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Электронная книга - «Voces del desierto». Краткое содержание книги:

Scherezade no teme a la muerte. No cree que el poder del mundo, representado por el Califa, consiga el exterminio de su imaginación.
Hace mil años Scherezade atravesó mil y una noches contando historias al Califa para salvar su vida y la de las mujeres de su reino.
Voces del desierto recrea los días de Scherezade y nos revela los sentimientos de una mujer entregada al arte de enhebrar historias cuyo hilo no puede perderse sin perder la vida.
En esta novela, Nélida Piñon reinventa la fascinación de Las mil y una noches y nos hace vivir las voces del desierto, de donde vienen y hacia donde van los sueños.
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Lo que siente por la joven, y que se traduce en piedad y admiración, hiere su autonomía, sus actos de gobernante, sin que atine con las razones de no decretar su muerte y terminar de una vez con este suplicio. Las aflicciones, sin embargo, derivadas de estos conflictos, son siluetas que lo sofocan como una mancha, sombras arraigadas en el corazón, ahuyentando cualquier haz de luz que signifique alegría. Y que combate reduciendo la influencia de Scherezade, borrando su capacidad de fabular la vida, como si ésta fuera también objeto de su invención.

En el afán de olvidar a la princesa, él teje pequeños delirios. De nuevo imagina a una extraña introduciéndose en el cuerpo de Scherezade, sin pedirle siquiera permiso. Una mujer cuyo nombre y procedencia ignora, pero a quien codicia. Y contra quien, después de una cópula nerviosa e imaginaria, que lo vacía de emociones y de esperanzas, toma las armas.

La fantasía del Califa no le pasa inadvertida. Scherezade nota en el soberano la resolución de teatralizar su encuentro con la extraña, como si, amparado por la ilusión escénica, él reflejase el deseo de vaciar el contenido del cuerpo de Scherezade, quedándose sólo con su corteza, para ofrecérsela a la otra mujer. Había actuado así en otra ocasión, sin que ella entonces hubiese reaccionado. Sólo que ahora la pretensión del soberano es desalojarla de sus aposentos, en breve las trompetas del heraldo anunciarían su intención.

Se estampa en él la urgencia de destruirla. Convencido de que si no fustiga la fuente del mal, la desgracia se abatirá sobre su casa. Pero sólo podría prolongar la ilusión de multiplicar las mujeres, y minar al mismo tiempo la energía de la joven, si Scherezade colaborase, si le cediera, voluntariamente, el envoltorio de su preciosa carne, en el cual encajar una mujer de su invención.

Scherezade adivina su ardid. Lo que él está dispuesto a hacer si le presta su propio cuerpo, volviéndose, entonces, simple figura de ajedrez que el soberano moverá a su antojo sobre el tablero de su lujuria. Pero, tentada por un proceso que había iniciado el fantasioso Califa, la hija del Visir pondera que, al fin, de tanto disfrazarse de personajes apegados a sus vísceras, de complacerse en usar voz y meneos ajenos, sería natural aceptar su magia, escarnecer la realidad del soberano, aunque so pena de perder el alma.

Desde su infancia, el Califa había soñado con fabular la vida cotidiana, y sólo ahora, mediante este truco, se sentía capaz de asegurar trascendencia a cualquier hecho sórdido, fuera de la línea divisoria de un realismo que su poder había establecido. Pero, enfrentado al dilema de proseguir con esta escenificación y perder, no obstante, el sentido de cualquier realidad, se asusta. Teme vivir una orgía perdularia, consumir las monedas de la imaginación, que sueña con lanzar gratuitamente en el bazar.

Anticipándose a las emociones que expondrá los próximos días a sus súbditos, se pregunta qué clase de doncella ocupa ahora el cuerpo de Scherezade, transformado en mero receptáculo. Pero si Scherezade, de hecho, se había despedido, ¿a quién tenía en los brazos? ¿Quién usaba tras los velos las facciones de Scherezade? ¿Acaso alguien originario del desierto, familiarizado con las tiendas, que, a la llegada de las lluvias, se cierran como un molusco, protegiendo de esta forma a los moradores del acoso del viento?

La dócil adhesión de Scherezade a tal fantasía lo perturba. Duda de que ella apoye una imaginación que actúe de forma autónoma, disputando con ella el cetro de la quimera. No sabe, con todo, analizar las expresiones de la joven. En los últimos tiempos, conviviendo con Scherezade, en él se había intensificado el desprecio por el juego de la máscara en que fuera educado. Repudio este que no lo protege, pues teme las consecuencias de un delirio que, a fin de recuperar la juventud y ser feliz, había expulsado a Scherezade de sus aposentos.

