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El Ruido de las Cosas al Caer

Электронная книга - «El Ruido de las Cosas al Caer». Краткое содержание книги:

El ruido de las cosas al caer ha sido calificado como un negro balance de una época de terror y violencia, en una capital colombiana descrita como un territorio literario lleno de significaciones. El novelista se vale de los recuerdos y peripecias de Antonio Yammara, empezando por la exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder. Al dubitativo Yammara se suma la figura de Ricardo Laverde, un antiguo aviador de tintes faulknerianos que ha pasado 20 años en la cárcel y que, en cierto sentido, representa a la generación de los padres del protagonista.
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Me desperté desorientado. Fue el calor del mediodía lo que me despertó: estaba sudando y mi sábana estaba empapada, como las sábanas del hospital San José bajo los sudores de mis alucinaciones, y al mirar al techo me di cuenta de que el ventilador había dejado de girar. La claridad agresiva del día se filtraba por las persianas de madera y formaba charcos de luz en las baldosas blancas del suelo. Junto a la puerta cerrada, sobre una silla de mimbre, había algo como un atado de ropa: dos camisas de manga corta y diseño a cuadros, una toalla verde.

Había un silencio quieto en la casa. A lo lejos se oían voces, las voces de gente que trabaja, y también el rumor de sus herramientas al trabajar: no supe quiénes eran, qué hacían a esa hora y con ese calor, y justo cuando estaba preguntándomelo cesaron sus ruidos, y pensé que se habrían ido a descansar.

Abrí las persianas y la ventana y me asomé con la nariz casi pegada al mosquitero, y no vi a nadie: vi el rectángulo luminoso de la piscina, vi el rodadero solitario, vi una ceiba como las que había visto en la carretera, diseñada especialmente para dar sombra a las pobres criaturas que habitaban este mundo de sol inclemente. Debajo de la ceiba estaba el pastor alemán que yo había visto al llegar. Detrás de la ceiba se abría la llanura, y detrás de la llanura, en alguna parte, corría el río Magdalena, cuyo rumor podía fácilmente imaginarme o conjeturar, porque lo había oído de niño, si bien en otras partes del río, muy lejos de Las Acacias.

Maya Fritts no estaba por ahí. de manera que me di una ducha fría (tuve que matar a una araña de tamaño considerable que resistió un buen rato en una esquina) y me puse la camisa que me quedara más amplia. Era una camisa de hombre; me dejé atrapar por la fantasía de que hubiera pertenecido a Ricardo Laverde, lo imaginé a él con la camisa puesta; en la imagen que me figuré, por alguna razón, se parecía a mí.

Tan pronto salí al corredor se me acercó una mujer joven de bermudas rojas de bolsillos azules en cuya camiseta sin mangas se daban un beso una mariposa y un girasol. Llevaba en las manos una bandeja y en la bandeja un vaso alto de jugo de naranja. También en el salón estaban quietos los ventiladores.

«La señorita Maya le dejó las cosas en la terraza», me dijo. «Que se ven para almorzar.» Me sonrió, esperó a que yo tomara el vaso de la bandeja.

«¿No podemos prender los ventiladores?»

«Es que se fue la luz», dijo la mujer. «¿El señor quiere un tinto?»

«Primero un teléfono. Para llamar a Bogotá, si no es problema.»

«Pues el teléfono está ahí», me dijo. «Eso sí usté se arregla con la señorita.»

Era uno de esos viejos aparatos de una sola pieza, como los que yo había conocido en mi niñez, a finales de los setenta: una especie de pequeño pájaro barrigón y de cuello largo que llevaba por debajo el disco de marcado y un botón rojo. Para descolgar bastaba con levantarlo.

Marqué el número de mi casa y me maravilló volver a sentir la impaciencia de mi niñez mientras esperaba a que el disco diera su vuelta antes de poder marcar el siguiente número.

Aura contestó antes de que el teléfono hubiera timbrado por segunda vez. «¿Dónde estás?», me dijo. «¿Estás bien?»

«Claro que sí. ¿Por qué no iba a estar bien?»

Su tono cambió, se hizo frío y denso y pesado. «Dónde estás», dijo.

«En La Dorada. Visitando a una persona.»

«¿La del mensaje?»

«¿Qué?»

«¿La del mensaje del contestador?»

