Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-2526-X
- Переводчик: M
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]». Краткое содержание книги:
Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito
Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
El hombre al que protegía también era joven… ¿El hijo de algún gran señor?, se preguntó Miles. Tenía un cabello negro brillante, trenzado en una forma elaborada, una piel color oliva muy suave y una nariz prominente. No podía ser mayor que Miles, y, sin embargo, se movía con la seguridad de la madurez.
—Ryoval —saludó el barón Fell, como un hombre a su igual, no a un jovencito. Y agregó, para seguir con su papel de anfitrión divertido—: Oficiales, ¿puedo presentarles al barón Ryoval de la Casa Ryoval? Almirante Naismith, capitán Thorne. Son de ese crucero rápido mercenario de fabricación ilírica. El que está en el muelle, Ry, ¿lo has visto?
—Lamento decir que no tengo tu ojo para el hardware, Georish. —El barón Royal inclinó la cabeza en dirección a Miles y Thorne con el gesto de un superior a sus inferiores, alguien que saluda sólo por principio. Miles se inclinó con torpeza para responderle.
Sin prestar la más mínima atención a Miles, se detuvo con las manos en las caderas mirando a la habitante de la burbuja de vacío.
—Mi agente no exageró sus encantos.
Fell sonrió con amargura. Nicol se había retirado, como un animal acosado, cuando vio acercarse a Ryoval y ahora flotaba detrás de su instrumento haciendo toda clase de movimientos como para afinarlo. Más bien fingiendo que lo hacía. Miraba a Ryoval con preocupación y después volvía la vista a su dulcimer, como si el instrumento pudiera poner algún tipo de pared mágica entre los dos.
—¿Puedes hacer que toque… ? —empezó Ryoval y en ese momento le interrumpió un sonido de su comunicador de muñeca— Discúlpame, Georish. —Se volvió con un gesto de irritación leve y habló en el comunicador—. Ryoval. Y espero que sea importante.
—Sí, milord —contestó una voz aguda—. Soy Deem, el director de Ventas y Demostraciones. Tenemos un problema. La criatura que nos vendió la Casa Bharaputra acaba de atacar a un cliente.
Ryoval apretó los labios en una mueca de rabia silenciosa.
—Os había dicho que la encadenaseis con duraloy.
—Y lo hicimos, milord. Las cadenas aguantaron, pero la cosa esa las arrancó de cuajo.
—Que le inyecten un calmante.
—Ya lo hemos hecho.
—Entonces, castigadla cuando se despierte. Un período suficientemente largo sin comida debería acallar un tanto sus instintos agresivos… su metabolismo es increíble.
—¿Y el cliente?
—Dadle la satisfacción que quiera. La casa invita.
—No… no creo que esté en condiciones de apreciarlo, por el momento. Está en la clínica. Inconsciente.
—Poned a mi médico personal en el caso. Yo me ocuparé del resto cuando vuelva, en unas seis horas. Ryoval fuera. —Cortó la comunicación—. Estúpidos —gruñó. Respiró despacio, en un ritmo controlado y recuperó sus modales sociales como si se hubiera vuelto a poner algún chip de memoria que había dejado momentáneamente de lado—. Perdona la interrupción, por favor, Georish.
Fell hizo un ademán de comprensión como si dijera claro, los negocios.
—Como decía, ¿podrías hacer que tocara algo? —insistió Ryoval e hizo un gesto con la cabeza hacia la cuadrúmana.
Fell puso las manos detrás de la espalda, tenía los ojos brillantes y una sonrisa falsamente benigna.
—Toca algo, Nicol.
Ella asintió, se colocó frente al instrumento y cerró los ojos. La tensión y preocupación que habían inundado su mente dieron paso a una quietud interior y empezó a tocar un tema lento, dulce, que se estableció en el aire, evolucionó y empezó a acelerarse.
—¡Basta! —Ryoval levantó una mano—. Es justo como me la habían descrito.
Nicol se detuvo a mitad de unos acordes. Aspiró por la nariz distendida, claramente perturbada porque no la habían dejado terminar, con la frustración de cualquier artista frente a lo incompleto. Guardó los martillos dentro de su funda, al lado del instrumento, con sacudidas furiosas, violentas, y cruzó sus dos pares de brazos. Thorne también cruzó los brazos, como en un inconsciente eco. Miles se mordió el labio, inquieto.
