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Электронная книга - «Última Oportunidad». Краткое содержание книги:

Sterling Brooks no ha tenido una vida ejemplar. Por ello lleva esperando más de cincuenta años en la antesala del cielo. Unos días antes de Navidad, el consejo celestial decide proponerle un trato: entrará en el cielo si antes consigue hacer una buena obra en la tierra. Se trata de su última oportunidad. No le especifican cuál es su misión, y de pronto se ven en pleno Rockefeller Center, en medio de una multitud de patinadores, en busca de alguien que necesite un ángel. Así encuentra a Marissa, una niña de siete años, apenada por la desaparición de su padre y su abuela, que se han visto obligados a…
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– ¿Sobre aviso de qué? -preguntó Junior, comedido.

– Verás, anoche tuve un sueño de lo más inquietante… acerca de vuestra madre -empezó Marge.

– ¡Mama! -Aulló Eddie-. ¿Es que le ha sucedido algo?

Marge negó con la cabeza.

– No, pero ¿ella padece mareos?

– Pues sí. -Junior le clavó la mirada.

– ¿Y punzadas en el corazón?

– Sí.

– ¿Y gases?

– Sí, también.

– ¿La comida no le sabe a nada?

– Exacto.

– ¿Un ojo no se le cierra del todo?

– Sí.

– ¿A veces vomita?

– Sí.

– ¿Le sangran las encías?

– Bueno, basta -gritó Eddie, al borde de las lágrimas-. Vaya llamarla.

Y corrió al teléfono.

La fiesta que Heddy- Anna daba todos los años por Navidad estaba en pleno apogeo. Todo el mundo había llevado su plato favorito, y la mesa estaba repleta de comida, vino y grappa. Sonaban canciones navideñas por un viejo fonógrafo, y todos las careaban.

Cuando sonó el teléfono, la persona que estaba más cerca del fonógrafo levantó la aguja del disco y gritó:

– ¡A callarse todos!

Un par de invitados habían añadido varios achaques a la famosa lista de Heddy- Anna, y alguien se los señaló cuando, tras esperar al quinto tono, Mama cogió el teléfono.

– ¿Digaaaa?

– Mamá, ¿cómo te encuentras? Aquí hay alguien que ha soñado que no estabas muy bien…

– Pues ha acertado. -Heddy- Anna hizo un guiño a sus amigos y pidió sus gafas por señas mientras trataba de leer la pizarra.

– Habla más alto, mamá, casi no te oigo. Se diría que estás muy enferma…

Heddy- Anna recitó:

– Me parece que esta va a ser mi última Navidad. -Tras un suspiro, se lanzó a improvisar- ¿La persona que soñó eso te ha dicho que estoy moribunda?

– Mamá, qué cosas tienes. Eso no es verdad. La abuela vivió hasta los ciento tres, ¿recuerdas?

– Era una mujer muy fuerte, no como yo.

Junior se puso al supletorio.

– Mamá, ¿es que has empeorado?

– Esta mañana vomité… porque tengo las encías muy hinchadas… y los mareos, no sabes lo que es eso… apenas puedo ver… espera… vuelvo a tener punzadas en el corazón… a veces me duran horas…

Los amigos de Heddy- Anna, impacientes por reanudar la fiesta, empezaron a hacerle señas de que colgara.

– No puedo seguir hablando -gimió-. Me canso mucho. Necesito descansar, hijos. No sé por qué me llamáis tan tarde, pero ¿qué puedo esperar de alguien que no se digna venir a ver a su madre?

– Oh, mamá, tú sabes lo mucho que te queremos -sollozó Eddie.

La respuesta fue un clic en su oído.

Jewel le pasó a Eddie un pañuelo limpio. Junior se sonó vigorosamente.

Marge y Charlie estaban todo lo serios que se esperaba de ellos. Marge se levantó.

– Siento haber dicho nada. Solo pensaba que teníais que saberlo por si queríais ir a pasar la Navidad con ella.

Charlie puso cara de avergonzado:

– Marge, ¿quieres esperar en el coche? He de tratar de un asunto con Junior y Eddie.

– Claro. -Marge cogió la mano de Junior y le dio un apretón-. Lo siento -musitó.

Al pasar junto a Eddie, le dio un beso de consuelo en la mejilla.

– Jewel, acompaña a Marge al coche, y danos cinco minutos -ordenó Junior.

Jewel cogió a Marge del brazo.

– Vamos, querida. Tú solo tratabas de ayudar.

