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Электронная книга - «De vidas ajenas». Краткое содержание книги:

«En cuestión de pocos meses, fui testigo de dos de los acontecimientos que más temo en la vida: la muerte de un hijo para sus padres y la muerte de una mujer joven para sus hijos y su marido. Alguien me dijo entonces: eres escritor, ¿por qué no escribes nuestra historia? Era un encargo, y lo acepté. Empecé, pues, a contar la amistad entre un hombre y una mujer, los dos supervivientes de un cáncer, los dos cojos y los dos jueces, que se ocupaban de asuntos de sobreendeudamiento en el tribunal de primera instancia de Vienne (Isère). En este libro se habla de la vida y la muerte, de la enfermedad, de la pobreza extrema, de la justicia y, sobre todo, del amor. Todo lo que se dice en él es cierto». Así presentaba Emmanuel Carrère la edición francesa de este libro verdaderamente extraordinario: inolvidable, desgarrador, de una potencia narrativa inaudita. De vidas ajenas recibió el Premio Globe y otros galardones y la prensa cultural francesa lo eligió mejor novela del año.
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Dio resultado.

Cuando era juez de aplicación de penas, su trabajo consistía en recibir a gente cara a cara en su despacho. En vaqueros y camiseta, les escuchaba, hablaba, para ayudarles encontraba soluciones concretas que la mayoría de las veces no tenían nada de jurídico. Las relaciones con estas personas podían prolongarse años. Ahora, en el tribunal de primera instancia, lo presidía con toga en un estrado, rodeado de una secretaria judicial y un ujier también vestidos con toga y que le profesaban un respeto jerárquico un poco demasiado envarado para su gusto. También en la primera audiencia hubo un suceso burlesco: al salir de la sala de deliberaciones, cedió galantemente el paso a la secretaria, a la cual esta excentricidad pilló desprevenida. Ella rechazó el gesto, tan azorada como si sospechara que él pretendiera aprovecharse para sodomizarla, y Étienne observó que en lo sucesivo ella se cuidaba mucho de encontrarse lejos de él, a su espalda, hasta que había cruzado el umbral. Hasta el último instante, fingía que estaba ordenando expedientes en la mesa, con las manos un tanto temblorosas. Esta solemnidad suscitaba una sonrisa de Étienne, pero echaba en falta las relaciones personales con los encausados. Las decisiones que tomaba recaían sobre la vida de personas a las que, en el mejor de los casos, sólo había visto cinco o diez minutos. Ya no se ocupaba de individuos, sino de expedientes. Además, tenía que apresurarse. La acumulación de casos impulsa a practicar una justicia mecánica, tal infracción exige tal multa, tal vicio contractual desencadena tal jurisprudencia, y hay que darse prisa porque la productividad, es decir, el número de sentencias dictadas, es un criterio decisivo en la calificación de un juez para su ascenso. A Étienne no le molestaba ser rápido; al contrario, le gusta, pero se ha prometido no ceder a la tentación de la criba y seguir viendo cada expediente como una historia singular, única, que requiere una solución jurídica particular.

Aquel otoño fui dos veces a Vienne para dar una vuelta por el juzgado. Es un bello edificio del siglo XVII, que domina la plazuela donde se encuentra el templo de Augusto y Livio, orgullo del casco viejo. Cuando no estaba «en audiencia», tal como un día me sorprendí diciendo, me entrevistaba con jueces, secretarios judiciales y abogados que me había recomendado Étienne. Les interrogaba sobre lo que hace exactamente un juez de primera instancia y sobre la manera en que lo hacían Juliette y Étienne, y ellos me preguntaban cómo pensaba utilizar yo esta información. ¿Como un piadoso homenaje a mi cuñada recientemente fallecida? ¿Como un documento sobre la justicia en Francia? ¿Como un panfleto sobre el endeudamiento excesivo? Yo no sabía qué contestar. Les notaba conmovidos al ver que un escritor se interesaba por los tribunales de primera instancia, que no interesan a mucha gente, pero al mismo tiempo recelosos. El nombre de Étienne no me abría las puertas tan de par en par como había esperado. La magistrada que le sucedió, y a la que llamé para decirle que deseaba presenciar durante una o dos semanas las sesiones del tribunal, me respondió que un stage no se improvisaba de cualquier manera. Yo en ningún momento había hablado de stage, sino que me había limitado a avisarle por cortesía de que tenía la intención de asistir a audiencias que en su mayoría eran públicas, pero, como sucede a menudo cuando cometes la estupidez de pedir una autorización que no es necesaria, el asunto cobró una importancia exagerada; ella no podía asumir la responsabilidad de darme su aprobación, se precisaba la del presidente del tribunal de casación. ¿Y por qué no el del ministro de Justicia?, bromeó Étienne, no tan asombrado. Comprendí que la sombra de su antecesor pesaba sobre la nueva titular del cargo, y que ella debía de verme como un espía a sueldo de Étienne, un emisario del emperador que venía a despertar fantasmas en plena Restauración.

A fin de cuentas, hice algo que se parecía a un stage y comprobé lo que me había dicho Étienne: que el juez de primera instancia es el equivalente judicial del médico de barrio. Impago de alquileres, desalojos, embargos del sueldo, tutela de minusválidos o ancianos, litigios sobre sumas inferiores a 10.000 euros: las superiores a esta cifra competen al tribunal de gran instancia, que ocupa la parte noble del juzgado. Para quien ha frecuentado los juicios penales o los de delitos, lo menos que se puede decir es que la primera instancia ofrece un espectáculo ingrato. Todo es pequeño en ella, las faltas, las reparaciones, las sumas. La miseria está allí, pero no ha degenerado en delincuencia. Se chapotea en la materia pegajosa de lo cotidiano, se trata de personas que se debaten en dificultades tan mediocres como insuperables, y la mayoría de las veces ni siquiera ves a esas personas porque no asisten a la audiencia, ni tampoco su abogado porque no lo tienen, y hay que conformarse con enviarles la decisión judicial mediante una carta certificada que una vez de cada dos ni siquiera se atreven a recoger.

