La fragua de Dios [The Forge of God - es]
- Автор: Бир Грег
- Серия: La fragua de Dios #1
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: J
- ISBN: 84-334-4023-3
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fragua de Dios [The Forge of God - es]». Краткое содержание книги:
1 de octubre de 1996: el gobierno australiano anuncia que una enorme montaña de granito, un duplicado casi perfecto de Ayers Rock, ha aparecido de pronto en el Gran Desierto Victoria; junto a ella, tres resplandecientes robots de acero traen consigo un mensaje de paz y amistad…
Así se inicia una de las más apasionantes novelas de ciencia ficción de los últimos tiempos, que combina sabiamente el interés científico, la alta política internacional y la amenaza de una invasión alienígena, para ofrecernos una obra apasionante con una profundidad temática raras veces alcanzada, que se lee de un tirón hasta la última página.
—¿Qué es lo que tiene?
—Leucemia crónica.
—¿Terminal?
—Sus médicos creen que es tratable.
Fulton asintió.
—Me pregunto si ése no es un buen diagnóstico también para la Tierra.
Arthur no captó el significado.
—Cáncer —ofreció voluntariamente Fulton—. Cáncer cósmico.
Arthur asintió reflexivamente y miró por la ventanilla, preguntándose cuándo conseguiría algo de tiempo para llamar a Francine, para hablar con Marty, para tocar con los pies el mundo real.
18
El teniente coronel Albert Rogers tomó el mensaje recibido por radio y salió por la puerta de atrás del remolque de comunicaciones, bajando los escalones metálicos de plancha corrugada hasta la blanca y crujiente arena. En realidad no deseaba pensar en las implicaciones de sus órdenes; pensar a un nivel tan esotérico no iba a hacerle ningún bien. El Huésped estaba muerto; Arthur Gordon había ordenado que su equipo investigara el interior del cono. Rogers no iba a permitir que lo hiciera nadie excepto él.
Había estado planeando aquella misión. Había trazado diagramas incompletos del interior del aparecido en un pequeño bloc de notas, poco más que suposiciones basadas en longitud, altura, anchura y el ángulo y longitud del tubo que avanzaba a través de la roca sólida. Trepar por el tubo no presentaría ningún problema: aunque girara en vertical hacia arriba, podía considerar el asunto como trepar por el interior de una chimenea, la espalda contra un lado, las piernas formando tijera y los pies apretados contra el otro, ascendiendo centímetro a centímetro. Llevaría una grabadora vídeo digital en miniatura, más pequeña que la palma de su mano, y una videocámara del tamaño de un dedo montada en su casco. Una Hasselblad para fotos de alta resolución y otra cámara más pequeña, una Leica de 35 mm automática, completarían su equipo. Dudaba que la investigación tomara más de un día. Había, por supuesto, la posibilidad de que el aparecido estuviera perforado en su interior como un panal. De alguna forma, lo dudaba.
Mientras un sargento y un cabo traían las provisiones que había pedido del remolque de almacenamiento, trazó su itinerario y examinó las medidas de emergencia con su segundo al mando, el mayor Peter Keller. Luego Rogers se colocó la mochila pectoral y las pesadas botas de escalada, enrolló tres largos de cuerda y los colgó de su cinturón, y se dirigió hacia el lado sur del aparecido.
Comprobó el reloj y ajustó el cronómetro a cero. Eran las seis de la mañana. El desierto estaba envuelto todavía en el gris del preamanecer, con altos cirros extendiéndose de horizonte a horizonte en una fina capa. El desierto olía a limpio aire frío, con un asomo de resina seca.
—Déme un impulso —dijo Rogers a Keller. El mayor entrelazó los dedos de ambas manos para formar un apoyo y Rogers metió su pie izquierdo; con un «¡hop!», Keller lo alzó hasta la boca del túnel. Rogers permaneció tendido por unos instantes de espaldas en el pozo que formaba ángulo, contemplando la primera curva, a unos doce metros roca adentro.
—De acuerdo —dijo, pulsando el botón de su reloj para poner en marcha el cronómetro—. Allá voy.
Habían rechazado la idea de desenrollar un cable telefónico y comunicarse directamente por él mientras trepaba. La grabadora vídeo iba equipada con un pequeño micro de solapa, a través del cual podría nacer observaciones orales; la cámara vídeo efectuaría una grabación adecuada de lo que viera, momento a momento. Si se presentaban el momento y la oportunidad, tomaría fotos con las otras cámaras.
