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Электронная книга - «El Palacio de la Medianoche». Краткое содержание книги:

El Palacio de la Medianoche. Ambientada en la Calcuta de los a?os treinta, El Palacio de la Medianoche comienza una noche oscura en la que un teniente ingl?s lucha por salvar las vidas de dos ni?os de una amenaza impensable. A pesar de las insoportables lluvias del monz?n y el terror que lo asedia en cada esquina, el joven brit?nico logra ponerlos a salvo, pero no sin perder su propia vida… A?os m?s tarde, cuando los dos ni?os, Ben y Sheere, est?n en v?spera de celebrar su decimosexto cumplea?os, la amenaza reaparece en sus vidas y esta vez no los dejar? escapar tan f?cilmente. Con la ayuda de sus valientes amigos, los dos hermanos deber?n desafiar el terror que los acecha en las sombras de la noche y enfrentarse al enigma m?s aterrador de la historia de la ciudad de los palacios.
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– La barata, querida Sheere -adujo Ben-, es la única filosofía que vale algo. Ian alzó una mano en señal de tregua. -Buenas noches, pareja -dijo dirigiéndose directa-mente hacia la torre.

Diez minutos después los tres estaban sumidos en un profundo sueño del que nadie les hubiera podido despertar. La fatiga pudo más que el miedo.

Seth descendió media milla hacia el Sur desde las escalinatas del museo indio en Chowringhee Road y torció en Park Street hacia el Este, en dirección al área del Bema-pukur, donde las ruinas de la antigua penitenciaría de Curzon Fort se alzaba en las inme-diaciones del cementerio escocés. El deteriorado camposanto de los escoceses había sido construido en lo que antiguamente suponían los límites oficiales de la ciudad. En aquella época, la elevada tasa de mortalidad y la velocidad con que los cadáveres se descom-ponían obligaron a trasladar todos los terrenos funerarios fuera de Calcuta por motivos de salud pública. Los escoceses, irónicamente, aunque habían controlado con mano firme durante décadas toda la actividad mercantil de Calcuta, descubrieron que no podían pagarse un entierro entre las tumbas de sus vecinos británicos y se vieron obligados a levantar su propio cementerio. En Calcuta los ricos se negaban a ceder su suelo a los más pobres, incluso después de muertos.

Al aproximarse a los restos de la penitenciaría de Curzon Fort, Seth comprendió por qué motivo todavía no había sido víctima de los sangrientos derribos habituales en la ciudad. La estructura del edificio parecía pender de un hilo invisible dispuesto a desplo-marse sobre el gentío al menor intento de alterar su equilibrio. El incendio parecía haber devorado la prisión como si se hubiera tratado de una maqueta de cartón, abriendo bre-chas y destrozando vigas y puntales con ferocidad inusitada. Las techumbres carboniza-das podían entreverse a través de los ventanales, como las encías enfermas de un viejo a-nimal.

Seth se acercó al umbral del edificio y se preguntó de qué modo iba a averiguar algo en aquella pila de maderos y ladrillos quemados. A buen seguro, no permanecería allí más memoria del pasado que los barrotes de metal y las celdas que acabaron sus días transformadas en hornos mortales y sin escapatoria.

– ¿Vienes de visita, muchacho? -susurró una voz quebrada a su espalda.

Seth se volvió, sobresaltado, y comprobó que las palabras que había oído provenían de los labios de un anciano harapiento cuyos pies y manos lucían amplias llagas en avanzado estado de infección. Sus ojos oscuros le observaban nerviosamente tras un rostro enmascarado por la mugre y una barba cana y rala que se diría cortada a cuchillo.

– ¿Es ésta la penitenciaría de Curzon Fort, señor? -preguntó Seth.

Los ojos del mendigo se agrandaron al escuchar el insólito tratamiento que le dedicaba el muchacho y una sonrisa desdentada afloró en sus labios apergaminados.

