El Palacio de la Medianoche
- Автор: Zafón Carlos Ruiz
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Palacio de la Medianoche». Краткое содержание книги:
– A menos que el tal Hewelyn poseyera un poder persuasivo fuera de lo común -completó Ian.
Sheere alzó las manos en señal de protesta.
– Es imposible que mi padre aceptase participar en un proyecto militar de ninguna clase. Ni al servicio de los británicos ni al servicio de los bengalíes. Mi padre detestaba a los militares y los consideraba meros matones a sueldo de gobiernos corruptos. Nunca hubiese prestado su talento a algo dirigido a matar en masa a su propia gente.
Seth la observó en silencio y calibró cuidadosamente sus palabras.
– Sin embargo, Sheere, hay documentos que acreditan que de algún modo participó -dijo Seth.
– Debe de haber otra explicación -replicó Sheere-. Mi padre construía cosas y escribía libros, no era un asesino de inocentes.
– Idealismos aparte, seguro que hay otra explicación -matizó Ben- y eso es lo que estamos intentando encontrar. Volvamos al tema de los poderes persuasivos de Hewelyn. ¿Qué podría haber hecho él para obligar al ingeniero a colaborar?
– Probablemente su fuerza no estaba en lo que podía hacer -explicó Seth, sino en lo que podía dejar de hacer.
– No comprendo -dijo Ian. -Ésta es mi teoría -expuso Seth-. En todo el historial del ingeniero no hemos encontrado una sola mención a Jawahal, su amigo de juventud, excepto en una carta del coronel Hewelyn dirigida al ingeniero Chandra y sellada en noviembre de 1911. En ella nuestro amigo el coronel añade una posdata en la que sucintamente sugiere que, si Chandra declina la invitación a participar en el proyecto, se verá obligado a ofrecerle el puesto a su viejo amigo Jawahal. Lo que yo pienso es lo siguiente: el ingeniero había conseguido ocultar su relación de juventud con Jawahal, ahora encarcelado, y desarrollar su carrera sin que nadie supiese del encubrimiento que él le había ofrecido. Pero supongamos que el tal Hewelyn se hubiera encontrado con Jawahal en la prisión y éste le hubiese revelado la verdadera naturaleza de su relación. Esto le pondría en una excelente situación para chantajearle y obligarle a colaborar.
– ¿Cómo sabemos que Hewelyn y Jawahal se conocían? -cuestionó Ian.
– Es solamente una suposición, pero no muy aventurada -sugirió Seth-. Sir Arthur Hewelyn, coronel del ejército británico, decide recabar la ayuda de un brillante ingeniero. Éste se niega. Hewelyn le investiga y descubre un turbio juicio en el pasado que le involucra. Decide ir a visitar a Jawahal y éste le explica lo que desea oír. Es sencillo.
– No puedo creerlo -dijo Sheere.
– A veces la verdad es lo más difícil de creer. Recuerda lo que dijo Aryami -comentó Ben-. Pero no nos precipitemos. ¿Sigue De Rozio investigando el tema?
– En este mismo momento sí -replicó Seth-. La cantidad de papeles es tal que se necesitaría un ejército de ratas de biblioteca para sacar algo en claro.
– Os habéis defendido bastante bien -ofreció Ian.
– No esperábamos menos -Indicó Ben-. Volved con el bibliotecario y no lo perdáis de vista ni un segundo. Hay algo en todo esto que se nos escapa.
– ¿Qué vais a hacer vosotros? -preguntó Michael conociendo la respuesta de antemano.
– Iremos a la casa del ingeniero -repuso Ben-. Tal vez lo que buscamos esté allí.
– Tal vez haya otra cosa… -apuntó Michael. Ben sonrió. -Como dije, correremos el riesgo.
Sheere, Ian y Ben llegaron al pie de la verja que custodiaba la casa del ingeniero Chandra Chatterghee poco antes de la medianoche. Mirando hacia el Este, la silueta angulosa de la estrecha torre del Syambazaar se recortaba en la esfera de la Luna y proyectaba su sombra dibujando una aguja negra y afilada hacia el insondable jardín de palmeras y arbustos salvajes que ocultaba aquella enigmática estructura.
Ben se apoyó sobre las lanzas metálicas que tejían la verja y examinó las puntas afiladas y amenazadoras.
– Habrá que saltar -comentó-. Y no parece fácil.
– No será necesario -dijo Sheere junto a él-. Nuestro padre describió cada milímetro de esta casa en su libro antes de construirla y yo he pasado años memorizando cada rincón de ella. Si lo que escribió es cierto, y no tengo duda alguna al respecto, tras esos arbustos hay una pequeña laguna y, más allá, se alza la casa.
¿Y qué me dices de estas lanzas? Inquirió Ben-. ¿Hablaba también de ellas? No quisiera acabar la noche con un zurcido.
– Hay otro modo de entrar en esta casa sin necesidad de salvar esta verja -dijo Sheere.
– ¿A qué estamos esperando? -preguntaron Ian y Ben al mismo tiempo.
