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Recuerdos del futuro [Flashforward - es]

Электронная книга - «Recuerdos del futuro [Flashforward - es]». Краткое содержание книги:

Recuerdos del futuro es la historia de un asombroso descubrimiento en las instalaciones del CERN en Suiza. El equipo de investigación de Lloyd Simcoe y Theo Procopides está empleando el acelerador de partículas del laboratorio para buscar el esquivo bosón de Higgs, una partícula subatómica teórica. Pero su experimento sale terriblemente mal y, durante unos instantes, la conciencia de toda la raza humana es arrojada veinte años hacia el futuro.
Mientras la humanidad debe restañar los catastróficos efectos inmediatos del experimento (miles resultan muertos o heridos cuando el cuerpo de todos los hombres y mujeres queda inconsciente en el presente), las implicaciones más serias tardan algo en aparecer. Aquellos que no recibieron visión del porvenir tratan de descubrir cómo morirán, mientras que otros buscan a sus futuros amantes. Lloyd deberá superar la culpabilidad de haber provocado accidentalmente la muerte de la hija de su prometida, mientras Theo se ve atrapado en la investigación de su propio asesinato.
A medida que las verdaderas consecuencias de lo sucedido comienzan a hacerse claras, la presión para repetir el experimento aumenta sin cesar. Todos quieren un destello del futuro, una oportunidad para saltar y ser testigo de su éxito... o para aprender a evitar sus errores.
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—Pero si todo el mundo lo sufre…

—Ahí está el asunto. Mira: normalmente, si pierdes a alguien en un accidente, te quedas hecho polvo durante meses, o años… mientras todos los que te rodean refuerzan tu derecho a estar triste. “Tómate un tiempo”, dicen. Todo el mundo te da apoyo emocional. Pero si todos los demás también han sufrido una pérdida, no existe ese efecto de muleta: no hay nadie que te apacigüe. No tienes más remedio que superarlo y volver al trabajo. Es como con los que sobreviven a la guerra: cualquier guerra es más devastadora en términos generales que una tragedia personal aislada, pero al acabar casi todos siguen con su vida. Todos sufrieron lo mismo, y tú debes hacer lo mismo: olvidarlo y seguir adelante. Al parecer, eso es lo que está sucediendo.

—No creo que Michiko supere nunca la pérdida de Tamiko.

Michiko llegaría esa noche de Japón.

—No, no, claro que no. No en el sentido en que deje de dolerle; pero seguirá con su vida; ¿qué otra cosa iba a hacer? En realidad, no tiene elección.

En ese momento, Franco della Robbia, un físico barbudo de mediana edad, apareció en su mesa con una bandeja.

—¿Os importa que me una?

Lloyd alzó la mirada.

—Hola, Franco. Claro que no.

Theo se desplazó un poco a la derecha y della Robbia se sentó.

—¿Sabes que te equivocas sobre Minkowski? —dijo el italiano, mirando a Lloyd—. Las visiones no pueden pertenecer al futuro real.

El canadiense pinchó en el plato de ensalada.

—¿Por qué?

—Bueno, vayamos a tu premisa. Dentro de veintiún años, tendré una conexión entre mi yo futuro y mi yo pasado. Es decir, mi yo pasado verá exactamente lo que el otro está haciendo. Puede que mi yo futuro no tenga una indicación de que la conexión ha comenzado, pero eso no importa; sabré al segundo cuándo comienza la conexión y cuándo termina. No sé qué apareció en tu visión, Lloyd, pero en la mía estaba en lo que creo Sorrento, sentado en una balconada sobre la Bahía de Nápoles. Muy bonito, muy agradable, pero no es lo que yo estaría haciendo el 23 de octubre de 2030 si supiera que estaría en contacto con mi yo pasado. Estaría en algún lugar totalmente libre de cualquier cosa que pudiera distraer la atención de mi yo pasado: una sala vacía, por ejemplo, o mirando a una pared desnuda. Y precisamente a las 19:21, hora de Greenwich de ese día, comenzaría a recitar hechos que quisiera que mi yo pasado conociera: “El 11 de marzo de 2012 tendrás cuidado cruzando la Via Colombo, o te tropezarás y te romperás una pierna”. “En tu tiempo, las acciones de Bertelsmann se venden a cuarenta y dos euros, pero en 2030 valdrán seiscientos noventa, de modo que compra cuanto puedas para pagar la jubilación”. “Aquí están los ganadores de la Copa del Mundo de todos los años entre el tuyo y el mío”. Cosas así; lo tendría todo escrito en un papel y lo recitaría, metiendo toda la información posible en ese minuto y cuarenta y tres segundos. —El italiano se detuvo un instante—. El hecho de que nadie haya informado de una visión haciendo cosas así significa que lo que vimos no puede ser el futuro real de la línea temporal en la que nos encontramos.

Lloyd frunció el ceño.

