La Luna De Los Asesinos
- Автор: Уэстлейк Дональд Эдвин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
– Al…
– No lo vuelvas a negar -repuso Lozini-. Me conoces bastante, Harold. Puedo agujerearte el cuerpo hasta que llegue la noche y no me harás creer que no sabes nada. Una mentira más y empiezo.
Calesian tenía la boca seca. La cabeza le ardía, todos sus músculos estaban tensos y sentía que necesitaba tiempo para relajarse y pensar en cómo salir de esta situación. Pero no habría tiempo y tenía que hacer algo ahora.
Y conocía a Lozini, había visto ya esa mirada fría en sus ojos; sabía que Lozini empezaría pronto a disparar. No para matarlo, sólo para herirlo. Dos o tres veces había visto los restos de hombres que habían recibido ese tratamiento; las partes afectadas habían sido llevadas en bolsas de plástico a la morgue. En aquellas ocasiones se habían hecho bromas sobre esas bolsas de plástico, pero Calesian no las recordaba ahora. Todo lo que podía recordar eran las bolsas de plástico, llenas de restos sanguinolentos.
– Está bien -dijo. Se pasó la lengua por los labios y se puso la mano izquierda sobre la cabeza para protegerla del sol-. Haré lo que dices. -Se interrumpió y volvió a pasar la lengua por los labios.
– Adelante -indicó Lozini. El revólver seguía apuntándole, sin moverse; el muy bastardo estaría viejo, pero no acabado; todavía no.
– Es, eh… -Calesian sintió el soplo ardiente de la ira, más caliente que el sol. Cualquier cosa que dijera ahora, cualquier cosa que hiciera se haría sentir sobre él-. Es Ernie -dijo-, Ernie Dulare.
Lozini se inclinó un poco. El tambor del revólver parecía hundirse en su mano, sus ojos parecieron perder su tristeza, la piel de su rostro se volvió más gris, más macilenta.
– Tenía que suceder, Al -comentó Calesian-. Y yo tenía que meterme, ¿te das cuenta?
Lozini no dijo nada.
– En realidad -prosiguió Calesian-, sabes de dónde vengo, hice un vuelo, tuve que ver a un tipo de Chicago. Ernie está arreglando las cosas con los grandes desde ahora, asegurándoles que no habrá problemas, ni sangre, un reemplazo simple y tranquilo.
Lozini, con una cara y una voz más indiferentes que antes, preguntó:
– ¿Qué tipo? ¿Qué tipo de Chicago?
– Culligan.
– Está bien -asintió Lozini-. ¿Y no puso objeciones?
– ¿Por qué iba a ponerlas?
– Claro -contestó Lozini-. Demuéstrame que es Ernie.
Calesian volvió a ponerse tenso.
– ¿Qué?
– Llámalo. Vamos, iremos dentro y lo llamarás, y oiré lo que te dice.
– ¡Oh! -exclamó Calesian-. Claro, ¿por qué no? Piensas que estoy cubriendo a Dutch, poniéndote en la pista de Ernie. Lo llamaré, lo oirás por ti mismo. -Empezó a retirar el maletín de sus rodillas, pero se detuvo y añadió-: Espera un minuto, haré algo mejor que eso. Aquí tengo una carta de Culligan a Ernie, podrás leerla por ti mismo. -Sin esperar respuesta abrió el maletín.
Lozini miraba frunciendo el ceño.
– Una carta… -Se levantó súbitamente sobre sus pies y dirigió el revólver hacia Calesian-. Saca las manos de…
No hubo tiempo de poner el silenciador, pero allí arriba no importaba. Calesian disparó a través de la tapa del maletín y tuvo que dar un salto para coger las solapas de Lozini e impedir que cayera a la calle. Lo dejó caer sobre el suelo, le quitó el arma de la mano y la arrojó sobre la tumbona. Su maletín y su revólver estaban en el suelo, donde habían caído cuando saltó, pero por el momento los dejó allí.
Entró en el apartamento y fue rápido hasta el dormitorio. El armario de la ropa blanca estaba junto a la puerta del baño y allí estaba el gran mantel de plástico que usaba en la terraza, en el primer estante. Lo llevó a la terraza, lo extendió en el suelo y envolvió con él a Lozini. El viejo había recibido el impacto en el pecho, a la izquierda, en el corazón: mitad puntería, mitad suerte. No hubo mucha sangre porque murió instantáneamente y el corazón dejó de bombear por la herida.