No me sorprendió su clarividencia (me había dado muestras de ella desde el comienzo de nuestra relación). Le expliqué la situación sin mucho detalle: la hija de Ricardo Laverde, los documentos que poseía y las imágenes que albergaba su memoria, la posibilidad para mí de entender tantas cosas. Quiero saber, pensé, pero no lo dije. Mientras hablaba escuché una serle de ruidos breves, quizá guturales, y luego el llanto súbito de Aura.

«Eres un hijo de puta», me dijo.

No me dijo hijueputa, forma comprimida que hubiera sido más eficaz y más idiosincrásica, sino que separó las palabras y las pronunció sin dejarse ni una letra en el camino.

«No he pegado el ojo, Antonio. No me he ido a visitar hospitales porque no tengo con quién dejar a la niña. No entiendo, no entiendo nada», decía Aura entre sollozos, y me pareció violenta su manera de llorar, nunca había oído un llanto semejante salir de su boca: era la tensión, sin duda, la tensión acumulada durante toda la noche. «¿Quién es esta persona?», preguntó.

«No es nadie», dije. «Mejor dicho, no es lo que te imaginas.»

«Tú no sabes lo que me imagino. ¿Quién es?»

«Es la hija de Ricardo Laverde», dije. «El que estaba…»

Sonó un resoplido.

«Yo sé quién era», dijo Aura, «no me insultes más, por favor».

«Quiere que yo le cuente, yo también quiero que ella me cuente. Nada más.»

«Nada más.»

«No. Nada más.»

«¿Y es bonita? Quiero decir, ¿está buena?»

«Aura, no hagas esto.»

«Pero es que no entiendo», dijo Aura de nuevo. «No veo por qué no llamaste ayer, qué te costaba. ¿No tenías ese teléfono a la mano ayer? ¿No pasaste la noche ahí?»

«Sí», le dije.

«¿Sí qué? ¿Sí tenías el teléfono a mano o sí pasaste la noche ahí?»

«Sí pasé la noche aquí. Sí hubiera podido usar este teléfono.»

«¿Y entonces?»

«Entonces nada», dije.

«¿Qué hiciste? ¿Qué hicieron?»

«Hablar. Toda la noche. Me desperté tarde, por eso llamo hasta ahora.»

«Ah, es por eso.»

«Sí.»

«Ya veo», dijo Aura. Y luego: «Eres un hijo de puta. Antonio».

«Pero aquí hay información», dije, «aquí puedo saber cosas».

«Un desconsiderado y un hijo de puta», dijo Aura. «Esto no se lo puedes hacer a tu familia. Toda la noche despierta, muerta de miedo, pensando las peores cosas. Qué hijo de puta. Las peores cosas. Todo el viernes metida aquí, encerrada aquí con Leticia, esperando noticias, sin salir para que no fueras a llamar preciso en ese momento. Y toda la noche despierta, muerta de miedo. ¿No pensaste en eso? ¿No te importó? ¿Y si hubiera sido al revés? Ahí sí, ¿verdad? Tú imagínate que me voy un día entero con la niña y tú no sabes dónde estoy. Tú que vives cagado del susto, tú que me controlas como si fuera a ponerte los cachos todo el tiempo. Tú que quieres que te llame al llegar a cualquier parte para que sepas que llegué bien. Tú que quieres que te llame al salir, para que sepas a qué horas salí. ¿Por qué haces esto, Antonio? ¿Qué está pasando, qué quieres conseguir?»

«No sé», le dije entonces. «No sé qué quiero.»

En los segundos de silencio que siguieron alcancé a oír y reconocer los movimientos de Leticia, ese rastro sonoro parecido al cascabel de un gato que los padres aprendemos a notar sin darnos cuenta: Leticia caminando o corriendo por el suelo alfombrado, Leticia hablando con sus juguetes o dejando que los juguetes hablaran entre ellos, Leticia moviendo los objetos de la casa (los adornos prohibidos, los ceniceros prohibidos, la prohibida escoba que le gustaba sacar de la cocina para barrer la alfombra: todos los sutiles desplazamientos del aire que su pequeño cuerpo producía). La eché de menos; me percaté de que nunca antes había pasado una noche sin ella, tan lejos de ella; y sentí, como lo había sentido tantas veces, la ansiedad de su desprotección y la intuición de que los accidentes (que la esperaban agazapados en cada habitación, en cada calle) eran más probables en mi ausencia.

«¿Está bien la niña?», pregunté.

Aura tardó un poco en contestar. «Sí, está bien. Desayunó bien.»

«Pásamela

«¿Qué?»

«Pásamela, por favor. Dile que quiero hablar con ella.»

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