Mujeres de Rosas
- Автор: S Maria
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Mujeres de Rosas». Краткое содержание книги:
Sería presuntuoso pretender que Agustina, Encarnación, Manuela, Eugenia y Josefa, las protagonistas de los cinco capítulos de este libro, puedan servir de prototipos femeninos. Fueron solamente seres particulares y únicos, pero además condicionadas por el medio en que nacieron y se educaron. Ricas o pobres, luchadoras, ganadoras o sometidas, sus vidas merecen ser reconstruidas con el respeto que se debe a quienes amaron, sufrieron y murieron antes que nosotros, pero con algo del humor y de la ironía que forma parte inseparable de la narración histórica.
La biografía tiene un encanto indudable, especialmente cuando se ocupa de esa parte olvidada de la gran historia, las mujeres, en este caso las más próximas a Juan Manuel de Rosas. Ellas han sido mi compañía intelectual en el curso de un año en el que las realidades políticas y económicas azotaron de manera implacable al país que en otro tiempo fue el suyo, esta tierra nuestra en la que entonces y ahora se viven desventuras y esperanzas.
Debo agradecer a los muchos amigos que colaboraron con estas páginas, especialmente a los que dieron generosamente documentos o pistas historiográficas logradas con años de trabajo y de búsqueda: Juan Isidro Quesada, Juan M. Méndez Avellaneda y Enrique Mayochi. A José M. Massini Ezcurra, descendiente de esas familias patricias. A María Esther de Miguel y a Juan Ruibal, que leyeron los originales. A Marta Pérez Extrach, que aportó su valiosa biblioteca. Al director del Archivo de Tribunales. Y a los infatigables empleados del Archivo General de la Nación que, escaleras mediante, superaron con buena voluntad las deficiencias técnicas.
Se habían conocido en 1836, con motivo del cumpleaños de Manuela, que era dentro del calendario festivo del régimen una celebración popular más que una fecha íntima: “Tanto es mi afecto hacia usted desde que nos vimos la primera vez en la Iglesia de Santo Domingo el 24 de mayo de 1836, que sólo puede cesar con mi existencia. A mi edad puedo expresarme así con usted sin temor de ofenderla”, le escribe Mandeville en 1846, un año después de haberse alejado de Buenos Aires y cuando la Confederación estaba empeñada en defenderse de la agresión anglofrancesa, “circunstancias que ni usted ni yo hemos causado ni podemos impedir”, decía cortésmente el ministro. Daba noticias puntuales de todos los amigos de los Rosas que vivían en Europa: en París saludó a Manuel de Sarratea y a Sofía Frank, “siempre su apasionada amiga y admiradora”, entre otros; en Londres se entretuvo recordando a la capital de la Confederación en charlas con Francis Falconnet, agente de la casa Baring Brothers que había estado en 1843 en Buenos Aires para negociar la cuestión de la deuda que la provincia mantenía con esa firma inglesa. Informaba asimismo sobre el exitoso desempeño en los paseos londinenses de dos caballos que Rosas le había regalado: “El Barcino y el Colorado son la admiración de todos los jinetes en Hyde Park, nada puede jamás inducirme a separarme de ellos”, asegura el ministro. [182]
También anoticiaba a Manuela de las andanzas de Fanny Mac Donald y de sus hijos que ahora vivían en Liverpool. En realidad Fanny era la amiga oficial de Mandeville, que la había llevado a Buenos Aires presentándola a todos como su sobrina e instalándola en una casa en la esquina de Perú y Moreno mientras él se ubicaba, con gran tren, en la zona del actual Parque Lezama. “Resultó ser otra cosa más íntima que sobrina, siendo su nombre Mrs. Mac Donald” -escribe Lucio V. Mansilla, al relatar las implacables bromas a que se veía sometido el ministro inglés por parte de Rosas sea por su insignificancia, no obstante su alta representación, o porque le conocía el lado flaco. [183]
Manuelita no había desdeñado a la misteriosa Fanny, la cual le escribía en 1847 en un español defectuoso y dando muestras de singular adhesión a la familia Rosas. Lo mismo que su hija mayor, estaba empeñada en continuar su aprendizaje del español, daba detalles acerca de los célebres Barcino y Colorado, enviaba recuerdos para la “señora vieja” (doña Teodora Arguibel, ya fallecida) y recomendaba a su hijo que estaba ahora en el Río de la Plata a las órdenes del capitán Herbert. Recordaba con especial afecto al general Rosas: supone que pese a los tiempos tan malos, “mostrará siempre un semblante alegre con todos los de su casa y recibirá con agrado a los extraños que vengan de visita”. [184]
La correspondencia entre Mandeville y la hija de Rosas trataba asimismo asuntos diplomáticos; en julio de 1846, el inglés avisaba a Manuela que Mr. Hood, cónsul general de SMB en Montevideo sería encargado de llevar proposiciones al gobierno de Buenos Aires que suponía satisfactorias a los intereses argentinos. “Reciba pues a Mr. Hood casi como lo haría conmigo”, dice, y aprovecha para enviar a la Niña un regalo de manufacturas británicas. La carta concluye con saludos para las alegres tertulianas de Palermo: “Doña Agustina (Rozas de Mansilla), doña Pascuala (Beláustegui de Arana), doña Mariquita Mariño y a todos los amigos, hombres y mujeres que forman su círculo”. [185]
Sin duda la intervención de Manuelita, a medias puramente social, a medias diplomática, servía a los intereses del país, pues suavizaba las rupturas y fortalecía la amistad entre los diplomáticos extranjeros y los personajes de la alta política argentina. Otro ejemplo, en abril de 1846 el comodoro J. Herbert viene a hacerse cargo de los buques británicos que bloquean el Río de la Plata, pero antes de iniciar su misión, le escribe a la Niña, recordando los días felices pasados de Buenos Aires, lamenta las diferencias que se han suscitado entre los dos gobiernos y hace votos porque se encuentren soluciones sobre una base honorable para ambos. [186]
Son estos hechos únicos en la historia de la mujer en la Argentina porque aunque en estos casos fuera Rosas quien dictaba el contenido principal de la correspondencia, Manuela agregaba su ductilidad e inteligencia para desempeñar eficazmente el papel que tenía asignado.
