De vidas ajenas
- Автор: Carrere Emmanuel
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «De vidas ajenas». Краткое содержание книги:
Lo que hace en su despacho de juez de aplicación de penas se parece un poco a lo que ocurre en la consulta de un psicoanalista. Su función es escuchar y tratar de descubrir lo que es capaz de oír el tipo que tiene delante.
Su clientela se compone de gente muy baqueteada: muchos son heroinómanos y seropositivos. Las posibilidades de que se rehabiliten son escasas, las buenas palabras son a priori inútiles. Sin embargo existen esas buenas palabras, es decir, las que son a la vez verdaderas y oportunas, y en ocasiones hasta eficaces.
Lo que Étienne descubre ante estos individuos perdidos, aplastados, en mala situación desde el principio, es que cuanto más difícil es oír lo que le dicen, tanto más sosegado está. Ante los sufrimientos ajenos, recobra instintivamente la postura que le permitió soportar los suyos cuando tenía cáncer. Anclarse en el fondo de sí mismo, en las entrañas. No rebelarse, no luchar, dejar que actúe el medicamento, el curso de la enfermedad, el de la vida. No buscar algo inteligente que decir, dejar que las palabras salgan libremente de la boca: no son necesariamente las buenas, pero sólo así tienen éstas una oportunidad de salir.
Muchas veces habla de sí mismo. A alguien que tiene miedo y se desprecia, le habla de su propio miedo, de la imagen degradada que pudo tener de sí mismo. A un enfermo le habla de su enfermedad. No son temas en los que adopta una púdica reserva. Sus dos cánceres y la falta de una pierna impresionan a sus clientes, y él lo sabe. No tiene escrúpulos en utilizarlo, es bueno que sus miserias sirvan para algo.
¿Para qué sirven, de hecho? ¿Para ser más humano? ¿Más sabio? ¿Mejor? Dice que detesta esta idea. Respondo que a mí me parece correcta. Un poco biempensante, un poco catolicona, diría Hélène, pero en definitiva justa, y Étienne constituye la prueba viviente.
¿Qué quieres decir? ¿Que soy un tío majo porque he tenido cáncer y me han cortado una pierna? ¿No exageras un poco?
Digo que no, no, reconozco que es más complicado, que puedes haber tenido un cáncer y seguir siendo un cabrón o un cretino, pero de hecho sí, es eso lo que digo. Y lo que no digo, de la misma forma que no hablo de Fritz Zorn o de Pierre Cazenave, es que en mi opinión su cáncer le ha curado.
Trato de imaginar a ese joven juez que cojea por las aceras de Béthune. No vive allí, no exageremos, alquila un apartamento en Lille. Tiene sus libros, sus discos. Por la noche se quita la prótesis y se acuesta solo en la cama. Siempre solo. Los tratamientos, la degradación física, la caída del pelo y del vello han sometido su libido a una dura prueba. Ahora está mejor, le ha crecido el pelo, tiene ingenio, cabe decir que es un hombre seductor, pero no se puede decir, francamente, que la falta de una pierna no sea un problema en la vida y con las mujeres. Aún no ha encontrado a la que le aceptará tal como es, la que le habría amado con dos piernas pero que va a conocerle y amarle con una sola. ¿Presiente que ocurrirá, que algo va a cambiar y a hacer posible el amor, la confianza? ¿O bien desespera? No, no desespera. Ni siquiera ha desesperado en el fondo del pozo. Siempre ha conservado ese apetito de vivir elemental que, a la salida de las pesadillescas sesiones de quimioterapia, le impulsaba a empujar la puerta del café que había enfrente del Instituto Curie, acodarse en la barra y pedir un bocadillo enorme de salchichón que devoraba diciéndose que, a pesar de todo, era bueno vivir, y vivir en la piel de Étienne Rigai. Esto no obsta para que sea prisionero de lo que los psiquiatras llaman un double bind, un doble impedimento que le hace perder en los dos tableros. Cruz, ganas tú; cara, pierdo yo. Que te rechacen porque sólo tienes una pierna es duro; peor aún es que te deseen por la misma razón. La primera vez, dice, que una chica me dio a entender que no se acostaba conmigo por esto, fue una bofetada en plena jeta. Pero a otra chica le oí por casualidad decir delante de un montón de gente: me excitaría acostarme con Étienne porque tiene una pata de palo, y te aseguro que esto fue todavía más difícil de encajar. Sin embargo, también hay que aprender a hacerlo. Una cosa que me ayudó fue que hacia el final de aquel largo desierto sexual, tuve una relación con una chica que había sido violada por su padre en la infancia y, más tarde, en la adolescencia, por dos desconocidos. Estaba totalmente aterrorizada por el sexo. A mí también, en aquella época, me aterraba el sexo. Los dos estábamos aterrados, y sin duda por eso nos acostamos juntos. Hicimos lo que pudimos para tener menos miedo, y fue algo extraordinario. Sexualmente extraordinario, te digo, de una ternura y un abandono increíbles: una de las grandes experiencias de mi vida. Se la he contado a menudo, en mi despacho de juez, a mujeres violadas, o a muchachos, incluso. Les decía: es verdad, lo que os ha ocurrido pesa sobre la sexualidad, es un trauma terrible, un impedimento, pero debéis saber que hay personas a las que esa discapacidad les hará un bien enorme y, si la aceptáis, a vosotros también.
