando empecé a pasar contigo la mayor parte del tiempo. Me miraba con coquetería, intentaba tocarme. Yo hice como que no me daba cuenta. No sabía cómo reaccionar.
– Ella amaba a mi padre y se sintió traicionada cuando él se casó con mi madre.
– No creo que Isabel sepa lo que significa el amor -Jarrod suspiró-. Yo sólo sé que no me sentí capaz de contarte lo que Isabel acababa de decirme y pensé que mi única alternativa era marcharme. Sé que no me creíste cuando te dije que no había nada entre ella y yo, pero pensé que era mejor dejarte con esa confusión que contar la verdad. Incluso aunque me odiaras -acarició con el pulgar la mejilla de Georgia.
– Al principio me desesperé y cuando perdí al niño quise morir. Para superarlo intenté convencerme de que no había pasado nada. Luego, cuando volviste, quise creer que te odiaba, pero… -Georgia cubrió la mano de Jarrod-, estaba intentando ganar una batalla perdida. Tú formas parte de mí, Jarrod, y odiarte es odiarme a mí misma.
Jarrod la estrechó contra sí, peinándole el cabello hacia atrás con la mano.
– No sé cómo he sobrevivido estos años, Jarrod -continuó ella-. Comía, bebía, trabajaba…, pero no vivía.
– Yo he sentido los mismo. Cada vez que abría una carta de casa temía enterarme de que te hubieras casado.
– Y yo te imaginaba a ti rodeado de hermosas americanas.
Jarrod rió quedamente.
– ¿Te acuerdas cuando insinuaste que me había acostado con Ginny?
– Estaba tan celosa… -dijo Georgia.
– Nunca ha habido otra, mi amor. He vivido como un monje. Nadie podía sustituirte.
– ¡Oh, Jarrod! -el corazón de Georgia rebosaba amor-. Para mí no ha habido tampoco nadie.
– ¿Ni ese batería grandullón?
– ¿Andy? No -Georgia sacudió la cabeza-. Sólo somos amigos.
Jarrod hizo una mueca.
– Estuve a punto de partirle la cara el día que te tomó en brazos para saltar la verja.
Georgia rió.
– Supongo que inconscientemente he usado a Andy para provocarte celos -Georgia bajó la mirada-. Al principio pensé que podría soportar verte, pero en cuanto te vi supe que seguía tan enamorada de ti como antes. E intenté combatir ese sentimiento con todas mis fuerzas.
– Y yo estaba seguro de que podría mantenerme distante. Quería que me odiaras. Era la única manera de sentirme seguro. Pero cuando me trataste con indiferencia creí enloquecer y supe que nunca dejaría de amarte.
– Pues lo disimulaste muy bien -bromeó Georgia.
– Eso pensaba yo hasta que te oí cantar. Los celos me devoraban y por eso intenté convencerte de que dejaras el grupo. Si no eras mía, no quería que pertenecieras a ningún otro. Puede que Isabel y yo nos parezcamos más de lo que creemos -Jarrod apretó los labios y miró a Georgia con pesadumbre-. La tarde que te besé estuve a punto de perder el control. Y cuando cantaste aquella canción sentía que el corazón se me hacía pedazos.
Georgia ocultó el rostro en el pecho de Jarrod.
– Y luego yo fui horriblemente desagradable contigo en el camerino. No pude evitarlo.
– Me lo merecía. Y cosas peores -Jarrod hizo una pausa-. ¿De verdad escribiste esa canción después de que hiciéramos el amor por primera vez?
Georgia asintió.
– Fue tan maravilloso que me salió sola. Nunca pensé en cantársela a nadie más que a ti, pero Lockie la encontró y… -Georgia se encogió de hombros.