Glosa
- Автор: Saer Juan Jose
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Glosa». Краткое содержание книги:
Haciéndose cargo de la situación, y simulando no haber percibido ningún cambio en la actitud del Matemático que ahora, aunque no menos inquieto, ha dejado por fin de canturrear, hecho que comprueba con alivio, Leto se pone a buscar, por entre los paragolpes demasiado juntos, algunos que les permitan pasar a la vereda de enfrente. Hay por lo menos tres filas atascadas en la transversal, aunque en el caso actual la noción misma de fila es inadecuada, debido a la posición irregular de los coches, encastrados en los espacios que han ido quedando libres como si hubiesen hecho su aparición únicamente con el fin de llenarlos -pero ahora, en toda la transversal, no queda un solo espacio libre y habría que ponerse en puntas de pie y otear por lo menos una cuadra y media hacia el Oeste para ver los últimos vehículos que todavía se mueven, agregándose con prudencia, si puede usarse la expresión, a los que ya no consiguen avanzar. Decidido, Leto inspecciona, teniendo en cuenta toda clase de detalles, los paragolpes, y después levanta la vista y ve que en la vereda de enfrente cuatro o cinco personas buscan también un paso en sentido opuesto, pero cuando encuentra un espacio de unos pocos centímetros se vuelve hacia el Matemático -paralizado por la ineluctabilidad de la mancha, todo el ser concentrado en los pantalones blancos deslumbrantes- y haciéndole un gesto casi imperceptible lo incita a seguirlo. Una lucha interior se manifiesta en la expresión del Matemático, lucha cuyo resultado, incierto al principio, termina por confirmar, de un modo provisorio desde luego, la tesis, por usar alguna expresión, humanista como la llaman, a estar con la cual, en el ente llamado hombre, los elementos llamados racionales -en la actualidad dios, patria, hogar, tecnología, conciliación de clases- terminan siempre por sobreponerse a los irracionales -excremento, succión o masticación, esperma, sangre, autodestrucción- de un modo constante y según una curva ascendente indefinida, de modo que después de una vacilación rápida y mal disimulada, imitando a Leto, en cuyas manos, ciego e inerme, ha depositado todo el poder de decisión, el Matemático abandona la vereda y se aventura, lento, por la calle.
Leto hace un gesto nervioso, superfluo, consistente en sacarse los lentes y volvérselos a poner en el acto y, un poco de costado, después de estimar de un vistazo sus posibilidades de éxito, empieza a pasar, despacio, entre los dos paragolpes, seguido, a medio metro de distancia más o menos -y siempre más o menos, ¿no?-, por el Matemático al que la corpulencia proporcionada y musculosa, tan necesaria para llevar, esquivando a sus adversarios, la pelota ovalada de una punta de la cancha a la otra no le es, en la circunstancia actual, de ninguna utilidad; más bien al contrario: el corte ancho, flotante, de los pantalones blancos, en oposición deliberada a la estrechez arbitraria de la moda presente, también contribuye a volver más dificultoso su desplazamiento, a diferencia de Leto, a quien la flacura relativa y la ausencia de fijación fetichista con su pantalón de mala calidad le facilitan, como se dice, la tarea. Pero por discreción, para no humillar demasiado al Matemático, Leto magnifica sus propias dificultades: le basta con haber vislumbrado las grietas de su alma, como la llaman, y, consciente de lo ineluctable de nuestras desilusiones acepta, ensombreciéndose un poco por dentro, que los mitos claudiquen cuando irrumpe el principio, que le dicen, de realidad. Sin embargo, tratando de no ser sorprendido, vigila los pantalones blancos mientras atraviesan, volviendo discreto la cabeza., deseando a su vez que la mancha no se produzca, no por identificación simpática, sino por temor de que la mancha remache la abyección, la complete y, ante sus ojos, el Matemático, que a pesar de las insinuaciones de Tomatis, le parece alguien digno de amor y de cierta admiración, no naufrague en la zona oscura y pastosa de la que el aire claro de la mañana es el reverso endeble y pasajero. Pero por suerte, con prudencia y pericia, logran atravesar. Una etapa, por lo menos, ha quedado atrás, por decirlo de algún modo, pero a decir verdad, si