El azul de la Virgen
- Автор: Шевалье Трейси
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El azul de la Virgen». Краткое содержание книги:
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.
La hija de Gaspard dejó bruscamente a Isabelle y desapareció detrás de la iglesia. ¿Cómo es que su padre no se da cuenta de que Pascale tiene un problema?, pensó Isabelle mientras el antiguo posadero seguía hablando y riendo. Al cabo de unos instantes fue en busca de la joven. Había vomitado y estaba recostada en la pared, limpiándose la boca con manos temblorosas. Isabelle advirtió su palidez y sus ojos hinchados y calculó para sus adentros, Han pasado tres meses, se dijo, y no tiene marido.
– Isabelle, eras comadrona, ¿verdad? -preguntó Pascale finalmente.
Isabelle negó con la cabeza.
– Mi madre me enseñó, pero Etienne… Su familia no me permitió seguir después de casarnos.
– Pero sabes…, tienes conocimientos sobre partos, y…
– Sí.
– ¿Qué sucede si…, si el niño desaparece, también entiendes de eso?
– Te refieres a si Dios quiere que desaparezca, ¿no es eso?
– Sí…, claro, me refiero a eso. Si Dios lo quiere.
– Sí, tengo conocimientos.
– Hay algo…, ¿una oración especial?
Isabelle pensó unos instantes.
– Reúnete conmigo dentro de dos días en el desfiladero y rezaremos juntas.
Pascale vaciló.
– Fue en Lyon -dijo de pronto-. Cuando íbamos a marcharnos. Habían bebido demasiado. Papá no lo sabe…
– Ni lo sabrá.
Isabelle se adentró hasta lo más profundo del bosque para encontrar el enebro y la ruda. Cuando la hija de Gaspard se reunió con ella dos días después, entre las rocas en lo alto del desfiladero, Isabelle le dio una pasta para que comiera, luego se arrodilló con ella y rezaron a santa Margarita hasta que el suelo enrojeció de sangre.
Aquél fue el primer secreto de su nueva vida.
Durante sus primeras Navidades en Moutier, Isabelle descubrió que la Virgen la había estado esperando. Existían dos iglesias. Los seguidores de Calvino se habían apoderado de la iglesia católica de Saint Pierre, donde quemaron las imágenes de los santos y dieron la vuelta al altar. Los canónigos habían huido, cerrando la abadía, que tenía siglos de historia y que había sido testigo de muchos milagros. La capilla anexa a la abadía, la iglesia de Chaliéres, se utilizaba ahora como parroquia de Perrefitte, el villorrio cercano a Moutier. Cuatro veces al año, los días de fiesta, los habitantes de Moutier asistían a las celebraciones matutinas de Saint Pierre y a las de la tarde en Chaliéres.
Aquella primera Navidad -Pascale y Gaspard les prestaron la ropa negra-, a los Tournier les costó trabajo entrar en la capillita. Estaba tan abarrotada que Isabelle tuvo que ponerse de puntillas para intentar ver al oficiante. Renunció enseguida y se dedicó a mirar -por encima de él- los murales en verde, rojo, amarillo y marrón de las paredes del coro: Cristo con el Libro de la Vida en el techo curvo, los doce apóstoles en los paneles de más abajo. Isabelle no había visto ninguna iglesia decorada desde la vidriera y la estatua de la Virgen con el Niño de sus años infantiles.
De puntillas nuevamente para contemplar las figuras pintadas a la altura de los ojos, Isabelle reprimió un grito. A la derecha del pastor había una imagen borrosa de la Virgen que miraba con tristeza hacia la lejanía. Aunque los ojos se le llenaron de lágrimas, mantuvo el rostro inexpresivo. Siguió mirando al celebrante pero, de cuando en cuando, lanzaba ojeadas al mural.
La Virgen la miró y le sonrió un instante antes de recobrar su expresión lastimera. Nadie lo vio, excepto Isabelle.
Aquél fue su segundo secreto.
A partir de entonces, Isabelle se apresuraba siempre los días de fiesta para llegar a Chaliéres cuanto antes y colocarse muy cerca de la Virgen.
