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Электронная книга - «Última Oportunidad». Краткое содержание книги:

Sterling Brooks no ha tenido una vida ejemplar. Por ello lleva esperando más de cincuenta años en la antesala del cielo. Unos días antes de Navidad, el consejo celestial decide proponerle un trato: entrará en el cielo si antes consigue hacer una buena obra en la tierra. Se trata de su última oportunidad. No le especifican cuál es su misión, y de pronto se ven en pleno Rockefeller Center, en medio de una multitud de patinadores, en busca de alguien que necesite un ángel. Así encuentra a Marissa, una niña de siete años, apenada por la desaparición de su padre y su abuela, que se han visto obligados a…
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Charlie se puso en pie y abrazó a su esposa.

– Mira, cuando reces, procura ser más concreta -dijo con una sonrisa cansina-. Reza para que haya una manera de que Junior y Eddie vayan a Valonia a ver a su madre. Yo podría hacer que la policía los detenga tan pronto como aterricen allí. Eso lo solucionaría todo.

Marge le miró:

– ¿De qué estás hablando?

– Los juzgaron en rebeldía por los delitos que cometieron en su país, y ambos están condenados a cadena perpetua. Ya no podrían volver a Estados Unidos.

¡Cadena perpetua!, pensó Sterling. Por fin sabía lo que tenía que hacer. La única pregunta era cómo hacerla.

Sterling salió afuera. Marge había conectado las luces del árbol. Estaba cambiando el tiempo, y el último sol de la tarde había desaparecido tras unos nubarrones. Las lucecitas de colores titilaban alegremente en el abeto, Contrarrestando la creciente lobreguez del día invernal.

De súbito, como un regalo del cielo, Sterling recordó algo que había oído decir a Heddy- Anna durante la comida con sus amigos. Es posible, pensó, es posible. Y empezó a pergeñar un plan para conseguir que los hermanos volvieran a su patria chica.

Las probabilidades eran remotas, pero existían.

– Bueno, Sterling, parece que has hecho tus deberes -dijo la monja.

– Eres un viajero empedernido -bramó el almirante.

– Nos sorprendió que quisieras ir a Valonia -le dijo el monje-, pero luego nos olimos lo que estabas tramando. Yo estuve en ese monasterio, ¿sabes? Viví allí hace mil cuatrocientos años. Me cuesta creer que lo hayan convertido en un hotel. No imagino el monasterio con servicio de habitaciones.

– Lo comprendo, señor -dijo Sterling-, pero para nuestros propósitos puede ser muy adecuado. Creo que al fin he dado con la manera de ayudar a Marissa, a su padre y a su abuela, e incluso a Charlie. Él necesita mi ayuda tanto como Marissa, pero de otra manera.

Hizo una pausa y los miró a todos, de uno en uno.

– Solicito permiso para aparecer ante Charlie a fin de que él pueda trabajar conmigo en la solución del conflicto.

– ¿Quieres decir como apareciste ante Marissa, que supo entender que no eras de este mundo? -inquirió el pastor.

– Sí. Lo considero necesario.

– Quizá tendrías que ir pensando en ser visible también para Marge -sugirió la reina-. Algo me dice que ella es quien lleva los pantalones en esa familia.

– No quería pasarme ni un pelo -reconoció Sterling con una sonrisa-. Pero sería estupendo que pudiera comunicarme con los dos.

– ¿Pasarte ni un pelo? -El torero arqueó las cejas-. Esa expresión no estaba de moda cuando tú vivías.

– Lo sé, pero la oí en alguna parte y me hizo gracia. -Se puso en pie-. Según el calendario terrenal, mañana será el día en que yo conoceré a Marissa. He completado el círculo.

– No olvides que también fue el día en que apareciste ante nosotros -bromeó el santo indio.

– Eso no lo olvidaré nunca.

– Ve con nuestra bendición -le dijo el monje-. Pero recuerda: la Navidad, que tú confías celebrar en el cielo, se está acercando.

Marissa abrió la puerta de su cuarto y vio, gratamente sorprendida, que Sterling estaba sentado en la silla grande.

– Creí que te ibas y que vendrías a darme las buenas noches -dijo.

– Y me he ido -explicó él-. He estado echando un vistazo al último año de tu vida mientras tú estabas abajo, y ahora sé por qué tu papá y NorNor tuvieron que marcharse.

– ¡Pero si solo he estado abajo media hora!

– Para mí el tiempo corre de modo diferente -dijo Sterling.