antes de bajar a la calle han estado bloqueados pero libres de volver, como se dice, sobre sus pasos, ahora retroceder es imposible, y la salida del primer pasaje entre los paragolpes los pone frente, no a un nuevo pasaje, sino a la carrocería roja de un auto que les impide pasar. Leto explora, por encima del auto rojo las posibilidades de seguir adelante que les ofrece la disposición de los autos detenidos en la calle y comprueba que, de la vereda de enfrente, el grupo que estudiaba a su vez un itinerario posible se ha aventurado a la calle, desviando unos metros hacia el Este, y ahora cruza en fila india entre dos coches, lo que lo induce a tomar a su vez la dirección Este; costeando el auto rojo, no sin asegurarse de que, sumiso, el Matemático lo sigue, verifica, con desaliento, que el paragolpes delantero del coche rojo está casi pegado al paragolpes trasero del coche siguiente, y cuando alza la cabeza para analizar los movimientos del grupo de la vereda de enfrente advierte que si han debido desviar hacia el Este para atravesar el primer espacio libre entre los paragolpes, ahora deben volver atrás, en busca de un segundo pasaje que les permita atravesar la segunda fila de coches. Con celeridad -la palabra pareciera estar bien empleada- Leto sopesa -se dice así- las dos posibilidades, Oeste o Este, consciente de que debe tomar una decisión en la fracción de segundo que se avecina, ante la disyuntiva de lanzarse, a ciegas, por un terreno inexplorado, o confiar en la experiencia adquirida de los otros, que vienen en sentido opuesto, confirmando, en cierto modo únicamente, ¿no?, y por decir así, el carácter reversible del espacio, y eligiendo esta segunda posibilidad gira brusco, llevándose por delante al Matemático que, dócil, lo ha venido siguiendo de muy cerca, espiando ansioso -el Matemático, ¿no?- por encima de su cabeza, las posibilidades de éxito que les ofrece el terreno. Confusos, tratan de cederse el paso mutuamente, varias veces, impidiéndose avanzar cada vez, ya que de un modo evidente, el Matemático se resiste a encabezar la marcha pero se abstiene de ponerse de costado por temor de que si se apoya contra un auto, los pantalones, cuyas botamangas y piernas está tratando de preservar, no reciban la mancha tan temida en los fundillos. Leto comprende, y apoyándose de espaldas contra el auto rojo, deja pasar al Matemático, se desliza sobre la carrocería limpiándola bien de polvo con sus propios pantalones y, sacudiéndoselos sin ostentación para no generar remordimientos en el Matemático, o tal vez por temor de que aun advirtiendo su sacrificio el Matemático, inhibido en sus reacciones morales a causa del apego desmedido a sus propios pantalones, ni siquiera sienta esos remordimientos, comienza a desandar el trayecto recorrido y a dirigirse hacia el Oeste. Un prurito -podría decirse- último de responsabilidad lo hace echar una ojeada rápida hacia atrás para asegurarse de que el Matemático lo sigue.
Ahora bien: apenas han puesto un pie en la calle, como si el contacto de las suelas de sus zapatos con el asfalto hubiese desencadenado un mecanismo complejo de estimulación sonora, los numerosos autos inmóviles, relativamente silenciosos, por protestar tal vez contra alguna señal del vigilante, o por imitación gregaria, o por la simple voluptuosidad de existir de una manera un poco más intensa gracias al anuncio repetitivo de la índole musical del propio ser, como le dicen, han comenzado, casi al unísono, a llenar la mañana inocente y soleada con el ruido de sus bocinas. Todo el espacio alrededor se descompone en planos sonoros, de los que los diferentes timbres e intensidades marcan los límites, el perímetro, la distancia, la ubicación respecto de Leto y del Matemático, que en el centro del horizonte de ruidos artificiales parecen avanzar como en un medio más resistente que el aire, a juzgar por la subexpresión, podría decirse, de esfuerzo y de desagrado que acompaña, igual que la misma salsa los diferentes platos de un banquete o la eternidad en tanto que subespecie la contingencia pasajera, la sucesión de emociones que van generando en ellos los accidentes del cruce. Por fin encuentran un espacio lo suficientemente ancho entre dos paragolpes como para cruzar; pero se ven obligados a detenerse