¿Y por qué preocuparse? Hace mucho que ella le hace daño. No obstante, sin ella a su lado el mundo pierde cohesión, se fragmenta, sin la ventaja al menos de que la joven le arranque la savia de la que él depende para rejuvenecer.

Había ido demasiado lejos en su capricho de implantar indistintas mujeres en el interior de Scherezade. Quizás había generado en la joven la decisión de vengarse, de imponer al Califa el fardo de la realidad, que, solo, él ya no puede soportar. O de desaparecer ella del palacio sin despedirse. Pero si Scherezade huyera de verdad, ¿cuál sería su paradero? ¿Regresaría a la casa de su padre o emprendería un viaje soñado hace mucho, siendo posible que, en aquellos minutos, ya hubiese tomado el rumbo de Damasco? Lo que explica su fisonomía contraída, aunque no hable ni proteste por el cautiverio que le ha sido impuesto.

Teniéndola enfrente, el Califa se pregunta adónde se ha ido Scherezade, dejando atrás sus restos mortales. Tuvo ganas de seguirla, reclamar de vuelta su monólogo narrativo, sin el cual la existencia lo apesadumbra. ¿Estaría ella malhumorada, dispuesta a dejarle un rastro de odio, un legado que Dinazarda y Jasmine heredarían?

En medio de tal inquietud, él conjetura si había envejecido hasta el punto de perder toda benevolencia consigo mismo. Y, si esto realmente había ocurrido, ¿por qué había cedido a un impulso juvenil que, ofendiendo a Scherezade, la había llevado a la fuga, a pesar de tenerla enfrente?

Culpable de capitular frente a una invención cuyo flujo pernicioso no logra restañar, todo en él brota sin control, señala que la vejez lo está castigando. Ya no sabe cómo librarse del don de la imaginación, otrora tan ambicionado, y que ahora le viene sin el sentido de la medida, forjando historias que emulan una realidad ordinaria y grosera.

Este talento tan reciente lo asfixia. Al contrario de los vagabundos de Bagdad, el Califa no se había preparado para emocionarse con las desgarradoras notas del laúd, que escucha en el salón del trono. O para aceptar las verdades contradictorias de la simpleza cotidiana. Su corazón quiere sólo reposar, librarse de las amarguras humanas.

A partir de estas dificultades, de las que tan bien se hacen cargo los artistas, el Califa percibe que la imaginación jamás reposa. Es onerosa, promiscua, prisionera de ilimitados recursos. Con sus combinaciones inverosímiles e infinitas, ella circula por un territorio ocupado por los maestros de los disparates. Por seres que, fecundando a los demás con sus hazañas mentales, merecen aplausos en la plaza pública.

Scherezade observa en el rostro ansioso del Califa esta nueva prodigalidad. Evalúa rápidamente los beneficios y las pérdidas que le puede acarrear la súbita emancipación del soberano. En general taciturno, poco afecto al placer, la naturaleza del Califa, no obstante, consume absurdos novelescos y se divierte con ellos. Ya este otro hombre, que ahora aflora en él, la sorprende. Ignora si le conviene perpetuar ese estado, si más vale encarcelarlo otra vez, hacerlo renunciar a la voluptuosidad emanada de su nueva imaginación, devolverlo a la apatía habitual. Y sólo así, resignado como siempre, él oiga a Scherezade narrar, se someta a una maestría que abate su proverbial crueldad.

30.

Scherezade vive una audaz aventura. Sus viajes, alrededor de la habitación, no la llevan a ningún lugar. Quien traslada, quien ama, quien corroe los metales y los corazones es la imaginación, guerrera intrépida que la trae de vuelta a Bagdad, siempre que se aleja en demasía.

Nunca se cansa de entregarse a la irremediable voluptuosidad de contar historias, como si así iniciase una peregrinación a La Meca, o a Medina, según la dirección que tome. Y que le va ofreciendo, ante la visión genesíaca de estas tierras, prodigiosas revelaciones.

Scherezade sigue sola en estas empresas, dejando todo atrás. Forzada a rápidas despedidas, enseguida se olvida de todos. Pierde vínculos familiares, desprecia afectos. Se fija en Dinazarda, como si su hermana ya no estuviese allí. De nada vale que Jasmine le dirija una mirada dispuesta a socorrerla en las horas de aflicción. Engolfada en la odisea de aquella travesía, que amenaza con eternizarse, Scherezade no se cuestiona qué especie de destino es éste, del cual no logra huir. En estos instantes, tiene a su favor la propiedad de fabular lo que la lleva a un centro, donde la cabeza de un dios invisible reposa y reparte falsas sinecuras.

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