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La fragua de Dios [The Forge of God - es]

Электронная книга - «La fragua de Dios [The Forge of God - es]». Краткое содержание книги:

26 de junio de 1996: Europa, la sexta luna de Júpiter, desaparece repentinamente de los cielos, sin dejar tras de sí la menor huella de su existencia. 28 de septiembre de 1996: en el Valle de la Muerte, en California, en pleno corazón de los Estados Unidos, aparece un cono de escoria volcánica que no se halla registrado en ningún mapa geológico de la zona, y a su lado es hallada una criatura alienígena que transmite un inquietante mensaje: “Traigo malas noticias: la Tierra va a ser destruida…”
1 de octubre de 1996: el gobierno australiano anuncia que una enorme montaña de granito, un duplicado casi perfecto de Ayers Rock, ha aparecido de pronto en el Gran Desierto Victoria; junto a ella, tres resplandecientes robots de acero traen consigo un mensaje de paz y amistad…
Así se inicia una de las más apasionantes novelas de ciencia ficción de los últimos tiempos, que combina sabiamente el interés científico, la alta política internacional y la amenaza de una invasión alienígena, para ofrecernos una obra apasionante con una profundidad temática raras veces alcanzada, que se lee de un tirón hasta la última página.
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Hicks fue a decir algo, pero Crockerman prosiguió con voz muy baja:

—Dios, una inteligencia superior, nos esculpe a todos, descubre que somos imperfectos, y envía nuestro material de vuelta a la fragua para ser remodelados. Esa cosa de ahí fuera. La Caldera. Es la fragua de Dios. A eso es a lo que debemos enfrentarnos. Quizá podamos lograrlo.

—¿Y el artefacto australiano, los robots, los mensajes?

—No lo sé —dijo Crockerman—. Parecería completamente loco si afirmara que los australianos estaban enfrentándose a un adversario… Pero quizá.

—¿Un adversario…, una especie de Satanás?

—Algo opuesto al Creador. Una fuerza que espera que se nos permita proseguir con nuestras transgresiones, para desequilibrar toda la creación.

—Creo que hay otras explicaciones mejores, señor presidente —dijo suavemente Hicks.

—Entonces, por favor —suplicó Crockerman—, dígame cuáles son.

—No estoy cualificado —murmuró Hicks—. Apenas sé nada de lo que ha ocurrido. Sólo lo que usted me ha contado.

—Entonces, ¿cómo puede criticar mi teoría?

La forma de hablar de Crockerman, como un niño utilizando palabras de adulto, heló a Hicks hasta lo más profundo de los huesos. Un amigo le había hablado a Hicks en un tono muy similar en Londres en 1959; se había suicidado un mes más tarde.

—No es realista —dijo.

—¿Hay algo realista en esta situación? —preguntó Crockerman. Ninguno de los dos había hecho mucho más que revolver la comida en sus platos.

Hicks tomó un bocado. La tortilla estaba fría. La engulló de todos modos, y Crockerman empezó a comer la suya. Ninguno de los dos volvió a hablar hasta que los platos estuvieron vacíos, como si estuvieran empeñados en una confrontación de silencio. La camarera retiró los platos y llenó de nuevo la taza de café de Hicks.

—Le pido disculpas —murmuró el presidente, secándose los labios con la servilleta y doblándola sobre la mesa—. He sido brusco con usted. Es imperdonable.

Hicks murmuró algo acerca de la tensión a la que todos estaban sometidos, y lo comprensible que era todo.

—De todos modos, me ha proporcionado usted una especie de perspectiva —dijo Crockerman—. Puedo ver, sólo examinando su reacción, cómo reaccionarán los demás. Ésta es una época muy difícil, en más de un sentido. He tenido que interrumpir el programa de mi campaña. Las elecciones están a menos de un mes de distancia. El mantener el ritmo es muy importante. Me doy cuenta de que necesito limar las aristas de mis frases…

—Señor, no son las frases. Es la perspectiva —dijo Hicks, alzando sin darse cuenta la voz—. Si sigue usted adelante con esas teorías de la recriminación cósmica, me resulta difícil imaginar el daño que puede causar.

—Sí. Entiendo.

¿De veras?, se preguntó Hicks a sí mismo. Y luego, examinando la suspicaz expresión de Crockerman, con los ojos entrecerrados: Sí, quizá lo entiendas…, pero eso no va a detenerte.

