El Ruido de las Cosas al Caer
- Автор: Vásquez Juan Gabriel
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Ruido de las Cosas al Caer». Краткое содержание книги:
Un silencio. «Antonio, ya son más de tres años. ¿Por qué no quieres superar esto? ¿Qué ganas con quedarte a vivir en tu accidente? No sé qué ganas, la verdad, no sé de qué te sirve esto. ¿Qué es lo que pasa?»
«Que quiero hablar con Leticia. Dale el teléfono. Llámala y dale el teléfono.»
Aura resopló con algo que parecía fastidio o desespero, o tal vez franca irritación, la irritación de quien se siente impotente: son emociones que no es fácil distinguir a través del teléfono, hay que ver la cara de la persona para interpretarlas correctamente.
En mi casa de un décimo piso, en mi ciudad colgada a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, mis dos mujeres se movían y hablaban y yo las escuchaba y las quería, sí, las quería a ambas y no quería hacerles daño. En eso estaba pensando cuando habló Leticia. «¿Aló?», dijo. Es una palabra que los niños aprenden sin que nadie tenga que enseñársela. «Hola, preciosa», le dije.
«Es papá», dijo ella.
Oí entonces la voz alejada de Aura.
«Sí», le dijo. «Pero oye, oye a ver qué te dice.»
«¿Aló?», repitió Leticia.
«Hola», le dije. «¿Quién soy?»
«Papá», dijo ella, pronunciando la segunda P con fuerza, demorándose en ella.
«No», le dije, «soy el lobo feroz».
«¿El lobo feroz?»
«Soy Peter Pan.»
«¿Peter Pan?»
«¿Quién soy, Leticia?»
Ella reflexionó un instante. «Papá», dijo entonces.
«Exactamente», le dije.
La escuché reír: una risita breve, el aleteo de un colibrí. Y luego le dije:
«¿Estás cuidando a mamá?».
«Aja», dijo Leticia.
«Tienes que cuidar mucho a mamá. ¿La estás cuidando?»
«Aja», dijo Leticia. «Te la paso.»
«No, espera», traté de decirle, pero ya era tarde, ya se había desembarazado del auricular y me había dejado en manos de Aura, mi voz en manos de Aura, y mi nostalgia colgando del aire cálido: la nostalgia de las cosas que aún no se han perdido. «Bueno, ve a jugar», oí que le decía Aura con su tono más dulce, hablándole casi en susurros, una canción de cuna en cinco sílabas. Entonces me habló a mí, y el contraste fue violento: había tristeza en su voz, por más próxima que me sonara; había desencanto y también un velado reproche. «Hola», dijo Aura.
«Hola», dije. «Gracias.»
«¿Por qué?»
«Por pasarme a Leticia.»
«Le da miedo el corredor», dijo Aura.
«¿A la niña?»
«Dice que en el corredor hay cosas. Ayer no quiso irse sola de la cocina a su cuarto. Me tocó acompañarla.»
«Es la edad», dije. «Todos los miedos se pasan después.»
«Quiso dormir con la luz prendida.»
«Es la edad.»
«Sí», dijo Aura.
«El pediatra nos lo había dicho.»
«Sí.»
«Es la edad de las pesadillas.»
«Es que no quiero», dijo Aura. «No quiero que sigamos así, Antonio. No se puede.» Antes de que yo pudiera responder, añadió: «No es bueno para nadie. No es bueno para la niña, no es bueno para nadie».
Entonces era eso.
«Ya entiendo», dije. «Entonces la culpa es mía.»
«Nadie ha hablado de culpas.»
«Es culpa mía que la niña le tenga miedo al corredor.»
«Nadie ha dicho eso.»
«Qué idiotez, por favor. Como si el miedo fuera hereditario.»
«Hereditario no», dijo Aura. «Contagioso.» Y enseguida: «No quería decir eso». Y luego: «Tú me entiendes».
Me sudaban las manos, en particular la que sostenía el teléfono, y tuve un miedo absurdo: pensé que el aparato podría escurrirse entre mi puño sudoroso y caer al suelo, y la comunicación se cortaría entonces sin que mi voluntad hubiera intervenido. Un accidente: los accidentes pasan. Aura me estaba hablando de nuestro pasado, de los planes que habíamos hecho antes de que una bala que no llevaba mi nombre me tocara en suerte, y yo la escuchaba con atención, juro que lo hacía, pero en mi mente no se formaba ninguna memoria. En el ojo de la mente, se dice a veces.
