Glosa
- Автор: Saer Juan Jose
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Glosa». Краткое содержание книги:
No, según el Matemático, Tomatis no tiene derecho a sugerir que Cuello conspiró contra Washington en el cuarenta y nueve; se había tratado más bien de lo contrario. Cuello viene del mismo pueblo que Washington, y aunque Washington le lleva veinte años, desde aquella época se frecuentan todo el tiempo. Como, por otra parte, la opinión general le atribuye a Cuello una inteligencia moderada, el Matemático piensa que hay que buscar las causas de esa amistad en un plano diferente al del comercio intelectual; y, según el Matemático, ese plano sería el de la gratitud de Washington hacia Cuello, en razón, justamente, de la conducta de Cuello en el cuarenta y nueve. Que fue, dice el Matemático, más o menos la siguiente: Cuello, que pertenecía a la juventud del partido, no desaprobaba por completo las posiciones de Washington, y coincidía con él de un modo oscuro y confuso, porque su formación política era más bien precaria -a decir verdad inexistente, aparte de una coincidencia general con lo popular debido a su inclinación por la literatura criolla. Si después de los años cincuenta su formación había mejorado un poco, se debía sin duda a la influencia de Washington, al que, por razones difíciles de desentrañar, admiraba hasta la idolatría. Washington había sido el gurú de muchos, fieles y renegados, pero en ninguno de sus discípulos (que él, naturalmente, no consideraba discípulos y que no se hubiesen atrevido a autoproclamarse como tales) había encontrado mayor devoción. Desde que Washington entró en el partido, Cuello se había acercado a él y nunca más lo había abandonado. Bastaba toparse con Cuello, dondequiera que estuviese, para saber que Washington no andaba lejos. E, inversamente, seguro que en todo lugar del que Washington ocupara el centro, podía deducirse que Cuello merodeaba, atento y callado, en la periferia. Nadie reparaba en él, pero todo el mundo daba por sobreentendida su presencia. Era incomprensible, si se tenía en cuenta todo lo que los separaba -lo que para Cuello eran dioses, Washington, sin, desde luego, hacérselo notar, lo despreciaba. Era difícil saber si Cuello ignoraba la perplejidad de la gente por su amistad estrecha con Washington o si, estoico, e intensificando de ese modo su devoción, perfectamente al tanto, la soportaba. Desde luego, el sobrenombre que le habían puesto, el Centauro, si alguno, por indelicadeza, podía llegar a dirigírselo directamente, nadie se hubiese atrevido a emplearlo en presencia de Washington. No era raro llegar a la tardecita a lo de Washington y encontrarlos a los dos bajo un árbol, sentados en sillas bajas, tomando mate e intercambiando frases espaciadas, lacónicas y llenas de sobreentendidos de las que resultaba difícil saber sobre qué versaban. Tal vez, como venían del mismo pueblo, experiencias comunes, puramente materiales -cosas, lugares, gente- les facilitaban la conversación, pero, según el Matemático, debía haber algo más, ya que es sabido que a menudo con la gente que tiene un origen común sucede lo contrario, a saber que más bien se esquivan cuando se topan fuera de su lugar de origen, como si el hecho de conocerse desde antes les hiciera perder un poco de consistencia. No, según el Matemático, esa fidelidad viene de finales de los años cuarenta, cuando a Washington lo encerraron en el manicomio. Y su causa, revela el Matemático, alzando un poco la voz con un tono de ligera soberbia y de rebeldía, excedido por las alusiones injustificadas de Tomatis, la causa de esa fidelidad, él lo sabe de buena fuente, no viene sino de que Cuello, en ese entonces dirigente de la juventud, se las ingenió para hacer encerrar a Washington en el manicomio y obtenerle una pensión por invalidez, evitando de ese modo que lo mataran. Según las informaciones que ha podido obtener el Matemático, su supresión era inminente, y la gente de Cuello, basándose en comportamientos bastante desmedidos de Washington en esa época, y en algunas de sus rarezas, había convencido a los partidarios de la ejecución de que Washington estaba loco y que ellos se encargarían de sacarlo de circulación. Desde luego, varios de los viejos amigos de Washington acusaron a Cuello de haber urdido, como se dice, una maquinación, y le habían enchastrado dos o tres veces el frente de la casa con pintura roja y con alquitrán, amenazándolo