El Largo Viaje
- Автор: Semprun Jorge
- Год: 1963
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Largo Viaje». Краткое содержание книги:
– Nos miran como a delincuentes, creo, o como a terroristas -digo al chico de Semur.
– En cierto sentido -dice-, no se equivocan del todo.
– Gracias a Dios -digo.
El chico de Semur sonríe.
– Gracias a Dios -dice-, ¿te imaginas si estuviéramos en su lugar?
Pienso que, de ser así, tal vez no llegaríamos a saber que estábamos en su lugar, es decir, que quizás estaríamos como ellos, engañados, convencidos de la razón de nuestra causa.
– Es decir -le pregunto-, ¿prefieres que estemos donde estamos?
– Bueno, yo preferiría estar en Semur, por si quieres saberlo. Pero entre ellos y nosotros, entre esos boches que nos miran y nosotros, prefiero estar en nuestro lugar.
También el soldado alemán de Auxerre, a veces, me daba la sensación de que hubiera preferido estar en mi lugar. En cambio, he conocido a otros que se sentían muy contentos de estar donde estaban, muy seguros de ocupar el buen lugar. Los dos centinelas que estaban en nuestro compartimento, por ejemplo, entre Dijon y Compiégne, hace una semana, no tenían ninguna duda a este respecto. Eran dos tipos en la plenitud de sus fuerzas, bien alimentados, y se divertían apretándonos las esposas lo más fuerte posible y dándonos patadas en las piernas. Se reían con ganas, pues estaban encantados de ser tan fuertes. Yo iba encadenado a un polaco, un hombre de unos cincuenta años que estaba completamente convencido de que nos matarían a todos durante el viaje. Por la noche, cada vez que el tren se detenía, se inclinaba hacia mí y murmuraba: «Ya está, esta vez es seguro, no quedaremos ni uno». Al principio había intentado que entrara en razón, pero era inútil, había perdido completamente la cabeza. Una vez, durante una larga parada, sentí su aliento jadeante y me dijo: «¿Oyes?». Yo no oía nada, claro está, es decir, nada más que la respiración de nuestros compañeros que dormitaban. «¿El qué?», le pregunto. «Los gritos», me dice. No, yo no oía los gritos, no había gritos. «¿Qué gritos?», le pregunto. «Los gritos de los que están matando, ahí, bajo el tren.» Ya no dije nada, ya no merecía la pena decir nada. «¿Oyes?», me dice otra vez, un poco después. Yo no reacciono. Entonces, tira de la cadena que nos une, muñeca contra muñeca. «La sangre», dice, «¿no oyes correr la sangre?» Tenía una voz ronca, ya casi inhumana. No, yo no oía correr la sangre, sólo oía su voz enloquecida, y sentía que mi propia sangre se iba helando. «Bajo el tren», dice, «ahí, bajo el tren, ríos de sangre, oigo correr la sangre.» Su voz subió un tono, y uno de los soldados alemanes rezongó: «Ruhe, Scheifikerl», y le pegó un culatazo en el pecho con su fusil. El polaco se acurrucó en su asiento y su respiración se hizo silbante, pero en este instante el tren se puso de nuevo en marcha y eso debió de calmarle un poco. Me adormecí, y en mi duermevela escuchaba sin cesar aquella voz ya casi inhumana que hablaba de sangre, de ríos de sangre. Todavía hoy, en ocasiones, sigo oyendo esta voz, este eco de los terrores ancestrales, esta voz que habla de la sangre de los muertos, aquella misma sangre viscosa que canta sordamente por las noches. Todavía hoy, en ocasiones, oigo esta voz, este rumor de sangre en la voz temblorosa bajo el viento de la locura. Más tarde, al amanecer, me desperté sobresaltado. El polaco estaba de pie, aullando no sé qué a los soldados alemanes, agitando rabiosamente el brazo derecho y el acero de las esposas me serraba literalmente la muñeca izquierda. Entonces, los alemanes se pusieron a golpearle hasta que se desplomó sin conocimiento. Tenía el rostro ensangrentado y su sangre me había salpicado. Y es verdad que entonces oía correr la sangre, largos ríos de sangre que corrían por sus ropas, por el asiento, por mi mano izquierda ligada a él por las esposas. Más tarde, le quitaron las esposas y le arrastraron por los pies al pasillo del vagón, y me pareció que ya había muerto.
