Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
La joven apretó los labios en un gesto obstinado. Estas Sabias no la conocían bien si pensaban que a una mujer de Dos Ríos se la podía describir como dócil y disciplinada. Por otro lado, Egwene no había replicado, y eso era nuevo en ella. Por lo visto, estas Sabias eran unas mujeres tan duras como las Aes Sedai.
La hora de la que disponía se estaba terminando y la impaciencia por probar el nuevo método bullía en su interior; si Elayne la despertaba, podría tardar horas en volver a dormirse.
—Dentro de siete días una de nosotras estará aquí para volver a reunirse contigo —manifestó.
—De acuerdo —asintió Egwene—. Dentro de siete días Rand se habrá mostrado a los jefes de clan como El que Viene con el Alba y tendrá a todos los Aiel apoyándolo. —Las Sabias rebulleron ligeramente y Amys se ajustó de nuevo el chal, pero la muchacha no lo advirtió—. Sólo la Luz sabe lo que se propone hacer a continuación.
—Siete días —repitió Nynaeve—. Para entonces, Elayne y yo nos habremos apoderado de lo que quiera que Liandrin y su cuadrilla van buscando. —O, lo que también podía ocurrir, lo tendría en su poder el Ajah Negro. Así que las Sabias no estaban tan seguras como Egwene de que los Aiel siguieran a Rand en sus planes. No había certidumbre en nada. Empero, no tenía sentido hacer que Egwene cargara con más dudas—. Cuando cualquiera de nosotras dos vuelva a verte, las habremos cogido por las orejas y las habremos metido en sacos para enviarlas a la Torre, donde serán juzgadas.
—Procura tener cuidado, Nynaeve. Sé que en ti eso es difícil, pero de todos modos inténtalo. Dile a Elayne lo mismo de mi parte. No es tan… osada como tú, pero en ocasiones no te anda muy a la zaga.
Amys y Bair pusieron una mano sobre cada hombro de la muchacha y las tres desaparecieron.
¿Que procurara tener cuidado? Chiquilla estúpida. Ella siempre lo tenía. ¿Qué había estado a punto de decir Egwene en vez de «osada»? Nynaeve se cruzó de brazos para evitar tirarse de la trenza. Quizá fuera mejor no saberlo.
Entonces cayó en la cuenta de que no le había contado a la muchacha lo de Egeanin. Tal vez era mejor no remover el recuerdo de su cautividad. A ella no se le habían olvidado las pesadillas que Egwene había sufrido durante semanas después de que la liberaran, despertando al gritar que no la encadenarían con la correa. Sí, era mejor dejarlo estar. Otra cosa sería si Egwene tuviera que conocer a la seanchan. «¡Así la Luz la fulmine! ¡Así la reduzca a cenizas! ¡Maldita Egeanin!»
—Estoy desaprovechando el tiempo —dijo en voz alta. Las palabras levantaron eco entre las columnas. Ahora que las otras mujeres se habían marchado, la sala tenía un aire más agorero, más como un lugar adecuado para observadores ocultos y para cosas dispuestas a saltarle a uno encima. Era hora de marcharse.
Antes, sin embargo, cambió el peinado a un manojo de trencillas recogidas en una cola de caballo, y el atuendo por un vestido de seda verde oscura cuyos pliegues se le pegaban al cuerpo. Un velo transparente le cubría la boca y la nariz y se agitaba levemente cuando respiraba. Con una mueca, agregó cuentas de jade entretejidas en las finas trenzas. En caso de que cualquiera de las hermanas Negras estuviera utilizando alguno de los ter’angreal robados para entrar en el Mundo de los Sueños y la viera en la Palacio de la Panarch, creerían que sólo era una tarabonesa que tenía un sueño normal. Varias la conocían de vista, no obstante. Levantó unas cuantas trencillas entretejidas con cuentas y sonrió. Un pálido rubio dorado. Hasta ahora no había caído en la cuenta de que tal cosa era posible. «Me pregunto qué aspecto tendré. ¿Podrán reconocerme a pesar de todo?»
De repente un espejo de pie apareció al lado de Callandor. En el cristal, sus oscuros ojos se desorbitaron por la impresión y su boca llena se quedó abierta. ¡Tenía la cara de Rendra! Los rasgos fluctuaron pasando de los suyos a los de la posadera, mientras los ojos y el cabello cambiaban rápidamente de oscuros a claros; Nynaeve hizo un esfuerzo y mantuvo fijos los de Rendra. Ahora ya no la reconocerían. Y Egwene pensaba que no sabía ser precavida.