—Buena suerte, señor —dijo Keller mientras Rogers iniciaba su ascensión en ángulo túnel arriba.
—Al infierno con eso —gruñó Rogers para sí mismo. Los primeros diez metros fueron fáciles, un lento arrastrarse. En la curva, hizo una pausa para encender una luz en la oscuridad. El túnel formaba un ángulo directo hacia arriba tras los primeros diez metros de inclinación. Anotó esto en voz alta para el registro, luego miró hacia abajo por encima de su estómago y piernas, al camafeo del rostro de Keller. Keller hizo un «okay» formando un círculo con el índice y el pulgar. Rogers hizo parpadear dos veces su luz.
—Estoy metiéndome en la barriga de una nave espacial alienígena —se dijo silenciosamente a sí mismo, haciendo una mueca para relajar su tensa mandíbula y sus músculos faciales—. Estoy arrastrándome hacia arriba, hacia lo desconocido. Eso es. No tengo por qué tener miedo. —Y no lo tenía…, sentía una especie de calma energética, casi una excitación que lo abrumaba.
Pensó en su esposa y en su hija de cuatro años que vivían en Barstow, y en una variedad de escenarios reflejados detrás de sus rostros. Heroico padre muerto y beneficios económicos para el resto de sus vidas. En realidad, lo de los beneficios no estaba demasiado claro. Debería ser así. Se prometió comprobarlo inmediatamente cuando regresara. Un pensamiento mejor: heroico padre vivo y retiro a los veinte años y la posibilidad de meterse en el mundo de los negocios, quizá como asesor de cuestiones de defensa, aunque nunca había pensado en eso antes. El primer hombre en el interior de una nave espacial alienígena. Los bienes inmuebles eran más atractivos. No en Barstow, de todos modos. Quizás en San Diego, aunque el hecho de ser un ex-Marine sería de mayor ayuda aquí.
Empezó a ascender, con el suelo de caucho de las botas aferrándose a la roca y las manos apoyadas contra la pared opuesta. Primero un pie, luego el otro. Sin dañar la nave espacial; ni siquiera un rasguño. Se izó con un gruñido, asegurando de nuevo sus botas y manos contra la roca. Una superficie lisa, nada parecido a la lava. Sin rasgos distintivos y gris, amorfa. Los astronautas habían recibido entrenamiento en geología cuando alunizaron por primera vez. No era necesario entrenar a un coronel del Ejército. Además, aquél no era un lugar natural; ¿de qué le serviría allí la geología?
Al menos no era resbaladizo.
Había trepado cinco metros cuando hizo una pausa y arrojó su luz hacia delante. Otra curva encima de él, más allá de la cual no habían sondeado con las cámaras montadas en pértigas. Algo totalmente desconocido. Rogers conjuró las pocas películas de ciencia ficción que había visto. Nunca había sido un gran aficionado a las películas de ciencia ficción. La mayor parte de sus compañeros habían disfrutado con Alien cuando la vieron en vídeo en el campamento de entrenamiento de reclutas. Él había intentado olvidarla de inmediato.
El Huésped estaba muerto. ¿Y si eso ponía furiosos a los demás? ¿Y si lo sabían, de alguna forma, y estaban aguardándole?
Todavía seguía tranquilo, aún ligeramente exaltado, los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas en la oscuridad, el rostro húmedo por el esfuerzo. Arriba, arriba, y luego por el recodo. Descansó en el túnel casi nivelado más allá del recodo, arrojando su luz a la impenetrable oscuridad. Extrajo su bloc de notas y trabajó rápidamente, anotando ángulos y distancias. Estaba aproximadamente a unos cinco o seis metros de la superficie exterior. Arrojó su luz sobre la página del bloc de notas con el mapa del interior, y trazó el túnel a nivel. Su camino se parecía a un desmontador de neumáticos, diez metros hacia el interior del montículo en un ángulo ascendente, luego directamente hacia arriba durante seis metros más o así, y ahora horizontalmente hacia el interior.
Silencio. Ningún sonido de maquinaria, ninguna voz, ningún movimiento en el aire. Sólo su propia respiración. Cuando hubo descansado unos cuantos minutos empezó a arrastrarse, con la linterna sujeta a su muñeca barriendo el túnel delante de él a cada movimiento.
Treinta metros más allá el túnel se abría a un espacio más grande. No dudó. Ansioso por salir de su confinamiento, Rogers se arrastró hacia delante y se aferró al borde del túnel con ambas manos, asomando la cabeza. Paseó la luz por el cerrado volumen.