17

9 de octubre

Arthur desdobló un periódico mientras el Learjet rodaba lentamente por la pista. En una franja de estacionamiento alejada se alineaban los bombarderos B-1, con sus esbeltas formas tostadas, grises y verdes oscurecidas por una capa de bruma marina de primera hora de la mañana. Necesitó varios segundos para concentrarse en los titulares. Sus pensamientos estaban todavía en Harry Feinman y en la autopsia.

El Huésped no poseía una estructura clara de órganos internos. Llenando la cavidad torácica no había más que un tejido continuo de color rosado interrumpido sólo por algunas cavidades ocasionales, más parecido a un cerebro que a ninguna otra cosa. Su cabeza consistía casi exclusivamente en un material de apariencia ósea, articulado, dispuesto en grandes masas sólidas, sin ningún sistema nervioso central discernible. Pequeños módulos del tamaño de balas de escaso calibre interrumpían la continuidad del hueso; parecían estar hechas de alguna especie de metal, quizá plata.

Harry estaría pronto sometiéndose a sus propios sondeos y exámenes en Los Angeles.

El avión completó su rodadura, se situó al inicio de la pista y empezó a acelerar, con los pequeños reactores chillando agudamente más allá de las aisladas paredes.

Arthur se concentró en el periódico. El titular de primera página decía:

VISITA SECRETA DEL PRESIDENTE AL VALLE DE LA MUERTE

Detalles poco claros: ¿puede haber alguna relación con los alienígenas australianos?

La misma transmisión no desmodulada que había traído a Trevor Hicks a Furnace Creek había conducido a otros periodistas, unas horas más tarde, a similares conclusiones. Hicks había encontrado el filón principal. Los otros habían tenido que conformarse con el testimonio de los habitantes de Shoshone y una llamada telefónica a Furnace Creek que les había puesto en comunicación con el apartamento de una doncella que sólo hablaba español. Bernice Morgan no había sido entrevistada. Quizá Crockerman la persuadió, pensó Arthur, repasando varias veces la historia para ver si había pasado por alto algún detalle significativo.

El general Paul Fulton, comandante en jefe de las Operaciones del Transbordador de la Costa Oeste, estaba en el mismo vuelo con Arthur. Se acercó a él tan pronto como estuvieron en el aire y hubieron terminado su ascensión a 8.500 metros.

—Ah, la buena vieja prensa libre —comentó, ocupando el asiento de su lado—. Discúlpeme, señor Gordon. No tuvimos tiempo de sentarnos y charlar un rato.

—¿Vuelve usted para testificar?

—Ante algunos congresistas clave, ante el Comité de senadores de Actividades Espaciales…, sólo Dios sabe lo que va a hacer Proxmire con esto. Incluso se me escapa cómo consiguió llegar hasta ese comité. El hombre es políticamente inmortal.

Arthur asintió. Tenía la sensación de que su cerebro era como gachas. Había esperado dormir durante todo el vuelo, pero Fulton parecía tener algo en mente.

—Muchos de nosotros estamos preocupados por la elección de Crockerman de ese Trevor Hicks. Es un escritor de ciencia ficción…

—Sólo recientemente —dijo Arthur—. En realidad es un escritor científico más que decente.

—Sí, y en realidad no discutimos la elección de Hicks, pero nos preguntamos acerca de la necesidad del presidente de ir más allá del… grupo primario. Su estado mayor y sus asesores y su Gabinete. Los expertos asignados.

—Deseaba una segunda opinión. Mencionó eso un par de veces.

Fulton se encogió de hombros.

—El Huésped lo impresionó.

—El Huésped me impresionó a mí también —dijo Arthur.

Fulton abandonó bruscamente el tema.

—Habrá dos de nuestros equivalentes australianos en Washington cuando lleguemos. Recién volados de Melbourne. Supongo que eran piezas de repuesto allí abajo. El hombre auténticamente importante, Quentin Bent, se ha quedado atrás. ¿Le conoce?

—No —dijo Arthur—. Hay un cierto abismo entre los hemisferios Norte y Sur, en el campo científico en general, pero sobre todo en astronomía. Aunque Pent no es astrónomo. Es sociólogo, creo.

Fulton parecía dubitativo.

—Su colega, el doctor Feinman…, ¿será capaz de resistirlo?

—Creo que sí. —Arthur se dio cuenta de que estaba empezando a desagradarle el general Fulton, y se preguntó si aquello era razonable. Al fin y al cabo, el hombre sólo estaba intentando reunir información.

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