Miraba aquella estación alemana donde seguía sin pasar nada, y pensaba que ya hace ocho días que estoy en camino, con esta breve parada en Compiégne. En Auxerre nos sacaron de las celdas a las cuatro de la madrugada, pero ya estábamos avisados desde la víspera, por la noche. Huguet-te había venido a prevenirme, me había susurrado la noticia a través de la puerta, cuando subía a su celda después de su trabajo en las cocinas de la prisión. Huguette se había metido a «la Rata» en el bolsillo, circulaba a sus anchas por la prisión y llevaba las noticias de unos a otros. «Mañana, al amanecer, sale un convoy para Alemania, y tú vas en él», me había susurrado. Bueno, ya está, ahora vamos a saber cómo son esos famosos campos. El muchacho del bosque de Othe estaba triste. «Mierda», dijo, «me hubiera gustado seguir contigo, hacer juntos este viaje.» Pero no formaba parte del convoy, se quedaba con Ramaillet, y esta perspectiva no le llenaba de alegría. Nos sacaron de las celdas a las cuatro de la madrugada, a Raoul, a Olivier, a tres muchachos del grupo Hortieux y a mí. Se hubiera dicho que todas las galerías estaban al tanto, porque inmediatamente se organizó una gran batahola por toda la prisión, nos llamaban por nuestros nombres y se despedían de nosotros a gritos. Nos metieron en un tren correo, hasta Laroche-Migennes, encadenados de dos en dos. En Laroche aguardamos en el andén al tren de Dijon. Nos rodeaban seis Feldgendarmes, con la metralleta en la mano, uno para cada uno de nosotros, y había además dos suboficiales del Sicherheits-dienst, el Servicio de Seguridad. Estábamos agrupados en el andén y los viajeros pasaban y volvían a pasar en silencio ante nosotros. Hacía frío, yo tenía el brazo izquierdo totalmente entumecido, pues habían apretado fuertemente las esposas y la sangre circulaba con dificultad.
– Parece que esto se mueve -dice el chico de Semur.
Había pasado por la prisión de Dijon unas semanas antes que yo. Era ahí donde reunían a todos los deportados de la comarca, antes de llevarlos hacia Compiégne.
Miro, y, efectivamente, parece que esto se mueve.
– ¿Qué es lo que se oye? -preguntan detrás de nosotros.
El chico de Semur intenta mirar.
– Parece que están abriendo las puertas de los vagones, por allá -dice.
Yo también intento mirar.
– ¿Así que ya hemos llegado? -dice otra voz.
Miro y parece que sí, están haciendo bajar a los tíos de un vagón, al fondo del andén.
– ¿Consigues ver algo? -pregunto.
– Parece que los compañeros vuelven a subir al vagón, inmediatamente después -dice.
Observamos el movimiento en el andén, durante unos minutos.
– Sí, deben de estar distribuyendo café, o algo así.
– Bueno, ¿qué, hemos llegado? -preguntan desde detrás.
– No -dice el chico de Semur-, parece más bien que están distribuyendo café, o algo así.
– ¿Vuelven a subir a los vagones, los muchachos? -preguntan.
– Pues sí, precisamente -digo.
– ¡Ojalá nos den de beber, Dios! -dice algún otro.
Han comenzado por la cola del convoy y van subiendo hacia nosotros.
– Estamos demasiado lejos para ver lo que están distribuyendo -dice el chico de Semur.
– Ojalá sea agua -dice la misma voz de antes. Debe de ser alguien que ha comido salchichón durante todo el viaje, parece sediento.