de muerte, pero cuando Washington empezó a recibir visitas en el manicomio -al principio lo tenían con camisa de fuerza y todo- el único miembro del partido que aceptaba ver era Cuello. En todo caso, Cuello lo visitaba todas las semanas, llevándole comida, ropa, libros -e incluso, afirma el Matemático, había tenido la delicadeza de frenar la campaña del partido, que acusaba públicamente a la extrema izquierda de haber empujado a Washington a la locura. Según el Matemático, las insinuaciones de Tomatis constituían una falta de respeto no únicamente hacia Cuello sino sobre todo, y bien mirado, hacia Washington, para quien, en esos tiempos difíciles, Cuello debe haber sido, más que un apoyo político o afectivo, un criterio de realidad. Cuando no únicamente los otros, sino incluso su propia razón parecía abandonarlo. Cuello se volvió la última referencia, el último puente con el mundo, y como al año, cuando salió del manicomio y pasó por ese período depresivo que le duró hasta fines del cincuenta y uno, Cuello era el único que lo veía y que aceptaba pasar días enteros en Rincón Norte sentado frente a Washington, que no decía una palabra y que sacudía la cabeza de tanto en tanto, emitiendo un suspiro prolongado. Pasaron muchos meses antes de que, de ese silencio aturdido y terrible, empezaran a salir, poco a poco, las frases espaciadas, lacónicas y llenas de sobreentendidos que constituían su conversación, frases, por otra parte, de las que era difícil adivinar el contenido, porque, desde que aparecía un tercero, sin disimulo ni precipitación, sino del modo más llano y natural, indefectibles, cesaban. En presencia de los demás, Cuello parecía dejar de existir y Washington mismo le dirigía la palabra muy de tanto en tanto, como para hacer notar su presencia o darle vida durante unos instantes gracias a sus frases interrogativas, respetuosas, y no exentas de una complicidad irónica y remota: ¿No le parece, Cuello?-Washington no tuteaba a nadie y nadie lo tuteaba, salvo su hija-, ¿Vio, Cuello, lo que le decía?, a las que Cuello ni siquiera contestaba, limitándose a existir, a cobrar, como se dice, consistencia y volumen en lo exterior, del mismo modo que, con alguna fórmula mágica, un hechicero materializa, en el espacio vacío, para los sentidos de la asistencia, un ser hasta entonces invisible cuya presencia dura lo que dura la invocación. Como trabajaba de secretario en la Mutual de Carniceros -la mujer era profesora de música en la Escuela Normal- nunca llegaba a Rincón Norte sin una tira de asado, que Washington ponía al fuego después de un rato de conversación, y que comían de parados cerca de la parrilla, sin platos ni nada, cortándose bocados de la misma costilla sobre una tablita. Según el Matemático, Washington tuvo escondido a Cuello en su casa durante un tiempo, porque lo buscaban los Comandos Civiles, hasta que pasaron los meses más duros y pudo reaparecer. Era extraño verlos tan cercanos y tan distintos a la vez. Cuello publicaba de tanto en tanto sus colecciones de cuentos criollos, y en diarios y revistas que para Washington representaban el colmo del ridículo e incluso de la infamia, pero no era raro llegar a su casa y ver sobre su escritorio alguno de los volúmenes de Cuello, con su correspondiente dedicatoria y un señalador sobresaliendo de entre las páginas que demostraba que Washington los leía. A veces al Matemático le parecía que, cuando había mucha gente, la expresión de Washington se alertaba un poco si creía percibir en los presentes la sombra de alguna ironía sobre Cuello -tanto que esa ironía remota era reprimida de inmediato a causa de la tensión que empezaba a pesar sobre los presentes; y únicamente cuando esa sombra se disipaba por completo, la expresión de Washington volvía a distenderse. Se hubiese dicho que, conscientes de las debilidades del otro más que de las propias, constantes y lúcidos para ellas únicamente, velaban, tácitos, uno sobre el otro. Si algo refutaba las insinuaciones de Tomatis, según el Matemático, era justamente la consideración de Washington hacia Cuello -según el Matemático, ¿no?, quien, además de desmantelar las afirmaciones de Tomatis respecto de Cuello, aprovecha de paso para invalidar las que según él, Tomatis ha tenido el coraje de lanzar sobre la Chichito: Más se quisiera él que sea virgen. Eso lo consolaría de sus intentonas. La que él no se pasa al. cuarto o es una histérica o es una burguesita.
