Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » La Luna De Los Asesinos
La Luna De Los Asesinos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Luna De Los Asesinos

Электронная книга - «La Luna De Los Asesinos». Краткое содержание книги:

Parker, el personaje más emblemático creado por Donald E. Westlake (Brooklyn, Nueva York, 1933), es un ladrón profesional y, eventualmente, un asesino. Un hombre frío y calculador, reservado hasta la exasperación y dueño de una inteligencia más que destacable. Dos años atrás, Parker se vio obligado a abandonar en la pequeña y apacible ciudad de Tyler, en el estado de Mississippi, los setenta y tres mil dólares de botín de un robo a un coche blindado. Ahora ha llegado el momento de recuperar lo que es suyo, y para ello se va a ver involucrado en una guerra entre las mafias que controlan la ciudad. Parker, acompañado por Grofield, su cómplice, tendrá que demostrar su profesionalidad y agudizar el ingenio para lograr su objetivo, tarea nada fácil dado el poder de sus adversarios…
Escrita en 1974, La luna de los asesinos es, sin lugar a dudas, una de las mejores novelas de este gran escritor norteamericano que revolucionó el género policíaco al ofrecer una nueva concepción que se aleja de los lugares comunes y los viejos clichés que siempre lo habían acompañado. El estilo ágil y directo, sin florituras ni descripciones innecesarias, acompañado de un elegante sentido del humor, acentúa la tensión de la novela, que no deja de crecer desde la primera página, hasta resolverse en un final brutal e inolvidable que revela la precisión narrativa de uno de los principales escritores norteamericanos de novela policíaca del siglo XX.
1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 71
Перейти на страницу:

Calesian estaba separado, pero no divorciado; su esposa y sus tres hijas vivían en la casa familiar ubicada en el barrio de Northglen, y Calesian tenía un amplio apartamento en una zona recientemente urbanizada cerca del centro. Para llegar allí tendría que atravesar la ciudad, de modo que lo más rápido era tomar la carretera y entrar a la ciudad por el lado opuesto.

El edificio tenía plazas de garaje para sus inquilinos en el sótano. Calesian aparcó en la suya, cogió el maletín del asiento trasero, cerró las puertas con llave y subió en el ascensor, que lo llevó a su apartamento en el noveno y último piso. Desde su terraza se divisaba una panorámica de la ciudad poco agradable de día, pero agradable de noche. Abrió la puerta y entró al apartamento, caluroso y poco ventilado. Cerró la puerta tras de sí con un gesto de disgusto y, con el maletín aún en la mano, fue hacia la sala. ¿Se habría estropeado el aire acondicionado?

No. Las puertas dobles de la terraza estaban abiertas y entraba más calor del que podía refrigerar el aire acondicionado. Mientras se dirigía a cerrarlas, trataba de recordar cuándo las había abierto. No había sido esta mañana, puesto que había salido nada más levantarse para coger el vuelo de las ocho. ¿Estaban cerradas las puertas entonces? Pero quizá no estaban bien cerradas y el viento las había abierto.

¿Qué viento?

Calesian se paró en mitad de la estancia y miró a su alrededor. Un decorador profesional le había arreglado el apartamento, la sala en azules y grises con algunos cromados, moderno, pero masculino. Nada parecía alterado, nada fuera de lugar. Esa sensación de tensión en el aire no debía de ser sino por el calor inesperado del exterior; estaba acostumbrado a que esta sala mantuviera una atmósfera seca y fría.

Probablemente una brisa de la mañana habría abierto las puertas. No había razón para que algo anduviese mal, de modo que nada andaba mal. No obstante, Calesian apretó con más fuerza su maletín mientras terminaba de recorrer la sala y se acercaba a una de las puertas de la terraza.

Al Lozini estaba allí fuera, sentado en la barandilla, mirándolo, parpadeando ligeramente por el sol.

– Hola, Harold -dijo.

Asombrado, Calesian no dijo ni hizo nada durante un segundo. La conducta de Lozini era tan extraña como su presencia aquí; no se mostraba tenso, ni inquieto, ni con ninguno de sus despliegues habituales. Estaba simplemente sentado allí con una pierna balanceándose y la otra apoyada en la balaustrada de metal. Se mostraba tranquilo, indiferente. La luz del mediodía marcaba la edad de su rostro, pero ninguna emoción.

– Ven al sol -dijo Lozini-. Te sentará bien.

Calesian salió a la terraza, precavido e indeciso. Aún sostenía en la mano el maletín.

– Me sorprendiste, Al -dijo.

– Cuando era un muchacho fui ladrón -contestó Lozini-. Y esa cerradura que tienes es de mantequilla. Podría traer un camión y llevarme todas las televisiones del edificio en cuarenta y cinco minutos.

Calesian se estaba quedando calvo, así que sintió el ardor del sol de inmediato. Eso le gustó tan poco como la conducta de Lozini.

