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Электронная книга - «Un Regalo Extraordinario». Краткое содержание книги:

Una noche de marzo, en San Francisco, el esplendor, el glamur y el lujo del salón de baile del Ritz-Carlton están en su máximo apogeo. Sin embargo, unos instantes después todo será destrucción y ruina a causa de un terremoto. Las vidas de los cuatro protagonistas de esta magnética historia, una mujer de negocios, una cantante, un fotógrafo y una monja, confluirán en pleno cataclismo: sumidos en el caos, abocados a una situación límite, descubrirán su verdadero yo, y eso tal vez los impulse a iniciar una nueva vida.
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– ¿También tenemos problemas con Hacienda? -preguntó, presa del pánico. Si era así, podía verse implicada ya que habían presentado declaraciones conjuntas. ¿Qué pasaría con sus hijos si ella iba a la cárcel? La mera idea la horrorizaba.

– No -la tranquilizó él-. Nuestras declaraciones de la renta están limpias como una patena. Yo no te haría algo así.

– ¿Por qué no? -preguntó con los ojos anegados en lágrimas, que se desbordaron por sus mejillas. Estaba abrumada. El terremoto que había golpeado la ciudad era una nimiedad comparado con lo que estaba a punto de pasarles a ellos-. Has hecho todo lo demás. Te has puesto en peligro y vas a arrastrarnos contigo.

No podía ni siquiera imaginar qué iba a decirles a sus padres. Se quedarían horrorizados y profundamente avergonzados cuando todo aquello llegara a los periódicos. No habría manera de mantenerlo en secreto. Ya podía ver los titulares de los noticiarios, y más todavía si lo condenaban y lo encarcelaban. Iba a ser un verdadero festín para la prensa. Había subido tan alto que más dura iba a ser la caída. Se dijo que era fácil predecirlo; se levantó y caminó por la habitación.

– Necesitamos un abogado, Seth, uno bueno de verdad.

– Yo me ocuparé de eso -respondió él, observándola mientras ella, de pie, miraba por la ventana.

El terremoto había tirado las macetas de las ventanas de los vecinos y seguían caídas por toda la acera; la tierra y las flores estaban esparcidas por todas partes. Todos ellos se habían marchado al refugio de Presidio cuando la chimenea se hundió y atravesó el tejado; nadie se había ocupado de recoger nada. Iba a haber mucho que limpiar en la ciudad. Pero no sería nada comparado con el desastre al que Seth tendría que enfrentarse.

– Lo siento, Sarah -susurró.

– Yo también -dijo ella, volviéndose a mirarlo-. No sé si significa algo para ti, Seth, pero te quiero. Te quiero desde el momento en que te vi. Y todavía te quiero, incluso después de esto. No sé dónde iremos a partir de ahora. Ni siquiera si iremos a alguna parte.

No se lo dijo, pero no sabía si podría llegar a perdonarlo por haberse portado de forma tan deshonesta y tener tan poca integridad. Había sido una revelación horrorosa sobre el hombre al que amaba. Si en realidad era tan diferente del hombre que había creído que era, ¿de quién se había enamorado? Ahora le parecía un extraño, y de hecho lo era.

– Yo también te quiero -afirmó él, abatido-. Lo siento mucho. Nunca pensé que llegáramos a esto. No creí que nos atraparan. -Lo dijo como si hubiera robado una manzana de un puesto en la calle, o no hubiera devuelto un libro a la biblioteca.

Sarah estaba empezando a preguntarse si realmente se daba cuenta de lo importante que era aquello.

– No se trata de eso. No es solo que te atrapen. Se trata de quién eres y en qué estabas pensando cuando montaste ese chanchullo. El riesgo que corriste. La mentira que vivías. Las personas a las que estabas dispuesto a mentir y perjudicar, no solo a tus inversores, sino también a mí y a nuestros hijos. También ellos sufrirán las consecuencias. Si vas a la cárcel, tendrán que vivir con ello el resto de su vida, sabiendo lo que hiciste. ¿Cómo van a respetarte cuando crezcan? ¿Qué les dice esto de ti?

– Les dice que soy humano y que cometí un error -dijo con tristeza-. Si me quieren me perdonarán, y tú también.

– Tal vez no sea tan sencillo. No sé cómo te recuperas de algo así, ninguno de nosotros lo sabe. ¿Cómo olvidas que alguien en quien confiabas plenamente resulta ser un embustero, un farsante, un ladrón… un impostor…? ¿Cómo podré volver a confiar en ti?

Seth no dijo nada y siguió sentado, mirándola. No se le había acercado desde hacía tres días. No podía. Sarah había levantado un muro de tres metros de alto entre los dos. Incluso en la cama, por la noche, cada uno se había acurrucado en su lado, dejando un amplio espacio vacío entre los dos. El no la tocaba y ella no podía acercarse a él. Estaba demasiado herida y dolida, demasiado desilusionada y decepcionada. Él quería que ella lo perdonara, lo comprendiera, lo apoyara, pero ella no tenía ni idea de si lo haría o de si podría hacerlo alguna vez. Todo aquello la desbordaba.

