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Электронная книга - «El azul de la Virgen». Краткое содержание книги:

En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.
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– Tenemos huertas -la tranquilizó el granjero-. Y algunas personas cultivan trigo de invierno. No os preocupéis, no nos falta de nada. Mirad este pueblo, ¿es que veis hambre? ¿Hay pobres aquí? Dios provee. Trabajamos mucho y Dios provee.

Sin duda Moutier era más rico que su antiguo pueblo. Isabelle cogió una guadaña y entró en el cañamar. Tuvo la sensación de que se tumbaba boca arriba en el río y de que, con un poco de confianza, lograría flotar.

Al este de Moutier el Birse torcía hacia el norte, atravesaba la cordillera y dejaba atrás una altísima garganta de rocas grises y amarillas, sólida en algunos sitios, pero que se desmoronaba por los bordes. La primera vez que Isabelle la vio sintió deseos de ponerse de rodillas: le recordaba a una iglesia.

La granja a la que se trasladaron no estaba a orillas del Birse, sino junto a un arroyo que discurría más al este. Tenían que atravesar la garganta cada vez que iban a Moutier o venían de allí. Cuando Isabelle lo hacía sola se santiguaba.

Su casa estaba hecha de una piedra que no conocían, menos pesada y más suave que el granito de las Cevenas. Había sitios en los que la argamasa se había caído, por lo que en el interior había corrientes y humedad. Los marcos de las ventanas y de la puerta eran de madera, al igual que el techo, muy bajo, e Isabelle temía que se produjera un incendio. La antigua granja de los Tournier había estado toda ella edificada en piedra.

Lo mas extraño de todo era que no tenía chimenea; aunque en eso no se diferenciaba de las restantes granjas del valle. Por otra parte, el techo bajo de madera era falso, el humo se acumulaba en el espacio que quedaba hasta el tejado, y se escapaba por agujeros de poco tamaño hechos debajo de los aleros. Allí se colgaba la carne para ahumarla, aunque aquélla parecía ser la única ventaja. Todo lo que había en la casa estaba cubierto por una capa de hollín y el aire se volvía oscuro y viciado siempre que se cerraban puertas y ventanas.

A veces, durante el primer invierno, cuando Isabelle, el pelo cubierto con una tela grasienta de color gris, hilaba interminablemente, tratando de evitar que sus dedos ensangrentados mancharan el áspero hilo de cáñamo, o se sentaba a la mesa en medio del humo que todo lo oscurecía, tosiendo y sintiendo que le faltaba el aire, sin poder olvidar que en el exterior el cielo era bajo y estaba cargado de nieve y que seguiría así por espacio de meses, temía volverse loca. Echaba de menos el sol en las rocas, las retamas heladas, los días luminosos y fríos, el enorme hogar de los Tournier, que irradiaba calor y enviaba fuera el humo. Pero no decía nada. Era una suerte que dispusieran de una casa.

– Algún día construiré una chimenea -prometió Etienne un oscuro día de invierno, cuando los niños no cesaban de toser. Miró a Hannah, que asintió con la cabeza-. Una casa necesita una chimenea y un hogar de verdad -continuó-. Pero primero tenemos que ocuparnos de las cosechas. Cuando pueda la construiré y la casa estará completa. Y segura -miró hacia el rincón, sin buscar los ojos de Isabelle.

Su mujer salió de la habitación para ir al devanthuis, un espacio abierto entre la casa, el granero y el establo, aunque cubierto con el mismo techo. Allí se podía estar de pie y mirar fuera sin ser zarandeado por el viento o barrido por la nieve. Se llenó los pulmones de aire fresco y suspiró. La puerta daba al sur, pero allí no aparecía un sol luminoso y cálido. Contempló las laderas blancas que tenía enfrente y vio una figura gris agazapada en la nieve. Después de regresar a las sombras más oscuras del devanthuis vio cómo trotaba hasta desaparecer entre los árboles.

– Ahora me siento segura -les dijo en voz baja Etienne y a Hannah-. Y no tiene nada que ver con vuestra magia.

Cada pocos días Isabelle recorría el camino helado que atravesaba la garganta amarilla hasta el horno común de Moutier. En Francia siempre había cocido el pan en casa de los Tournier o en la de su padre, pero allí sólo se utilizaba un lugar. Esperó a que se abriera la puerta del horno, a que la ola de calor la alcanzara mientras deslizaba dentro sus hogazas. A su alrededor, mujeres que llevaban gorros redondos de lana hablaban en voz baja. Una de ellas le sonrió.

