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La locura de Dios

Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorqu?n Ram?n Llull, acompa?a a una partida de almog?vares en una arriesgada expedici?n por tierras de Oriente.
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Una mujer dormía en mi lecho de espaldas a mí. Su pelo se derramaba como una impla negra sobre la almohada. Acaricié su sedosidad con mi mano.

– Qué hermosa eres, Amada mía -susurré.

– Vuelve a dormir, Ramón -dijo ella sin volverse; con voz soñolienta.

– Ya ha amanecido -dije.

– No importa. Duerme.

– He tenido un sueño muy desconcertante. Era viejo y caminaba por lejanas tierras, tenebrosas y diabólicas, en compañía de fieros guerreros…

Ella se volvió entonces hacia mí y me dirigió una sonrisa cadavérica con sus labios carcomidos. Sentí el hedor de la podredumbre junto a mi rostro; una fetidez que parecía haber quedado en mis narices desde mi paso por el poblado gog.

– Sólo ha sido un sueño, Ramón -dijo con una voz que era como un eco en una tumba-; vuelve a dormir…

Y soñé de nuevo que era un anciano, poseído por un espíritu maléfico, caminando sin recordar cómo ni por qué, por la orilla de un mar de aguas oscuras.

La niebla espesa y maloliente que había rodeado el asentamiento gog se había ido diluyendo conforme nos acercábamos a las agrestes costas del mar de los Jázaros. Pero el Sol no brilló nunca con excesiva fuerza sobre nuestras cabezas.

Cruzado el equinoccio de otoño, los días se fueron endureciendo como acero gris, anunciando el inminente invierno.

Se desencadenó una temible tormenta que fuimos viendo formarse a lo lejos, en el mar, rozando la curva del horizonte. Llegaban violentas ráfagas del cauro que nos calaban con el agua que arrastraban las crestas de las olas. Se oscureció intensamente el firmamento, y se formó una gran muralla de tinieblas en el centro del mar, que vimos abalanzarse a gran velocidad contra nosotros. El furor de la tormenta fue en aumento y sólo al atardecer consiguieron los almogávares resguardarnos de ella, en un barranco, después de luchar desesperadamente contra un viento impetuoso. Las aguas que penetraban tierra adentro en aquella ensenada estaban casi tranquilas, pero a lo lejos formaban las olas una larga cadena de espuma, y el viento doblaba los árboles a su alrededor. Al día siguiente amaneció lloviendo, y la atmósfera estaba tan densa que no se veían las copas de los árboles alrededor del campamento. La mañana parecía un sombrío crepúsculo acompañado por el incesante estruendo de las olas chocando contra las rocas.

Tras haber visto brevemente el sol, esta repentina oscuridad nos llenó a todos de desánimo, pues era como si los elementos, y la propia naturaleza, se empeñara en enfrentarse a nuestro avance. Un temor supersticioso se había extendido por el campamento, y los almogávares hablaban entre ellos, en voz alta incluso en presencia de Joanot o de alguno de sus almocadenes, de la necesidad de regresar cuanto antes a tierras más hospitalarias. Pero ese día parecía cada vez más lejano, y ahora que tenían a los gog a la espalda, seguir avanzando parecía la única opción.

Y así lo hicimos apenas cesó la lluvia; los almogávares recogieron las empapadas tiendas, las cargaron sobre las acémilas, y nos pusimos en marcha, siempre hacia oriente, siempre bordeando la costa de rocas afiladas y negras.

Nos encontramos con varias aldeas de nativos. Pequeñas aldeas de miserables pescadores que contemplaron el paso de aquellos guerreros disfrazados de mercaderes con apática indiferencia. Hombres pequeños, con barbas y largos cabellos que caían sueltos sobre los hombros, cuya piel recordaba al cuero arrugado y pulido por el uso prolongado, salpicadas de tatuajes azules. No se veían niños ni mujeres por ningún lado, pero era evidente que éstos se ocultaban en el interior de las cabañas, que estaban hechas de paja y arcilla prensada, y se extendían casi hasta la misma orilla del mar, sostenidas a unos seis codos de la arena por anchas estacas de palo. Los troncos ranurados que daban acceso a las cabañas estaban casi lisos por el continuo uso; unas plataformas toscamente construidas se extendían sobre las estacas y sobre ellas se asentaban las cabañas. De los costados de las empalizadas colgaban las redes y aparejos de pesca, y las barcas, estrechas y afiladas como piraguas, dormían bajo la plataforma, a la sombra de las cabañas. Era evidente que aquellas gentes eran demasiado insignificantes como bocado para que ni tan siquiera los salvajes gog se fijaran en ellos.

Aquellos delgados pilares y carcomidos tablados estaban llenos de harapientos pescadores, semejando una bandada de mirlos descansando, y desde allí contemplaban indolentes nuestro paso como si de espectros se tratara.

