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Una guirnalda de estrellas [A Wreath of Stars - es]

Электронная книга - «Una guirnalda de estrellas [A Wreath of Stars - es]». Краткое содержание книги:

En el verano de 1993, millones de gentes observan en el cielo con incredulidad, ayudados por los recientemente inventados lentes Amplite, mientras el planeta de Thornton se acerca peligrosamente a la Tierra. Diseñados para ver en la oscuridad, los lentes Amplite, iluminan un misterioso mundo de materia antineutrínica que coexiste con la Tierra en otra dimensión
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Los cuatro hombres: Snook, Ambrose, Quig y Culver, se encontraron en el portón con George Murphy, que ya estaba hablando con los guardias. Murphy salió al encuentro del grupo.

— Ya no quiero más días como el de ayer — les dijo—. Estoy deshecho.

— Pues yo te veo muy bien — Snook nunca había visto a Murphy más seguro de sí mismo y decidido; la presencia de aquel hombre corpulento le daba ánimos—. ¿Qué te ha pasado?

— He estado discutiendo. Cartier insiste en decir a los obreros que los fantasmas no existen porque ya no pueden verlos, y que de todos modos no eran fantasmas. Los mineros insisten en que ellos reconocen un fantasma cuando lo ven, y aunque no puedan verlo sienten la presencia. Creo que el coronel Freeborn está presionando a Cartier.

Snook caminó junto a Murphy mientras cruzaban la entrada, y le habló en voz baja.

— Creo que está presionando a todo el mundo. ¿Sabes? Este asunto no está marchando como suponíamos…

— Ya lo sé, Gil. Pero gracias por hacer lo que estás haciendo.

— ¿No habrá un modo de persuadir a los mineros de que los avernianos no pueden causarles ningún daño?

Murphy guardó silencio un instante.

— Tú estás convencido, pero…

— Pero eché a correr. Tú ganas, George.

Cuando cruzaban las sombras más allá del cobertizo, Snook vio dos jeeps llenos de soldados en el mismo lugar del día anterior. Se puso las gafas y se encontró rodeado de una luminosidad azul en la que pudo identificar al impulsivo y joven teniente que ya conocía. Los ojos del teniente permanecían ocultos detrás de los Amplite, que eran utilizados normalmente para servicios militares nocturnos, pero la cara esculpida y ebúrnea parecía reconcentrada y atenta. Tenía un aire que provocaba una conocida agitación en el fondo de la mente de Snook.

— Ese teniente…, ¿tiene algún parentesco con el coronel? — preguntó.

Murphy se caló las gafas de magniluct.

— Es su sobrino, Curt Freeborn. No te enfrentes a él. Si es posible, ni siquiera le hables.

— Oh, Dios — suspiró Snook—. Otro más… No.

En el mismo momento, los motores de los jeeps ronronearon y los haces de los faros centellearon entre el grupo de caminantes, alargándoles las sombras. Los dos vehículos avanzaron y se pusieron a trazar lentos círculos alrededor del grupo, a veces acercándose tanto que uno o dos de ellos tenían que cederle el paso. Con la excepción del joven teniente, los soldados de los jeeps gesticulaban burlonamente durante las maniobras. Ninguno de ellos emitía sonido alguno.

— Son vehículos abiertos — dijo Murphy—. Tú y yo podríamos derribar fácilmente a los choferes.

— Tú y yo podríamos ser fácilmente ametrallados. No vale la pena, George — Snook siguió caminando decididamente hacia la boca de la mina, y por fin los jeeps regresaron a sus posiciones anteriores. El grupo llegó al cobertizo de los ascensores y, bajo la luz de sodio, Ambrose dejó el generador de radiación en el suelo con un golpe sordo.

— Lo primero que haré esta mañana — dijo indignado— es informar de estos contratiempos a las autoridades. Se me está agotando la paciencia con estos bastardos.

— Vamos abajo — dijo Snook, intercambiando una mirada con Murphy—, al infierno que no conocemos.