—Mi agente me dijo la verdad —continuó Ryoval.
—Entonces, tal vez también te dijo que no está en venta —dijo Fell con sequedad.
—Sí. Pero no estaba autorizado a ofrecer más que hasta cierto punto. Cuando se trata de algo tan especial, no hay nada que pueda reemplazar un contacto directo.
—Pero resulta que disfruto de sus habilidades donde se encuentra ahora —dijo Fell—. A mi edad, el placer es mucho más difícil de obtener que el dinero.
—Cierto, cierto. Pero puede haber placeres sustitutos. Puedo buscar algo muy especial. Algo que no está en el catálogo.
—Sus habilidades musicales, Ryoval. Que son más que especiales. Son únicas. Genuinas. No están aumentadas artificialmente de ninguna forma. Y no pueden duplicarse en tus laboratorios.
—Mis laboratorios pueden duplicar cualquier cosa, señor —sonrió Ryoval aceptando el desafío implícito en la frase.
—Excepto la originalidad. Por definición.
Ryoval abrió las manos como aceptando el punto filosófico con amabilidad. Fell, comprendió Miles, no sólo disfrutaba del talento musical de la cuadrúmana, disfrutaba sobremanera de la posesión de algo que su rival deseaba comprar y que él no tenía ninguna necesidad de vender. Ah, eso sí que era un placer. Parecía que hasta al famoso Ryoval le resultaba difícil mejorar su oferta… y sin embargo, si Ryoval descubría el precio de Fell, ¿qué fuerza podría salvar a Nicol en todo Jackson’s Whole? Miles comprendió de pronto que él sí sabía cuál era el precio de Fell. ¿Ryoval también lo descubriría?
Ryoval levantó los labios.
—Discutamos la venta de una muestra de su tejido, entonces. No le causaría ningún daño y tú podrías seguir disfrutando de sus servicios únicos sin interrupción.
—Eso perjudicaría su valor como objeto único. La circulación de copias siempre disminuye el valor del original, ya lo sabes, Ry —sonrió el barón Fell.
—No al principio —señaló Ryoval—. El tiempo normal de crecimiento de un clon es de, por lo menos, diez años… ah, pero eso lo sabes. —Enrojeció e hizo una leve inclinación de disculpas como si de pronto se hubiera dado cuenta de que había dado un paso en falso.
La súbita rigidez de Fell parecía confirmarlo.
—Sí, lo sé —respondió Fell con frialdad.
En ese punto, Bel Thorne, que seguía el intercambio con atención, interrumpió con calor y espanto:
—¡No puede vender sus tejidos! Usted no es su dueño. ¡No es una construcción de Jackson’s Whole! ¡Es una ciudadana galáctica que nació libre!
Los dos barones se volvieron hacia Bel, como si el mercenario fuera un mueble que de pronto se hubiera puesto a hablar. Y en un mal momento. Miles se estremeció.
—Puede vender su contrato —dijo Ryoval, controlándose para ofrecer una tolerancia a medias—. Y eso es lo que estamos discutiendo. Una discusión privada no sé si me entiende.
Bel ignoró la última frase.
—En Jackson’s Whole, ¿qué diferencia práctica puede haber entre un contrato y la carne?
Ryoval sonrió con frialdad.
—Ninguna. La posesión es más del noventa por ciento de la ley aquí.
—¡Eso es totalmente ilegal!
—Legal, querido… ah, usted es betano, ¿verdad? Eso lo explica todo —dijo Ryoval—. Ilegal es lo que el planeta en que usted se encuentra decide llamar ilegal y es capaz de reprimir. No veo ninguna fuerza especial betana que pueda imponer aquí su forma peculiar de sentir la moralidad, ¿y tú, Fell?
Fell escuchaba con las cejas enarcadas, atrapado entre la diversión y la irritación. Bel se encogió.
—Así que, si yo saco un arma y le hago estallar la cabeza en pedazos, ¿eso seria perfectamente legal?