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Donde Cruzan Los Brujos

Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:

Hace veinte años, el antropólogo Carlos Castaneda electrizó a millones de lectores con la descripción de su iniciación y acceso a otra realidad bajo la tutela del indio brujo yaqui don Juan. Ahora, Taisha Abelar, que fue instruida por los miembros femeninos del grupo de don Juan, narra su propio `cruce` en este llamativo libro. Mientras se encontraba viajando por México, Taisha Abelar se involucró con un grupo de brujos y comenzó un riguroso proceso de entrenamiento físico y mental, diseñado para permitirle romper los límites de la percepción ordinaria. En el libro Donde Cruzan los Brujos narra los detalles de ese proceso, aportando a los lectores un enfoque sumamente práctico acerca de las responsabilidades y peligros que debe afrontar una bruja. La cautivadora historia de Taisha Abelar es de un valor incalculable ya sea como trabajo antropológico o como un `manual para brujos`, a la vez, también es una provocativa obra sobre la espiritualidad femenina.
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– Otra forma de despertar el centro debajo de la barbilla -continuó Clara- es acostarse boca abajo con los puños debajo del mentón, uno encima del otro.

Recomendó que, al realizar el ejercicio con los puños, debemos tensarlos para ejercer presión debajo de la barbilla y luego relajarlos para soltar la presión. Tensar y relajar los puños, indicó, produce un movimiento pulsante que envía pequeños destellos de energía a un centro vital conectado directamente con la base de la lengua. Subrayó que el ejercicio debe efectuarse de manera cautelosa, pues de otro modo podía resultar en dolor de garganta.

Fui a sentarme otra vez en el sillón de ratón.

– Este grupo de pases brujos que te he enseñado -prosiguió Clara- debe practicarse diariamente, hasta que dejen de ser movimientos de masaje y se conviertan en lo que realmente son: pases brujos. ¡Obsérvame! -ordenó.

La vi repetir los movimientos que me había enseñado, salvo que ahora puso a bailar los dedos y las manos. Sus manos parecían penetrar profundamente en la piel de su cara; otras veces le pasaban por encima ligeramente, como deslizándose por la superficie de la piel, moviéndose de manera tan rápida que parecían desaparecer. Observar sus movimientos exquisitos me hipnotizó.

– Esta forma de pasar las manos no estuvo nunca en tu inventario -dijo, riéndose, al terminar-. Esto es brujería. Requiere un intento distinto del intento del mundo diario. Con toda la tensión que sube a la cara, definitivamente necesitamos un intento diferente si hemos de relajar los músculos y entonar los centros situados ahí.

Clara dijo que todas nuestras emociones dejan huellas en la cara, más que en cualquier otra parte del cuerpo. Por eso debemos liberar la tensión acumulada usando los pases brujos y el intento correspondiente.

Me miró fijamente por un instante y comentó:

– Veo por la tensión en tu cara que has estado meditando sobre tu recapitulación. Asegúrate de realizar tus pases antes de acostarte hoy por la noche, para borrar esos surcos de tu frente.

Admití que estaba preocupada por mi recapitulación.

– El problema es que estás pasando demasiado tiempo en la cueva -dijo Clara con un guiño del ojo-. No quiero que te conviertas en una mujer-murciélago. Para estas alturas creo que has ahorrado energía suficiente para empezar a aprender otras cosas.

Se levantó del sillón de un brinco, como impulsada por un resorte. Resultó tan incongruente ver a una mujer tan fuerte saltar con tal agilidad que tuve que reír. Yo misma me puse de pie más despacio, como si tuviese el doble de su peso.

Me miró y meneó la cabeza.

– Estás demasiado tiesa -señaló-. Necesitas hacer ejercicios físicos especiales para abrir tus centros vitales.

Fuimos al perchero donde se guardaban los abrigos y las botas, al lado de la puerta trasera de la casa. Me entregó un sombrero de paja de ala ancha y me llevó a un claro situado a corta distancia del pabellón de la cocina.

El sol brillaba con intensidad; era un día extraordinariamente caluroso. Clara me indicó que me pusiera el sombrero. Señaló un área rodeada por una cerca de alambre, donde la tierra estaba aflojada en surcos y cubierta de pequeñas plantas dispuestas en ordenadas hileras paralelas.

– ¿Quién limpió el terreno y sembró todas las plantas? -pregunté, sorprendida, porque no había visto a Clara trabajar ahí-. Parece un proyecto inmenso. ¿Lo hiciste tú misma?