Casi estaba agradecida de que la ciudad estuviera aislada. Necesitaba tiempo para digerirlo, antes de que el techo se desplomara sobre sus cabezas. Pero también era cierto que de no ser por el terremoto, nada de esto habría sucedido. El habría devuelto el dinero a Sully, para que pudiera amañar sus libros. Luego, en algún momento, lo habrían hecho otra vez, y quizá los habrían pillado más adelante. Habría pasado, antes o después. Nadie era tan listo ni se iba de rositas para siempre tras cometer un delito de esta magnitud. Era tan simple que resultaba patético, y tan deshonesto que dejaba pasmado a cualquiera.

– ¿Vas a dejarme, Sarah?

Para él, aquello sería lo peor. Quería que permaneciera a su lado, aunque no parecía que fuera a hacerlo. Sarah tenía unas ideas extremadamente rígidas sobre la honradez y la integridad. Fijaba unas normas muy exigentes para ella misma y para los demás. Él las había infringido todas. Incluso había puesto en peligro a su familia, lo cual sospechaba que, para ella, sería la gota que colmaría el vaso. Para Sarah, la familia era sagrada. Vivía de acuerdo con los valores en los que creía. Era una mujer de honor, que creía y esperaba lo mismo de él.

– No lo sé -contestó ella sinceramente-. No tengo ni idea de qué voy a hacer. Me cuesta pensar en ello ahora. Lo que has hecho es tan enorme, que no estoy segura de comprenderlo todavía.

Nada de lo sucedido durante el terremoto la había horrorizado tanto como esto. Por su aspecto, parecía que el mundo se hubiera desplomado encima de ella y de sus hijos.

– Espero que no me dejes -dijo él con aspecto triste y vulnerable-. Quiero que te quedes. -La necesitaba. No creía que pudiera hacer frente a aquello solo. Pero comprendía que quizá tendría que hacerlo y, en cierto modo, reconocía que era culpa suya.

– Quiero quedarme -respondió ella, llorando. Nunca se había sentido tan destrozada en toda su vida, excepto cuando creyeron que su pequeña iba a morir. Gracias a Dios, Molly se había salvado. Pero ahora no podía imaginar que nada pudiera salvar a Seth. Incluso si tenía un abogado brillante y negociaban inteligentemente, no podía imaginar que lo declararan inocente, no con las pruebas que les proporcionaría el banco-. La verdad es que no sé si puedo hacerlo -añadió-. Esperemos a ver qué pasa cuando podamos volver a comunicarnos con el mundo. Supongo que la mierda empezará a salpicar muy rápido.

El asintió. Ambos sabían que este tiempo en el que estaban aislados del mundo era como unos días de gracia para ellos. No podían actuar ni reaccionar de ninguna manera. Lo único que podían hacer era esperar. Aumentaba enormemente la tensión de los días posteriores al terremoto, pero Sarah agradecía el tiempo que le daba para pensar. Le resultaba más beneficioso a ella que a Seth, que merodeaba por la casa como un león enjaulado, dándole vueltas a lo que le iba a pasar y preocupándose sin cesar. Estaba desesperado por hablar con Sully y averiguar qué había pasado en Nueva York. Seth comprobaba su BlackBerry constantemente, como si pudiera volver a la vida de repente. Seguía tan muerta como todo lo demás; posiblemente también como su matrimonio.

Igual que habían hecho las tres noches anteriores, se acostaron muy separados en la cama. Seth quería hacerle el amor, por el consuelo que le proporcionaría a él, para tener la seguridad de que ella seguía queriéndolo, pero no se le acercó ni la culpó porque se sintiera como se sentía. Siguió despierto en su lado de la cama, mucho después de que ella se durmiera. En medio de la noche, Oliver se despertó, llorando y tocándose las orejas otra vez. Le estaban saliendo los dientes, así que Sarah no estaba segura de si lo que le dolía eran los oídos o los dientes. Lo acunó en brazos mucho rato, meciéndolo en la amplia y cómoda mecedora que había en su habitación, hasta que, finalmente, el pequeño se durmió de nuevo. No volvió a meterlo en la cuna, sino que se quedó allí, con él en los brazos, mirando la luna y escuchando los helicópteros que vigilaban la ciudad durante la noche. Parecía una zona de guerra y, mientras permanecía allí sentada, comprendió que lo era. Sabía que empezaba una época terrible para ellos. No había manera de evitarlo, cambiarlo, volver atrás. Igual que la ciudad se había visto sacudida hasta los cimientos por el terremoto, también su vida se había venido abajo o estaba a punto de hacerlo. Se había desplomado desde lo alto, había chocado contra el suelo y se había hecho añicos.

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