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La locura de Dios

Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorqu?n Ram?n Llull, acompa?a a una partida de almog?vares en una arriesgada expedici?n por tierras de Oriente.
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Él me contempló escéptico, y dijo:

– Si lo que afirmas fuera cierto, ¿qué mérito tendría la fe?

– La fe permanece intacta frente a toda inteligencia científica -dije-, ya como base, ya como extremo de la ciencia; porque sobresale de todo pensamiento puramente lógico, como el aceite mezclado con el agua.

Aquella conversación me había llevado a los lejanos tiempos en los que yo era joven e intentaba convencer a mi esclavo sarraceno. Empujado por este recuerdo me ocupé de que los que habían sido sus compañeros de encierro, en aquella horrorosa jaula del poblado gog, fueran liberados de sus cadenas y entraran al servicio de los almocadenes almogávares, respondiendo yo mismo de la fidelidad de aquellos hombres.

Era todo lo que podía hacer. Ahora tan sólo me quedaba esperar el final, y rezarle a la Santísima Trinidad para que dicho fin me alcanzara cuanto antes.

Pero las alucinaciones no cesaban.

En una ocasión, tras atravesar una de aquellas miserables aldeas de pescadores, escuché una voz que me llamaba. Su tono apenas se diferenciaba del bramar continuo de las olas que de tan habitual como se había convertido para mis oídos, apenas escuchaba ya, pero se superponía a éste, y pronunciaba mi nombre con claridad.

Estaba sólo en mi carromato, con un paño húmedo sobre mis ojos. Lo aparté y me incorporé en el camastro, escuchando con atención.

«¡Ramón Llull!», y era como un rugido. Descendí del carromato y caminé hacia aquella voz extraña y temible, dejando a mi espalda la larga caravana de almogávares.

Tras unas rocas negras, cubiertas de líquenes y guano de las gaviotas, vi aparecer la cabeza de un león de melenas negras como la noche. El león me miró con unos ojos inteligentes y ávidos, y yo no parpadeé. Deseé con todas mis fuerzas que aquel animal saltara sobre mí y acabara para siempre con mis sufrimientos. Pero el león dio media vuelta, y con su oscura melena azotada por el viento, se alejó por entre las rocas.

Le seguí con pasos cortos que hacían crujir los guijarros desmenuzados por las olas. Busqué al león por el laberinto de piedras afiladas. Las gaviotas gritaban a gran altura sobre mi cabeza y, al alzar la vista, vi cómo se estaba formando una nueva tormenta. Pronto empezaría a llover, y consideré que lo más prudente sería regresar a la caravana; pero de nuevo escuché pronunciar mi nombre; a mi espalda.

Giré sobre mis talones, y me vi nuevamente enfrentado a los ojos del león. El animal descansaba medio tumbado sobre una roca plana; las patas delanteras paralelas, en una posición similar a la de la Esfinge. La melena, azotada por el viento, vibraba como una aureola de serpientes en torno a su feroz rostro.

– ¿Dónde está la ciudad del fuego simple? -preguntó el animal-. No puedes imaginarlo porque la esencia del lugar no es visible; y por tanto no es imaginable.

El animal me había hablado. Sus labios no se habían movido, y aquellas palabras parecían haber resonado directamente en mi mente, pero yo no dudé, ni por un instante, que era el animal el que se había dirigido a mí. Las rodillas me temblaron.

– Y es porque los ojos no alcanzan ni tocan la esencia del lugar -siguió diciendo-; y por eso la imaginación imagina las semejanzas del lugar que tocan y alcanzan los ojos, pero el entendimiento toca y alcanza sobre la imaginación.

– ¿Qué quieres de mí? -susurré.

– Tu ayuda -respondió el animal-. Tu imaginación. Tu entendimiento. Soy un náufrago perdido en una isla remota.

El animal saltó de su piedra y paseó tranquilamente frente a mí, agitando su cola como una serpiente a su espalda.

– Durante mil años he buscado sin descanso la esencia del lugar; el paradero de la ciudad de mis enemigos -dijo el animal-. He rastreado el mundo buscando las huellas de su presencia, sin ningún resultado; pero donde yo fracasé, y donde todos mis esclavos fracasaron, tú has triunfado.

– ¡No puedo ayudarte! -le grité a la bestia-. ¡No puedo seguir soportando esto! ¡Desaparece para siempre, o acaba conmigo de una vez!

La bestia giró sobre sí misma mostrándome sus fauces abiertas.

– ¡No deseo causarte ningún mal! -rugió-; un hombre como tú es como una joya rarísima que aparece una vez cada mil años y que ilumina por completo a su especie durante generaciones. Te reservo un puesto a mis pies, en el trono de este mundo.

Me tapé los oídos con ambas manos, y grité:

– ¡Márchate!

Un relámpago restalló en el cielo y, como si esto fuera una señal, una cortina de lluvia se derramó sobre la tierra, con tanta fuerza como para resultar dolorosa.

Intenté protegerme el rostro con las manos, y al hacerlo perdí de vista al león durante un único instante. Cuando volví a mirar, el animal había desaparecido.