y a esperar, porque el grupo de la vereda de enfrente, encabezado por un hombre canoso, en mangas de camisa, que lleva un portafolios en la mano -un abogado que viene de Tribunales, casi seguro, o un alto empleado de la casa de gobierno que se dirige al centro a realizar operaciones bancarias- que ha encontrado el pasaje antes que ellos, ya ha empezado a atravesarlo en fila india. El hombre canoso sale de entre los paragolpes con la cabeza baja, perdido en sus pensamientos, llevándole cierta ventaja a sus seguidores, pero la mujer que lo sigue, un ama de casa que ha salido a hacer gestiones administrativas y que aprieta contra su pecho la libreta de familia de la que sobresale una hoja de papel sellado, les lanza una mirada que Leto, a diferencia del Matemático, bloqueado a todo comercio social, recoge al pasar con un gesto de connivencia, para tranquilizarla, porque le ha parecido vislumbrar, en la mirada de la mujer, cincuentona y redonda, de origen bastante modesto, como se dice, una especie de culpabilidad excesiva por el hecho de que ella, una simple señora de barrio, haya tenido la audacia de pasar antes que ellos dos, que parecen jóvenes cultos y de buena familia. La mirada de Leto trata de expresar, infructuosa, porque la señora nunca lo admitiría, el origen común de la humanidad, a partir de las llamadas ramas colaterales de ciertos primates, como les dicen, en África oriental, unos setenta millones de años atrás, en números redondos, más la idea formulada por no pocas religiones según la cual todos los seres humanos son iguales ante el sufrimiento, más su convicción personal de que la mejor organización social sería un orden igualitario, con rotación de roles, un mínimo de gobierno y socialización de los bienes de producción, pero apenas sus miradas se han cruzado una fracción de segundo, el lapso indispensable para expresar su culpabilidad a los dos jóvenes diplomados, la mujer baja otra vez los ojos, un poco avergonzada de haberse atrevido a hacerlo, confusa por la mirada connivente que le ha devuelto uno de los jóvenes, llena de sobreentendidos que ella no logra ni desea desentrañar. Al tercero de la fila, el Matemático no puede ignorarlo; es un conocido, el ingeniero Gamarra, adjunto de Química Orgánica, con quien sabía jugar al ping-pong en el club universitario. Sesentón y bien trajeado, se viene acariciando la punta de la corbata a rayas oblicuas, anchas, amarillas y verdes, y lo saluda con una inclinación de cabeza y un monosílabo cortante que Leto, que lo observa imparcial desde el exterior, atribuye a lo humillante de la situación; por último, una mujer joven, vestida con un trajecito floreado, y de la que la cartera de cocodrilo que cuelga de su brazo roza la carrocería de uno de los autos mientras atraviesa sin siquiera dignarse mirarlos. El paso actual, más exiguo que el primero y que ha obligado a los que lo cruzaron en sentido inverso a girar un poco el cuerpo y a desplazarse de costado, presenta mayores dificultades, y el hecho de pasar de costado pone en peligro las dos piernas del pantalón a la vez, y cuando se internan en él, las bocinas entre cuyo sonido han venido como chapaleando, todas al mismo tiempo, dejan de oírse. Una sola insiste, una vez más, en algún punto de la calle principal, pero después no recomienza. Cuando dejan atrás los paragolpes, Leto, sin detenerse, toma hacia el Este y encuentra sin mayor esfuerzo el paso que han descubierto los que venían en dirección opuesta -ancho, llano, abierto, con el cordón de la vereda en el otro extremo, tan fácil de atravesar que, sin darse vuelta, Leto comprende que el Matemático, a sus espaldas, ya está recomponiéndose una personalidad, y que cuando pisen la vereda de enfrente y se pongan a caminar a la par, será otra vez el tipo rubio, alto, elegante, bronceado, todo vestido de blanco, incluso los mocasines, que usa sin medias y de los que no sabe que han sido comprados el mes antes en Florencia, el Matemático, perfecto en su género igual que un modelo publicitario, que habla pausado y preciso, y que ha salido esa mañana a distribuir a los diarios el comunicado de la asociación de estudiantes de Ingeniería Química relativo al viaje a Europa que la nueva promoción de egresados o de egresados inminentes acaba de realizar.