Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
—Por lo que a mí respecta —dijo Juilin, que giró la silla para sentarse a horcajadas—, pienso seguir investigando esta noche. He encontrado a un techador que asegura que la mujer cuya compañía frecuenta era otra de las doncellas de Amathera. Según él, la Panarch despidió sin previo aviso a todas sus doncellas la misma tarde que fue investida en su cargo. Me acompañará para que hable con ella después de que termine unos asuntos suyos en la casa de un mercader.
Nynaeve se dirigió a la cabecera de la mesa, puesta en jarras.
—No iréis a ninguna parte esta noche, Juilin. Los tres haréis turnos de guardia ante nuestra puerta.
Naturalmente, los tres hombres protestaron a la par:
—Tengo que atender mi propio negocio y emplear los días haciendo indagaciones para vos, y ahora, además…
—Señora al’Meara, esta mujer es la primera persona que he encontrado que ha visto a Amathera desde su nombramiento y…
—Nynaeve, me será de todo punto imposible enterarme de ningún rumor mañana y, mucho menos, seguirle la pista si me paso toda la noche en vela jugando a…
La antigua Zahorí dejó que se desahogaran. Cuando ya no les quedaron más argumentos y, evidentemente, creían que la habían convencido, manifestó:
—Puesto que no disponemos de ningún otro sitio donde encerrar a la seanchan, tendrá que dormir con nosotras. Elayne, ¿querrás pedirle a Rendra que prepare un jergón? En el suelo será suficiente.
Egeanin le dirigió una intensa mirada, pero no dijo nada. Los tres hombres estaban bien pillados; o se negaban de plano, faltando a su palabra de hacer lo que dijera Nynaeve, o seguían discutiendo, con lo que quedarían como unos niños llorones. Pusieron mala cara, farfullaron… y finalmente accedieron.
A Rendra le sorprendió que pidieran sólo un jergón, pero aceptó el cuento de que Egeanin temía arriesgarse a salir a la calle de noche. Sin embargo, se ofendió al ver que Thom se sentaba en el pasillo, a la puerta del cuarto de las mujeres.
—Esos tipos no consiguieron entrar por mucho que lo intentaron. Además, os dije que se irían al comedor popular, ¿no? Los huéspedes de El Patio de los Tres Ciruelos no necesitan guardias personales en sus cuartos.
—Estamos seguras de que es así —contestó Elayne mientras intentaba sacarla de la habitación empujándola suavemente—. Lo que pasa es que Thom y los otros se preocupan por nosotras. Ya sabéis cómo son los hombres.
El juglar le lanzó una mirada de halcón bajo aquellas blancas y espesas cejas, pero Rendra soltó un bufido, como demostrando que, efectivamente, lo sabía, y dejó que Elayne cerrara la puerta. De inmediato, Nynaeve se volvió hacia Egeanin, que estaba extendiendo el jergón al lado opuesto de la cama.
—Quitaos las ropas, seanchan. Quiero estar segura de que no lleváis otro cuchillo escondido.
Calmosamente, Egeanin se puso erguida y se desvistió, quedándose en ropa interior. Nynaeve registró a fondo las prendas y a continuación insistió en hacer lo mismo con Egeanin, y sin andarse con contemplaciones. El no encontrar nada no pareció apaciguarla.
—Las manos a la espalda, seanchan. Elayne, átala.
—Nynaeve, no creo que…
—Inmovilízala con el Poder, Elayne —increpó duramente la antigua Zahorí—, o haré tiras su vestido y las usaré para atarla de pies y manos.
—Realmente, Nynaeve, estando Thom ahí fuera…
—¡Es una seanchan! ¡Una seanchan, Elayne! —Hablaba como si odiara a la mujer de cabello oscuro por una ofensa personal, lo que no tenía sentido. Había sido Egwene quien había caído en sus manos, no Nynaeve. El gesto firme de su mandíbula ponía de manifiesto que iba a hacerlo a su modo, ya fuera con el Poder o con cualquier tipo de ataduras que encontrara.