— Y ya le he dicho que ese no es el modo adecuado de encararlo — Ambrose recogió la caja negra y les precedió hasta el ascensor.

El túnel cavernoso del Nivel Tres no intimidó a Snook tanto como había pensado, ante todo porque se sentía parte de un grupo que actuaba con un objetivo común, concertadamente. Ambrose se paseaba atareado, examinaba marcas fluorescentes que había trazado en el suelo de roca, instalaba la máquina y tecleaba una computadora de bolsillo. Culver se ocupó del modulador de impulsos y Quig de las cámaras y los filtros de magniluct, mientras Murphy trotaba de un lado al otro apartando pequeños escombros del presunto escenario de la acción. Snook empezaba a sentirse inútil e impotente.

— Faltan unos diez minutos — le dijo Ambrose, apartando los ojos de la computadora—. Recuerde esto, Gil. No le estoy presionando de ningún modo. En realidad, éste es sólo un experimento auxiliar… En lo que confío es en el modulador de impulsos, así que lleve las cosas hasta donde usted crea que realmente puede resistirlas. ¿De acuerdo?

— De acuerdo.

— Bien. Manténgase alerta por si aparece alguna techumbre. Por lo que usted nos dijo, ayer la pasó por alto, y nos servirá como un buen aviso previo — Ambrose elevó la voz, nuevamente se le veía feliz—. Si tienen tiempo, hagan bocetos en los cuadernillos que les he dado. El diseño de un techo también nos dirá algo acerca de los avernianos, como por ejemplo si en ese mundo llueve o no, así que estén atentos a los detalles.

Recostado contra la pared del túnel mientras observaba los preparativos finales, Snook extrajo los cigarrillos sólo para recibir un cabeceo de advertencia de Ambrose. Guardó el paquete con resignación y lamentó no estar en alguna otra parte del mundo, haciendo otra cosa. Por ejemplo, tendido en un cuarto apacible, en una penumbra apergaminada, con la cabeza de Prudence Devonald reclinada en el brazo izquierdo, según reza el Cantar de Salomón — capítulo dos, versículo ocho—, para que la mano derecha quede libre para tocar…

Una línea azul y luminosa empezó a surgir del suelo rocoso del túnel. En pocos segundos se había transformado en una prominencia triangular, y Snook, aterrado hasta la médula, se ubicó en la posición asignada. El suelo era extrañamente transparente.

Estaba tan atento a la materialización que apenas reparó en la compañía de George Murphy. La mano seca y amplia de Murphy buscó la suya y le deslizó un objeto diminuto y blancuzco que parecía hecho de marfil pulido.

— Toma esto — susurró Murphy—. Podría ayudarte.

Snook estaba petrificado, aturdido.

— ¿Qué es? ¿Un amuleto?

— No soy un maldito salvaje — la voz de Murphy sonaba amigablemente ofendida—. ¡Es chicle!

Se retiró a un lado mientras una techumbre que refulgía pálidamente emergía de la roca sólida. La disposición de las vigas y tirantes era asombrosamente similar a las de la Tierra. Snook se metió el chicle en la boca y se sintió agradecido por la familiar tibieza mentolada mientras se hundía en una habitación borrosa y cuadrangular donde le esperaban tres avernianos, con las ranuras de las bocas curvadas y sinuosas. Dos de los seres traslúcidos empuñaban máquinas oblongas, y de pronto hubo ruidos; ruidos tristes, gemebundos, extraños, en la máquina que esgrimía Culver. También sonó una voz humana, pero Snook no pudo identificar al que habló ni comprender las palabras, porque el tercer averniano se le acercaba con los brazos tendidos.

«No puedo soportarlo — pensó Snook, presa del pánico—. Es demasiado.»

El gusto a menta se le intensificó en la boca y le recordó que no estaba solo en esta ordalía. Avanzó obedientemente hacia el averniano, mientras poco a poco los niveles de los suelos iban coincidiendo.

La cara insustancial se le acercó, los estanques de bruma de los ojos se dilataron. Snook inclinó la cabeza hacia adelante, entregándose. Hubo una fusión.

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