– Lo que queda de ella -contestó-. ¿Buscas acomodo, hijo?

– Busco información -repuso Seth, tratando de corresponder al mendigo con una sonrisa amable y cortés.

– Éste es un mundo de ignorantes; nadie busca información. Excepto tú. ¿Y qué quieres saber, muchacho?

– ¿Conoce usted este lugar? -preguntó Seth.

– Vivo en él -replicó el mendigo-. Un día fue mi cárcel, hoy es mi casa. La provi-dencia ha sido generosa conmigo.

– ¿Estuvo usted preso en Curzon Fort? -preguntó Seth, sin poder ocultar su asom-bro.

– Hubo un tiempo en que cometí grandes errores… y tuve que pagar por ellos -ofreció el mendigo como respuesta.

– ¿Hasta cuándo permaneció en esta prisión, señor? -preguntó Seth.

– Hasta el final.

– ¿Estaba aquí la noche del incendio? El mendigo se apartó los harapos que le cubrían el cuerpo y Seth contempló horrorizado la cicatriz púrpura de la extensa quema-dura que le cubría el pecho y el cuello.

– Entonces, tal vez usted pueda ayudarme -dijo Seth-. Dos amigos míos corren peligro. ¿Recuerda usted haber conocido a un interno llamado Jawahal?

El mendigo cerró los ojos y negó lentamente. -Ninguno de nosotros nos llamába-mos por nuestros verdaderos nombres aquí, hijo -explicó el mendigo-. El nombre, co-mo la libertad, era algo que todos dejábamos en la puerta al entrar y confiábamos en que, si lo manteníamos alejado del horror de este lugar, tal vez lo podríamos recuperar al salir, limpio y sin recuerdos. Nunca era así, por supuesto…

– El hombre al que me refiero fue condenado por asesinato -añadió Seth-. Era joven. Él fue quien provocó el incendio que destruyó la prisión y huyó.

El mendigo le observó entre sorprendido y divertido.

¡Que provocó el incendio! -exclamó con incredulidad-. El incendio empezó en las calderas. Una válvula de aceite explotó. Yo estaba fuera de mi celda, en mi turno de traba-jo. Eso me salvó.

– Ese hombre, preparó el incendio -Insistió Seth-, y ahora quiere matar a mis ami-gos.

El mendigo ladeó la cabeza, escéptico, pero asintió.

– Tal vez, hijo, ¿qué importa ya? -concedió el mendigo-. En cualquier caso, yo no me preocuparía por tus amigos. Ese hombre. Jawahal, poco podrá hacerles ya.

Seth frunció el ceño. -¿Por qué dice eso, señor? -inquirió Seth, confundido.

El mendigo rió.

– Hijo, la noche del incendio yo no tenía ni tu edad. Y era el más joven de la prisión -respondió el mendigo-. Ese hombre, fuera quien fuese, debe de tener ahora más de cien años.

Seth se llevó las manos a las sienes, absolutamente desconcertado.

– Un momento -dijo el muchacho-, ¿no ardió la prisión en 1916?

– ¿1916? -rió de nuevo el mendigo-. Hijo, ¿de dónde sales tú? Curzon Fort ardió la madrugada del 26 de abril de 1857. Hace exactamente 75 años.

Seth contempló boquiabierto al mendigo, que estudiaba su rostro con curiosidad y cierta consideración por la consternación que parecía haberse apoderado de él.

– ¿Cuál es tu nombre, hijo? -preguntó el mendigo.

– Seth, señor -respondió el muchacho, lívido.

– Siento no haberte sido de ayuda, Seth -dijo el mendigo.

– Lo ha hecho -repuso Seth-. ¿Puedo yo ayudarle en algo, señor?

Los ojos del mendigo brillaron al sol y una amarga sonrisa afloró a sus labios.

– ¿Puedes volver el tiempo atrás, Seth? -preguntó el mendigo mirando la palma de sus manos.