Regresé tan rápido como pude a la caravana, y tuve que correr para alcanzar mi carromato, en cuyo interior me refugié.

No cambié mis ropas empapadas, ni intenté dormir. Estaba solo en la oscuridad, con los ojos cerrados, temblando de frío y de miedo, cuando sentí la velocidad en mi cuerpo, un extraño vértigo similar a la sensación de caída, tan repentina que me obligó a abrir los brazos intentando asirme a algo. Pero mis brazos no tocaron nada.

Abrí los ojos y sólo vi oscuridad, y pequeños puntos luminosos semejantes a estrellas, pero que me rodeaban por todas partes y no tintineaban. Pequeños puntos de una luz tan dura que parecía capaz de perforarme los ojos. Mi estómago me decía que estaba cayendo a gran velocidad, pero mi cuerpo parecía flotar en el agua.

Entonces giré mi cabeza y la vi. Era una enorme esfera luminosa de color azul; semejante a la que había en la Sala Armilar , pero mucho más hermosa y brillante. Parecía algo vivo, y era tan bello que las lágrimas enturbiaron mis ojos al mirarla.

– Ese es mi mundo, Ramón -resonó la voz del león en sus oídos-; mi cuna.

Tapé mis oídos con las manos, y grité con toda la fuerza de mis pulmones:

– ¡Sal de mi mente!

Sentí una mano fuerte sobre mi hombro, y cómo esa mano me sacudía como si fuera un muñeco de trapo.

– Ramón… despierta. ¿Estás bien?

Abrí los ojos, y vi el conocido rostro de Joanot de Curial frente a mí, rodeado por varios almogávares.

– Apártate de mí, Joanot -le dije-, estoy poseído por un demonio.

Uno de los almogávares dio un paso atrás, y se santiguó espantado, pero Joanot no apartó su mano de mi hombro.

– No es cierto, viejo -dijo-. Sólo estás enfermo.

En ese momento entró Ibn-Abdalá en el carromato. Llevaba una humeante jarra que sin duda contenía una infusión de hierbas medicinales.

– Tuvisteis una pesadilla esta noche, señor -dijo el sarraceno-. Esto os tranquilizará el espíritu.

– Nada puede tranquilizar mi espíritu -dije, apartando la jarra-. Ya no me pertenece.

– ¡Basta! -gritó Joanot-. Salid todos de aquí. Dejadnos solos.

Después permaneció en silencio hasta que los almogávares y el sarraceno abandonaron el interior de mi carromato. Sólo entonces empezó a hablar:

– ¿Qué pretendes hacer, viejo? Los hombres ya están bastante nerviosos caminando solos por una tierra extraña y rodeados de enemigos. El invierno corre rápido por estas latitudes, y pronto no encontraremos nada que comer. Si el desánimo prende entre la tropa, si abandonan la búsqueda del reino del Preste Juan, entonces, la próxima primavera no hallarán de nosotros más que nuestros esqueletos y los de nuestras acémilas.

Inspiré profundamente antes de hablar y le dije, con voz entrecortada, que Ibn-Abdalá conocía el camino mejor que yo; ya no les era de ninguna utilidad y, además, entorpecía su avance.

– He traído la desdicha sobre esta expedición; un demonio habita dentro de mí. ¡No puedo seguir entre vosotros!

Joanot miró hacia las cortinas de lana que protegían el interior del carromato de la luz, para asegurarse de que no había nadie escuchando, luego se volvió hacia mí y me dijo muy serio:

– Nunca le he hablado de esto a nadie antes de ahora. Ni a mis mujeres, ni a mis mejores camaradas; pero debes saber, Ramón, que creo que Dios es sólo un mito inventado por los hombres para procurarse, a la vez, la tranquilidad y la desdicha.

– ¿De qué estás hablando? -le pregunté.

– Tampoco creo que exista Satanás, ni su ejército de ángeles caídos.

Miré atónito a Joanot. No daba crédito a lo que había escuchado.

– ¿Cómo puedes… -empecé, pero las palabras no acudieron fácilmente a mis labios- negar… negar lo que te rodea, lo que te hace vivir?

– ¿Por qué crees tú? Porque así te lo han enseñado. Te han enseñado a temer al pecado y a alabar la virtud; a esperar el castigo o la recompensa. Pero yo he visto a hombres virtuosos sufrir los peores castigos, y a pecadores convertirse en reyes, e incluso en papas.

Durante toda mi vida había escuchado multitud de herejías, y comprobado que existían multitud de formas equivocadas de interpretar a Dios, pero jamás había conocido a nadie que afirmara algo como lo que Joanot acababa de decirme.

– No quiero seguir escuchando -dije.

– Pues lo harás -dijo Joanot-. No creo que el demonio esté dentro de ti, Ramón. Estás enfermo, y te recuperarás. Eso es todo.

Le dije que se había vuelto loco.

– Sí, y tú eres el más cuerdo de los hombres -sonrió Joanot con cinismo-. Ahora duerme, viejo, descansa, y olvida tus temores. Olvida también esa idea de que vamos a abandonarte aquí. Vendrás con nosotros hasta el final.

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