– ¿Qué tal están Petit Jean, Jacob y Marie? -preguntó.

Isabelle le devolvió la sonrisa.

– Quieren salir fuera. No les gusta pasar tanto tiempo dentro. En nuestra casa no hacía tanto frío. Aquí se pelean más.

– Ahora su casa es ésta -la corrigió su interlocutora con amabilidad-. Dios cuidará de ustedes. Ya les está dando un invierno menos frío que otros años.

– Claro -reconoció Isabelle.

– Dios la guarde, madame -dijo la otra al marcharse, las hogazas sujetas bajo los brazos.

– Y a usted.

Aquí me llaman madame, pensó Isabelle. Nadie ve que tengo el pelo rojo. Nadie lo sabe. Un pueblo de trescientos habitantes que nunca me llama La Rousse. Que no sabe nada de los Tournier excepto que somos seguidores de la verdad. Cuando me marche no hablarán de mí a mis espaldas.

Aquello sí que lo agradecía. Por aquello estaba dispuesta a vivir entre montañas agrestes y ásperas, cultivos extraños, inviernos muy duros. Quizá incluso pudiera resistir sin chimenea.

Isabelle veía con frecuencia a Pascale en el horno común y en la iglesia. Al principio la muchacha le hablaba muy poco, pero con el tiempo superó la timidez, hasta que, a la larga, fue capaz de describirle su vida anterior con detalle.

– En Lyon trabajaba en la cocina siempre que podía -le contó un domingo delante de la iglesia, entre la multitud, antes del servicio religioso-. Cuando mamá murió de la peste tuve que ponerme a servir. No me gustaba estar entre tantos desconocidos que me tocaban donde se les antojaba -se estremeció-. Y luego servir tanto vino, cuando se sabe que no debemos beberlo, me parecía mal. Prefería esconderme. Siempre que podía -guardó silencio un momento-. Pero a papá le encanta -continuo-. Ya sabes que quiere quedarse con Le Cheval Blanc si se marchan los actuales propietarios. Y sin cerrarlo un solo día. Se ha hecho muy amigo suyo, por si acaso. En Lyon la posada también se llamaba Le Cheval Blanc. Lo considera una señal.

– ¿Y no echas de menos tu antigua vida?

Pascale negó con la cabeza.

– Me gusta estar aquí. Me siento más segura que en Lyon. Había demasiada gente y muchísimas personas de las que no te podías fiar.

– Segura sí que me siento. Pero echo de menos el cielo -dijo Isabelle-. El cielo tan ancho que te permite verlo todo hasta el límite del mundo. Aquí las montañas cierran el cielo. En las Cevenas lo abrían.

– Echo de menos las castañas -declaró Marie, apoyándose contra su madre. Isabelle asintió.

– Cuando las teníamos siempre no pensábamos en ellas. Como el agua. No piensas en el agua hasta que tienes sed y no hay.

– Pero corríais peligro donde estabais, ¿no es verdad?

– Sí -Isabelle tragó saliva, al acordarse del olor a carne quemada. No mencionó aquel recuerdo.

– Esos gorros redondos son curiosos, ¿no te parece? -dijo en cambio, señalando un grupo de mujeres-. ¿Te imaginas llevando uno sobre tu pañuelo para la cabeza? Rieron las dos.

– Quizá un día los llevaremos, y las recién llegadas se reirán de nosotras -añadió Isabelle.

De entre la multitud retumbó la voz de Gaspard:

– ¡Soldados! ¡Os puedo contar dos o tres cosas sobre los ejércitos católicos que os pondrán los pelos de punta!

A Pascale se le heló la sonrisa. Miró al suelo, tenso el cuerpo, puños apretados. Nunca hablaba de cómo habían escapado, pero Isabelle ya se lo había oído describir a Gaspard en detalle varias veces, tal como ahora se lo estaba repitiendo a un nuevo amigo.

– Cuando los católicos tuvieron noticia de la matanza de París, enloquecieron y se presentaron en la posada dispuestos a destrozarnos -explicó Gaspard-. Al irrumpir los soldados, se me ocurrió: la única manera de salvarnos es sacrificar el vino. De manera que, sin pensármelo dos veces, se lo ofrecí gratis. Aux frais de la maison! grité una y otra vez. Aquello los detuvo. Ya conoces a los católicos, ¡les gusta beber! Ésa era la base de nuestro negocio. Pronto estuvieron tan borrachos que se olvidaron de para qué habían entrado en la posada. Mientras Pascale los mantenía ocupados, recogí todas nuestras pertenencias ¡en sus mismísimas narices!

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