Cerró los párpados y se concentró en Tanchico, en el Palacio de la Panarch, en la necesidad. Algo peligroso para Rand, para el Dragón Renacido. Necesidad… A su alrededor, el Tel’aran’rhiod fluctuó; lo percibió, como una especie de tirón, y abrió los ojos con ansiedad para ver dónde estaba.
Era un dormitorio, y tan grande como seis juntos de El Patio de los Tres Ciruelos, las blancas paredes adornadas con frisos pintados, y lámparas doradas colgadas del techo por cadenas del mismo color. Las altas columnas de la cama se extendían en ramas y hojas cinceladas que formaban el techo. Una mujer de mediana edad se encontraba pegada contra una de las columnas de los pies de la cama, con la espalda rígida; era realmente bonita, con el mismo estilo de boca llena que Nynaeve había adoptado. Sobre las oscuras trenzas reposaba una corona de doradas hojas trifoliadas entre rubíes y perlas, con una piedra de la luna tan grande como un huevo de gallina en el centro; alrededor del cuello colgaba una amplia estola que le llegaba hasta las rodillas y en la que había bordados árboles. Aparte de la corona y la estola su cuerpo sólo estaba cubierto por una brillante película de sudor.
Sus ojos trémulos estaban prendidos en una mujer que se encontraba tumbada cómodamente en un diván bajo. Esta mujer estaba de espaldas a Nynaeve, tan traslúcida como Egwene lo estaba antes. Era de talla baja y constitución menuda, con el oscuro cabello cayendo suelto en ondas sobre los hombros. El vestido de falda amplia, de seda amarillo pálido, no era en absoluto tarabonés. Nynaeve no tuvo que verle la cara para saber que tenía aspecto zorruno y grandes ojos azules, ni necesitó percibir las ataduras de Aire que sujetaban a la mujer contra la columna para saber que se trataba de Temaile Kinderode.
—… aprender tanto cuando utilicéis vuestros sueños en lugar de perder el tiempo durmiendo —estaba diciendo Temaile con su acento cairhienino, riéndose—. ¿No os estáis divirtiendo? ¿Qué puedo enseñaros a continuación? Ah, ya sé. «He amado a un millar de marineros». —Agitó el índice en actitud admonitoria—. Aseguraos de que aprendéis toda la letra a la perfección, Amathera. Sabéis que no me gustaría tener que… ¿Qué miráis boquiabierta?
De repente, Nynaeve reparó en que la mujer sujeta a la cama —¿Amathera? ¿La Panarch?— tenía fijos los ojos en ella. Temaile se movió lánguidamente como si fuera a girar la cabeza.
Nynaeve cerró los ojos de golpe. Necesidad.
Cambio.
Se recostó pesadamente contra la estrecha columna e inhaló aire como si hubiera corrido treinta kilómetros, sin preguntarse siquiera dónde se encontraba. El corazón le palpitaba desbocado. Hablando de aparecer en el nido de unas víboras. Temaile Kinderode. La hermana Negra Amico les había contado que esa mujer disfrutaba haciendo daño; qué no haría para que una componente del Ajah Negro lo comentara. Y ella sin ser capaz de encauzar ni una pizca de Poder. Podría haber acabado decorando la otra columna de la cama, junto a Amathera. «¡Luz! —Se estremeció al imaginarlo—. ¡Tranquilízate, mujer! Ya has salido de allí y aunque Temaile te viera sólo sería un atisbo de una mujer rubia que desaparecía, una simple tarabonesa que en sus sueños había entrado un instante en el Tel’aran’rhiod». Seguramente Temaile no había sido consciente de su presencia el tiempo suficiente para percibir que podía encauzar; aunque no pudiera hacerlo voluntariamente, la habilidad seguía siendo perceptible para alguien que compartía esa capacidad. Sólo un instante. Con suerte, no lo bastante para advertirlo.
Al menos, ahora sabía la situación de Amathera. Saltaba a la vista que la Panarch no era una aliada de Temaile. Este método de búsqueda ya había dado sus frutos. Pero no lo necesario. Haciendo todo lo posible por controlar la respiración, miró en derredor.