El pan cotidiano del penalista en el norte era la delincuencia de los toxicómanos-seropositivos. El del civilista en Vienne era el contencioso del consumo y el crédito. Ya he dicho que Vienne es una ciudad burguesa, Isère no es el más pobre de los departamentos franceses, pero bastaron unas semanas para que Étienne descubriese que vivía en un mundo donde la gente está abrumada por las deudas y no se las quita de encima. En las audiencias civiles, una pequeña querella por un muro medianero o los daños ocasionados por el agua resultaba refrescante, porque rompía durante unas decenas de minutos el monótono desfile de las entidades de crédito que llevaban a juicio a deudores morosos.

Ni la vida ni sus estudios habían preparado a Étienne para esta forma de desdicha social. La única vez que un profesor de la Escuela Nacional de la Magistratura había hablado del derecho de consumo fue con un desdén irónico, como si fuera un derecho destinado a imbéciles, personas que firman contratos sin leerlos y a las que es demagógico querer asistir. Los libros de texto enseñan que el fundamento del derecho civil es el contrato. Y el fundamento del contrato es la autonomía de la voluntad y la igualdad de las partes. Nadie se compromete o debería comprometerse contra su voluntad; los que lo hacen tienen que sufrir las consecuencias: serán más prudentes la próxima vez. A Étienne no le habían hecho falta ocho años en Pas-de-Calais para aprender que los hombres no son libres ni iguales, pero no por eso tenía menos apego a la idea de que se deben respetar los contratos, pues de lo contrario no habría sido jurista. Educado en un medio burgués, nunca había tenido auténticos problemas de dinero. Nathalie y él tenían una cuenta conjunta, una libreta de ahorro, un seguro de vida y un préstamo para el apartamento cuyas mensualidades el banco cobraba automáticamente de la cuenta y que ellos habían calculado que sería lo bastante nutrida para no tener que preguntarse nunca si era razonable irse de vacaciones. En materia de crédito revolving, lo único que sabía era que su tarjeta de afiliado a la Fnac le daba derecho, según le habían explicado, a facilidades de pago que nunca utilizaba, porque prefería comprar al contado libros y discos y regalar algunos más con sus puntos de fidelidad. Algunas veces, pero no muchas porque no figuraba en los ficheros, encontraba en su buzón anuncios publicitarios de entidades de crédito. «Sírvase a su gusto de su reserva de dinero», dice Sofinco. «Disfrútelo desde hoy», propone Finaref. «¿Necesita dinero rápidamente?», se inquieta Cofidis. «Es el momento de aprovecharlo», asegura Cofinoga. Los tiraba a la basura sin fijarse en ellos.

Desde que veía desfilar por la audiencia a los que los habían firmado, veía de otra forma estos folletos. Descubría lo fácil que es convencer a los pobres de que, aun siendo pobres, pueden comprar una lavadora, un automóvil, una consola Nintendo para los niños o simplemente alimentos, que pagarán más adelante y que no les costará, como quien dice, nada más que si pagasen al contado. A diferencia de los préstamos más controlados y menos onerosos que conceden los bancos clásicos, de los que, por otra parte, las entidades de crédito son filiales, estos contratos se concluyen en un santiamén: basta con firmar en la parte inferior del impreso que se titula «oferta previa». Se puede hacer en la caja del establecimiento, es válido de inmediato, se renueva tácitamente, se saca lo que se quiere y cuando uno quiere, da la agradable sensación de ser dinero gratuito. Los términos de la oferta no disipan esta sensación en absoluto. No hablan de préstamo, sino de «reserva de dinero», no de crédito, sino de «facilidad de pago». El texto dice, por ejemplo: «¿Necesita 3.000 euros? ¿Le interesarían 3.000 euros por un euro al mes? Pues bien, querida señora, ha tenido suerte, porque gracias a su fidelidad como cliente -de nuestro establecimiento, de nuestro centro de venta por correspondencia- ha sido recomendada para beneficiarse de una oferta totalmente excepcional. A partir de hoy, puede pedir la apertura de una reserva de crédito que asciende hasta 3.000 euros.» El coste sumamente elevado de este crédito figura en la letra pequeñísima en el reverso de la oferta; la haya leído uno o no, de todas maneras casi siempre se firma porque es el único medio, cuando no tienes dinero, de comprar lo que necesitas o bien lo que no necesitas pero te apetece, simplemente te apetece, porque incluso cuando eres pobre tienes apetencias, ahí está el drama. Allí donde el banco tendría la prudencia de decir que no, la entidad de crédito dice siempre que sí, y por eso los banqueros dirigen amablemente hacia ella a los clientes que siempre están en números rojos. Si ya estás fuertemente endeudado, la entidad no quiere saberlo. No controla nada: firme abajo de la oferta y gaste, es lo único que piden. Todo va bien mientras pagas la mensualidad, o más bien las mensualidades, porque lo propio de este tipo de créditos es acumularse, es fácil que te encuentres con una docena de tarjetas en la mano. Fatalmente llegan los incidentes de pago: no puedes hacerles frente. El organismo de crédito emprende una acción judicial. Exige el pago de las sumas debidas, más el de los intereses previstos en el contrato, más el de las penalizaciones de demora asimismo estipuladas en el contrato, y todo esto asciende a mucho más de lo que habías imaginado.

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