Al buscar en Google las palabras «sexualidad, discapacidad», encontré un sitio llamado Overground, destinado a las personas que se sienten sexualmente atraídas por los amputados. Se llaman a sí mismas los «fervientes» -en inglés, devotees-, y algunos son más que fervientes, son «aspirantes» -wannabees-, es decir, que aspiran a amputarse ellos mismos para identificarse con el objeto de su deseo. Los aspirantes que realizan de verdad el acto son raros, la mayoría se contentan con acariciar la idea, con crear fotomontajes en los cuales se ven con el muñón que sueñan. Los que van hasta el final viven un calvario. He leído el testimonio de uno de ellos: durante años buscó en vano un cirujano comprensivo que accediese a cortarle una pierna sana, y acabó por destrozársela él mismo con una escopeta de caza, con la eficacia suficiente para que la amputación se hiciera inevitable. Fervientes y aspirantes forman una comunidad bastante avergonzada, que quisiera liberarse de esta vergüenza: no somos perversos, dicen sus miembros, nuestros deseos son ciertamente especiales, poco comunes, pero son naturales, y quisiéramos poder hablar abiertamente de ellos. Admiten que son deseos difíciles de realizar. La conjunción ideal sería que un ferviente encontrase a un aspirante, éste se haría amputar y los dos disfrutarían de su complementariedad en una armonía perfecta: la gran ventaja de Internet es favorecer esta clase de encuentros, partiendo del principio de que todo está permitido entre adultos que consienten, incluido, como ocurrió hace unos años, el contrato entre un individuo que quería comerse a uno de sus semejantes y otro que, al menos al principio, se declaraba dispuesto a que se lo comieran. Pero esta conjunción ideal es rara, la vocación del aspirante es más fantasmática que otra cosa, y lo que sucede con mayor frecuencia en la realidad, como en el caso de los homosexuales que siguen en el armario, es que el ferviente -convengamos en que es un hombre- está casado con una mujer que ignora totalmente sus deseos y que se horrorizaría si los descubriera. En el sitio web le aconsejan que haga tentativas prudentes, que proponga a su compañera juegos eróticos en los que se utilicen muletas, pero está claro que el gusto por la amputación es menos confesable que el de la sodomía o el ondinismo, y que son aún menores las posibilidades de convertir a esas prácticas a alguien que no tenga ya la tendencia. La tercera vía, que debería ser la más gloriosa, es encontrar a una persona ya amputada. En principio se podría pensar que estas personas cuya invalidez repugna a tanta gente deberían estar contentas de encontrar a otras a las que, por el contrario, les atrae. El problema, que ni siquiera puede encubrir un sitio militante y proselitista, es que la mayoría de los amputados involuntarios -es decir, la mayoría de los amputados- reaccionan como Étienne cuando una chica le dijo que deseaba acostarse con él a causa de su pata de palo: les asquea. Experimentan repulsión por el deseo de los fervientes, a los que no se les puede recomendar la hipocresía: al cortejar a una amputada, el ferviente debe ocultarle cuidadosamente que lo hace a causa de su minusvalía; ella tiene que creerse deseada como si no la tuviera.