Mientras Duermes
- Автор: Marini Alberto
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mientras Duermes». Краткое содержание книги:
La historia me pareció original desde el principio. Su planteamiento lo es, y es que pocas veces nos paramos a pensar en que nuestra vida podría estar en las manos de quien menos nos esperamos y de la manera menos insospechada posible. Como por ejemplo, en las de ese portero de edificio que nos saluda amablemente cada mañana, al salir de nuestro piso. Ese hombre agradable, educado, solícito (no podía dejar de imaginarme al fantástico Luis Tosar), que nos ayuda con las bolsas de la compra, que nos abre la puerta cuando nos hemos dejado las llaves dentro. En manos de alguien tan retorcido y cruel como Cillian, ese portero de edificio con acceso a nuestra vivienda, a nuestra vida más íntima, podría estar nuestra vida, y eso me pone nervioso, no sé a ustedes.
Y es que Cillian es, como he leído en alguna sinopsis, un artesano del dolor ajeno. Vive para hacer sufrir a los demás, de hecho es el motor que impulsa su vida. Sus momentos de felicidad se inspiran en los de infelicidad de aquellos que le rodean, y no tiene compasión con nadie, para él todo forma parte de un juego de manipulación en el que no deben descubrir sus verdaderas intenciones, y no le importará que su objetivo sea niño, mujer o anciano.
Todos deben tener su ración de infelicidad. Y cuanto más grande sea esta, más ganas de seguir viviendo tendrá Cillian. Porque él todos los días juega a la ruleta rusa con su vida, y debe sopesar, según la infelicidad que produzca en los demás, si su vida debe continuar o por el contrario debe terminar.
El portero tiene fijación por Clara, la vecina del 5B, es la que últimamente declina la balanza hacia el lado que le permite vivir. La pelirroja que siempre parece feliz, rebosante de vida, de confianza, que le regala sonrisas y palabras amables que le hieren como dagas, que le hacen odiarla con toda su alma.
La prosa de Marini es sencilla, sin ornamentos innecesarios ni descripciones tediosas, sin duda fruto de sus muchos años como guionista cinematográfico. Con esta prosa nos sumerge en una historia llena de ideas retorcidas, de malas intenciones y de giros inesperados, y es que con Cillian todo es posible. Y cuando digo todo, es todo. Sin desvelar ningún spoiler comentaré que hubo una parte, con Alexander, otro de los personajes de la novela, que me sorprendió por su malignidad… a mí, que me considero curado de espanto desde hace años.
Sin duda, nos encontramos ante una buena novela que parte de una idea muy original sin deshincharse por el camino y que se devora en dos tardes. Como información adicional comentar que se va a traducir a cinco idiomas y que pronto, tanto libro como película (qué ganas de verla) podrán disfrutarse al mismo tiempo.
Releyó el mensaje un par de veces. Clara había liquidado el asunto en pocas líneas. Y no sólo le venía a decir que las supuestas palabras de Aurelia ni de lejos le habían hecho revivir el drama de la muerte de su abuela, sino también que no la siguiese molestando con sus problemas. El tono era cordial, pero el mensaje no daba posibilidad de respuesta: «Estoy segura de que tu abuela te sentía cerca». Una forma amable de decir que el profundo malestar de Aurelia, su dolor desgarrador, su sufrimiento lacerante no tenían razón de ser. Y la justificación «he estado muy liada con el trabajo» dejaba claro que Aurelia no era una de sus prioridades ni lo sería en el futuro.
Toda la estrategia que había montado alrededor de la carta de la abuela había sido una ingenuidad. Sólo entonces lo vio claro. Se enfadó consigo mismo por no haberlo comprendido antes. Esa maldita pelirroja le había ofuscado el juicio. Le impedía ver las cosas con perspectiva. A él, que solía tenerlo todo muy controlado.
El día seguía mal, como su mano, que a pesar de la pomada y las vendas no paraba de hincharse y de dolerle.
– ¡Joder! -exclamó, pero esta vez no hubo puñetazos.
Trató de animarse pensando en los cartuchos que aún le quedaban en la recámara en su ataque estructurado en cuarenta y ocho horas. Intentó imaginar lo que estaba ocurriendo en el interior de los albaricoques escondidos en el apartamento 8A; si el encargado de la tienda no le había engañado, dentro de pocas horas, las larvas se convertirían en centenares de pequeños insectos voladores. Imaginó el apartamento lleno de bichos correteando de un lado a otro, sorteando a los tres ratones, que mordisqueaban todos los cables y defecaban en cada esquina. Imaginó más ácido desatascador en las cremas y pomadas de Clara. Recordó todas las prendas del armario que había frotado con ortigas. Y el día le pareció menos negro.
Para completar su labor de autoanimación, decidió satisfacer un antojo acuciante. Necesitaba darse un gusto, por pequeño que fuese. Cogió su ropa sucia y se fue al cuarto de las lavadoras. A esa hora solía estar vacío. Llenó el tambor de una máquina con su colada, pero su atención estaba en las otras tres lavadoras en funcionamiento.
Se cercioró de que no llegaba nadie por el pasillo y detuvo la función de lavado de una máquina que estaba llena de ropa blanca. Rápido, metió un trapo rojo que había cogido de casa. Cerró la puerta y volvió a poner en marcha la lavadora.
Era una rabieta. Una gamberrada infantil e impulsiva. Algo arriesgado, contrario a su forma de proceder pausada y precavida. Pero lo necesitaba.
