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Los Caballeros de Takhisis

Электронная книга - «Los Caballeros de Takhisis». Краткое содержание книги:

La Guerra de la lanza ya es historia. Las estaciones vienen y se van.
Es verano: un verano abrasador como jamás se había visto en Krynn. Afligido por una dolorosa pérdida, el joven mago Palin Majere trata de entrar al Abismo en busca de su tío, el famoso archimago Raistlin. La Reina Oscura ha encontrado nuevos paladines en los Caballeros de Takhisis, seguidores devotos y leales hasta el fin. Un paladín oscuro, Steel Brightblade, cabalga a lomos de un dragón azul para atacar la Torre del Sumo Sacerdote, la fortaleza que su padre defendiera hasta la muerte. En una pequeña isla, los misteriosos irdas se apoderan de un antiguo objeto mágico, la Gema Gris, y lo utilizan para garantizar su propia seguridad. Usha, una joven criada por los irdas, llega a Palanthas y dice ser la hija de Raistlin.
Será un verano mortal, quizás el último verano de Ansalon. Llamas ardientes consumen la hierba seca y Caos, padre de los dioses, regresa. El mundo entero puede desaparecer.
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—¿Qué otra cosa, si no? Es evidente que la chica ha sido criada en algún lugar alejado de Ansalon. Lleva consigo objetos mágicos de gran valor que son obra de los irdas. El kender la reconoció y, por si eso fuera poco, tiene los ojos dorados. Debe de tener la edad que sería de suponer. Y además está el hecho de que ha sido guiada hasta aquí.

Dalamar frunció el ceño, no muy complacido con esta idea.

—Te vuelvo a recordar que Raistlin Majere está muerto. Lleva muerto más de veinticinco años.

—Sí, querido. No te alteres. —Jenna pasó la mano por el suave cabello del elfo oscuro y luego le besó suavemente una oreja—. Pero está el tema del Bastón de Mago. Encerrado tras la puerta del laboratorio de la torre y guardado por los espectros con la orden de no permitir pasar a nadie, ni siquiera a ti. Y, sin embargo, ¿quién tiene ahora el bastón? Palin Majere, el sobrino de Raistlin.

—El bastón lo mismo pudo ser un regalo de Magius que de Raistlin —comentó Dalamar, muy irritado, y apartándose de la mujer—. Lo más probable es que fuera de Magius, puesto que fue amigo del caballero Huma y se sabía que los hermanos de Palin planeaban ingresar en las órdenes de caballería. Es lo que expliqué al Cónclave...

—Sí, amor mío —dijo Jenna, que bajó la mirada—. No obstante, eres tú el que afirma no creer en las coincidencias. ¿Fue una coincidencia lo que ha traído aquí a esa joven o fue algo más?

—Quizá tengas razón —admitió Dalamar tras un momento de reflexión.

Se dirigió hacia un espejo grande de pared, con un marco muy ornamentado. Por un instante sólo vieron sus imágenes reflejadas; Dalamar alargó la mano y la pasó ligeramente sobre el cristal, como si apartara una cortina, y las imágenes reflejadas se desvanecieron y fueron reemplazadas por Usha y Tasslehoff comiendo la comida encantada, bebiendo la sidra encantada, riéndose por nada y por todo.

—Qué extraño —musitó el Túnica Negra, observándolos—. Creía que sólo era una leyenda y, sin embargo, aquí está.

—La hija de Raistlin —dijo Jenna en un quedo susurro—. ¡Hemos encontrado a la hija de Raistlin!

12

La Posada El Último Hogar. Una conversación entre viejos amigos.

Era de noche en Solace, y el calor del día persistía; emergía de la tierra, de los árboles y de las paredes de las casas. Pero al menos la noche había expulsado al fiero sol que brillaba en el cielo como el ojo funesto de algún dios enfurecido. Por la noche, el ojo se cerraba y la gente lanzaba suspiros de alivio y empezaba a aventurarse a salir.

Este verano era el más caluroso y seco que nadie recordaba en Solace. La tierra de las calles estaba tan dura que parecía barro cocido, y se habían formado grietas. Un polvo sofocante, que se levantaba en cuanto pasaba un carro rodando, estaba suspendido en el aire y cubría el valle como un paño mortuorio. Las hermosas hojas de los gigantescos vallenwoods estaban mustias y colgaban, lacias y aparentemente sin vida, de ramas secas y quebradizas.

La vida en Solace estaba patas arriba. Por lo general había gran actividad y bullicio durante el día, con la gente yendo al mercado, los granjeros trabajando en los campos, los niños jugando, las mujeres lavando ropa en los arroyos. Pero ahora, durante el día, todo estaba vacío, sin vida, mustio, como las hojas de los árboles.