Seth negó lentamente. -Entonces no puedes ayudarme. Vete ahora con tus amigos, Seth. Pero nunca te olvides de mí.

– No lo haré, señor.

El mendigo sonrió por última vez y, alzando su mano en señal de despedida, se volvió y se internó en las ruinas de la prisión destruida. Seth le observó desaparecer entre las sombras y reemprendió su camino bajo el sol ardiente de la mañana. Un velo de nubes negras parecía acercarse serpenteando en el horizonte, como una mancha de sangre esparciéndose lentamente en un estanque.

Michael se detuvo al pie de la calle que conducía hasta la casa de Aryami Bosé y contempló atónito los restos humeantes de la que había sido la vivienda de la anciana. Las gentes de la calle observaban silenciosamente desde el patio a los miembros de la policía que rastreaban entre los escombros e interrogaban a los vecinos. Rápidamente, se aproxi-mó hasta el lugar y se abrió camino entre el círculo de curiosos y vecinos consternados por el incendio. Un oficial de la policía le detuvo.

– Lo siento, muchacho. No se puede pasar -le informó tajantemente.

Michael oteó sobre su hombro y comprobó cómo dos de sus colegas levantaban una viga caída que todavía desprendía brizas de brasa.

– ¿Y la mujer que vive en la casa? -preguntó Michael.

El policía le dirigió una mirada a medio camino entre la sospecha y el fastidio.

¿La conocías?

– Es la abuela de unos amigos -respondió Michael. ¿Dónde está?¿Ha muerto?

El oficial le observó sin aflojar la compostura durante unos segundos y finalmente negó.

– No hay rastro de ella -respondió-. Uno de los vecinos dice que vio a alguien co-rrer calle abajo poco después de que las llamas asomaran por el techo. Ahora, lárgate. Ya te he dicho más de lo que debería.

– Gracias, señor -dijo Michael, retirándose entre la masa humana que se apilaba en pos de eventuales descubrimientos macabros.

Una vez libre de la turba de curiosos y vecinos, Michael examinó las viviendas colindantes en busca de posibles indicios que sugiriesen a dónde podía haber huido la anciana que guardaba con ella el secreto que Seth y él apenas habían conseguido desentra-ñar. Los dos extremos de la calle se perdían en el amasijo de edificios, bazares y palacios de la ciudad negra. Aryami Bosé podía estar en cualquier lugar.

El joven consideró durante unos instantes varias posibilidades y finalmente se decidió por emprender rumbo hacia el Oeste, en dirección a las orillas del río Hooghly. Allí miles de peregrinos se sumergían en las aguas sagradas del delta del Ganges buscando la purificación del cielo y obteniendo la mayoría de las veces a cambio fiebres y enfermedades.

Sin volverse a contemplar las ruinas de la casa derribada por las llamas, Michael emprendió el camino a pleno sol, sorteando el gentío que poblaba las calles y las sumergía en una algarabía de mercaderes, riñas y rezos no escuchados. La voz de Calcuta. A su espalda, a una veintena de metros, una figura envuelta en un manto oscuro asomó entre los recodos de un callejón y empezó a seguirle entre la multitud.

Ian abrió los ojos a la luz del mediodía con la clara certeza de que su insomnio perenne no parecía estar dispuesto a concederle más que unas horas de tregua en honor a la fatiga que sentía tras los acontecimientos de las últimas horas. A juzgar por la consistencia de la luz que bañaba la habitación en la torre oeste de la casa del ingeniero Chandra, calculó que debían de estar cruzando el meridiano de media tarde. El apetito contumaz que le había asaltado al amanecer volvió a hacer rechinar sus dientes con toda su saña. Como solía bromear Ben, parodiando las palabras del maestro Tagore, cuyo castillo se encontraba a pocos metros de allí, cuando el estómago habla, el hombre sabio escucha.

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