Este curioso estilo de hacer diplomacia al tipo cortesano llegaría a su más alta expresión cuando Lord Howden fue designado nuevo negociador por el Reino Unido ante el gobierno de Buenos Aires. La presentación del diplomático estaría a cargo de Mandeville, quien lo haría de amigo a amigo más que en términos oficiales:
“Él es un caballero de noble estirpe, par del Reino, de altas calidades y grandes riquezas, y su deseo de distinguirse en la ardua tarea de pacificar los países de ambas riberas del Plata lo ha inducido a aceptar ese difícil cargo; deja una existencia muy brillante en su patria y a su anciana madre que lo adora.” Mandeville agrega otros detalles atractivos: “tiene un exterior interesante y maneras muy agradables, y como a mi amigo ruego para él de parte de usted aquella graciosa benevolencia con la que usted siempre me honró”. [187]
Manuela, en su respuesta, cuyo borrador fue cuidadosamente corregido por Rosas, se mostró agradecida por la recomendación de Howden, el cual, desde su llegada a Buenos Aires, no había tenido más que finas atenciones y amabilidades para con ella. Su “tatita” escribiría por separado a Mandeville. La carta concluía con elogios a las altas calidades, noble linaje e interesantes modales del Lord. [188]
Se iniciaba así un romance fulgurante en el que Howden demostraría el temperamento sentimental de los ingleses, más allá de la fama de frialdad que se les atribuye comúnmente, mientras Manuela haría gala de un gran dominio de sí a despecho de la fama volcánica que tienen las almas latinas. Sobre el carácter del Lord, dice Lynch que “a través de una convencional carrera de las armas y de la diplomacia, había preservado una naturaleza romántica que se manifestó en Buenos Aires a pesar de sus 48 años”. Cuenta además que Rosas mantenía una relación curiosa con los barcos bloqueadores, a los que ofreció aprovisionar de carne; Howden rechazó esa propuesta, en extremo absurda, pero se enamoró ardientemente de la hija del gobernador mientras discutía el tema de Montevideo y el de la navegación del río Paraná que era crucial en el conflicto.
Ibarguren, por su parte, ha relatado con lujo de detalles el romance entre la señorita criolla y el noble diplomático que era barón de Irlanda y par de Inglaterra y que había sido ayudante de Lord Wellington en la guerra de España contra Napoleón y acompañado a Lord Byron en la lucha de los griegos contra los turcos; casado y divorciado de una sobrina de Potemkin, ministro de Catalina de Rusia, nada faltaba para hacer de Howden un personaje novelesco. Rosas, que había evaluado su espíritu franco y su interés por el país al que estaba destinado, decidió conquistarlo, utilizando para ello los encantos de Manuelita e invitándolo a fiestas campestres y amables tertulias donde el inglés cantaba y bailaba a su gusto. Entre tanto, el diplomático francés a cargo de las gestiones de paz, conde Waleski, observaba una conducta diametralmente opuesta; él y su bella esposa eludían relacionarse con la sociedad porteña y en apariencia despreciaban las invitaciones que tanto agradaban al Lord.
Desde Montevideo los emigrados argentinos seguían con ansiedad comprensible las andanzas del enamoradizo Lord, pues temían que los flirteos con Manuelita, de los que estaban al tanto, pusieran término anticipado al bloqueo de los ríos que convenía a la política de los enemigos de Rosas. Su alarma creció al leer en El Comercio del Plata la crónica de un paseo organizado por la Niña en homenaje a Howden al campamento de Santos Lugares donde acampaban las fuerzas federales y que era una verdadera población campestre, con los ranchos en hilera, formando calles espaciosas y rodeados de huertas bien cultivadas. El inglés, que estaba ataviado a la usanza local, con poncho pampa, chambergo de alas cortas, rebenque y espuelas de paisano, disfrutó mucho de la jornada, en la que no faltaron tropas que rendían honores, doma de potros y simulacros de combates a cargo de auténticos indígenas pampas, a los que Howden saludó cordialmente y en su idioma. Integraban la comitiva, que bailó y se divirtió hasta la madrugada siguiente, amigos y amigas de la hija del gobernador pues la invitación no tenía carácter oficial, era solamente un agasajo privado.
[182] Carta de Mandeville a Manuela Rosas, Londres, 5 de febrero de 1846. Traducción. AGN Sala 10-22-10-6.
[183] Mansilla, Rozas, op. cit., p. 132.
[184] Carta de Fanny Mac Donnell a Manuela Rosas, Liverpool, 24 de mayo de 1847, AGN Sala 10-22-10-6.
[185] Carta de Mandeville a Manuela Rosas, Londres, 7 de julio de 1846, AGN Sala 10-22-10-6.
[186] Reproducida en Papeles de Rosas, por Adolfo Saldías, tomo 1, p. 238.
[187] Carta de Mandeville a Manuela Rosas, Londres, 6 de marzo de 1847, AGN Sala 10-22-10-6.
[188] Carta de Manuela Rosas a Mandeville, borrador de respuesta, corregido por Rosas, AGN, Sala 10-22-10-6.