– Estaba pensando en ti. Comía rápido, pero luego salió Roy con esa aburrida historia de cuando él era pequeño e hizo el papel de uno de los pastores en la representación teatral. Me he escabullido lo antes posible. Vaya, me alegro mucho de que estés aquí.

– Mira, me he enterado de muchas cosas mientras tú cenabas. Voy a tener que irme porque voy a estar muy ocupado tratando de que tu papá y NorNor puedan estar de vuelta para tu cumpleaños.

– Es el día de Nochebuena -le recordó ella inmediatamente-. Cumpliré ocho.

– Ya lo sé.

– Solo faltan cuatro días.

Sterling percibió una mezcla de escepticismo y de esperanza en los ojos de Marissa.

– Tú puedes ayudarme -dijo.

– ¿Cómo?

– Rezando.

– De acuerdo. Lo haré.

– Y siendo amable con Roy.

– Eso es más difícil. -Toda ella se transformó, su voz se tornó más grave-. Recuerdo aquella vez que… bla, bla, bla.

– Marissa -le advirtió Sterling.

– Vaaaaale -dijo ella-. Roy es buena persona, supongo que sí.

Mientras se ponía en pie, Sterling pudo deleitarse con la momentánea alegría que vio en los ojos de Marissa. Eso le hizo pensar en la primera vez que la había visto, con Billy y Nor. No puedo fallarle, pensó. Fue a la vez una plegaria y un juramento.

– Debo irme, Marissa.

– ¡Por Nochebuena, me lo has prometido! -dijo ella.

Charlie y Marge siempre dejaban los regalos al pie del árbol unos días antes de Navidad. Sus tres hijos vivían en Long Island, y Marge daba gracias diariamente de que así fuera.

– ¿Cuántos padres no tienen a sus hijos esparcidos por el mundo? -preguntaba retóricamente con la cabeza metida en el secador-. Nosotros podemos consideramos muy afortunados.

Los seis nietos que tenían eran fuente de constantes alegrías; desde el chico de diecisiete años a punto de entrar en la universidad hasta el niño de seis, que iba a la escuela primaria.

– Todos son buenos chicos. No hay ninguna manzana podrida -solía vanagloriarse Marge.

Pero esta vez, Marge y Charlie no se sintieron tan contentos como siempre al disponer los regalos. El miedo al resultado inevitable de que Charlie hablara con el FBI se había apoderado de ellos, y a las ocho y media estaban los dos sentados en silencio en la sala de estar, Charlie haciendo zapping solo por distraerse.

Marge contemplaba el árbol navideño, cosa que normalmente la reconfortaba y la ponía de buen humor. Esta noche el efecto no fue el acostumbrado. Ni siquiera los adornos que habían hecho sus nietos a lo largo de muchos años conseguían animar su cara con una sonrisa.

Mientras estaba mirando, uno de los adornos cayó al suelo, el ángel de papel maché con un ala más corta que la otra, y con un sombrero por aureola. Se levantó para recogerlo, pero en ese instante el ángel empezó a brillar.

Marge abrió mucho los ojos, y luego la boca.

Por primera vez, sus labios no dejaron escapar una sola palabra. En menos de diez segundos el ángel se había transformado en un hombre de rostro agradable, bien vestido con una trinchera de color azul oscuro y con un sombrero de fieltro y ala estrecha en la cabeza, que rápidamente procedió a quitarse.

Marge profirió un grito estremecedor.

Charlie se había quedado medio dormido en el sofá. Dio un salto, vio a Sterling, y exclamó:

– Te envía Junior, estoy seguro.

– Santa Madre de Dios -gritó desesperada Marge-. Esto no es cosa de los Badgett. Es un fantasma, Charlie.

– No os alarméis por favor. He venido a ayudaros a solucionar vuestro problema -dijo Sterling con calma-. Sentaos.

Marge y Charlie se miraron. Tomaron asiento, Marge persignándose.

Sterling sonrió. Por un momento no dijo nada, quería que se habituaran a él y perdieran el miedo a que pudiera hacerles el menor daño.

– ¿Os importa que me siente? -preguntó.

Marge seguía con los ojos como platos.

– Adelante, y sírvase usted una galleta -dijo, señalando el plato que había sobre la mesita baja.

– No, gracias -dijo él-. Yo ya no como.

– Ojalá pudiera decir lo mismo -terció Charlie mirando a Sterling, con el mando a distancia todavía en la mano.

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