Las cosechas se habían agostado en los campos con el aplastante calor, así que los granjeros ya no iban al mercado, y la mayoría de los puestos estaban cerrados. Hacía demasiado calor para jugar, por lo que los niños se quedaban en casa, inquietos, gimoteando, y aburridos. Los impetuosos arroyos se habían reducido a unos charcos cenagosos y serpenteantes. Las aguas del lago Crystalmir tenían una temperatura inusitadamente alta. Había peces muertos varados en las orillas. Pocas personas abandonaban la relativa frescura de sus hogares durante el día. Salían por la noche.

—Como los murciélagos —dijo lóbregamente Caramon Majere a su amigo, Tanis el Semielfo—. Todos nos hemos vuelto murciélagos, durmiendo durante el día y volando por ahí a la noche...

—Volando por todas partes, menos por aquí —comentó Tika, que estaba de pie detrás de la silla de Caramon, y se abanicaba con una bandeja—. Ni siquiera durante la guerra estuvo tan mal el negocio.

La posada El Último Hogar, encaramada a las ramas altas de un inmenso vallenwood, estaba profusamente iluminada y, por lo general, era como un faro de bienvenida a los viajeros nocturnos. Brillando a través de los cristales de colores, la cálida luz evocaba imágenes de cerveza fresca, vino caliente con especias, dulce aguamiel, cosquilleante sidra, y, por supuesto, las famosas patatas picantes de Otik. Pero la posada estaba vacía esta noche, como lo había estado muchas noches previas. Tika no se molestaba ya en encender la lumbre del fogón. Tanto mejor, pues en la cocina hacía demasiado calor para trabajar a gusto, de todos modos.

No había parroquianos reunidos en torno al mostrador para hablar sobre la Guerra de la Lanza o intercambiar chismorreos más recientes. Había rumores de guerra civil entre los elfos. Rumores de que los enanos de Thorbardin habían avisado a todos los suyos para que regresaran a casa o corrían el riesgo de quedar fuera cuando, por temor a un ataque elfo, cerraran a cal y canto la fortaleza de la montaña. Ningún buhonero recorría las rutas habituales. Ningún calderero venía a arreglar las ollas. Ningún juglar venía a cantar. Los únicos que viajaban en estos días eran los kenders, y por lo general pasaban la noche en las cárceles locales, no en posadas.

—La gente está nerviosa y alterada —dijo Caramon, sintiéndose obligado a disculpar de algún modo a sus clientes ausentes—. Es por todos esos rumores sobre guerras. Y, a menos que este calor cese pronto, no habrá cosechas. No será fácil conseguir comida este invierno. Por eso no viene nadie...

—Lo sé, querido. Lo sé. —Tika dejó la bandeja en el mostrador, rodeó con los brazos los fornidos hombros de su marido y lo estrechó contra sí—. Sólo hablaba por hablar. No me hagas caso.

—Como si eso resultara fácil —repuso Caramon, acariciando el cabello de su esposa.

Los años que habían quedado atrás no habían sido fáciles para ninguno de los dos. Tika y Caramon habían trabajado de firme para mantener la posada y, aunque era un trabajo que adoraban, no era nada sencillo. Mientras la mayoría de sus parroquianos dormían, Tika estaba despierta, supervisando la preparación de los desayunos. A lo largo de todo el día había que asear habitaciones, preparar comidas, recibir clientes con una alegre sonrisa, lavar ropas. Cuando llegaba la noche y los clientes se iban a la cama, Tika barría el piso, fregaba las mesas y planeaba la tarea del día siguiente.

Caramon seguía siendo tan fuerte y tan corpulento como tres hombres juntos, aunque gran parte del volumen de su circunferencia había cambiado de sitio debido a la costumbre de probar todos los platos, lo que según él era su obligación. El cabello se le había puesto un poco canoso en las sienes, y tenía lo que él llamaba «líneas reflexivas» en la frente. Era un hombre cordial, afable, que tomaba la vida tal como venía. Estaba orgulloso de sus muchachos, adoraba a sus hijitas, y amaba profundamente a su esposa. Su único pesar, lo único que lamentaba, era haber perdido a su hermano gemelo a causa del mal y la ambición. Pero no dejaba que esa pequeña nube empañara su vida.

Aunque llevaba casada más de veinticinco años y había dado a luz a cinco hijos, Tika todavía hacía que algunas cabezas se volvieran cuando iba de un lado a otro de la taberna. Se había puesto más rellenita con el paso de los años, sus manos se habían agrietado y enrojecido de estar metidas constantemente en agua jabonosa. Pero su sonrisa continuaba resultando contagiosa, y alardeaba con orgullo de que no tenía ni una sola cana en sus lustrosos rizos pelirrojos.

Tanis no podía decir lo mismo. Su parte de ascendencia humana se estaba imponiendo de un modo muy rápido, a su parecer. La parte de ascendencia elfa no podía hacer mucho para frenar el deterioro. Seguía siendo fuerte, y todavía podía sostener sus propias batallas, aunque esperaba no tener que llegar a esos extremos.

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