– No. Otra persona vino y lo hizo por mí.

– Pero ¿a qué hora? He estado aquí todos los días y no vi a nadie.

– No es ningún misterio -replicó Clara-. La persona que trabajó en este huerto vino mientras tú estabas en la cueva.

Su explicación no me convenció. El jardín estaba tan bien organizado que aparentemente debió hacer falta más que una sola persona para arreglarlo. Antes de que pudiera indagar más, Clara anunció:

– A partir de ahora cuidarás de este jardín. Considéralo tu nueva tarea.

Traté de ocultar mi decepción al verme a cargo de una tarea más que requeriría atención diaria. Pensé que al decir ejercicios físicos Clara se refería a la práctica de una nueva forma de artes marciales, de preferencia alguna que usara un arma china clásica como la espada ancha o el bastón largo. Al observar mi expresión cabizbaja, Clara me aseguró que cultivar un huerto me haría bien. Me daría la actividad física y la exposición al sol que necesitaba para mi salud y bienestar. También señaló que desde hacía más de seis meses no hacía más que concentrarme en los incidentes de mi vida. Cuidar de algo fuera de mí me impediría volverme aún más centrada en mí misma. Me impresionó darme cuenta de que había transcurrido medio año. Me parecía que había pasado apenas un día desde mi llegada a la casa de Clara; el evento que cambió mi vida tan drásticamente que ya nada era igual.

– La mayoría de la gente sólo sabe preocuparse por sí misma -dijo Clara, sacándome de mis pensamientos-. Y ni siquiera eso lo saben hacer bien. Debido al énfasis arrollador en sí mismos, el yo se distorsiona y se llena de exigencias excesivas.

Nos dirigimos a una reja de madera, la entrada al huerto.

– Trabajar en este jardín te dará un tipo especial de energía que no puedes obtener con la recapitulación, la respiración o la práctica del kung fu -indicó Clara.

– ¿Qué clase de energía es ésa?

– La energía de la tierra -replicó, con ojos tan verdes como las plantas en retoño-. Complementa la energía del sol. Tal vez la sientas cuando entra en ti, por tus manos al trabajar la tierra. O quizá comience a fluir por tus piernas mientras estés en cuclillas en el suelo.

Nunca había trabajado en un jardín antes y no estaba segura de qué hacer. Le pedí que esbozara mis tareas. Me miró por un instante, como dudando de haber escogido a la persona indicada para la tarea.

– La tierra todavía está húmeda de la lluvia de ayer -indicó, agachándose para tocarla-. Pero cuando esté seca tendrás que traer cubetas de agua del arroyo. O, si eres muy lista, puedes diseñar un sistema de riego.

– Tal vez haga precisamente eso -repliqué con confianza-. Construiré una bomba eléctrica para el agua, como una que vi en una casa de campo, y la conectaré con el dínamo. Entonces no tendré que subir el cerro cargando las cubetas de agua.

– No importa cómo lo hagas con tal que riegues las plantas. También tendrás que alimentarlas cada dos semanas con ese montón de abono al fondo del huerto. Y asegúrate de arrancar todas las malas hierbas. Por aquí crecen como un reguero de pólvora. Y mantén cerrada la reja para que no se metan los conejos.

– No hay problema -aseveré, aunque no muy convencida.

– Bien. Puedes empezar ahora.

Señaló una cubeta y me pidió llenarla de abono y mezclarlo con la tierra alrededor de cada planta. Cuando regresé con la cubeta llena de algo que yo esperaba no fuese excremento, me dio una herramienta para cavar y con la que debía aflojar la tierra. Por un rato me vio trabajar, advirtiéndome que no cavara demasiado cerca de las tiernas plantas.

Al concentrarme en mi tarea, sentí que me envolvía una sensación de bienestar y una extraña paz. La tierra se sentía fresca y blanda entre mis dedos. Por primera vez desde que llegué a la casa de Clara, me sentí realmente tranquila, segura y protegida.

– La energía de la tierra alimenta -comentó, como si hubiese reparado en el cambio en mi estado de ánimo-. Tu recapitulación te ha dejado lo bastante vacía para que un poco de esa energía ya se introduzca en tu cuerpo. Te sientes tranquila porque sabes que la tierra es la madre de todas las cosas -barrió las hileras de plantas con un movimiento de las manos-. Todo proviene de la tierra. La tierra nos sostiene y alimenta; y al morir nuestros cuerpos vuelven a ella. -Se detuvo por un momento antes de agregar-: a menos, por supuesto, que logremos la gran travesía.

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