Voces del desierto
- Автор: Пиньон Нелида
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
De porte menudo, después de la pubertad había crecido poco. La piel blanca, en contraste con el cutis moreno de Dinazarda, se resiente por el sol que ha invadido los aposentos. Todo en ella es proclive a desmoronarse. Pero al caminar ávida por el mármol, teniendo los jardines en la retaguardia, Scherezade se decide a aniquilar al Califa. Para ello recorre las venas de los personajes, inquiere la compulsión de sus vidas, deambula por una zona de peligro. La tranquiliza reconocer que el Califa, aunque lo ambicione, es incapaz de escudriñar sus secretos, sus profundas intenciones.
Sometida al mundo, ella busca en esta cruzada una geografía incierta que existe y no lleva nombre. Pero que la autoriza a acercarse a otro centro, otrora soñado por profetas, poetas, y que tiene la imaginación como guía. Aunque esclava de la cuchilla de la muerte por determinación del Califa, aun así emprende la travesía que enfrenta al héroe a toda suerte de obstáculos.
Al timón del barco que atraviesa su memoria, Scherezade supera, con los cabellos al viento, olas encrespadas, seduce a la legión de los dragones que, con la levedad de los peces, la persiguen por la superficie del mar. En el papel de heroína, cumple airosa la tarea que el destino le impuso al resistirse a la saña de los verdugos, no aceptando jamás ser un cordero resignado frente al altar del sacrificio. Su meta sigue siendo la misma, salvar a las jóvenes del reino bajo la mira de un déspota.
A lo largo de este viaje iniciático, sin lugar seguro para llegar y con fecha que se prorroga como premio, Scherezade depende exclusivamente de los caprichos del monarca. Delante del cual ella reclama la prerrogativa de afrontar, por medio de sus historias, un mundo ignoto, en el que está presente toda gama de aventuras.
Al servicio de las hijas del Visir, las esclavas forman un círculo en torno a la contadora. Algunas, discretas, apenas balbucean sonidos, mientras que Jasmine, agitando un mosquitero, va a la caza del único insecto que ahora molesta a Scherezade. La joven acepta que la traten con cumplidos. Se sabe en posición de relieve en el frontispicio de la imaginación árabe. Como si desde la infancia, incentivada por Fátima, hubiese asumido la complexión de todos los héroes cuyas leyendas se posaron en el recuerdo de los hombres. Y, mediante esta convicción, se reviste altiva con la faz de los personajes andariegos.
Oriente es un vértigo en su alma. A fuer de esta atracción, Scherezade se sumerge en la memoria arcaica y en los arcanos de otras latitudes, revive enigmas históricos, como el encuentro de Príamo con Aquiles, después de la muerte de Héctor. Y lo reproduce con riqueza de detalles, dando realce, por pura solidaridad femenina, a los lamentos de Andrómaca y de Hécuba, mujeres golpeadas por el dolor. Aquel momento único en que el rey de Troya, arrodillado frente al altivo hijo de Tetis, reclama los despojos mortales del príncipe Héctor.
En el horizonte de aquella mente narradora que se desborda con frecuencia, engendrando múltiples versiones, el sufrimiento del anciano por su hijo amado la enternece. Apoya que Aquiles, al devolver los despojos del príncipe, ceda al rey transido la expresión de su misericordia y crezca a los ojos de la historia.
Imbuida de tal magia, Scherezade prevé en el cristal del tiempo otros misterios allende el mar. Sorprende, así, la cabalgata solitaria del noble caballero Parsifal, designado por sus méritos para descubrir el cáliz sagrado. Ella escudriña la credulidad del caballero al servicio de Arturo. El espíritu que preside una aventura que viene a ser uno de los epicentros de cualquier narración.
Con tal certidumbre, Scherezade sonríe complacida. Como que la vida la favorece al guardar distancia de siglos y civilizaciones, al ser capaz de seguir los pasos de este Parsifal, de acatar su sufrimiento, su perseverancia, su fracaso. Pero ¿dónde había escondido el caballero el Grial, objeto de aquella busca? ¿Habrá encontrado junto al cáliz la esencia inefable?