Sheere los condujo a través de un estrecho callejón, apenas una brecha entre la verja de la casa y los muros de un edificio de aspecto colindante, hasta una abertura circular que parecía servir de desagüe o colector principal de las tuberías de la casa. Un hedor agrio y mordiente exhalaba del interior.
– ¿Por ahí? -preguntó Ben. incrédulo.
– ¿Qué esperabas? -espetó Sheere-. ¿Alfombras persas?
Ben oteó el interior del túnel de alcantarillado y lo olfateó de nuevo.
– Divino -concluyó dirigiéndose a Sheere-. Tú primero.
El pájaro de fuego
La boca del túnel emergía al aire libre bajo la arcada de un pequeño puente de madera, tendido sobre la laguna que se extendía formando un oscuro manto de terciopelo frente a la casa del ingeniero Chandra Chatterghee. Sheere condujo a los dos muchachos a través de una angosta orilla arcillosa que cedía bajo sus pies hasta el extremo del estanque y se detuvo a contemplar el edificio con el que había soñado durante toda su vida. Aquella noche podía verlo con sus propios ojos por primera vez bajo la bóveda de estrellas y nubes en tránsito que dibujaban una fuga al infinito. Ian y Ben se unieron a ella en silencio.
La construcción era un edificio de dos plantas flanqueado por dos torres que se alzaban a cada extremo. Su fisonomía fundía rasgos de varios estilos arquitectónicos, desde los perfiles eduardinos a las extravagancias paladinescas y las siluetas que se dirían prestadas de un castillo perdido en los montes de Baviera. El conjunto, sin embargo conservaba una serena elegancia que desafiaba la mirada crítica del observador. La casa parecía proyectar un embrujo seductor que, tras la primera impresión de perplejidad, sugería que aquella imposible disparidad de estilos y trazos había sido concebida para que conviviesen en armonía.
Oculta en la densa jungla de vegetación salvaje que la camuflaba en el corazón de la ciudad negra, la morada del ingeniero ofrecía un sólido aspecto palaciego y se erguía alti-va frente a la laguna, como un gran cisne negro contemplando su reflejo en un estanque de obsidiana.
– ¿Es así como la describió tu padre? -preguntó Ian.
Sheere asintió, maravillada, y se dirigió hacia el umbral de los escalones que ascendían hasta la puerta de la casa. Ben e Ian la observaron con reservas, preguntándose cómo pensaba entrar en aquella fortaleza. Sheere, por su parte, parecía desenvolverse en aquel enigmático entorno como si hubiera sido su morada desde la infancia. La naturalidad con que rodeaba obstáculos que aparecían velados por el manto de la noche inspiraba en los dos muchachos una extraña sensación de saberse intrusos, invitados accidentales al encuentro entre Sheere y el sueño que había alimentado en sus años nómadas. Al contemplarla ascender aquellos peldaños, Ben e Ian comprendieron que a-quel lugar desierto y envuelto en un halo fantasmal era el único y verdadero hogar que la muchacha había tenido.
¿Vais a quedaros ahí toda la noche? -preguntó Sheere desde lo alto de la escalinata.
– Nos estábamos preguntando por dónde íbamos a entrar -apuntó Ben e Ian asintió suscribiendo la duda de su amigo.
– Yo tengo la llave -dijo la muchacha.
– ¿La llave? -preguntó Ben-. ¿Dónde?
– Aquí -respondió Sheere señalando su cabeza con el dedo índice. Las cerraduras de esta casa no pueden abrirse con una llave convencional. Existe una clave.
Ben e Ian se aproximaron, intrigados. Al llegar a la puerta, ambos pudieron compro-bar que en el centro se encontraba una serie de cuatro ruedas superpuestas sobre un eje, de mayor a menor diámetro a medida que se encontraban más alejadas de la superficie. En el perímetro de las ruedas se podían distinguir diferentes signos labrados sobre el metal, igual que las horas en la esfera de un reloj.
– ¿Qué significan esos símbolos? -preguntó Ian tratando de desvelarlos en la pe-numbra.
Ben extrajo un fósforo de la caja de cerillas que siempre llevaba encima como medida de precaución y lo prendió frente a las ruedas dentadas del mecanismo de cerradura. El metal brilló a los ojos de los tres muchachos.
– ¡Alfabetos! -afirmó Ben-. Cada rueda tiene un alfabeto grabado. Griego, latino, arábigo y sánscrito.
– Fabuloso -suspiró Ian-. Esto será pan comido…
– No desesperéis -intervino Sheere-. La clave es sencilla. Basta componer una palabra de cuatro letras con los diferentes alfabetos.
Ben la observó detenidamente.
– ¿Cuál es esa palabra?
– Dido -respondió la muchacha.
– ¿Dido? -preguntó Ian-¿Qué significado tiene?
– Es el nombre de una reina de la mitología fenicia -explicó Ben.
Sheere asintió e Ian sintió celos del brillo que parecía fluir entre las miradas de ambos hermanos.
– Sigo sin entenderlo -objetó Ian-. ¿Qué pintan los fenicios en Calcuta?
– La reina Dido se lanzó a una pira funeraria ardiente para apaciguar la ira de los dioses, en Cartago -explicó Sheere-. Es el poder purificador del fuego… También los egipcios tenían su mito, el ave fénix.