Cuando estuvieron fuera del alcance de sus oídos, Charlie dijo indeciso:

– Te harás cargo de que Marge siempre ha creído que en estos años habéis ido a visitar a Mama Heddy- Anna regularmente.

– Y eso es lo que debe creer -le espetó Junior.

Charlie lo dejó pasar.

– No sabes cómo me inquieté cuando me contó lo del sueño. Conociendo las circunstancias, se me ha ocurrido algo. Puede que sea una locura, pero… -Hizo una pausa y se encogió de hombros-. Bien, al menos quiero que me escuches.

Sería la manera de que pudierais visitar a vuestra madre por Navidad sin correr riesgos.

– ¿De qué estás hablando? -quiso saber Junior.

– ¿Qué te sugiere el monasterio de San Esteban del Monte?

– ¿El monasterio de San Esteban? Eso estaba en el pueblo de al lado, pasada la frontera. Cuando éramos chicos íbamos allí esquiando. Lo cerraron antes de que nosotros nos fuéramos del país.

– Pensaba que te sonaría. Ahora es un hotel, y lo van a inaugurar el día de Año Nuevo.

– ¿En serio? -Eddie parpadeó-. Allí no podía entrar nadie. Pero ¿qué viene eso?

– Tengo una prima monja que suele venir a vernos por Nochebuena. Este año no podrá estar con nosotros porque va en peregrinación. Sesenta monjas y hermanos y curas de todo el país van a hospedarse en San Estaban durante la semana de Navidad, antes de que abra al público.

Están captando el mensaje, pensó Charlie, mientras los veía intercambiar miradas.

– Un vuelo chárter parte mañana por la noche del aeropuerto de Teterboro, en Nueva Jersey.

Aterrizarán en la pista que acaban de construir cerca del hotel, que, naturalmente, sigue estando a un paso de casa de vuestra madre, pero al otro lado de la frontera.

Charlie deseaba poder enjugarse la frente, pero no quería mostrarse nervioso.

– Le pregunté a mi prima si quedaban plazas en ese vuelo, y esta mañana había todavía cuatro o cinco.

Junior y Eddie se miraron.

– Podríamos ir del monasterio a casa de mamá esquiando, no tardaríamos nada -dijo Eddie.

Charlie tragó saliva, consciente de que marcaba un golazo o mandaba la pelota a las nubes.

– Yo había pensado que si os hacéis pasar por monjes que han hecho voto de silencio, no habrá ningún peligro de que alguien averigüe quiénes sois. Imagino que no os costará nada conseguir los papeles adecuados.

– Eso no es problema -dijo bruscamente Junior. Se produjo un silencio. Miró a su hermano-. Siempre me ha parecido muy arriesgado volver a casa, pero esto podría funcionar.

– Yo voy -afirmó.Eddie, muy decidido-. No podría pegar ojo si algo le ocurriera a mamá antes de que la vuelva a ver.

Charlie frunció el entrecejo.

– Habrá que actuar rápido. Las plazas podrían estar ya reservadas.

– Más te vale que no. -Junior se puso colorado-. Deberías habernos avisado enseguida, Charlie.

Santoli sacó su teléfono móvil.

– No, llama desde el nuestro. Conéctalo al altavoz.

– Desde luego.

– Convento de Santa María -respondió una voz de mujer-. Le habla la hermana Joseph.

– Hermana, soy Charlie Santoli, el primo de la hermana Margaret.

– Ah, sí, ¿cómo está usted?

– Bien. ¿Está la hermana Margaret?

– No, lo lamento, pero ha ido a hacer unas compras de última hora para el viaje. Nos han dicho que lleváramos ropa de abrigo.

Los hermanos miraron a Charlie.

– Pregúntaselo -dijo Junior, impaciente.

– Hermana, ¿sabe por casualidad si el vuelo a San Esteban está ya completo?

– Me parece que sí, pero déjeme que mire.

– ¡Tiene que haber plazas! -susurró Eddie, retorciéndose las manos.

– Lo siento, señor Santoli. Sí, estamos llenos, pero acaban de cancelar dos reservas. Una de las hermanas de más edad no está en condiciones de hacer un viaje tan largo; ella y su compañera se quedan en tierra.

– Pobre de ella si se recupera -gruñó Junior-. Reserva esas dos plazas.

Al otro extremo de la línea, la agente Susan White del FBI, que llevaba en el convento varias horas esperando la señal, hizo el gesto convenido a Rich Meyers. Luego se puso a escribir:

– Hermano Stanislas y hermano Casper…

Marge y Charlie han estado de maravilla, pensó Sterling sonriendo de oreja a oreja al ver que la primera fase del plan había funcionado a la perfección.

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