Egeanin ya había puesto las manos juntas a la espalda, resignada pero no sumisa. Elayne tejió un flujo de Aire alrededor de las muñecas de la mujer y lo ató; al menos resultaría menos incómodo que las tiras del vestido. Egeanin flexionó ligeramente las manos, tanteando las ataduras que no podía ver, y se estremeció. Tan imposible de romper como si fueran argollas de acero. Se encogió de hombros y se tendió torpemente en el jergón, dándoles la espalda. Nynaeve empezó a desabrocharse el vestido.
—Déjame el anillo, Elayne.
—¿Estás segura, Nynaeve? —Lanzó una mirada significativa hacia Egeanin. La seanchan no parecía estar prestándoles atención.
—No saldrá corriendo para delatarnos. —Hizo una pausa para sacarse el vestido por la cabeza, se puso un fino camisón tarabonés de seda y tomó asiento al borde del lecho para quitarse las medias—. Es la noche acordada. Egwene nos espera a una de las dos, y me toca a mí. Se preocupará si no aparece ninguna.
Elayne sacó el cordón de cuero que llevaba al cuello, debajo del vestido. El anillo de piedra, con sus motas y rayas de colores marrones y rojos, colgaba junto a la serpiente dorada mordiéndose la cola. Desató el cordón, le entregó a Nynaeve el ter’angreal y, tras volver a anudarlo, se lo colgó de nuevo al cuello. Nynaeve ensartó el anillo de piedra junto al suyo de la serpiente dorada y al pesado sello de oro de Lan, y luego dejó que cayeran entre sus senos.
—Dame una hora después de que me haya dormido —instruyó mientras se tendía sobre la colcha azul—. No creo que nos lleve más tiempo. Y no le quites ojo de encima a la seanchan.
—¿Qué puede hacer si está atada, Nynaeve? —Elayne vaciló antes de añadir—: No creo que intentara hacernos daño si la soltáramos.
—¡Ni se te ocurra! —Nynaeve levantó la cabeza para clavar una mirada dura en la espalda de Egeanin y después volvió a recostarse en la almohada—. Una hora, Elayne. —Cerró los párpados y rebulló para encontrar una postura cómoda—. Tiempo de sobra para lo que hemos de hablar —murmuró.
Ocultando un bostezo tras la mano, la heredera del trono arrimó el taburete bajo a los pies de la cama, desde donde podía vigilar a Nynaeve y también a Egeanin, aunque a ésta no parecía necesario. La seanchan yacía hecha un ovillo en el jergón, con las manos bien atadas. Había sido un día agotador si se tenía en cuenta que no habían salido de la posada. Nynaeve ya musitaba algo en sueños; con los codos bien separados del cuerpo, por supuesto. Egeanin levantó la cabeza y miró por encima del hombro.
—Creo que me odia.
—Dormíos. —Elayne contuvo otro bostezo.
—Vos no me odiáis.
—No lo deis por seguro —replicó firmemente—. Os estáis tomando todo esto con mucha calma. ¿Cómo podéis estar tan tranquila?
—¿Tranquila? —La mujer movió las manos involuntariamente, torciendo las ataduras de Aire—. Estoy tan aterrada que me pondría a llorar. —Por su voz, no daba esa impresión. Empero, parecía ser sincera.
—No os haremos daño, Egeanin. —Dijera lo que dijera Nynaeve, ella se ocuparía de que fuera así—. Dormíos.
Al cabo de un momento, Egeanin reclinó la cabeza. Una hora. Era justo no preocupar a Egwene sin necesidad, pero habría preferido dedicar esa hora al problema que tenían entre manos en lugar de vagar inútilmente por el Tel’aran’rhiod. Si no lograban descubrir si Amathera estaba prisionera de las Negras o aliada con ellas… «Deja de darle vueltas a eso; porque lo piense no voy a dar con la solución». Una vez que lo supieran con certeza, ¿cómo iban a entrar en palacio con todos aquellos soldados y Capas Blancas vigilándolo, por no mencionar a Liandrin y a las demás?
Nynaeve había empezado a roncar suavemente, cosa que negaba con más acaloramiento que lo de sacar los codos. Egeanin debía de dormir también a juzgar por el ritmo regular y profundo de su respiración. Bostezando tras la palma de la mano, Elayne rebulló en el duro taburete de madera y se puso a planear cómo colarse en el Palacio de la Panarch.