—Puede que algunos lo hicieran. En realidad, el público sólo conoce el contenido de un diminuto porcentaje de los miles de millones de visiones sucedidas. Si yo fuera a darme a mí mismo información bursátil y no supiera que el futuro es inmutable, lo primero que le diría a mi yo pasado es: “No compartas esto con nadie más”. Puede que aquellos que actuaran como sugieres simplemente no lo digan.

—Si sólo unas decenas hubieran experimentado las visiones —respondió della Robbia—, eso podría ser posible. ¿Pero con miles de millones? Alguno lo hubiera dicho. De hecho, estoy convencido de que prácticamente todo el mundo estaría comunicándose con sus yoes pasados.

Lloyd miró primero a Theo, después a della Robbia.

—No si supieran que era fútil; no si supieran que nada de lo que dijeran cambiaría las cosas que ya estaban totalmente fijadas.

—O puede que todos lo olvidaran —dijo Theo—. Puede que, entre ahora y el 2030, el recuerdo de las visiones se desvanezca. Los sueños se olvidan, por ejemplo. Puedes recordarlos al despertar, pero horas después no queda nada de ellos. Puede que las visiones se borren pasados veintiún años.

Della Robbia negó con la cabeza, comprensivo.

—Aunque así fuera, y no hay motivo alguno para pensar que así sea, todos los medios que han informado sobre las visiones sobrevivirían hasta el 2030. Todas las noticias, la cobertura de televisión, todas las cosas que la gente escribió en diarios y cartas a amigos… La psicología no es mi campo, y no debatiré sobre la naturaleza falible de la memoria. Pero la gente sabría lo que iba a suceder el 23 de octubre de 2030, y muchos intentarían comunicarse con su pasado.

—Un momento —dijo Theo. Enarcó las cejas—. ¡Un momento! —Lloyd y della Robbia se volvieron para mirarlo—. ¿No lo veis? Es la Ley de Niven.

—¿La qué? —preguntó Lloyd.

—¿Quién es Niven? —dijo el italiano.

—Un escritor de ciencia ficción norteamericano. Dijo que, en un universo en que el viaje temporal fuera posible, no se inventaría jamás ninguna máquina del tiempo. Incluso escribió una historia corta al respecto: un científico está construyendo una máquina del tiempo y, justo cuando termina, alza los ojos y ve el sol estallando en una supernova: el universo lo va a “apagar”, antes que permitir las paradojas inherentes del viaje temporal.

—¿Y? —dijo Lloyd.

—De modo que comunicarte en el pasado es una forma de viaje temporal. Es enviar información atrás en el tiempo. Y aquellos que lo intentaran verían cómo el universo bloqueaba sus intentos; no con algo tan grandioso como volar el sol, pero sí limitándose a impedir que la comunicación funcione. —Paseó su mirada de Lloyd a della Robbia—. ¿No lo veis? Eso debe de ser lo que yo intentaba hacer en 2030, tratar de comunicarme con mi yo del pasado; de ese modo, terminé simplemente por no tener visión.

Lloyd trató de que su mirada pareciera amable.

—Las visiones de muchos otros parecen apoyar que en 2030 estarás muerto, Theo.

El griego abrió la boca para protestar, pero la cerró. Respondió un instante después.

—Tienes razón, tienes razón, lo siento.

Lloyd asintió; hasta entonces no había comprendido por completo lo duro que todo aquello debía de ser para Theo. Se giró hacia della Robbia.

—Bien, Franco: si las visiones no son de nuestro futuro, ¿qué es lo que muestran?

—Una línea temporal alternativa, por supuesto. Es completamente razonable, dada la IMM. —La Interpretación de Muchos Mundos de la física cuántica decía que, cada vez que un evento podía tomar dos destinos, en vez de tener que tomar uno u otro, tomaba ambos, cada uno en un universo separado—. Para ser exactos, las visiones muestran el universo que se desgajó de éste en el momento de vuestro experimento en el LHC; muestran el futuro tal y como es en un universo en el que el efecto del desplazamiento temporal no se produjo.

Pero Lloyd negaba con la cabeza.

—No me dirás que sigues creyendo en la IMM, ¿no? IT la desmonta.

Un argumento estándar a favor de la interpretación de los muchos mundos era el experimento del gato de Schrödinger; pon a un gato en una caja sellada con un frasco de veneno que tiene un cincuenta por ciento de probabilidades de activarse en el periodo de una hora. Al final de la hora, abre la caja y comprueba si el gato sigue vivo. Según la interpretación de Copenhague (la versión estándar de la mecánica cuántica), hasta que alguien mire dentro, el gato no está ni vivo ni muerto, sino en una superposición de ambos estados posibles; el acto de mirar, de observar, colapsa la función de onda, obligando al gato a decidir por uno de los dos resultados posibles. Excepto que, como la observación podría resolverse de dos maneras, lo que los defensores de la IMM sostenían era que, en realidad, el universo se dividía en el momento de la observación. Uno de ellos continuaría con el gato muerto, y el otro con él vivo.

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