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Электронная книга - «El Largo Viaje». Краткое содержание книги:

Corre el año 1943.En un angosto vagón de mercancías precintado, ciento veinte deportados cruzan las tierras francesas camino del campo de concentración. Es un viaje claustrofóbico, vejatorio: los cuerpos hacinados caen de agotamiento, han perdido la cuenta de los días que llevan allí, y la angustia crece porque nadie sabe cuándo acabará ese viaje hacia el horror.
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El problema de los cigarrillos, repentinamente recordado, desorbita los ojos del jefe de servicio de traje azul.

– Los cigarrillos -repite.

Haroux, estupefacto, ya no sabe qué decir.

Pero el jefe de servicio ha tomado una rápida y valerosa decisión.

– Evidentemente -dice-, según el texto de esta circular, los cigarrillos y el anticipo de mil francos van unidos. Pero pienso que seremos fieles al espíritu de esta circular si le dejamos los cigarrillos a este señor. A no ser que el señor no fume…

– Pues sí -argumento-, soy más bien fumador.

– Pues quédese con esos cigarrillos -dice-, quédese con ellos. El espíritu de la circular le autoriza a ello.

Haroux mira a derecha e izquierda, al vacío. Tal vez está intentando descubrir el espíritu de esta circular.

– Buena suerte, señores -dice el jefe de servicio-, y buen regreso a sus hogares.

Por el momento, los astutos diosecillos de mi hogar deben de andar de juerga. Haroux y yo nos encontramos otra vez en el patio.

– Es increíble -dice Haroux.

No me atrevo a decirle que todo esto se me antoja bastante significativo, en su conjunto, pues Haroux parece demasiado abrumado. Caminamos por la gran avenida del campo de repatriación. Pero el hecho es que yo no soy un repatriado, casi le estoy agradecido a esta mujer rubia por habérmelo recordado. Llego de un país extranjero a otro más extranjero. Es decir, yo soy el extranjero. Casi me alegro de haber recobrado de pronto mi cualidad de extranjero, esto me ayuda a guardar las distancias. Haroux, desde luego, opina de modo distinto. Parece triste, Haroux, al comprobar la estabilidad de las estructuras administrativas de su país. Los domingos, en el campo, debía de soñar con una Francia completamente nueva, cuando teníamos tiempo de soñar. Y el choque con la realidad le aflige. Ya no dice nada Haroux. Pero, a mí, los choques con la realidad siempre me han parecido prodigiosamente excitantes. Obligan a reflexionar, no cabe duda. Caminamos por la gran avenida del campo de Longuyon y nos paramos a beber en una fuente. Haroux bebe el primero y se seca con el reverso de la mano.

– Es como para morirse, todo esto -dice refunfuñando.

A mí me parece que exagera, que la muerte, pese a todo, es algo mucho más idiota. Yo también bebo, pues el agua está fresca. Pienso que ya ha terminado este viaje. El agua fresca se desliza por mi garganta y recuerdo aquella otra fuente, en la piaza de áque pueblecito alemán. Precisamente, Haroux también estaba allí. Caminábamos por la blanca carretera y tan pronto había sombra como sol. Los edificios del campo de cuarentena estaban a la derecha, entre los árboles. íbamos a beber. Los de las SS habían volado las tuberías el día anterior, a huir. Pero sin duda había una fuente en la plaza de aquel pueblo. Habrá seguramente una fuente, vamos a beber.

Nuestras botas pisan fuerte los guijarros de la blanca carretera y hablamos en voz alta. Sin duda hay una fuente en la plaza de este pueblo. Los domingos solíamos mirar este pueblo, agazapado en la verde llanura. Estábamos en el bosquecillo, justo detrás de los barracones del campo de cuarentena, y mirábamos este pueblo. Flotaban humaredas tranquilas sobre las casas de este pueblo. Pero hoy estamos fuera, caminamos por la carretera pedregosa, hablamos en voz alta. El pueblo estará esperándonos, está al final de nuestra marcha conquistadora, no es otra cosa que la meta de esta marcha.

Miro los árboles, y los árboles se mueven. Sopla el viento de abril sobre los árboles. El paisaje ha dejado de estar inmóvil. Antes, bajo el ritmo lento e inmutable de las estaciones, el paisaje estaba inmóvil. Es decir, nosotros estábamos inmóviles en medio de un paisaje que sólo era un decorado. Pero el paisaje ha comenzado a moverse. Cada sendero que se abre a la izquierda, bajo los árboles, es un camino que conduce a las profundidades del paisaje, hacia la perpetua renovación del paisaje. Todas estas posibles alegrías, al alcance de la mano, me hacen reír. Haroux, que caminaba delante, se ha detenido para esperarme. Me mira, me ve reírme solo.