Pero el Matemático se calla, y por dos razones: la primera, porque se considera, y sin duda lo es, como dicen, un caballero, o sea que, teniendo en cuenta que la virginidad de la Chichito, según la expresión exacta con que lo piensa, le importa tres pepinos, del mismo modo que la virginidad en general, no quiere que Leto, que lo escucha con atención, pueda pensar que está tratando de sugerir que la Chichito no es virgen y la segunda, más importante que la primera en realidad, porque no le gustaría que, si se extiende demasiado sobre el problema, Leto deduzca que la virginidad en general, ese no objeto por excelencia, pueda haber ocupado un lugar, por insignificante que sea, en sus reflexiones. Pero una tercera razón contribuye también a determinar su silencio: están llegando a la esquina, y como en el cruce la calle deja de ser peatonal, el mismo atolladero de varias cuadras antes, cuando han bajado con Tomatis a la calle y se han puesto a caminar por ella, se repite en sentido inverso. Cruzar va a ser, parece expresar la cara del Matemático, cuando se paran en el cordón y sopesan, como se dice, el panorama, un problema, pero en fin, trataremos de resolverlo -lee Leto en la cara del Matemático, cuya concentración en la tarea que se avecina se vuelve tan grande, que sacudiendo leve y pensativo la cabeza, y acariciándose, mecánico, el mentón, ante el asombro inenarrable de Leto, bajito y distraído, se pone a canturrear.
Es verdad que la situación es compleja: los coches que vienen del Oeste por la transversal, como hacia el Norte la calle principal está para uso exclusivo de peatones, se ven obligados ya sea a continuar hacia el Este, ya sea a doblar por la calle principal en dirección al Sur, en tanto que los que vienen por la calle principal de Sur a Norte, deben doblar, por las mismas razones, en dirección Este por la transversal -o deberían, mejor, porque, por el momento, las hileras diferentes de coches que se encuentran en el cruce están atascadas y no avanzan, sin exagerar, ni un milímetro, inmóviles y como desparramadas sin orden en la calle, a pesar de los esfuerzos teóricos y del revoleo de brazos del vigilante que ha abandonado su tarima y que, añadido por la experiencia histórica del maquinismo al proyecto excesivamente abstracto de Hipodamos, justifica, por su impotencia y a posteriori, la invención del semáforo, no menos abstracto a decir verdad en su periodicidad mecánica, inadecuada a la no periodicidad de los fenómenos, que la invención de Hipodamos cuyas imperfecciones pretende corregir. A Leto, entre tanto, no se le va el asombro ni, y por qué no, la decepción vaga: en primer lugar, el canturreo del Matemático, su automatismo preocupado, no condice con el autocontrol férreo que le atribuye, tal vez por su formación científica y por su origen social, y en segundo lugar porque esa letra de tango, en boca del Matemático, le suena como un anacronismo, dándole una impresión semejante a la que le produciría una voz de soprano saliendo de entre los labios de un boxeador. Además, la reacción del Matemático le parece desproporcionada en relación con el obstáculo que deben, como se dice, franquear -hay, ahora, algo atroz en su cara, no muy diferente del pánico, que el bronceado europeo parejo, que cumple la función, involuntaria desde luego, de una máscara, deja pasar al exterior. Y a eso se agrega que el canturreo, en lugar de desarrollar la melodía haciendo progresar la letra de la canción, vuelve a repetir una y otra vez el mismo dístico, sobre el mismo fragmento melódico, pero en un tiempo cada vez más acelerado, en voz cada vez más baja, con una dicción en la que aumenta el empastamiento y que de ese modo vuelve incomprensibles las palabras, a medida que la mirada en la que despunta el pánico resbala sobre los coches inmóviles de los que los paragolpes, que casi se tocan, exigirán, al que quiera cruzar, una pericia extrema. La mirada del Matemático se detiene, inquieta, en el espacio estrecho que dejan los paragolpes, y después se dirige hacia su propio pantalón. "Los pantalones", piensa Leto, que ha ido siguiendo al Matemático en todas sus fases de desolación. "La amenaza de una mancha en los pantalones." El alma, como le dicen, de la que decía hace un momento parecerle a un servidor que es, no cristalina, sino pantanosa, "el alma del Matemático", piensa Leto, sin representarse, desde luego, la palabra alma, y sin tampoco, como la mayor parte del tiempo, con nada parecido a palabras, "el alma del Matemático, que distingue con facilidad lo verdadero de lo falso, el bien del mal, y que posee la entereza suficiente como para poner las cosas en su lugar si Tomatis echa a correr la calumnia por las calles, se derrumba y deshace ante la posibilidad de una mancha en los pantalones".