– Hay cosas que nunca se olvidan -dijo-. Como abrir cerraduras.

– Algunas cosas sí se olvidan -repuso Lozini-. Como no confiar en nadie.

– No te entiendo -contestó Calesian, al tiempo que pensaba: «nos descubrió».

– Siéntate, Harold -le indicó Lozini, y señaló una tumbona a la izquierda de Calesian.

Calesian vaciló. Se le ocurrió que, con un paso rápido adelante y un empujón con las dos manos, podía hacer caer a Lozini nueve pisos más abajo, en la acera de cemento.

Pero no habría modo de explicar esa muerte ni protegerse de una investigación. En un caso así habría investigación; ni siquiera Calesian tenía poder en el departamento de policía como para frenar una investigación por una muerte como ésa. Especialmente si el cuerpo quedaba frente a su propio edificio.

Mientras pensaba esto, creía ver en los ojos de Lozini el eco de sus pensamientos; como si a Lozini ni se le hubiera pasado por la mente que él podría empujarlo y hubiera sabido además que lo consideraría demasiado peligroso.

– Vamos, Harold. Siéntate.

Calesian se sentó de lado en la tumbona y mantuvo los pies en el suelo. Puso el maletín sobre las rodillas y apoyó sobre él los brazos. Trataba de parecer tan indiferente como Lozini.

– Supongo que querrás hablarme -dijo.

Lozini no respondió nada. Miraba a Calesian como si fuese un producto en venta y no se decidiese a comprarlo. Calesian aguardaba, disimulando su tensión, y por último Lozini asintió levemente, volvió la cabeza y contempló la ciudad.

– Cuando vine a vivir aquí no había ninguno de esos edificios -comentó-. Los altos.

– Ha habido muchos cambios -dijo Calesian.

Lozini asintió otra vez, mirando al vacío. Luego se volvió hacia Calesian.

– Este edificio, por ejemplo, no había sido construido -afirmó.

– Tiene tres años -contestó Calesian. Lo sabía porque había sido uno de los primeros ocupantes.

– Mientras te esperaba -dijo Lozini-, sentado aquí, pensé bastante en el pasado. En cómo eran las cosas antes. Cómo era todo antes.

– Bueno, todo cambia, supongo -Calesian prestaba la máxima atención, trataba de adelantarse a la conversación, esperaba que Lozini fuera al grano.

– Yo estoy casi terminado -dijo Lozini-. Es difícil pensarlo, ¿sabes? Cuando me miro al espejo, veo a un tipo viejo, me sorprendo. Alguien me dice que olvidé una cosa que siempre he sabido, no puedo imaginarme cómo me pudo ocurrir. Es casi como olvidarse de los pantalones.

– Todavía estás en forma, Al -repuso Calesian. Pero pensaba de prisa, trataba de descifrar cada palabra y se preguntaba si Lozini no habría venido a comunicarle su retiro. ¿Sería eso? Había venido aquí a mostrar resignación, a pedir que lo dejaran retirarse sin problemas. Calesian creyó que había dado en el blanco y se sintió más relajado-. Todavía estás bien, Al; tienes muchos años por delante.

– No, ya me pasó la hora, Harold -dijo Lozini-. Estoy casi a punto de retirarme, de borrarme. -Sonrió, y agregó-: Me iré a Florida a tomar el sol.

Calesian lo miró; no se le había escapado ni una palabra.

– ¿Casi? -le preguntó.

– Exacto, Harold. -Lozini se llevó la mano al interior de la chaqueta con tanta lentitud, con un gesto tan indiferente, que Calesian no daba crédito cuando vio ante sus ojos un revólver que lo apuntaba.

Estiró las manos sobre el maletín. No movió la cabeza ni los hombros. Dijo:

– Tranquilo, Al.

– Me retiraré -dijo Lozini, siempre tranquilo, indiferente-, pero lo haré a mi modo. No quiero que me echen. No quiero que me roben y que me engañen como a un viejo.

– Al, no sé de qué…

– Es Ernie o Dutch -dijo Lozini-. No puede ser nadie más.

Calesian parpadeó, asombrado, al oír esos nombres. Pero con el revólver apuntándole no tenía otra cosa que hacer más que disimular.

– Al, no sé de qué hablas -aseguró-. Te juro que no…

– Está bien, hijo de puta -contestó Lozini, y hasta el insulto fue pronunciado con la mayor serenidad-. Todo lo que quiero de ti es el nombre. Es Ernie Dulare o Dutch Buenadella, y vas a decirme cuál de los dos es.

– Al, si tuviera la menor idea…

– Te volaré las rodillas -amenazó Lozini. Su voz parecía empezar a endurecerse; esta vez sí que parecía que hablaba en serio-. Y no te será tan fácil ir a bailar con las quinceañeras como lo haces ahora.

1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 71
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)