El ojo de mi mente trató de ver a Aura antes de la muerte de Ricardo Laverde; trató de verme a mí mismo; pero fue en vano. «Tengo que colgar», me escuché decir, «estoy en teléfono prestado». Aura -esto lo recuerdo bien- me estaba diciendo que me quería, que podíamos salir de esto juntos, que íbamos a trabajar para lograrlo.
«Tengo que colgar», le dije.
«¿Cuándo vienes?»
«No sé», le dije. «Aquí hay información, hay cosas que quiero saber.»
Hubo un silencio en la línea.
«Antonio», dijo entonces Aura, «¿vas a volver?».
«Pero qué pregunta es ésa», dije. «Claro que voy a volver, no sé dónde crees que estoy.»
«Yo no creo nada. Dime cuándo.»
«No sé. Apenas pueda.»
«Cuándo, Antonio.»
«Apenas pueda», dije. «Pero no llores, no es para tanto.»
«No estoy llorando.»
«No es para tanto. La niña se va a preocupar.»
«La niña, la niña», repitió Aura. «Vete a la mierda, Antonio.»
«Aura, por favor.»
«Vete a la mierda», dijo ella. «Nos vemos cuando puedas.»
Después de colgar salí a la terraza. Allí, reposando debajo de una hamaca como un animal de compañía, estaba la caja de mimbre; allí estaban, repartidas en documentos, las vidas de Elena Fritts y Ricardo Laverde, las cartas que se habían escrito, las que habían escrito a otra gente. El aire había dejado de moverse. Me acomodé en la hamaca que Maya Fritts había usado la noche anterior y allí, con la cabeza sobre un cojín de funda blanca y bordada, saqué la primera carpeta y me la puse sobre el vientre, y de la carpeta saqué la primera carta. Era de un papel verdoso y casi translúcido.
«Deargrandpa & grandma», decía el encabezado. Y luego la primera línea, suelta y solitaria, apoyada sobre el párrafo que la seguía como un suicida sobre su cornisa.
Nadie me había advertido que Bogotá iba a ser así.
Olvidé el calor húmedo, olvidé el jugo de naranja, olvidé la incomodidad de mi posición (y desde luego no imaginé la tortícolis violenta que me causaría). Acostado en la hamaca de Maya, me olvidé de mí mismo. Después trataría de recordar la última vez que había experimentado algo así, esa anulación sin miramientos del mundo real, ese secuestro absoluto de mi conciencia, y llegué a la conclusión de que nada similar me había pasado desde la niñez.
Pero ese razonamiento, ese esfuerzo, vendrían mucho más tarde, durante las horas que pasé hablando con Maya para llenar los vacíos que dejaban las cartas, para que ella me contara todo lo que las cartas no contaban sino apenas sugerían; todo lo que no revelaban, sino que escondían o callaban.
Eso sería después, como digo, esa conversación sólo pudo tener lugar después, cuando yo había pasado ya por los documentos y sus revelaciones. Allí, en la hamaca, mientras los leía, sentí otras cosas, algunas inexplicables y sobre todo una muy confusa: la incomodidad de saber que aquella historia en que no aparecía mi nombre hablaba de mí en cada una de sus líneas. Todo eso sentí, y al final todos los sentimientos se redujeron a una soledad tremenda, una soledad sin causa visible y por lo tanto sin remedio. La soledad de un niño.
La historia, según logré reconstruirla y según vive en mi memoria, comenzaba en agosto de 1969, ocho años después de que el presidente John Fitzgerald Kennedy firmara la creación de los Cuerpos de Paz, cuando, tras cinco semanas de entrenamiento en la Florida State University, Elaine Fritts, futura voluntaria con el número 139372, aterrizaba en Bogotá dispuesta a varios clichés: tener una experiencia enriquecedora, dejar su huella, poner su granito de arena.
El viaje no comenzaba demasiado bien, pues los ramalazos de viento que sacudieron su avión, un DC3 de Avianca, la obligaron a apagar su cigarrillo y hacer algo que no hacía desde los quince años: darse la bendición. (Pero fue una bendición rápida, apenas un dibujo descuidado en la cara sin maquillaje, en el pecho adornado con dos collares de cuentas de madera. Nadie la vio. Antes de partir, su abuela le había hablado de un avión de pasajeros que se había estrellado el año anterior al llegar a Bogotá desde Miami, y allí, mientras el suyo comenzaba el descenso al gris verdoso de las montañas, mientras salía de las nubes bajas en medio de golpes de aire y con las ventanillas marcadas por carreteras de lluvia gruesa, Elaine trató de recordar si en el avión accidentado habían muerto todos los pasajeros.