Volvió a concentrarse en su colada. Puso el detergente y observó cómo la ropa se empapaba de agua y daba vueltas al otro lado de la puerta. Un sobrecito de plástico plateado se pegó al vidrio. El preservativo. Había vuelto a quedarse en el bolsillo del pantalón. Sacudió la cabeza: «¡Siempre me olvido!».
Por la tarde el tiempo pasó más rápido de lo que se temía. Los vecinos regresaron, llegó el equipo de limpieza, fue a visitar a Alessandro, rechazó la grappa del signor Giovanni y a las 20.30 estaba en el piso de Clara con todas sus cosas a punto, y de buen ánimo. La mano seguía hinchada pero ya no le dolía.
A las 23.45 Clara volvía a caer en un sueño profundo bajo la presión del algodón empapado en el cloroformo casero.
Al portero le esperaba otra larga noche de trabajo y no quiso estar solo. Levantó el cuerpo inerte de Clara y la depositó en el sofá del salón.
Curiosamente, esa noche se había dormido sin la previa conversación telefónica con su novio. Cillian comprobó el móvil de la chica y constató que los dos amantes habían intercambiado numerosas llamadas a lo largo del día, probablemente a causa de la irritación en la piel; después de muchos diálogos durante la mañana y la tarde, no quedaban argumentos para la despedida nocturna. Le sorprendió darse cuenta de que sentía algo parecido a los celos. Se sintió excluido, apartado de aquellas confidencias que solían compartir a tres bandas.
– ¿De qué habéis hablado? ¿De cómo te fue la visita al médico y de qué más?
Le levantó el camisón para dejarle al descubierto el vientre. Su piel olía a medicamento. A un intenso aroma químico.
Entre la ropa que Clara había abandonado a los pies de la cama no encontró el sujetador. Dedujo que la chica se había desprendido de él en algún momento del día. «¿Te molestaba, Clara?»
Fue a por la cajita de los insectos. El tufo a queso podrido había impregnado el cartón. Cillian le dio la vuelta de golpe y derramó el contenido en la barriga desnuda de la chica. Las cucarachas, al contacto con su piel, se disiparon, rápidas, en todas direcciones. La mayoría, por el sofá y por el suelo. Pero cinco o seis se quedaron correteando por el cuerpo de la chica. Un par, muy veloces, acabaron debajo de su espalda. Sólo una -la que Cillian pronto eligió como su preferida- fue en dirección contraria a las demás: subió por el cuello y llegó hasta la cara de Clara. Bordeó, frenética, los labios, inspeccionó con sus antenas las fosas nasales, pasó sobre los párpados cerrados y se perdió en el pelo color cobre.
En pocos segundos todos los bichos se habían repartido por el piso, unos más lejos, otros más cerca.
– Voy a hacer trampa, Clara.
Con la ayuda de la caja vacía, Cillian capturó a su cucaracha preferida, que se había quedado enredada en el cabello de la chica. La colocó sobre el ombligo de Clara y guió con sus manos la huida hacia abajo. El soldadito, asustado, acabó ocultándose debajo de las braguitas.
«Fin del recreo», dijo Cillian para sí.
Se levantó y fue a la habitación de invitados a por la caja de los ratones. Soltó a cada uno en una habitación distinta. El primero, en el dormitorio de Clara. El segundo, en la cocina americana. El último, en el salón, debajo del sofá. Los tres animalitos reaccionaron del mismo modo. Buscaron el escondite más cercano y desaparecieron de la vista.
A continuación Cillian inspeccionó el contenido del bolso de Clara. Descubrió una bolsa de una farmacia. Dentro, un tubito de pomada contra las quemaduras. Seguramente ésa era la razón por la que Clara, al llegar a casa, no había ido al baño a ponerse sus cremas habituales.
– No importa -susurró Cillian; con una jeringuilla introdujo tres gotas de desatascador en la nueva pomada-. Hay remedio para todo.
Sentado en el borde de la bañera, procedió entonces a rectificar las dosis de ácido en el champú, el gel y las cremas que había en el baño. Estaba inyectando la nueva medida en la crema exfoliante cuando de repente se mareó. Se sintió débil, empezó a sudar. Se miró en el espejo y se vio pálido y cansado. Cayó en la cuenta de que llevaba más de treinta y seis horas sin dormir. El cansancio se manifestó de golpe, cuando estaba terminando las actividades del día y la descarga de adrenalina perdía su efecto.
Fue a la cocina a beber un vaso de agua con azúcar. Solía llevarse la comida de casa para que Clara no echara nada a faltar. Pero la pelirroja no se daría cuenta de que había gastado cuatro cucharadas de azúcar.
El efecto fue rápido. Se sintió mejor al instante. Pero necesitaba descansar. Se desvistió en el salón, se sentó en el sofá y puso la cabeza de Clara sobre sus rodillas.
Quince minutos antes de la una de la mañana, los dos estaban dormidos como dos amantes sorprendidos por el sueño delante de la tele encendida.
A su alrededor, un correteo incesante de animalitos.
El sonido del reloj de pulsera le sobresaltó. Dobló instintivamente el torso hacia delante y se encontró en un lugar y en una posición inusuales. Clara, dormida sobre sus rodillas, rodó sobre sí misma. Consiguió agarrarla en el último momento, antes de que se cayera al suelo.
Asustado aún por el abrupto despertar, apartó a Clara con delicadeza y se levantó. Clara se removió y emitió un murmullo. Pero no se despertó. Se hizo un ovillo y escondió el rostro en los almohadones.