La interminable caminata del solitario héroe tal vez la estimule a intensificar sus propias historias. Sujeta ella al ilusorio juego del enredo, quizás atine a mezclar leyendas, como éstas, con las que se originaron del arrojo de Simbad, de Aladino, de Zoneida, seres ávidos de aventuras. ¿Y no podría ella, igualmente, al dar curso a su naturaleza secreta y ambivalente, convertirse en el Parsifal del desierto e ir al encuentro de su propio sueño?
31.
El Califa nota su inesperada voluptuosidad. Scherezade transpira, el cuerpo se humedece. Él husmea el olor proveniente de la piel entumecida, mojada. Al sorprender su euforia amorosa, todo en él late, capitula, el miembro se endurece por instantes.
Transportada lejos de allí, el deseo de Scherezade no adviene del soberano. Más intrépida que su padre, codicia lo que sea en presencia del soberano, con la intención de castigarlo. No disimula su emoción, actúa como si no lo tuviese presente. Una postura frente a la cual el Califa retrocede. Acobardado, las venas del falo se enfrían y desfallecen.
Libre del Califa, ella disimula su exaltación manteniendo en el rostro la algidez del mármol. Divaga de nuevo recordando al joven de paso por el mercado, de ojos negros, fijos en ella, como si quisiese retener su imagen en el futuro. Se enfrenta a Fátima, que, desterrando a quien mirase a Scherezade por largo tiempo, lo ahuyenta con la vara, lo aparta a gritos, como a una oveja. La sonrisa del zagal, sin embargo, dirigida a Scherezade, anuncia las estaciones del año, el calor del desierto, de donde ciertamente procedía la piel tiznada. El cuerpo de Scherezade, reaccionando a la mirada, late, lo siente tumbado a su lado, la mano ancha, extendida en el vientre, girando en círculos, los órganos expandiéndose a su paso, revolviéndola, una perturbadora emoción que no cesa.
Fátima había reparado en el intercambio de miradas, pero nada hace. Como si quisiese que Scherezade, de vuelta al palacio de su padre, se llevase la imagen del joven y no lo olvidara. Un regalo que le hace bajo la forma de un amante intangible, que jamás sería suyo. Y que se contentase, a partir de aquel encuentro, con transportar en sus entrañas la furtiva alegría de haberse enamorado de refilón de un modesto joven de Bagdad.
El cuerpo de Scherezade había sido siempre de difícil acceso. Aunque ansiase la carne ardiente del joven que acababa de conocer, en la práctica se ocupa de duendes, monstruos, de criaturas con andrajos o con la corona de rey, aspirantes a la risa o al llanto, siempre inseparables. Sobre todo de los seres populares que, donde estuviesen, hacen el amor sin escrúpulos. A la sombra del árbol, sobre el suelo abrasador del desierto, o detrás de los tenderetes de frutas. Entretenidos con los embates amorosos, gimen, vociferan, murmuran, sirviéndoles cualquier rincón para las convulsiones que preceden al goce.
Gracias también a Scherezade, el Califa se ilusiona con ser un alazán o un unicornio, cuando va en pos de sus personajes temiendo ser rechazado. Desconfía de que ella haya creado a estos seres con el único propósito de que la defiendan, para no quedar sumida en el desamparo, entregada a la saña del soberano. Al mismo tiempo que da prueba de no temer el vergajo de su crueldad, parece decirle que un día se irá lejos para no volver. Dispuesta a asumir cualquier riesgo, sin medir las consecuencias. Al fin y al cabo, ¿qué podría aguardar el soberano de quien vive a la espera de su perdón provisional para sobrevivir? Alguien que, con el pretexto de hablar de la vida ajena, modela a sus personajes a la medida de su quimera.
Olvidada en su rincón, Dinazarda no pierde al Califa de vista. El nerviosismo con que él camina desorientado, casi deslizándose por el suelo de mármol. Se aploma, sin embargo, con rapidez, disimula su debilidad. No quiere que comprueben su envejecimiento. La sangre de las jóvenes, que había bebido antes de matarlas, no había regenerado la piel, no había detenido la ruina en marcha. Envejece perdiendo pequeñas alegrías, siempre preciosas.