– ¿Por qué te ríes solo? -pregunta.

– Es divertido andar por una carretera.

Me vuelvo y miro alrededor. Él hace lo mismo.

– Sí -dice-, es bastante divertido.

Encendemos unos cigarrillos. Son Camel, me los ha dado un soldado americano. Era de Nuevo México y hablaba un español cantarín.

– La primavera -digo a Haroux- y el campo siempre me han hecho reír.

– ¿Y por qué? -pregunta.

Tiene el pelo blanco, muy corto, y se pregunta por qué siempre me hacen reír el campo y la primavera.

– No lo sé muy bien, me tranquiliza. Bueno, el caso es que me hace reír.

Volvemos ¡a cabeza y miramos el campo.

Los barracones del campo de cuarentena y los edificios del hospital están en parte ocultos por los árboles. Más arriba, en la ladera de la colina, se alinean las filas de bloques de cemento, y en el perímetro de la plaza de formaciones, los barracones de madera, de un lindo color verde primaveral Al fondo y a la izquierda, la chimenea del crematorio. Miramos esta colina talada donde unos hombres construyeron el campo. El silencio y el cielo de abril caen sobre este campo que los hombres construyeron.

Intento pensar que se trata de un instante único, que tenazmente hemos sobrevivido para este instante único en el que podríamos mirar el campo desde fuera. Pero no lo consigo. No consigo captar lo que hay de único en este instante único. Me digo a mi mismo: «Mira, es un instante único, montones de compañeros que han muerto soñaban con este instante en el que podríamos mirar el campo desde fuera, como ahora, cuando ya no estuviéramos dentro sino fuera», me digo todo esto, pero no me apasiona. Probablemente no tendré dotes para captar los instantes únicos en su pura transparencia, en sí mismos. Veo el campo, oigo el susurro silencioso de la primavera, y todo esto me da ganas de reír, de echar a correr por los senderos hacia la espesura de los bosques de un verde frágil, como siempre me ocurre en el campo en primavera.

Me ha fallado este instante único.

– Bueno, ¿venís? -grita Diego, cien metros más abajo.

Vamos allá.

Teníamos sed, y nos habíamos dicho que sin duda habría una fuente en la plaza de este pueblo. Siempre hay fuentes en las plazas de los pueblecitos campesinos. El agua se desliza, fresca, sobre la piedra pulida por los años. A grandes zancadas, alcanzamos a Diego y a Pierre, que nos esperan en el cruce con la carretera asfaltada que lleva hasta el pueblo.

– ¿Qué cono hacíais? -pregunta Diego.

– La primavera, que le hace reír. Se para y ríe como un bendito -responde Haroux.

– La primavera le altera -constata Pierre.

– No, hombre -digo-, todavía no. Pero resulta divertido caminar por una carretera. Ayer, eran los otros quienes caminaban por las carreteras.

– ¿Qué otros? -pregunta Diego.

– Todos los otros, los que no estaban dentro.

– Éramos muchos los que estábamos dentro -dice Pierre, guasón.

En efecto, éramos muchos.

– Bueno -dice Diego-, ¿vamos a ese puñetero pueblo?

Maquinalmente, miramos al fondo de la carretera, hacia ese puñetero pueblo. En realidad, no es la sed el motivo principal que nos lleva hacia ese pueblo. Hubiéramos podido beber el agua que los americanos trajeron en sus camiones cisterna. Es el pueblo lo que nos atrae. El pueblo es el exterior, el afuera, la vida de afuera que proseguía. Los domingos, en la linde de los árboles, más allá del campo de cuarentena, acechábamos la vida de afuera. Y ahora caminamos hacía la vida de afuera.

Ya no me río, estoy cantando.

Diego, vejado, se da media vuelta.

– ¿Qué crees que estás cantando? -dice.

– ¡Pues «La paloma»!

A la larga me fastidia. Creo que está bien claro, estoy cantando "La paloma».

– ¡Vaya, pues! -y se encoge de hombros.

Siempre que canto me dicen que me calle. Incluso cuando cantamos a coro, veo los gestos indignados de los compañeros que se tapan los oídos. Para terminar, cuando cantamos a coro, me limito a abrir la boca, sin emitir sonido alguno. Es la única manera de salir airoso. Pero aún hay más. Aun cuando no canto nada concreto, cuando improviso, me dicen que desafino. No entiendo cómo puede sonar desafinado lo que no es nada. Pero parece que lo afinado y lo desafinado, en música, son nociones absolutas. El resultado es que ni siquiera bajo la ducha puedo cantar a voz en cuello. Incluso entonces me mandan callar.

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