Calesian llevó el cuerpo envuelto a la sala, cerró la puerta de la terraza y puso el aire acondicionado al máximo. Fue al baño a ponerse crema para después del sol para impedir que se le escamase la cabeza, y cuando estaba allí tuvo un repentino acceso de temblores. Se sentó y se agarró las rodillas. Miró a la pared rosa, sin poder dejar de temblar.
Lozini. No un desconocido, no un ex policía, sino Lozini en persona, pensaba, mientras sentía subir la náusea.
Pocos minutos después se calmó, tomó dos Alka-Seltzer y salió del apartamento en busca de una cabina telefónica -porque no estaba seguro de que su teléfono no estuviera pinchado- para llamar a Dutch Buenadella. Pero las primeras tres veces que marcó estaba comunicando.
XXV
Buenadella había visto interrumpido su almuerzo por una llamada telefónica de George Farrell. Su primera pregunta había sido:
– ¿Para qué mierda le diste mi nombre?
– No sabía qué otra cosa hacer. Era… Estaba poniéndose muy cabreado. En realidad, quería saber. ¿Entiendes?
El teléfono era un medio de comunicación inadecuado. Tenían que decirse cosas de las que no debían enterarse los inevitables fisgones. Farrell había comenzado la conversación diciendo:
– ¿Sabes quién soy?
Y Buenadella le había respondido:
– Sí, hijoputa, y lo sabrá cualquiera que haya escuchado esos anuncios de mierda que haces en la radio. -Le había hablado así porque se sentía furioso ante la estupidez de Farrell, que se atrevía a llamarlo dos días antes de las elecciones. Hasta ahora se las había arreglado para mantener el papel de Farrell lo bastante limpio, y simplemente no podía creer que el tipo fuera tan imbécil como para dejar que todo se perdiera en este momento, fuera por el motivo que fuera.
Pero una vez que la conversación hubo avanzado, indirecta y vaga, pero siempre dirigida al punto central de la cuestión, Buenadella había llegado a sentirse sorprendido en otro sentido. Porque el hijo de perra de Parker había atravesado la muralla de seguridad de Farrell, lo había separado de los suyos como un perro pastor separa a un cordero del rebaño, lo había asustado hasta sacarle lo que quería y ahora sabía que él, Buenadella, estaba detrás. Así como Farrell se había mantenido limpio y por encima de toda sospecha en su puesto de candidato, Buenadella también se había mantenido al margen de la política y de cualquier suspicacia que lo señalara como el rebelde contra Al Lozini. Y ahora este bastardo forastero, Parker, había llegado y lo había abierto todo como en una operación de apendicitis.
Y se suponía que Parker ya no debía estar vivo. ¿Qué demonios había sucedido con Abadandi? Ya debía de haber tenido oportunidad de actuar contra Parker y el otro, de modo que era increíble que no lo hubiera hecho. Una vez desaparecido Parker las cosas serían mucho más sencillas, pero si Abadandi se retrasaba, Parker abriría demasiadas puertas, estropearía muchos decorados y ya no importaría tanto si estaba vivo o muerto.
Por un momento, Buenadella pensó que Abadandi podía haber entrado en acción y fallado, pero no lo creyó. Abadandi era demasiado bueno, demasiado seguro. La respuesta tenía que ser que Parker y el otro estaban ocultándose muy bien y hasta el momento Abadandi no había podido dar con ellos.
Sería mejor que los encontrara pronto. Y mientras tanto, estaba este nuevo problema del que ocuparse.
– ¿Cuánto hace de esa conversación? -preguntó Buenadella.
Farrell tartamudeaba, nervioso aún.
– Eh… veinticinco… casi media hora.
– ¡Media hora! ¿Qué mierda has estado haciendo?
– Dutch, tenía, tenía que tranquilizar a todos aquí. Piensa que tuvimos policías inmovilizados a punta de pistola, Dutch, no era algo que pudiera dejar pasar sin explicaciones. Les dije que representaban a una especie de secta del Medio Oriente, una especie de organización política internacional, y que los convencí de que no quería su apoyo.