Yo me se sentía cada vez más como tal. La realidad se diluía día tras día ante mis ojos y penetraba en silencio en un mundo horrible pero sorprendentemente fascinante. El bulto de mi cuello había dejado de dolerme, y casi había acabado por olvidarme de él. No me sentía enfermo ni cansado, pero mis ojos registraban imágenes febriles, que parecían escapar de las más oscuras alucinaciones. Incapaz de controlarlas, incapaz de diferenciar la realidad de aquellos espejismos. Pasaba mucho tiempo a solas, en el interior de mi carromato, concentrado con mis libros y mis instrumentos de medición, donde sólo Ibn-Abdalá me visitaba de vez en cuando.

– Hemos cambiado de dirección -le dije al cadí en una ocasión, tras consultar mi aguja magnética-; ahora viajamos hacia la tramontana.

– Así es -me aclaró Ibn-Abdalá-; bordearemos la costa del mar de los Jázaros hasta llegar a la altura del mar de Caspia. Será fácil determinar el punto exacto porque allí el terreno se vuelve más árido; luego viajaremos unas jornadas hacia el Oriente, y daremos con tu desierto de cristal.

Asentí, y aparté rápidamente la mirada.

Durante un instante había creído ver crecer tentáculos, retorciéndose como víboras, directamente en el centro del rostro de Ibn-Abdalá.

– ¿Has tenido una visión? -me preguntó el sarraceno.

– Sí -dije, tapándome el rostro con ambas manos-. Vete, por favor.

– No deberías quedarte solo.

– Lo que debería hacer es acabar de una vez con todo…

– Pero no lo harás.

– Mi fe no lo permite.

El sarraceno asintió con gravedad.

– En ese caso debes tener valor.

Aparté las manos de mi cara, y volví a mirar al cadí. El flaco rostro del sarraceno me sonrió, y me preguntó si me encontraba mejor.

Apreté las manos del cadí con un mudo agradecimiento en mis ojos. Hacía mucho que había comprendido la fortuna de tener a alguien como Ibn-Abdalá a mi lado en aquellos momentos. Culto e instruido, no era un hombre que se dejara llevar fácilmente por la superstición. Poco a poco había ido confiando más en él de lo que nunca lo había hecho con Joanot o con los otros almogávares. A pesar de la diferencia de nuestras creencias religiosas, y de nuestras diferentes edades, ambos compartíamos un mismo amor por el conocimiento, y una misma curiosidad insaciable por las obras de Dios.

Llevado por esta confianza le mostré, en una ocasión, mi más preciado tesoro.

Rebusqué en el arcón que estaba situado al fondo del carromato, y coloqué uno de los discos de mi Ars Magna sobre la tabla de madera que me servía tanto de mesa como de lecho. Ibn-Abdalá lo miró asombrado, levantó la vista y quiso saber qué era.

El disco estaba fabricado en fina chapa de bronce, y dividido en cuatro figuras; tres circulares y una triangular. Las tres primeras formaban otros tantos discos concéntricos, unos con otros, movibles y giratorios mediante un eje de latón.

Estaban pintados en vivos colores para distinguir las diferentes subdivisiones de los términos que contenían.

Le expliqué que cada rama del saber descansa sobre un número relativamente pequeño de principios evidentes por sí mismos, que forman la estructura de todo conocimiento. En cada uno de los sectores iluminados con distinto color de mis discos estaban trazados estos principios, divididos en dos órdenes absolutos y relativos, al propio tiempo que las cuestiones posibles, los sujetos generales, las virtudes, los vicios; con nueve términos en cada columna, y a cada una de las cuales le correspondía uno de los radios o casillas del círculo. Estos, en sus posiciones respectivas, al colocarse frente a los términos, según las diferentes correlaciones que se conseguían al girar los discos, producían toda clase de propuestas interesantes. Agotando todas las posibles combinaciones de estos principios podíamos explorar todo el conocimiento que nuestras mentes eran capaces de comprender.

– Las vueltas de las figuras emblemáticas de este artificio -dije- son como las meditaciones del espíritu y suplen, incluso, el conocimiento de los hechos.

La última figura, o instrumental del Arte, se componía de tres triángulos; rojo, verde y amarillo; que servían para bajar de los conceptos universales a los particulares.

– ¿Y cuál es la función de todo eso? -me preguntó, mirando fascinado los discos de latón.

– Es una máquina para ayudar a la mente -exclamé con satisfacción-. A través de la combinación mecánica de estos términos se pueden descubrir los elementos constructivos necesarios a partir de los cuales elaborar razonamientos válidos e inteligentes. Dios me dio el Ars Magna para conocerle y amarle y durante la mayor parte de los años de mi vida mi empeño ha sido demostrar las verdades de la fe, por medio de un método que estuviese al alcance de cada cual y fuera evidente para todos. Mi deseo era convertir a la fe de Cristo mediante un conocimiento de algo que fuese verdadero, necesario, e imposible de rechazar por medios racionales, y no por simple cambio de creencias, por conveniencia o por persuasión. Me he esforzado en probar que es posible una demostración de la fe mediante la inteligencia científica; porque ciertamente se puede demostrar que Dios existe, y que tiene tales o cuales perfecciones.

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