El sol primaveral trajo el tercer secreto. De la noche a la mañana la nieve se derritió y formó cascadas que se desplomaron desde las montañas circundantes y llenaron el río. Reapareció el sol, el cielo se volvió azul, renació la hierba. Pudieron dejar abiertas la puerta y las ventanas, los niños y el humo salieron fuera, Etienne se estiró al sol como un gato y sonrió brevemente a Isabelle. El pelo gris le hacía parecer viejo.
Isabelle agradecía el sol, pero no descuidaba la vigilancia. Todos los días llevaba a Marie al bosque y le inspeccionaba el cabello, arrancándole cualquier hebra roja. Marie lo soportaba con paciencia y no respondía con gritos a las punzadas de dolor. Le pidió a su madre que le permitiera guardar el pelo que le arrancaba, y fue escondiendo un ovillo cada vez mayor en el agujero de un árbol cercano
Un día Marie corrió hacia donde estaba Isabelle y ocultó la cabeza en su regazo.
– Ha desaparecido mi pelo -susurró entre lágrimas, sin olvidar ni siquiera entonces que no debía decir nada a los demás. Isabelle miró a Etienne, a Hannah y a los chicos. Excepto la expresión agria de Hannah, nada en sus rostros sugería desconfianza.
Estaba ayudando a Marie a buscar de nuevo en el árbol cuando miró hacia lo alto y vio el nido de un pájaro que brillaba al sol.
– ¡Allí! -señaló. Marie se echó a reír y aplaudió.
– ¡Tomadlo! -les gritó a los pájaros, alzándose el pelo por las puntas y dejándolo caer en una lenta cascada-. ¡Tomadlo, es vuestro! Ahora sabré siempre dónde está. Giró varias veces en círculo y cayó al suelo riendo.
El silbido, muy agudo, subió y bajó antes de terminar en un trémolo como de pájaro. Se oyó por todo el valle. Al cabo de algún tiempo les llegaron también los traqueteos, los tintineos y los crujidos de un carro que rebotaba sobre las rocas, mucho más arriba, mientras se encaminaba hacia los campos donde plantaban el esparto. Etienne envió a Jacob para que se enterase de quién era el que llegaba. Cuando regresó, tomó a Isabelle de la mano y la llevó, seguida por el resto de la familia, sendero adelante, hasta el límite del pueblo. El carro se había detenido allí, rodeado por una multitud.
El buhonero era bajo y moreno, con barba, largo mostacho rizado en complicadas espirales, y gorro a rayas rojas y amarillas con forma de cubo volcado, que se calaba hasta por debajo de las orejas. Encaramado muy por encima de ellos en un carro cargado de mercancías, se movía y saltaba con la seguridad de quien conoce todos los puntos de apoyo para manos y pies. Al tiempo que trepaba, hablaba sin parar por encima del hombro con un peculiar acento cantarín que hizo sonreír a Isabelle y mirar con desconfianza a Etienne.
– ¡Naranjas! ¡Naranjas! ¡Aquí tenéis naranjas, aceitunas, limones de Sevilla! ¡Podéis comprar una hermosa olla de cobre. O un bolsillo de cuero. Y aquí están vuestras hebillas. ¿No quiere hebillas para esos zapatos, hermosa señora? ¡Claro que sí! ¡Y le daré botones que hagan juego! Traigo hilo y también encajes; sí, encajes de la mejor calidad. ¡Venid! Venid a ver y a tocar, no tengáis miedo. Ah, Jacques la Barbe, bonjour encore! Su hermano dice que regresará pronto de Ginebra, pero que su hermana se queda cerca de Lyon. ¿Por qué no se reúne aquí con usted en este lugar tan encantador? No importa. Por lo que hace a Abraham Rougemont, en Bienne tiene un caballo esperándolo. Una buena compra, lo he visto con estos mismos ojos. Dele un paseo por el pueblo a esa guapa hija suya. Y monsieur le régent, he estado con su hijo…
Y seguía hablando sin interrupción, transmitiendo mensajes al tiempo que vendía sus mercancías. La gente reía y le gastaba bromas; era una aparición familiar y bien venida que regresaba todos los años una vez pasado lo peor del invierno y también durante la fiesta de la cosecha. En medio del bullicio se inclinó hacia Isabelle.